Porque esa es la pregunta que todo buen padre se hace. ¿Qué tengo que hacer por el bien de mis hijos? Personalmente, dudo de que un padre ame realmente a sus hijos si no está pensando en esto varias veces al día. Hay algunos criterios básicos que los padres no pueden ignorar y considero que, habiendo formado parte del cuerpo docente–tanto en Primaria como en Secundaria–, puedo compartirles. Así que, ¡adelante!

En primer lugar, los chicos tienen que tender hacia una creciente autonomía. No haga usted por su hijo lo que él está en condiciones de hacer, porque ahí está inoculando el germen del asistencialismo. Si su hijo no lee Ciencias Sociales, si no lee el manual de Historia, no tiene “un problema de lectura comprensiva”. Su problema es no leer. Es otra cosa. ¡Cuántas veces nos ha tocado alumnos en clases particulares que no tienen absolutamente ninguna dificultad de comprensión! Suelen experimentar (aunque no siempre) cierta falta de voluntad, y esto no puede confundirse con un desorden psicopedagógico.

En segundo lugar, los chicos –y a cualquier edad– deben saber que los actos traen aparejadas sus consecuencias. Un acto bueno debe venir acompañado de consecuencias positivas, y a un acto malo debe seguir una consecuencia negativa. No hay otra forma. ¿Que protestan los demagogos de la pedagogía? Que protesten. ¿Qué alguien por allí diga que se está deslizando el castigo como posibilidad? Pues tiene razón. El castigo y el premio. Los padres deben premiar y castigar, deben con claridad dejar establecido a sus hijos que todos sus actos –y también, la ausencia de ellos– tienen consecuencias. Que quede firme que no da lo mismo todo; cuando no se educa así, se entrena –quieras que no– al hijo en el relativismo. No en el relativismo ideológico, de corte intelectual, claramente. Pero sí en un relativismo conductual al menos, en donde las cosas dejan de tener sentido porque todo da lo mismo. Si su hijo le gana la pulseada a los 10 años, usted tiene un problema como padre. No puede ser, algo no está haciendo bien y lo tiene que corregir. Por el bien suyo, pero especialmente por el de su hijo.

En tercer lugar, a la hora de ordenar la esfera del hogar, hay que tener en cuenta que los premios y los castigos deben ser mantenidos con consistencia en el tiempo. Las metas deben ser diseñadas con realismo, y entonces –permítame que me ponga en primera persona– tengo que saber si efectivamente puedo premiar y puedo castigar (de ahora en adelante) tal o cual conducta de mi hijo. Lo peor que me pueda pasar es plantearme un objetivo, comunicarlo a mi hijo y luego no poder cumplirlo. Asimismo, los premios y castigos deben ser calibrados teniendo en cuenta distintas variables: edad, personalidad, facilidades propias de mi hijo, dificultades…

Pero, ¿no íbamos a hablar de las clases? ¿No íbamos a hablar de qué puedo hacer para que mi hijo, en la escuela, en el colegio, esté bien? Lo cierto es que ambas cosas están conectadas: la persona es una unidad. Los niños, los pre-adolescentes y los adolescentes resienten su conducta y su rendimiento intelectual cuando HOGAR y ESCUELA no están alineados. Y lo determinante seguirá siendo el hogar. No se debe criticar al docente delante del hijo –salvo que esté enseñando algo verdaderamente escandaloso, como la ideología de género, por ejemplo– y si hay fundamento para creer que el docente se está equivocando (cosa que puede pasar) deben agotarse los cauces de acción privada, tratando de no mancillar la imagen del docente.

Los chicos están solos. No todos, por cierto, pero una porción cada vez mayor de niños y jóvenes experimentan ese alejamiento del adulto. El logos entra por el oído, dice Aristóteles. Logos, es decir, verdad, razón, discurso. Tenemos que hablar con nuestros hijos, tenemos que leerles cosas. Tienen que conocer ante todo las Sagradas Escrituras. Leerle el relato de la Creación del Mundo, palabras de Nuestro Señor Jesucristo. Ir acostumbrando su oído. Leerles literatura. Cuentos y narraciones clásicas: Narnia o El Principito, por ejemplo. Debemos fomentar la lectura y la conversación, dos habilidades fundamentales, que se ejercitan permanentemente en las escuelas y colegios. Los docentes transmiten hablando: ¿cómo puede captar mi hijo al docente si no sabe escuchar, si no sabe entender? Ustedes, los padres, deben fomentar que su hijo escuche, que piense, que razone.

