El lenguaje pro-aborto y la agenda de género como el nuevo «Caballo de Troya»

 

Según la literatura universal, cuando los griegos luchaban contra los troyanos en una guerra frontal y abierta, no podían vencerlos. Esta forma de guerrear no les daba los resultados deseados; no podían tomar Troya, por lo que apelaron a otro tipo de estratagema: construyeron un enorme caballo de madera e introdujeron a varios soldados dentro de él. Dejaron la estructura cerca de la ciudad de sus adversarios y se dedicaron a esperar. En el flanco izquierdo del «caballo» estaba grabada una frase en homenaje a la diosa Atena, lo que despistó a los troyanos, al punto que ellos mismos terminaron introduciéndolo a su propia fortaleza. Los soldados griegos escondidos salieron por la noche, abrieron desde dentro la puerta a sus compañeros que afuera los esperaban y así obtuvieron la victoria sobre sus enemigos.

Sin lugar a dudas estamos ante una situación muy semejante en la actualidad, por lo menos en lo que respecta a la comunicación –y especialmente la comunicación política– en la Argentina. Los ideólogos y militantes por el aborto legal (a decir verdad, ni es seguro ni es gratuito) son incapaces de lograr la legitimación social de esta práctica si vienen de frente. No pueden mostrar una ecografía y decirnos que no estamos viendo un bebé. No pueden decir la palabra “hijo” o “niño” –léase las propias recomendaciones de CASA FUSA para la cobertura periodística sobre el aborto[1]–, no pueden confesar abiertamente sus vínculos con los poderosos organismos internacionales que les dispensan toneladas de dólares. No pueden mostrar en primer plano cómo se realiza un aborto –cosa que pasó en el Senado el año pasado, para escándalo de los presentes– porque tales imágenes tal terror que el tiro les terminaría saliendo “por la culata”. No pueden decir ni una palabra sobre el uso de los órganos de los bebés abortados en el proyecto de ley porque ahí aparece la sigla I.P.P.F. y todo el mundo pierde la cabeza.

Así las cosas, iniciando este 2019, parece ser que los griegos no pueden derrotar a los troyanos sin recurrir a las artes del engaño y la simulación; por eso los pañuelos verdes prefieren decir “interrupción” en vez de destrucción del embarazo. Por eso prefieren llamar “producto de la concepción” a la persona por nacer. Por eso mienten con las cifras de cantidad de abortos por año (el mismo Rubinstein pasó de medio millón a 400.000, para terminar diciendo 47 mil, ¿no eran sostenibles los 500.000 por año?). Por eso llaman “práctica médica” al abuso de la medicina. ¿Nos damos cuenta de que la comunicación social y política está atravesada por estas palabras-talismán?

La defensa de la familia no es otra cosa que la defensa de la Argentina, y para llevarla a cabo lúcida y eficazmente debemos estar con los ojos bien abiertos. No podemos dejar que nos contrabandeen criminales legitimaciones bajo el ropaje de estas palabras.

Por el mismo motivo, tampoco podemos ver como fenómenos separados la promoción del aborto y la agenda de género. Son parte de la misma maniobra. Porque la agenda de género no procura el respeto por las personas homosexuales: eso es la pantalla. Quienes están detrás de esta agenda aspiran a trastocar el sentido común de los argentinos a través de maniobras periodísticas y políticas, cuyo centro es el manejo de la palabra, la imagen y la provocación de conflictos. Porque la agenda de género no busca otra cosa que instalar y volver aceptable la famosa ideología de género.

La familia, los instintos y tendencias naturales –como la maternidad y la paternidad–, la voluntad de los padres de sacrificarse por sus hijos, son los adversarios de estos militantes de la muerte. Por eso reaccionaron enérgicamente contra el editorial del diario La Nación de este 1° de febrero[2], que resaltaba a esas adolescentes que –contra la opinión de sus propias madres– llevaban adelante sus embarazos. El stablishment no perdonó y –desde UNICEF hasta Amnistía Internacional, pasando por la Asesora General de la ciudad de Buenos Aires– realizaron su inapelable condena social. No le perdonan que recuerde que esas madres siquiera existen, que hay chicas de 14 años que no abortan; no quieren reconocer –como dice el editorial– que la actitud de aquellas valientes chicas “despedaza el pañuelo verde”.

En los últimos meses, los esfuerzos comunicacionales de quienes promueven el pseudoderecho al aborto están concentrados en la palabra “vida”. Se dieron cuenta un poco tarde que si quienes se oponen a este crimen se autodenominan “provida”, por consecuencia lógica quienes propicien la práctica serán relacionados con la muerte. No lo pueden permitir. Por eso, esta batalla por la vida de los indefensos es inseparable de una controversia comunicacional, periodística, lingüística. Y la arena de combate, la mente, el alma, nuestra voluntad. Que no nos metan el Caballo de Troya a través de las palabras.

 

[1] Cfr. http://grupofusa.org/abortoyperiodismo/ Agradecemos al boletín NOTIVIDA, quien hizo circular esta información, de quien la hemos recogido.

[2] Cfr. https://www.lanacion.com.ar/2216199-ninas-madres-con-mayusculas

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