La teoría evolucionista y la creación del hombre – La Humani Generis y el evolucionismo

La teoría evolucionista y la creación del hombre

Análisis del conocido fragmento 29 de la encíclica

 Humani Generis de Pío XII

 

Se suele decir, escribir y repetir sin mucha precisión que la encíclica Humani Generis, de Pío XII, publicada en el año 1950 –cuyo subtítulo es “Sobre las falsas opiniones contra los fundamentos de la doctrina católica”–, abrió por primera vez las puertas a la teoría de la evolución por parte de la doctrina católica, aunque no ciertamente a la ideología evolucionista (que es materialista y antiteísta). Así, por ejemplo, el conocido intelectual católico Mariano Artigas –glosando las opiniones de Francisco Ayala, darwinista y ex sacerdote– comenta:

Ayala añade que la mayoría de los escritores cristianos admiten la teoría de la evolución biológica. Menciona que el Papa Pío XII, en un famoso documento de 1950 (se trata de la encíclica Humani generis), reconoció que la evolución es compatible con la fe cristiana…[1]

 

A su vez, en otra oportunidad, Artigas escribió:

en la medida en que la evolución exista, manifiesta de un modo peculiar el poder y la sabiduría de Dios. En efecto, las teorías evolucionistas deben suponer que las leyes fundamentales de la naturaleza son muy específicas y que, en muchas ocasiones a lo largo de enormes períodos de tiempo, se han dado las circunstancias que han permitido a la naturaleza llegar hasta su estado actual, en el que existe un grado sorprendente de organización.

El Papa Juan Pablo II ha afirmado esta compatibilidad en diferentes ocasiones, y ha recordado lo que, en la misma línea, ya había enseñado el Papa Pío XII muchos años antes…[2]

 

En idéntica dirección, otro intelectual de nombre Miguel de Asúa -Doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires y Licenciado en Teología por la Universidad Católica Argentina- sostuvo por su lado:

El 12 de agosto de 1950 Pío XII (1939-1958) promulgó la encíclica Humani generis, el primer pronunciamiento importante del Vaticano sobre la teoría de la evolución. Respecto del evolucionismo, la encíclica lo considera parte de las ciencias positivas, aunque una parte toca cuestiones de la verdad cristiana[3].

Habida cuenta la confusión que pueden representar estas y otras citas de sentido semejante, y conociendo por experiencia que los que las leen son llevados a la conclusión de que la Iglesia Católica ha pactado con una ideología cientificista como la que inspira la evolución, deseamos aclarar por nuestra parte varias cosas. En efecto, los fragmentos reproducidos, junto con muchos más que se pudieran presentar,  mueven a formularse varias preguntas, desde la más osada a la más sutil:

  • ¿La Humani Generis admite la teoría de la evolución?
  • ¿La Humani Generis sostiene la evolución del cuerpo del hombre?
  • ¿La Humani Generis no condena la afirmación de que el cuerpo del hombre, no su alma, evoluciona?
  • ¿La Humani Generis se pronuncia sobre la posibilidad de una evolución del cuerpo del hombre, guiada por Dios?

Para empezar a indagar, debemos remitirnos a la precitada Humani Generis en su párrafo 29. Vamos a hacer algo tan sencillo pero poco común cuando se habla del tema: ¡reproducir el texto para que la interpretación que hagamos sea lo más fiel posible y para que el lector tenga esa certeza! Allí, en Humani Generis 29, se lee:

El Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios[4].

Es importante señalar varias cosas. En primer lugar, las palabras del papa Pío XII según lo cual “no está prohibido” estudiar la doctrina del evolucionismo en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente se han escrito en una circunstancia muy puntual: según el estado actual de las ciencias y la teología.

El permiso para estudiar esta doctrina no se da en abstracto sino en una situación muy concreta. No se puede des-historizar el fragmento de Humani Generis. Este permiso guarda relación con la situación de las ciencias y de la teología en ese momento; es decir, el permiso no depende algo invariable sino de algo que está sujeto a cambios. El permiso está relacionado con el perfeccionamiento, con el avance en el conocimiento, tanto en el orden científico-experimental como teológico.

Las palabras “según el estado actual de las ciencias y la teología” se llaman modificador de modalidad: expresan el grado de adhesión de quien sostiene tal frase.

Dado que el conocimiento humano, por su misma naturaleza, está sujeto al progreso y a la profundización, esta “no prohibición” de Pío XII podría perder su vigencia. Ignorar el factor tiempo no sería sensato, ya que han pasado 75 años desde la publicación de esta encíclica.

Una lectura no tendenciosa –económica[5], en términos hermenéuticos– del documento permite advertir que el papa Pío XII estaba dejando abierta la puerta al estudio de aquella doctrina en un contexto determinado: está diciendo que quedan permitidas la reflexión y la investigación sobre un tema. Habida cuenta la confusión reinante, es absolutamente necesario subrayar que el Papa Pío XII no estaba afirmando algo sobre el punto en cuestión. Simplemente, lo que hizo fue dejar manos libres a la investigación, condicionada por los requisitos recién mencionados. Es claro que tal permisión estaba vinculada al grado de conocimiento propio de la época en que estas palabras fueron escritas: año 1950.

Sería desacertado, por tanto, considerar este permiso o habilitación como un pronunciamiento teórico con respecto al evolucionismo. Se trata de una decisión prudencial, no de un juicio teorético: conceptualmente, el Papa no está afirmando nada.

Sigamos leyendo la encíclica en el mismo punto 29:

Mas todo ello ha de hacerse de manera que las razones de una y otra opinión —es decir, la defensora y la contraria al evolucionismo— sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente; y con tal que todos se muestren dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe.

Continúa el Papa Pío XII, en el mismo punto 29:

Pero algunos traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los datos e indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados; y ello, como si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija la máxima moderación y cautela en esta materia.

Aquí termina el párrafo 29. La precisión de estas líneas es notable. El papa Pío XII advertía –ya en 1950– que muchos (al igual que hoy, nos permitimos agregar) hablaban del origen del cuerpo humano a partir de una materia viva preexistente como si tal punto estuviese perfectamente demostrado: así, estos muchos daban a entender que si la doctrina católica no se acomodaba al supuestamente irresistible progreso científico, estaría condenada al anacronismo.

Ahora bien, tal punto no estaba probado en 1950.

Más aún: ni siquiera en la actualidad se ha demostrado el origen del cuerpo humano a partir de un ser vivo anterior. En palabras de Kaempfert:

¿Dónde nos situamos frente al misterio de la vida? Nos encontramos ante un gran muro de granito al cual ni siquiera hemos hecho un rasguño. Virtualmente no sabemos nada del desarrollo de la vida[6].

Si no se sabe nada del desarrollo de la vida, forzosamente tampoco se sabe nada respecto al origen del cuerpo humano, y es altamente hipotético colocar su origen en una materia viva preexistente.

Habiendo transcurrido 75 años de esta encíclica, la teoría evolutiva enfrenta nuevas objeciones, a la par que las ya existentes se ven reforzadas. Remitimos al lector a otros trabajos sobre el tema: aquí, aquí, aquí, aquí, aquí (debate), aquí, aquí, aquí, aquí (ponencia del Dr. Juan Manuel Torres) y finalmente aquí.

Es interesante al respecto tomar nota de la declaración de un prestigioso cuerpo de científicos que han asumido el compromiso de firmar públicamente un manifiesto titulado “A Scientifici Dissent from Darwinism” (Un disenso científico al Darwinismo), declaración que vio la luz en el mes de septiembre de 2005. El manifiesto –puede leerse en inglés[7] y en castellano[8]– arroja la nómina de no menos que 800 profesionales en todo el mundo[9], de las más diversas disciplinas, que han avalado la siguiente frase:

Somos escépticos acerca de las afirmaciones de que las mutaciones aleatorias y la selección natural puedan explicar la complejidad de la vida. Debe fomentarse un cuidadoso examen de la evidencia a favor de la teoría darwinista.

Tal como la página informa, quienes deseen suscribir este aserto deben contar con las siguientes condiciones: Las personas que firman la disensión científica sobre el darwinismo deben tener un doctorado en un campo científico como la biología, la química, la matemática, la ingeniería, las ciencias computacionales, o una de las otras ciencias naturales, o deben ser médicos acreditados y desempeñarse como profesores de medicina”.

Pero el tema de Pío XII no ha terminado. Porque bien vale la pregunta que nos haremos a continuación.

¿Por qué no se condenó con una declaración dogmática

el evolucionismo en la Humani Generis?

No obstante todo lo que hemos dicho, entendidas y aceptadas incluso las explicaciones precedentes, alguien podría preguntarse con toda legitimidad: si lo anterior es así, ¿entonces por qué Pío XII no dijo claramente que tampoco el cuerpo del hombre podía surgir por evolución? ¿Por qué la Iglesia no condenó sin más el evolucionismo haciendo uso de su autoridad de definir? ¿Por qué solamente se ha otorgado un simple permiso para estudiar una teoría?

En nuestra opinión, una conciencia profunda de la naturaleza doctrinaria de la Iglesia —de su esencia, en tanto Madre y Maestra— es el camino para responder a esta pregunta.

Resulta evidente que la potestad de la Iglesia para pronunciarse sobre temas lindantes con la ciencia es distinta a la que tiene en cuestiones estrictamente teológicas o morales. Las realidades visibles son abordadas por métodos tales como la experimentación y la observación, mientras que el alma humana y la ley moral natural —por ser espirituales e intangibles— se encuentran más allá de la materia, por lo que su influencia y actividad sólo pueden registrarse de forma indirecta.

El investigador Rafael A. Martínez habla de “prudencia”[10] por parte de las autoridades de la Iglesia Católica en relación al evolucionismo. Esta prudencia encuentra justificación en una profunda conciencia de la extensión y límites de su autoridad doctrinaria. En efecto, el poder de la Iglesia tiene por objeto confirmar verdades de fe y de moral. Su misión es extender a todo el mundo el Mensaje de Cristo, la Buena Noticia. Para eso tiene poder: para procurar la Evangelización. En particular, nos referimos al poder de definir ciertas verdades al declararlas “dogmas” y, por tanto, volverlas vinculantes para los fieles.

Por tanto, el poder de la Iglesia de Cristo (y en especial la Infalibilidad de la que ella goza cuando declara una verdad ex cathedra, dogmática) no es ni debe entenderse como una ventaja competitiva sobre otros campos del conocimiento —como si pudiese seguir “descubriendo” nuevas verdades, confirmándolas con sucesivas definiciones— sino como una autoridad para definir algo que ya se cree, algo que se cree hace años o siglos, algo que ya se está creyendo. Cuando la Iglesia Católica definió la Inmaculada Concepción, lo cierto es que el pueblo cristiano ya creía en la Inmaculada Concepción hace siglos. Lo mismo con la Asunción de María, por ejemplo.

