La fe católica, el ateísmo y la teoría del Big Bang

 

¿Qué creemos que significa la frase “existió el Big Bang”?

 

Desde numerosas revistas, publicaciones y e incluso documentales que versan sobre la ciencia se suele enunciar y presentar el Big Bang –esto es, “una gran explosión hace millones de años”, que según los científicos habría originado el mundo– como una teoría científica alternativa o incluso excluyente a la creencia en un Ser Superior y Personal, que desde la fe católica llamamos Dios. Sus promotores son renombrados científicos, se dice, asomando así el argumento de autoridad cuyo núcleo lo constituye el prestigio del investigador. Amparados en esta plataforma, se suele resaltar que estos investigadores son en su mayoría ateos (niegan la existencia de Dios) o agnósticos (consideran que no hay pruebas concluyentes, ni a favor ni en contra). En una palabra, el mensaje generalmente implícito es que la ciencia ha demostrado que la creencia en Dios –a la que muchos hombres adhieren– es falsa.

Ante esta presentación, muchas veces agresiva, cualquier alma creyente genera –por la virtud de la Fe– una especie de escudo, no se conmueve, no abandona su postura ni sus convicciones pero es cierto que, sin embargo, al menos de momento no puede rebatir ni oponerse a esa presentación. Seguramente se sentirá sin razones ni argumentos. Una primera luz en este camino podría tenerla si mira atentamente otras publicaciones, advirtiendo que existen efectivamente otros científicos que admiten “el Big Bang” y, sin embargo, no son ateos o incluso aceptan la existencia de Dios. Es un primer dato, elemental si se quiere pero real. Sin embargo, se puede profundizar más el asunto.

En cuanto se ahonda el mismo, lo que se descubre es muy distinto a lo que los titulares de las noticias o los divulgadores de la ciencia nos dicen.

¿Qué es lo que está detrás de las palabras “Big Bang”? ¿Qué se quiere dar a entender? El sonido “Big Bang” se pronuncia con el fin de explicar el desplazamiento –esto es, la expansión– del universo a partir de un punto de origen. Ese es el hecho observable y, como tal, incontrovertible: el Universo se expande. Cada segundo se va haciendo de mayor tamaño.

Luego viene, en el mismo “paquete” digamos, la explicación de este dato: y allí entran los científicos o, al menos, algunos de ellos que efectivamente postulan una primera y originaria explosión. Según ellos, hace millones de años habría ocurrido una gigantesca explosión cuya fuerza esté, aún en la actualidad, obrando como causa de este desplazamiento que vemos desde nuestros telescopios.

¿Qué lleva a pensar en el término Bang (en inglés, explosión) para designar esta expansión?

En la experiencia de los científicos –es decir, hasta donde ellos ven y pueden juzgar– las explosiones que conocemos, liberando toda su energía al principio, provocan la expansión de los objetos a su alrededor; los cuales se desplazan aceleradamente primero para luego desacelerar, hasta terminar en la quietud. Por tanto, sostienen algunos, en el principio fue la Explosión. En el principio fue el Caos. Ahora bien –y este es el corazón del asunto–, la Revelación Sobrenatural enseña que el origen de universo está en un Ser Personal, Inteligente, un Creador del mundo que ha hecho las cosas no por azar sino inteligentemente, con un diseño y una planificación. Pero si ahora los científicos –haciendo uso del prestigio de sus disciplinas– sostienen que el mundo se originó a partir de una gran explosión, entonces algunas personas son llevadas a pensar que no es necesario admitir un Creador. De ahí al ateísmo, no hay más que un paso. No un Pensamiento sino una suerte de anarquía originaria sería la explicación –científica, nada menos– del universo.

Estos motivos explican que, en la literatura científica, se sostenga prácticamente como “un hecho establecido e indudable” el Big Bang. Algunos, los más audaces, dan un paso más y explicitan su ateísmo.