Sin esta capacidad, sufrirá un Calvario –lo hemos visto en tantos alumnos, especialmente los que están en riesgo de repetir– y su autoestima se caerá a pedazos porque realmente la pasará mal en el colegio. Es realmente espantoso sentir que no se entiende lo que se debería entender, sentir que uno “no es lo suficientemente bueno”, sentirse “tonto”, y además –como esto se repite varias veces en el día– ir configurando un concepto negativo de uno mismo en relación al Conocimiento. Y luego, estas personas (¿cómo no?) quedan resentidas con el Conocimiento, con la Escuela, resentidas con el Aprendizaje. Esto no puede pasar, es inaceptable que mi hijo no ame saber. Porque la sabiduría debe ser amada, y conocer algo en sus causas –he aquí la gran enseñanza del mundo medieval– genera un deleite en la inteligencia de la persona. ¡Los colegios no fueron concebidos como cárceles! No son lugares de tortura para los chicos, no deben serlo, pero es imposible que nuestros hijos puedan disfrutar si no entienden. Y es imposible que entiendan si no han desarrollado el hábito auditivo –cuya raíz es el espíritu, por supuesto– de atender, escuchar, comprender.

Los padres me dirán que sus hijos deben poner también su parte en este proceso, y tienen toda la razón. Pero no nos equivoquemos: los padres deben mejorar para que el hijo mejore. Nadie influye en el hijo más que ellos.

Hablábamos del poder de la atención, y hay que subrayar que ese poder se ejercita. Por ejemplo, con la lectura, que fortalece la atención de la persona. Como en otros casos, aquí no hay vuelta de tuerca: debo ser un padre lector para inculcar hábitos de lectura en mis hijos. Traer el libro a la mesa: leer algo, comentarlo, pedir opinión a mis hijos, conversarlo entre todos mientras se almuerza o se cena. Soy de la opinión de que el celular es algo absolutamente nocivo para un pre-adolescente (no digamos ya un niño). La validación que se obtiene a través de los chats convierte a mis hijos en adictos a esa validación. La imagen, por otro lado, atrae de tal manera a la mente que los vuelve dependientes. Somos menos libres con esas pantallas.  “¡Pero todos sus compañeros lo usan!” ya puedo escuchar desde aquí a tantos padres angustiados, que en el fondo saben que algo de razón tengo. Sin embargo me permito contraargumentar: “¿Ustedes quieren que sus hijos sean como todos?”.

Debo ser un padre lector, porque de lo contrario mi hijo percibirá la contradicción. Y ocurrirá el fenómeno conocido como el “asco psíquico”, traducido en este pensamiento que martillará su cabecita una y otra vez: Mis padres me dicen que lea, pero no leen. Mis padres me dicen que la educación es lo más importante pero no siguen educándose. Usted no dejará de ser amado, dejará de ser respetado. Y su palabra valdrá cada vez menos. ¿Eso quiere? El futuro de sus hijos está en sus manos. Si cree que se ha equivocado, sepa también que aún está a tiempo de reconducirlo. Pero debe tener en claro la meta y los medios a utilizar. Según la experiencia, lo que otorga la fuerza interior para llevar a cabo esto es fundamentalmente el profundo convencimiento interno de que este tipo de cosas es lo que su hijo verdaderamente necesita.

Lea, estudie, profundice, para llegar a la posesión de este profundo convencimiento. Ame primero la sabiduría y podrá comunicar ese amor. Entusiásmese usted primero, y transmitirá entusiasmo. Le recuerdo que el origen de la sabiduría es Dios mismo.

8 Replies to “Comenzaron las clases… ¿qué tengo que hacer por el bien de mis hijos?”

  1. Me encanta la clara sencillez del texto y la profundidad con que se aborda el tema; se palpa la experiencia y amor por la docencia del autor, felicidades Juan Carlos y gracias por compartirlo, saludos desde México de Guillermo y Laura Gamboa.

  2. Los premios y los castigos. En realidad no se debe premiar por algo que es un deber, sino estaríamos en el “Qué me das para que lo haga?” Muchos padres hoy día actúan de esa forma! Y lo que es peor, el castigo no existe. Entonces se vuelven rehénes de sus propios niños. Obviamente que esto es muy fácil decirlo, pero hay que ser muyyyy fuerte para lograrlo, ya que se tiende a la comparación con el compañerito. “Cómo si él lo hace yo no puedo”. Realmente los buenos padre hoy en día tenemos varios cometidos y trabajos, no solo con nuestros niños, sino con la sociedad.

  3. Excelente Juan Carlos!!
    Mision sagrada la de los padres: inculcar el amor a la VERDAD, que es el amor a Dios en nuestros hijos, y cuanta responsabilidad la nuestra en el conocimiento de la VERDAD, ya que sólo se ama lo que se conoce.

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