Mostremos más casos. Del estudio de la historia se desprende que en situaciones tales como la propagación de graves errores (herejías), una verdad —ya creída por los fieles— es declarada en determinado momento por la Iglesia como perteneciente a la fe mediante una sentencia infalible (dogmática). En las sentencias infalibles, por tanto, la Iglesia no “agrega” ni “inventa” nada: señala explícitamente una verdad ya conocida –contenida en la Revelación, enseñada por la Tradición hace siglos, entre otras características—, cuya adhesión comienza a poseer carácter vinculante a partir del momento en que es expresamente definida. Así hizo con la Divinidad de Cristo, afirmada dogmáticamente en el año 325 D.C., en el marco del Concilio de Nicea, del que en este 2025 se cumplen 1700 años.

Ahora bien, ¿cómo aplicamos esto que sabemos respecto de la Humani Generis y de Pío XII? Vayamos despacio. Sumemos más piezas a este rompecabezas.

Hay otro elemento que aporta el precitado Martínez. A su juicio, la Iglesia habría querido evitar un nuevo “caso Galileo”[11]. Por esta razón, no habría hecho uso de su autoridad doctrinaria para definir dogmáticamente nada sobre el origen del cuerpo humano. Asimismo, agregamos nosotros, tampoco hizo uso de esta autoridad para condenar formal y explícitamente el evolucionismo, como sí hizo en cambio con la ideología comunista en Divini Redemptoris (1937) o con la ideología liberal en Libertas (1888).

En materia científica, como se ha dicho, la Iglesia no tiene la responsabilidad ni la facultad de enseñar, y mucho menos de definir. Cristo no le dio autoridad para consagrar ni rechazar paradigmas o conclusiones científicas sino para transmitir y comunicar “hasta los confines de la tierra” (Hechos 13, 47) las verdades que salvan.

Cuestiones éticas que van apareciendo como consecuencia del avance científico (fecundación in vitro, embriones congelados, vacunas realizadas en base a tejido fetal proveniente de abortos provocados, etc.) constituyen temas de naturaleza distinta a la puramente científica, por supuesto, y por lo tanto (al quedar comprometida la moral objetiva en ellos) sí compete a la Iglesia Católica formular un juicio y enseñar sobre estos puntos.

Atento a estas razones, se comprende que la Iglesia se haya limitado a enseñar que el alma humana es creada inmediatamente por Dios: su naturaleza es espiritual, no siendo producto de evolución alguna.

El ambiente equívoco y hostil que rodea a los fieles –destinatarios naturales de las enseñanzas de la Iglesia– puede también explicar esta cautela de las autoridades eclesiásticas. Ya en 1950, muchísima gente —experta o no— entendía por “evolucionismo” una serie de afirmaciones de orden científico entremezcladas con una toma de posición ideológica de neto corte cientificista y ateo. Por supuesto, ciencia e ideología son cosas diferentes, pero en la mente de muchas personas —es innegable— esta distinción no siempre resulta nítida.

Por supuesto, digamos ante todo que la causa de que esta diferenciación no sea nítida no es otra que la acción de innumerables divulgadores que entremezclan los datos científicos con sus posturas filosóficas. No es una novedad ni un gran descubrimiento mencionar que la doctrina católica y su teología –tanto en los años 50’ del siglo XX como hoy en día– son cuestionadas por todas partes en nombre de la ciencia. Rafael A. Martínez menciona dos libros que, hacia fines del siglo XIX, contribuyeron a abonar esta atmósfera: Historia del conflicto entre religión y ciencia, de John William Draper (1874) y Una historia de la guerra de la ciencia con la teología en la cristiandad, de Andrew Dickson White (1896)[12]. Se trata de dos publicaciones que, como comenta el precitado investigador, tuvieron una “amplia difusión” tanto en Estados Unidos como en otros países. Si a la acción del racionalismo antiteísta a fines del XIX le sumamos la poderosa influencia del cientificismo de la primera mitad del siglo XX, podremos aproximarnos al clima de la época en la que está escribiendo Pío XII.

De este modo, gracias a una sistemática propaganda, muchos fueron convencidos de que Darwin había efectivamente demostrado que el hombre procede del mono; rechazar esta conclusión implicaba ser etiquetado de oscurantista, supersticioso o fanático. No era nada sencillo el auditorio al que se dirigía el papa Pío XII.

Establecido lo anterior, es un hecho que, gustase o no gustase, por “evolución” y “evolucionismo” muchas personas en el mundo entendían una serie de hechos científicos, unidos –más o menos explícitamente– a una concepción atea y cientificista. Así, por ejemplo, el aumento de la resistencia de una bacteria frente a un insecticida sólo podía significar una sola cosa: evolución. Lo mismo se podría decir de las semejanzas entre los seres; todo eso sería evolución.

Teniendo presente: a) la naturaleza de la autoridad doctrinaria de la Iglesia, y b) este extendido estado de confusión entre el plano científico y el ideológico, se entiende que el Santo Padre evitase pronunciarse en torno a planos que se hallaban —y aún se hallan— confundidos.