 

Hechos e interpretaciones

 

Antes de juzgar si esta explicación atea es válida, cabe decir que más allá de la opinión que se tenga, no es un “hecho”.

Para entender el punto, hay que comprender el preciso sentido que esta palabra tiene para los científicos. ¿Qué es un hecho? ¿Qué es una interpretación?

La explicación es una entidad mental: en efecto, es una realidad psicológica que depende de la mente de una persona para existir. Será verdadera o falsa, correcta o incorrecta, pero no se la puede identificar con un hecho, que es observable, medible, cuantificable. No son lo mismo.

En este caso, el “hecho” observable, medible, no es otro que la expansión del Universo: puede verificarse mediante telescopio y es así como se supo de su existencia.

Por lo tanto, la explicación que –por lo general– se encuentra ligada al vocablo Big Bang no es un dato científico sino UNA INTERPRETACIÓN de ciertos datos científicos (y, al menos en algunos casos, una interpretación materialista[1]). Sostener o divulgar que “está comprobado científicamente que una explosión es el origen del universo, por lo tanto Dios no existe” es una simplificación burda, una caricatura del conocimiento científico mezclada con mala filosofía materialista.

Podrá discutirse si la conclusión es correcta o no, pero sólo en el campo filosófico. Lo que nunca se puede hacer –la honestidad intelectual así lo exige– es contrabandear el ateísmo haciéndolo pasar como un hecho, por sí mismo incontrovertible y tan fuera de discusión como lo que se puede ver gracias a un telescopio. No existe la ciencia atea, existen los científicos ateos. Veamos si no lo que dice el científico Richard Lewontin, de la Universidad de Hardvard:

 

“No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos obliguen a aceptar una explicación materialista del mundo fenomenológico, sino, por el contrario, que nosotros estamos forzados por nuestra adherencia a priori a las causas materiales para crear un aparato de investigación y una serie de conceptos que producen explicaciones materialistas sin importar qué tanto vayan en contra de la intuición, sin importar qué tan místicas sean para el que no ha sido iniciado. Más allá de eso, el materialismo es un absoluto, pues no podemos permitir un Pie Divino en el umbral de la puerta”[2].

 

El caso del Big Bang es sumamente ilustrativo: los científicos hablan de explosión del universo cuando en realidad sólo pueden observar una expansión. Aunque sea verdad que toda explosión conocida expande los objetos circundantes, ésto no implica que toda expansión tenga forzosamente su origen en una explosión previa: también los seres inteligentes pueden expandir, mover y trasladar los objetos, posibilidad que el materialista y ateo –arropado de científico– se niega a considerar.

Veámoslo en un ejemplo:

 

Razonamiento:

Siempre que llueva, el suelo estará mojado.

El suelo está mojado.

Luego, ha llovido.

 

El argumento es incorrecto dado que el suelo puede estar mojado por muchos otros motivos. Lo mismo pasa con el razonamiento que sustenta la teoría del Big Bang en su conclusión atea. Es por eso que muchos la califican de cientificista (y no científica). Su estructura es la misma:

 

Siempre que ocurre una explosión, lo que está a su alrededor se expande.

El Universo se expande.

Luego, ha ocurrido una explosión.

 

Es imposible no advertir la estrechez intelectual o incluso la marcada impronta materialista en aquellos científicos –o meros divulgadores de segunda mano– que presentan el dato objetivo del desplazamiento del universo como una “prueba” de que el orden del cosmos tiene su origen en un caos o, más aún, como una prueba de que Dios no existe. Agitando el telescopio, parecen decirnos “Si aceptas la expansión del universo, aceptas la explosión originaria”.