El fragmento 29 de la Humani Generis presenta, pues, dos elementos. Se observa, por un lado, un juicio intelectual-teorético. Y por otro, una decisión prudencial ligada a ciertas condiciones.

El juicio intelectual-teorético se podría cristalizar de la siguiente forma: la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios. Pío XII no estaba diciendo que la “evolución” del cuerpo humano había tenido lugar. Entre otras cosas, porque en este fragmento no estaba diciendo nada en relación a la doctrina del evolucionismo.

La decisión prudencial fue permitir el estudio de una doctrina. Esta no prohibición es una decisión de la voluntad, y no un juicio conceptual-intelectual, aunque —por supuesto— tal decisión voluntaria tenga sus razones. Pero Pío XII no se pronuncia sobre la compatibilidad o no entre fe católica y “evolución del cuerpo humano”. No hay en el párrafo una afirmación relativa a la realidad sino una permisión ligada a ciertos requisitos:

1) que se entienda una permisión condicionada al estado “actual” de las disciplinas (ciencia y teología), es decir, a la situación del año 1950. Ello implica que esta misma “no prohibición” está lejos de ser absoluta. Se encuentra ligada a una primera condición;

2) que quede salvado que el alma humana es creada inmediatamente por Dios;

3) que se examinen ambas posturas —“la favorable y la contraria al evolucionismo”— de manera “seria, moderada y templada”. Y cuando dice “evolucionismo”, la HG entiende “la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humanoen una materia viva preexistente”. Eso significa que el papa Pío XII estaba dejando abierta la investigación a este punto, y que no veía que examinar y estudiar este punto fuese ofensivo para con la fe. O que, aún viéndolo que fuese ofensivo, consideró prudente no definir al respecto, por todo lo que hemos dicho recientemente;

4) que todos se sometan —en cuanto a la interpretación auténtica de la fe— al juicio de la Iglesia;

5) que no se traspase la libertad señalada en los puntos a), b), c) y d) como si la evolución del cuerpo “ya estuviese demostrada”.

 

Recordemos las cuatro preguntas iniciales de este capítulo:

  • ¿La Humani Generis admite la teoría de la evolución?
  • ¿La Humani Generis sostiene la evolución del cuerpo del hombre?
  • ¿La Humani Generis no condena la afirmación de que el cuerpo del hombre, no su alma, evoluciona?
  • ¿La Humani Generis se pronuncia sobre la posibilidad de una evolución del cuerpo del hombre, guiada por Dios?

Respondamos a cada una de ellas.

En base a todo lo que venimos diciendo, cabe afirmar que la Humani Generis no puede leerse como: 1) una aceptación de la teoría de la evolución; 2) un sostenimiento de la postura de la evolución respecto del cuerpo humano.

En lo tocante al punto 3), es cierto que Pío XII no condena la afirmación de que “el cuerpo del hombre —no su alma— evoluciona”. No la condena, como no condena tantas otras afirmaciones.

Interpretando rectamente este documento, hay que decir que también sería equivocado tildar de hereje o heterodoxo a quienes afirmasen la evolución del cuerpo, lo cual es una afirmación no condenada que sin embargo podría ser –o no– perfectamente contradictoria con otras verdades (reveladas o racionales). Existen muchas corrientes filosóficas cuyos principios son contrarios a la verdad, pero que no han sido condenadas por la Iglesia[13].

Por último, situándonos en el punto 4), quien afirmase la evolución del cuerpo desde la HG 29 cometerían, como se ve, un grave error de interpretación. Si lo quieren afirmar, deben buscar otras bases.

Asimismo, conviene recordar que no es costumbre de la Iglesia condenar las doctrinas que no contradicen expresa e inmediatamente el dogma. De hecho, la Iglesia no condenó las tesis cartesianas aunque tantos grandes filósofos –como Blas Pascal, Josef Pieper o Etienne Gilson– les dirigieron enérgicas críticas.

La idea de una evolución del cuerpo humano no fue condenada, lo que lleva a puntualizar lo siguiente:

–no es lícito convertir el concepto de no condenado en el concepto de aceptado, ni tampoco en aceptable;

no es lícito convertir el concepto de no condenado en el concepto de inaceptable.

 

Finalmente, el fragmento 29 de la Humani Generis no puede leerse como una afirmación de la evolución del cuerpo, supuestamente guiada por Dios. Pretenderlo comporta un sequitur inadmisible.

¿La Humani Generis se pronuncia sobre la posibilidad de una evolución del cuerpo del hombre, guiada por Dios? No, no se pronuncia.

La Humani Generis insta a examinar y a estudiar ambas posturas: la favorable y la contraria al evolucionismo. Y por evolucionismo se entiende aquella doctrina según la cual el cuerpo humano provino de una materia viva preexistente. Asimismo, se podría pensar que el papa Pío XII no aplicó la fe como “Norma Negativa” por lo que entendemos que es razonable pensar que no consideró “ofensivo ni incompatible con la fe” ninguna de las dos posturas o al menos consideró que no era prudente definir algo al respecto.

 

[1] Cfr. https://www.unav.edu/web/ciencia-razon-y-fe/evolucionismo-y-cristianismo
[2] Cfr. https://www.unav.edu/web/ciencia-razon-y-fe/evolucionismo-y-fe-cristiana
[3] Cfr. Miguel de Asúa. La evolución de la vida en la tierra. Buenos Aires, Logos, 2015, pág. 251. La negrita es nuestra.
[4] Versión extraída de los textos oficiales publicados por el Vaticano en su página web. Recuperado de <http://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html>. Las cursivas son del texto.
[5] En este contexto, una lectura económica significa que no se pretenderá extraer más conclusiones que las estricta y necesariamente deducibles, procurando especialmente no forzar el texto.
[6] Kaempfert, W. El gran misterio de todo: el secreto de la vida…, citado por Alejandro Villareal (24 de septiembre de 2010). Citas de hombres de ciencia sobre la teoría de la evolución de Darwin. [Archivo de video]. [Dos partes]. Recuperado de <https://www.youtube.com/watch?v=pCTZ2b7-cZ0>.
[7] Cfr. <http://www.dissentfromdarwin.org/>.
[8] Cfr. <http://www.dissentfromdarwin.org/about/esp/>. La misma página web se encarga de aclarar: “Las personas que firman la disensión científica sobre el darwinismo deben tener un doctorado en un campo científico como la biología, la química, la matemática, la ingeniería, las ciencias computacionales, o una de las otras ciencias naturales, o deben ser médicos acreditados y desempeñarse como profesores de medicina”.
[9] A Scientific Dissent From Darwinism. (noviembre 2016). Recuperado de <http://www.discovery.org/scripts/viewDB/filesDB-download.php?command=download&id=660>.
[10] Martínez 2007. No estamos de acuerdo con Martínez con la totalidad de lo que afirma en su trabajo, pero utilizamos los datos que él trae a colación, aunque interpretándolos de manera diversa.
[11] Valga la aclaración de que la Iglesia acusó a Galileo en alguna de sus instancias de autoridad, pero no en la máxima. Cfr. El caso Galileo, por el Dr. Raúl Leguizamón en http://elblogdecabildo.blogspot.com.ar/2008/07/cientficas.html
[12] Martínez 2007: nº 2.
[13] Por ejemplo, el idealismo hegeliano. El famoso principio de inmanencia: no hay ser fuera del pensamiento.

 

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“Neodarwinismo y Evolucionismo Cristiano. Fisuras e incongruencias”. Reseña del libro de Juan Carlos Monedero – Por el Dr. Carlos Andrés Gómez Rodas

Neodarwinismo y Evolucionismo Cristiano. Fisuras e incongruencias”.

Reseña al nuevo libro de Juan Carlos Monedero

Por el Dr. Carlos Andrés Gómez Rodas

 

Tras una larga espera, fue publicado por Ediciones Del Alcázar el libro titulado Neodarwinismo y Evolucionismo Cristiano. Fisuras e incongruencias (Ediciones Del Alcázar, 2021), que recoge la tesis de licenciatura en Filosofía de Juan Carlos Monedero tras varios años de investigación y está prologado por Juan Manuel Torres, Doctor en Filosofía y Profesor en la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina).

Este tema se debatió públicamente entre el Lic. Juan Carlos Monedero y el Dr. Oscar Beltrán en septiembre de2019, en el Aula Magna de la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (U.N.S.T.A.), que es la casa de estudios donde se recibió el autor. Si bien el secretario académico de la institución, José María Tejedor, católico y evolucionista, se negó a entregar la grabación del debate durante dos años (tal como lo sostiene públicamente el autor del libro[1]), el debate fue rescatado por un anónimo y se encuentra presente en el canal de Youtube de Monedero[2].

El libro relata cómo, en la inmensa mayoría de los casos, la teoría se presenta como absolutamente corroborada.Es un dogma de fe, no se puede discutir y quien la cuestione es tenido por un cavernícola o, peor aún, condenado al silencio, como si no valiese la pena refutar sus argumentos. En cuanto al bienestar de la teoría, a lo sumo se reconoce a regañadientes que no hay consenso en torno a los mecanismos de la supuesta evolución, pero, rápidamente, se añade que, para el establishment científico, la evolución “es un hecho comprobado” y del cual sólo faltaría “explicar algunos detalles”.

El autor exhibe gran cantidad de elementos que ponen de manifiesto cómo plantear críticas racionales a la teoría evolutiva pone en riesgo la carrera académica, las posibilidades de ascenso laboral y la fama pública de los investigadores, de suerte que el tan mentado “consenso” en torno a la evolución sería el resultado de una silenciosa presión psicológica y moral, mas no el resultado de la fuerza de la evidencia. Ben Stein, el periodista judío estadounidense, documentó esta suerte de “Gulag Cientificista” en su famoso video Expelled: no inteligence allowed[3].

Juan Carlos Monedero explica que la férrea defensa de la teoría evolutiva como único marco posible contrasta llamativamente con una idea propia del paradigma científico actual, según la cual las explicaciones científicas siempre son provisorias, y esto porque el conocimiento científico está sujeto a permanente revisión. Esta postura, que ganó terreno a partir de la famosa obra de Tomas Kuhn a mediados del siglo XX, es hoy dominante y, sin embargo, coexiste inexplicablemente con una enfática afirmación del evolucionismo por parte de ateos militantes tales como Richard Dawkins, Daniel Dennet, entre otros.

Desde la mitad del siglo XIX hasta la actualidad, sin intervalos, la teoría de la evolución es presentada como arma de secularización, de forma tal que sus consecuencias provocan, o bien el ateísmo, o bien el deísmo. Monedero lo documenta de manera fehaciente y no hay mucho lugar a dudas después de leer al insigne evolucionista Jacques Monod o, incluso, al biólogo evolucionista Richard Lewontin, en una cita demoledora que el autor de Neodarwinismo y Evolucionismo Cristiano. Fisuras e incongruencias ha sabido recopilar. A la par de esto, el autor también toma nota de una tendencia que parece ganar adeptos en otros espacios del campo científico: sostener verbalmente la teoría de la evolución sin que, al mismo tiempo, se realicen declaraciones filosóficas o religiosas. El libro analiza esta corriente.

Para llevar a cabo este trabajo, Juan Carlos se ha basado fundamentalmente en los trabajos de Raúl Leguizamón (QEPD), el pre-citado Doctor Juan Manuel Torres, el sacerdote y físico Carlos Baliña, el intelectual Horacio Boló y, ya fuera de la Argentina, en el brillante y delicioso trabajo de Phillip E. Johnson, Michael Behe, William Demsbki, Giusseppe Sermonti, Roberto Fondi, así como también en científicos que –aunque adhieren a alguna forma de la evolución– cuestionan la idea de un origen gradual de los seres vivos. En este grupoel autor ha recopilado citas de Richard Goldschmidt, Stephen Jay Gould, Niles Eldredge, Máximo Sandín, entre otros.

Pero el sector en donde el autor ha puesto verdaderamente la lupa es el de las autoridades eclesiásticas e intelectuales cristianos evolucionistas, católicos y no católicos. Desde Pío XII hasta el Papa Francisco, pasando por Juan Pablo II y Benedicto XVI, e incluyendo a Mariano Artigas, Miguel de Asúa, el padre Guillermo Jorge Cambiasso, el padre Santiago Collado González, Nicolás Jouve de la Barreda, y el propio Oscar Beltrán –que fue docente de Monedero en la UNSTA–, todos están comentados y sus argumentos reciben una fuerte réplica que no participa del estilo muchas veces sinuoso que caracteriza al mundo académico. También están abundantemente citados los aportes de Daniel Iglesias Grézes, intelectual uruguayo y bloggero de InfoCatólica, quien –a pesar de sostener la compatibilidad entre evolución no darwinista y fe cristiana– ha escrito distintos artículos que Juan Carlos Monedero supo consultar para escribir su investigación, tal como lo documenta al final del mismo.

La tesis final de la Licenciatura de Monedero es original: no afirma la falsedad del Evolucionismo Cristiano y mucho menos la verdad del mismo. Para el autor del libro, el planteo de compatibilidad entre evolución y creación (o teísmo) está atravesado por numerosas dificultades y debe ser descartado “por falta de mérito”, para usar un lenguaje judicial. En ese sentido, Collin Patterson –citado por Monedero– afirma que el evolucionismo es una suerte de “anti conocimiento”, una “anti teoría” porque sus afirmaciones constituyen “un vacío” que, aunque tienen la función de conocimiento, en realidad no comunican ninguno. Por eso Patterson ha preguntado en público a sus colegas evolucionistas qué saben realmente de la Evolución, y la respuesta fue el silencio.

No se puede abordar este libro sin alguna noción básica de Epistemología y Lógica, e incluso de Retórica y Persuasión. En efecto, Monedero explica cómo, cada vez que la teoría está a punto de colisionar con la evidencia, es reformulada para evitar su refutación. A pesar de esta resignificación, la teoría se sigue presentando con la misma supuesta “certeza absoluta” de siempre, y el autor muestra cómo esto ocurrió una y otra vez. En esta línea argumentativa, el autor incorpora los aportes epistemológicos de Popper, Lakatos y Kuhn.

Hagamos una breve enumeración de los argumentos contrarios a la teoría neodarwinista: ausencia de eslabones intermedios, estasis, apariciones, desapariciones repentinas, “complejidad irreductible”, violación del principio de la uniformidad de la naturaleza, sesgo de confirmación, falacia de petición de principio, argumento circular, etc. Esto lleva al Lic. Monedero a concluir que el motor de la teoría evolutiva es ideológico:“no se trata de ver que ocurrió sino de querer que haya ocurrido”.

[1]Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=t5sf0z29JsY

[2]Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=7BBtxlCRgTg

[3] Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=V5EPymcWp-g

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La fe católica, el ateísmo y la teoría del Big Bang

La fe católica, el ateísmo y la teoría del Big Bang

 

¿Qué creemos que significa la frase “existió el Big Bang”?

 

Desde numerosas revistas, publicaciones y e incluso documentales que versan sobre la ciencia se suele enunciar y presentar el Big Bang –esto es, “una gran explosión hace millones de años”, que según los científicos habría originado el mundo– como una teoría científica alternativa o incluso excluyente a la creencia en un Ser Superior y Personal, que desde la fe católica llamamos Dios. Sus promotores son renombrados científicos, se dice, asomando así el argumento de autoridad cuyo núcleo lo constituye el prestigio del investigador. Amparados en esta plataforma, se suele resaltar que estos investigadores son en su mayoría ateos (niegan la existencia de Dios) o agnósticos (consideran que no hay pruebas concluyentes, ni a favor ni en contra). En una palabra, el mensaje generalmente implícito es que la ciencia ha demostrado que la creencia en Dios –a la que muchos hombres adhieren– es falsa.

Ante esta presentación, muchas veces agresiva, cualquier alma creyente genera –por la virtud de la Fe– una especie de escudo, no se conmueve, no abandona su postura ni sus convicciones pero es cierto que, sin embargo, al menos de momento no puede rebatir ni oponerse a esa presentación. Seguramente se sentirá sin razones ni argumentos. Una primera luz en este camino podría tenerla si mira atentamente otras publicaciones, advirtiendo que existen efectivamente otros científicos que admiten “el Big Bang” y, sin embargo, no son ateos o incluso aceptan la existencia de Dios. Es un primer dato, elemental si se quiere pero real. Sin embargo, se puede profundizar más el asunto.

En cuanto se ahonda el mismo, lo que se descubre es muy distinto a lo que los titulares de las noticias o los divulgadores de la ciencia nos dicen.

¿Qué es lo que está detrás de las palabras “Big Bang”? ¿Qué se quiere dar a entender? El sonido “Big Bang” se pronuncia con el fin de explicar el desplazamiento –esto es, la expansión– del universo a partir de un punto de origen. Ese es el hecho observable y, como tal, incontrovertible: el Universo se expande. Cada segundo se va haciendo de mayor tamaño.

Luego viene, en el mismo “paquete” digamos, la explicación de este dato: y allí entran los científicos o, al menos, algunos de ellos que efectivamente postulan una primera y originaria explosión. Según ellos, hace millones de años habría ocurrido una gigantesca explosión cuya fuerza esté, aún en la actualidad, obrando como causa de este desplazamiento que vemos desde nuestros telescopios.

¿Qué lleva a pensar en el término Bang (en inglés, explosión) para designar esta expansión?

En la experiencia de los científicos –es decir, hasta donde ellos ven y pueden juzgar– las explosiones que conocemos, liberando toda su energía al principio, provocan la expansión de los objetos a su alrededor; los cuales se desplazan aceleradamente primero para luego desacelerar, hasta terminar en la quietud. Por tanto, sostienen algunos, en el principio fue la Explosión. En el principio fue el Caos. Ahora bien –y este es el corazón del asunto–, la Revelación Sobrenatural enseña que el origen de universo está en un Ser Personal, Inteligente, un Creador del mundo que ha hecho las cosas no por azar sino inteligentemente, con un diseño y una planificación. Pero si ahora los científicos –haciendo uso del prestigio de sus disciplinas– sostienen que el mundo se originó a partir de una gran explosión, entonces algunas personas son llevadas a pensar que no es necesario admitir un Creador. De ahí al ateísmo, no hay más que un paso. No un Pensamiento sino una suerte de anarquía originaria sería la explicación –científica, nada menos– del universo.

Estos motivos explican que, en la literatura científica, se sostenga prácticamente como “un hecho establecido e indudable” el Big Bang. Algunos, los más audaces, dan un paso más y explicitan su ateísmo.

 

Hechos e interpretaciones

 

Antes de juzgar si esta explicación atea es válida, cabe decir que más allá de la opinión que se tenga, no es un “hecho”.

Para entender el punto, hay que comprender el preciso sentido que esta palabra tiene para los científicos. ¿Qué es un hecho? ¿Qué es una interpretación?

La explicación es una entidad mental: en efecto, es una realidad psicológica que depende de la mente de una persona para existir. Será verdadera o falsa, correcta o incorrecta, pero no se la puede identificar con un hecho, que es observable, medible, cuantificable. No son lo mismo.

En este caso, el “hecho” observable, medible, no es otro que la expansión del Universo: puede verificarse mediante telescopio y es así como se supo de su existencia.

Por lo tanto, la explicación que –por lo general– se encuentra ligada al vocablo Big Bang no es un dato científico sino UNA INTERPRETACIÓN de ciertos datos científicos (y, al menos en algunos casos, una interpretación materialista[1]). Sostener o divulgar que “está comprobado científicamente que una explosión es el origen del universo, por lo tanto Dios no existe” es una simplificación burda, una caricatura del conocimiento científico mezclada con mala filosofía materialista.

Podrá discutirse si la conclusión es correcta o no, pero sólo en el campo filosófico. Lo que nunca se puede hacer –la honestidad intelectual así lo exige– es contrabandear el ateísmo haciéndolo pasar como un hecho, por sí mismo incontrovertible y tan fuera de discusión como lo que se puede ver gracias a un telescopio. No existe la ciencia atea, existen los científicos ateos. Veamos si no lo que dice el científico Richard Lewontin, de la Universidad de Hardvard:

 

“No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos obliguen a aceptar una explicación materialista del mundo fenomenológico, sino, por el contrario, que nosotros estamos forzados por nuestra adherencia a priori a las causas materiales para crear un aparato de investigación y una serie de conceptos que producen explicaciones materialistas sin importar qué tanto vayan en contra de la intuición, sin importar qué tan místicas sean para el que no ha sido iniciado. Más allá de eso, el materialismo es un absoluto, pues no podemos permitir un Pie Divino en el umbral de la puerta”[2].

 

El caso del Big Bang es sumamente ilustrativo: los científicos hablan de explosión del universo cuando en realidad sólo pueden observar una expansión. Aunque sea verdad que toda explosión conocida expande los objetos circundantes, ésto no implica que toda expansión tenga forzosamente su origen en una explosión previa: también los seres inteligentes pueden expandir, mover y trasladar los objetos, posibilidad que el materialista y ateo –arropado de científico– se niega a considerar.

Veámoslo en un ejemplo:

 

Razonamiento:

Siempre que llueva, el suelo estará mojado.

El suelo está mojado.

Luego, ha llovido.

 

El argumento es incorrecto dado que el suelo puede estar mojado por muchos otros motivos. Lo mismo pasa con el razonamiento que sustenta la teoría del Big Bang en su conclusión atea. Es por eso que muchos la califican de cientificista (y no científica). Su estructura es la misma:

 

Siempre que ocurre una explosión, lo que está a su alrededor se expande.

El Universo se expande.

Luego, ha ocurrido una explosión.

 

Es imposible no advertir la estrechez intelectual o incluso la marcada impronta materialista en aquellos científicos –o meros divulgadores de segunda mano– que presentan el dato objetivo del desplazamiento del universo como una “prueba” de que el orden del cosmos tiene su origen en un caos o, más aún, como una prueba de que Dios no existe. Agitando el telescopio, parecen decirnos “Si aceptas la expansión del universo, aceptas la explosión originaria”.

Volvamos a las verdades eternas: es evidente que el orden no vino ni puede venir del caos. La filosofía perenne puede ofrecer solución al argumento, como también se aclara el panorama cuando se distingue entre un hecho y una interpretación. Este uso de la razón brindará herramientas a la persona y así no correrá peligro su fe, ni pensará que se mueve al margen de la ciencia. Aunque por el momento el creyente no conozca la respuesta a estas objeciones antirreligiosas presentadas con la cobertura de la ciencia, es importante que la virtud de la fe lo mantenga en la certeza de que esa solución debe existir: es cuestión de que estudie y la busque. Es por eso que la persona, al rechazar la conclusión materialista –“Dios no existe” o “No hay pruebas de la existencia de Dios, la misma ciencia te lo dice”– no debería caer en el error opuesto: aceptar la declamada contraposición entre ciencia y fe, pero quedándose cómodamente con esta última. No sería racional que, amparándose en la verdad de la Revelación, declarase falso el hecho objetivo y observable (el desplazamiento del universo, en el ejemplo comentado). Por estos motivos, el gran Blas Pascal decía que “Si se somete todo a la razón, nuestra religión no tendrá nada de misterio ni de sobrenatural. Si se choca contra los principios de la razón, nuestra religión sería absurda y ridícula”.

 

Conclusión

 

La tarea de la filosofía cristiana parece punto menos que indispensable para cualquier fiel que, hoy en día, quiera mantener los ojos y los oídos bien atentos. Los ojos, ante las verdades de la ciencia. El oído, ante la Revelación Sobrenatural por la cual aceptamos –sin ver– que Dios ha creado el Universo; esto es, no que ha transformado una materia preexistente sino que lo ha hecho de la nada. Que ha diseñado, pensado, planificado el sistema solar, nuestro planeta, el ecosistema, cada planta, cada insecto, cada mamífero, dirigiendo cada cosa hacia su fin. Muchos, observando la naturaleza, llegaron a descubrir así a su Autor: “lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad…” (Romanos 1, 20).

Evidentemente, el origen del mundo es dificultoso. Hay límites para el entendimiento de la creación: ella es un acto infinito. No tenemos ningún ejemplo de ella, ya que toda la actividad del hombre se reduce a transformar la materia ya existente.

La ciencia auténtica –no la pseudociencia– es más cauta y humilde. La razón natural nos muestra un camino y la fe es la que de alguna manera corona y valida todas esas verdades, elevándolas por encima de nuestra razón. Y así llegamos al misterio, que nunca contradice otras verdades conocidas pero que, ciertamente, excede completamente el intelecto humano. Por eso es que el entendimiento del hombre no puede menos que cantarle –como se lee en la siguiente oración– a ese Otro Entendimiento que ha diseñado tan perfectamente todo:

 

“Creador inefable, que de los tesoros de tu sabiduría formaste tres jerarquías de Ángeles y con maravilloso orden las colocaste sobre el cielo empíreo, y distribuiste las partes del universo con suma elegancia. Tú que eres la verdadera fuente de luz y sabiduría, y el soberano principio…”.

 

Santo Tomás de Aquino, ora pro nobis.

[1] El materialismo es una posición filosófica cuyo punto de partida es “Todo lo que existe es materia, sólo existe la materia, lo espiritual no existe. Lo que llamamos espiritual, en última instancia, se puede reducir a la materia”.

[2] Lewontin es biólogo y genetista por la Universidad de Hardvard. Es considerado un filósofo de la Ciencia, de procedencia estadounidense. Aquí en Wikipedia hay una reseña del mismo: https://es.wikipedia.org/wiki/Richard_Lewontin . En inglés, sus palabras: It is not that the methods and institutions of science somehow compel us to accept a material explanation of the phenomenal world, but, on the contrary, that we are forced by our a priori adherence to material causes to create an apparatus of investigation and a set of concepts that produce material explanations, no matter how counter-intuitive, no matter how mystifying to the uninitiated. Moreover, that materialism is absolute, for we cannot allow a Divine Foot in the door. Cfr. http://www.nybooks.com/articles/1997/01/09/billions-and-billions-of-demons/

 

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