Volvamos a las verdades eternas: es evidente que el orden no vino ni puede venir del caos. La filosofía perenne puede ofrecer solución al argumento, como también se aclara el panorama cuando se distingue entre un hecho y una interpretación. Este uso de la razón brindará herramientas a la persona y así no correrá peligro su fe, ni pensará que se mueve al margen de la ciencia. Aunque por el momento el creyente no conozca la respuesta a estas objeciones antirreligiosas presentadas con la cobertura de la ciencia, es importante que la virtud de la fe lo mantenga en la certeza de que esa solución debe existir: es cuestión de que estudie y la busque. Es por eso que la persona, al rechazar la conclusión materialista –“Dios no existe” o “No hay pruebas de la existencia de Dios, la misma ciencia te lo dice”– no debería caer en el error opuesto: aceptar la declamada contraposición entre ciencia y fe, pero quedándose cómodamente con esta última. No sería racional que, amparándose en la verdad de la Revelación, declarase falso el hecho objetivo y observable (el desplazamiento del universo, en el ejemplo comentado). Por estos motivos, el gran Blas Pascal decía que “Si se somete todo a la razón, nuestra religión no tendrá nada de misterio ni de sobrenatural. Si se choca contra los principios de la razón, nuestra religión sería absurda y ridícula”.

 

Conclusión

 

La tarea de la filosofía cristiana parece punto menos que indispensable para cualquier fiel que, hoy en día, quiera mantener los ojos y los oídos bien atentos. Los ojos, ante las verdades de la ciencia. El oído, ante la Revelación Sobrenatural por la cual aceptamos –sin ver– que Dios ha creado el Universo; esto es, no que ha transformado una materia preexistente sino que lo ha hecho de la nada. Que ha diseñado, pensado, planificado el sistema solar, nuestro planeta, el ecosistema, cada planta, cada insecto, cada mamífero, dirigiendo cada cosa hacia su fin. Muchos, observando la naturaleza, llegaron a descubrir así a su Autor: “lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad…” (Romanos 1, 20).

Evidentemente, el origen del mundo es dificultoso. Hay límites para el entendimiento de la creación: ella es un acto infinito. No tenemos ningún ejemplo de ella, ya que toda la actividad del hombre se reduce a transformar la materia ya existente.

La ciencia auténtica –no la pseudociencia– es más cauta y humilde. La razón natural nos muestra un camino y la fe es la que de alguna manera corona y valida todas esas verdades, elevándolas por encima de nuestra razón. Y así llegamos al misterio, que nunca contradice otras verdades conocidas pero que, ciertamente, excede completamente el intelecto humano. Por eso es que el entendimiento del hombre no puede menos que cantarle –como se lee en la siguiente oración– a ese Otro Entendimiento que ha diseñado tan perfectamente todo:

 

“Creador inefable, que de los tesoros de tu sabiduría formaste tres jerarquías de Ángeles y con maravilloso orden las colocaste sobre el cielo empíreo, y distribuiste las partes del universo con suma elegancia. Tú que eres la verdadera fuente de luz y sabiduría, y el soberano principio…”.

 

Santo Tomás de Aquino, ora pro nobis.

[1] El materialismo es una posición filosófica cuyo punto de partida es “Todo lo que existe es materia, sólo existe la materia, lo espiritual no existe. Lo que llamamos espiritual, en última instancia, se puede reducir a la materia”.

[2] Lewontin es biólogo y genetista por la Universidad de Hardvard. Es considerado un filósofo de la Ciencia, de procedencia estadounidense. Aquí en Wikipedia hay una reseña del mismo: https://es.wikipedia.org/wiki/Richard_Lewontin . En inglés, sus palabras: It is not that the methods and institutions of science somehow compel us to accept a material explanation of the phenomenal world, but, on the contrary, that we are forced by our a priori adherence to material causes to create an apparatus of investigation and a set of concepts that produce material explanations, no matter how counter-intuitive, no matter how mystifying to the uninitiated. Moreover, that materialism is absolute, for we cannot allow a Divine Foot in the door. Cfr. http://www.nybooks.com/articles/1997/01/09/billions-and-billions-of-demons/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *