Entrevista a Mons. Atanasius Schneider – Por Diane Montagna

Entrevista a Mons. Atanasius Schneider – Por Diane Montagna

– Diane Montagna (DM): Excelencia, ¿cuál es su visión general del documento sobre la liturgia preparado por el cardenal Roche para la consideración de los miembros del Sagrado Colegio en el consistorio extraordinario?

+Athanasius Schneider (+AS): Para cualquier observador honesto y objetivo, el documento del Cardenal Roche da la impresión de un claro prejuicio contra el Rito Romano Tradicional y su uso actual. Parece impulsado por una agenda destinada a denigrar esta forma litúrgica y, en última instancia, eliminarla de la vida eclesial. El cardenal parece decidido a negar al rito tradicional cualquier lugar legítimo en la Iglesia actual. Un compromiso con la objetividad y la imparcialidad, marcado por la ausencia de prejuicios y una genuina preocupación por la verdad, brilla por su ausencia. En cambio, el documento emplea un razonamiento manipulador e incluso distorsiona la evidencia histórica. No logra encarnar el principio clásico, sine ira et studio , es decir, un enfoque «sin ira ni celo partidista».

 

– (DM): Analicemos varios pasajes específicos del informe. En el n.º 1, el cardenal Roche afirma: «La historia de la liturgia, podríamos decir, es la historia de su continua ‘reforma’ en un proceso de desarrollo orgánico». Esto plantea una pregunta fundamental: ¿son lo mismo reforma que desarrollo ? La reforma parece sugerir una intervención deliberada y positivista, mientras que el desarrollo parece implicar un crecimiento orgánico comprobado a lo largo del tiempo. Históricamente, ¿es correcto decir que la liturgia ha requerido una reforma continua, o se entiende mejor como un desarrollo orgánico, con solo intervenciones correctivas ocasionales?

(+AS): En este sentido, la declaración del Papa Benedicto XVI sigue siendo pertinente e incontrovertible: «En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura» Carta a los Obispos con ocasión de la publicación de la Carta Apostólica Summorum Pontificum , 7 de julio de 2007). Es un hecho histórico —atestiguado por eruditos litúrgicos autorizados— que desde la época del Papa Gregorio VII en el siglo XI, es decir, durante casi un milenio, el Rito de la Iglesia Romana no experimentó reformas significativas. El Novus Ordo de 1970, en cambio, se presenta a cualquier observador honesto y objetivo como una ruptura con la tradición milenaria del Rito Romano.

Esta evaluación se ve reforzada por el juicio del erudito litúrgico Archimandrita Boniface Luykx, perito del Concilio Vaticano II y miembro de la comisión litúrgica vaticana (el llamado Consilium ), dirigida por el padre Annibale Bugnini. Luykx identificó fundamentos teológicos erróneos en la labor de esta comisión, escribiendo:

“Detrás de estas exageraciones revolucionarias se escondían tres principios típicamente occidentales pero falsos: (1) el concepto (à la Bugnini) de la superioridad y el valor normativo del hombre occidental moderno y su cultura para todas las demás culturas; (2) la inevitable y tiránica ley del cambio constante que algunos teólogos aplicaron a la liturgia, la enseñanza de la Iglesia, la exégesis y la teología; y (3) la primacía de lo horizontal” Una visión más amplia del Vaticano II , Angelico Press, 2025, p. 131).

 

– (DM): ¿Es precisa la descripción que hace el cardenal Roche de la bula Quo primum del papa Pío V en el n.º 2? ¿Acaso el papa San Pío V no permitió que continuara cualquier rito que se hubiera usado durante doscientos años? ¿Y acaso no se permitió que otros ritos, como el ambrosiano o el dominico, persistieran y prosperaran?

(+AS): El cardenal Roche hace una referencia selectiva al Quo primum , distorsionando así su significado y utilizando el documento del papa San Pío V para respaldar una interpretación antitradicional. De hecho, el Quo primum permite explícitamente que todas las variantes del Rito Romano que se han usado ininterrumpidamente durante al menos doscientos años continúen legalmente. La unidad no significa uniformidad, como atestigua la historia de la Iglesia.

Dom Alcuin Reid, estudioso de la liturgia y destacado experto en el desarrollo orgánico de la liturgia, describe así la situación de este período:

No debemos caer en el error revisionista de imaginar un completo encubrimiento centralista de la liturgia occidental: la diversidad persistió en el seno de esta unidad. Los dominicos mantuvieron su propia liturgia. Otras órdenes también mantuvieron ritos distintivos. Las iglesias locales (Milán, Lyon, Braga, Toledo, etc., así como los principales centros medievales ingleses: Salisbury, Hereford, York, Bangor y Lincoln) conservaron sus propias liturgias. Sin embargo, cada una pertenecía a la familia litúrgica romana ( The Organic Development of the Liturgy , Farnborough 2004, pp. 20-21).

Esta realidad histórica confirma que el Papa San Pío V efectivamente permitió que perduraran ritos con una historia continua de al menos dos siglos, incluidos usos bien establecidos como los ritos ambrosiano y dominicano, que no sólo se conservaron sino que continuaron floreciendo dentro de la unidad de la Iglesia romana.

 

– (DM) En la nota 4 del documento, el cardenal Roche escribe: «Podemos afirmar con certeza que la reforma de la Liturgia querida por el Concilio Vaticano II está… en plena sintonía con el verdadero sentido de la Tradición». ¿Cuál es su opinión sobre esta afirmación, especialmente a la luz de la experiencia que la mayoría de los católicos tienen de la Nueva Misa en su parroquia?

(+AS): Esta afirmación es solo parcialmente cierta. La intención de los Padres del Concilio Vaticano II fue, de hecho, una reforma en continuidad con la tradición de la Iglesia, como se desprende de esta importante formulación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia: «No debe haber innovaciones a menos que el bien de la Iglesia las exija genuina y ciertamente; y debe procurarse que las nuevas formas que se adopten surjan, de algún modo, orgánicamente de las ya existentes» ( Sacrosanctum Concilium , n. 23).

El cardenal Roche comete el error típico de un ideólogo, utilizando un argumento circular, que se puede resumir así: (1) la reforma de la Misa de 1970 está en plena sintonía con el verdadero significado de la Tradición; (2) la intención de los Padres del Concilio Vaticano II estaba en plena sintonía con el verdadero significado de la Tradición; (3) por lo tanto, la Misa de 1970 está en plena sintonía con el verdadero significado de la Tradición.

Sin embargo, poseemos valoraciones de testigos eminentes que estuvieron directamente implicados en los debates litúrgicos del Concilio y que sostienen que el Ordinario de la Misa de 1970 representa el producto de una especie de revolución litúrgica, contraria a la verdadera intención de los Padres Conciliares.

Entre los testigos más importantes se encuentra Joseph Ratzinger. En una carta de 1976 al profesor Wolfgang Waldstein, escribió con sorprendente claridad:

El problema del nuevo Misal radica en que rompe con esta historia continua —que progresó ininterrumpidamente tanto antes como después de Pío V— y crea un libro completamente nuevo, cuya aparición va acompañada de una especie de prohibición de lo previamente existente, totalmente ajena a la historia del derecho eclesiástico y la liturgia. Por mi conocimiento de los debates conciliares y una lectura renovada de los discursos pronunciados en aquel momento por los Padres Conciliares, puedo afirmar con certeza que esto no fue intencionado.

Otro testigo destacado es el ya mencionado Archimandrita Boniface Luykx. En su recientemente publicado “ Una visión más amplia del Vaticano II. Memorias y análisis de un consultor conciliar” , declaró con franqueza:

Hubo una continuidad perfecta entre el período preconciliar y el propio Concilio, pero después del Concilio esta continuidad crucial fue interrumpida por las comisiones posconciliares. … El Novus Ordo no es fiel a la CSL [Constitución sobre la Sagrada Liturgia], sino que va sustancialmente más allá de los parámetros que la CSL estableció para la reforma del rito de la Misa. … La aplanadora del horizontalismo antropocéntrico (en oposición al verticalismo teotcéntrico) ha aplanado todas las formas litúrgicas después del Vaticano II, pero su principal víctima es el Novus Ordo . … El principal perdedor en este proceso es el misterio, que debería ser, por el contrario, el objeto y contenido principal de la celebración” (pp. 80, 98, 104).

 

– (DM)¿Qué opina de la afirmación del cardenal Roche en el n. 9, de que “el bien primario de la unidad de la Iglesia no se logra congelando la división, sino encontrándonos en el compartir lo que no puede ser más que compartido”?

(+AS): Para el cardenal Roche, la mera existencia del principio y la realidad del pluralismo litúrgico en la vida de la Iglesia aparentemente equivale a una «división congelante». Tal afirmación es manipuladora y deshonesta, pues contradice no solo la práctica bimilenaria de la Iglesia, que siempre ha considerado la diversidad de ritos reconocidos —o de variantes legítimas dentro de un rito— no como una fuente de división, sino como un enriquecimiento de la vida eclesial.

Solo clérigos de mente estrecha, moldeados por una mentalidad clericalista, han mostrado —y continúan mostrando incluso en nuestros días— intolerancia hacia la coexistencia pacífica de diferentes ritos y prácticas litúrgicas. Entre muchos ejemplos deplorables se encuentra la coerción sufrida por los cristianos de Santo Tomás en la India durante el siglo XVI, quienes se vieron obligados a abandonar sus propios ritos y adoptar la liturgia de la Iglesia latina, basándose en el argumento de que a una lex credendi debe corresponder solo una lex orandi , es decir, una única forma litúrgica.

Otro ejemplo trágico es la reforma litúrgica de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el siglo XVII, que prohibió la forma antigua de su rito e impuso el uso exclusivo de una versión revisada. Si las autoridades eclesiásticas hubieran permitido la coexistencia del rito antiguo y el nuevo, ciertamente no habrían “congelado la división”, sino que habrían evitado un doloroso cisma —el cisma de los llamados “Viejos Ritos” o “Viejos Creyentes”— que ha perdurado hasta nuestros días. Tras un período considerable de tiempo, la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa Rusa reconoció el error pastoral de la uniformidad litúrgica impuesta y restableció el libre uso de la forma antigua del rito. Desafortunadamente, solo una minoría de los “Viejos Creyentes” se reconcilió con la jerarquía, mientras que la mayoría permaneció en el cisma, ya que los traumas eran demasiado profundos y la atmósfera de desconfianza y alienación mutuas había perdurado demasiado tiempo. En este caso, la intolerancia por parte de la jerarquía hacia el uso legítimo del rito más antiguo literalmente congeló la división: los antiguos ritualistas fueron exiliados por el zar a la helada Siberia.

El apego a la forma más antigua del Rito Romano no “congela la división”. Por el contrario, representa, en palabras de San Juan Pablo II, “una justa aspiración a la que la Iglesia garantiza respeto” (Carta Apostólica Ecclesia Dei , 2 de julio de 1988, n. 5 c). La coexistencia pacífica de ambos usos del Rito Romano, iguales en derecho y dignidad, demostraría que la Iglesia ha preservado tanto la tolerancia como la continuidad en su vida litúrgica, implementando así el consejo del “dueño de la casa”, alabado por el Señor, “que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas ( nova et vetera )” (Mt. 13:52). Por el contrario, en este documento el Cardenal Roche emerge como un representante de un clericalismo intolerante y rígido en la esfera litúrgica, que rechaza la posibilidad de un genuino compartir recíproco en presencia de diferentes tradiciones litúrgicas.

 

– (DM) En el número 10 del documento —que quizás despertó la mayor consternación— el cardenal Roche afirma: «El uso de los libros litúrgicos que el Concilio intentó reformar fue, desde san Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión que de ninguna manera preveía su promoción». ¿Cómo respondería al cardenal sobre este punto, particularmente en vista de la carta apostólica Summorum Pontificum del papa Benedicto XVI y su carta adjunta a este motu proprio ?

(A.S.) Yo respondería con la siguiente sabia observación del archimandrita Boniface Luykx: “Sostengo que la pluriformidad —es decir, la coexistencia de diferentes formas de celebración litúrgica manteniendo el núcleo esencial— podría ser una gran ayuda para la Iglesia occidental… El Papa Juan Pablo II, de hecho, adoptó el principio de pluriformidad cuando restauró la Misa Tridentina en 1988” ( Una visión más amplia del Vaticano II , pág. 113).

Esta perspectiva contradice directamente la afirmación de que el uso continuado de los libros litúrgicos anteriores fue simplemente una concesión tolerada sin intención de fomentarla ni promoverla. Una importante enseñanza de San Juan Pablo II ilustra aún más este punto. Afirma:

“En el Misal Romano de San Pío V, como en varias liturgias orientales, hay oraciones muy hermosas mediante las cuales el sacerdote expresa el sentido más profundo de humildad y reverencia ante los sagrados misterios: revelan la sustancia misma de la liturgia” (Mensaje a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 21 de septiembre de 2001).

En conjunto, estos testimonios autorizados demuestran que el reconocimiento y la restauración de los libros litúrgicos más antiguos no se entendieron simplemente como concesiones renuentes, sino como expresiones de una pluriformidad legítima dentro de la vida litúrgica de la Iglesia, capaz de enriquecer a la Iglesia occidental preservando al mismo tiempo el núcleo esencial del Rito Romano.

 

– (DM) Es muy posible que, si este documento se hubiera debatido en el consistorio del 7 y 8 de enero, los cardenales, en conjunto, no hubieran podido discernirlo adecuadamente, dada la generalizada falta de formación litúrgica en la Iglesia actual, incluso entre el clero y la jerarquía. ¿Cuántos de ellos, por ejemplo, podrían haber refutado la afirmación del cardenal sobre el Quo primum de Pío V ? En un futuro consistorio, está perfectamente dentro de la facultad del Papa nombrar a un perito para que presente un documento más erudito y fundamentado a los miembros del Sagrado Colegio sobre el tema que desea que consideren. ¿Podría ser esta una vía de avance en el consistorio extraordinario previsto para finales de junio de 2026?

(+AS): Creo que hoy en día hay una gran ignorancia entre los obispos y cardenales sobre la historia de la liturgia, sobre la naturaleza de los debates litúrgicos durante el Concilio e incluso sobre el texto mismo de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II.

Dos hechos muy importantes se olvidan con frecuencia. El primero es que la verdadera reforma de la Misa según el Concilio ya se había promulgado en 1965, concretamente el Ordo Missae de 1965, que la Santa Sede describió explícitamente en aquel momento como la aplicación de las disposiciones de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia. Este Ordo Missae representó una reforma muy cautelosa y conservó todos los detalles esenciales de la Misa tradicional, con solo cambios limitados. Estos incluyeron la omisión del Salmo 42 al comienzo de la Misa —una modificación que no era inédita, ya que este salmo siempre se había omitido en la Misa de Réquiem y durante la Pasión—, así como la omisión del Evangelio de San Juan al final de la Misa.

La verdadera innovación consistió en el uso de la lengua vernácula durante toda la misa, con excepción del canon, que debía rezarse en silencio en latín. Los propios Padres Conciliares celebraron esta misa reformada durante la última sesión de 1965 y expresaron su satisfacción general. Incluso el arzobispo Lefebvre celebró esta forma de la misa y ordenó que se utilizara en su seminario de Écône hasta 1975.

El segundo hecho es el siguiente. En el primer Sínodo de Obispos después del Concilio, celebrado en 1967, el P. Annibale Bugnini presentó a los Padres Sinodales el texto y la celebración de un Ordo Missae radicalmente reformado . Este era esencialmente el mismo Ordo Missae que posteriormente promulgó el Papa Pablo VI en 1969 y que hoy constituye la forma ordinaria de la liturgia en la Iglesia Católica Romana.

Sin embargo, la mayoría de los Padres Sinodales de 1967 —casi todos ellos también Padres del Concilio Vaticano II— rechazaron este Ordo Missae, es decir, nuestro actual Novus Ordo. En consecuencia, lo que celebramos hoy no es la Misa del Concilio Vaticano II, que es en realidad el Ordo Missae de 1965, sino la forma de la Misa que los Padres Sinodales rechazaron en 1967 por considerarla demasiado revolucionaria.

 

(DM) ¿Qué alternativas al documento del cardenal Roche les ofrecería a los cardenales, si pudiera ofrecerles solo algunos puntos?

(+AS): Quisiera presentarles a los cardenales varios puntos fundamentales. En primer lugar, recordaría los innegables hechos históricos sobre la verdadera Misa del Concilio Vaticano II, concretamente el Ordo Missae de 1965, así como el rechazo fundamental por parte de los Padres Sinodales en 1967 del Novus Ordo que les presentó el P. Bugnini.

En segundo lugar, quisiera destacar los principios siempre vigentes que rigen el culto divino, formulados por el propio Concilio Vaticano II: el carácter teocéntrico, vertical, sagrado, celestial y contemplativo de la liturgia auténtica. Como enseña el Concilio:

“En ella lo humano se ordena y subordina a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y este mundo presente a la ciudad futura que buscamos. … En la liturgia terrena participamos en un anticipo de la liturgia celestial” ( Sacrosanctum Concilium , nn. 2; 8).

En tercer lugar, quisiera enfatizar el principio de que la diversidad litúrgica no perjudica la unidad de la fe. Como subrayaron los Padres Conciliares:

“En fiel obediencia a la tradición, el sagrado Concilio declara que la santa Madre Iglesia considera de igual derecho y dignidad todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere conservarlos en el futuro y fomentarlos por todos los medios” (n. 4).

Por último, quisiera apelar a la conciencia de los cardenales afirmando que el Papa tiene hoy una oportunidad única de restablecer la justicia y la paz litúrgica en la vida de la Iglesia, concediendo a la forma más antigua del Rito Romano la misma dignidad y los mismos derechos que la forma litúrgica ordinaria, conocida como Novus Ordo .

Tal paso podría lograrse mediante una generosa ordenanza pastoral ex integro . Pondría fin a las disputas derivadas de interpretaciones casuísticas sobre el uso de la antigua forma litúrgica. También pondría fin a la injusticia de tratar a tantos hijos e hijas ejemplares de la Iglesia —especialmente a tantos jóvenes y familias jóvenes— como católicos de segunda clase.

Una medida pastoral de este tipo tendería puentes y demostraría empatía con las generaciones pasadas y con un grupo que, aunque minoritario, sigue siendo desatendido y discriminado en la Iglesia actual, en un momento en el que se habla tanto de inclusión, de tolerancia hacia la diversidad y de escucha sinodal de las experiencias de los fieles.

 

(DM) Excelencia, ¿hay algo que desee añadir?

(+AS): No podría hacer mejor declaración sobre la actual crisis litúrgica que citando las luminosas palabras del archimandrita Boniface Luykx, un serio erudito litúrgico, un celoso misionero en África y un hombre de Dios que celebró tanto la liturgia latina como la bizantina, respirando así, por así decirlo, con los dos pulmones de la Iglesia:

“El cardenal Ratzinger también ha dado su apoyo, declarando que la antigua Misa es una parte viva y, de hecho, “integral” del culto y la tradición católica, y prediciendo que hará “su propia contribución característica a la renovación litúrgica solicitada por el Concilio Vaticano II” (p. 115).

Cuando desaparece la reverencia, toda adoración se convierte en un simple entretenimiento horizontal, una fiesta social. Aquí, nuevamente, los pobres, los pequeños, son víctimas, ya que los “expertos” y los disidentes les arrebatan la realidad evidente de la vida como emanación de Dios en la adoración (p. 120).

Ningún jerarca, desde un simple obispo hasta el papa, puede inventar nada. Todo jerarca es sucesor de los apóstoles, lo que significa que es, ante todo, guardián y servidor de la Sagrada Tradición: garante de la continuidad en la enseñanza, el culto, los sacramentos y la oración (p. 188).

El documento del cardenal Roche recuerda la lucha desesperada de una gerontocracia enfrentada a críticas serias y cada vez más vocales, que surgen principalmente de una generación más joven, cuya voz  intenta sofocar mediante argumentos manipuladores y, en última instancia, utilizando el poder y la autoridad como armas.

Sin embargo, la frescura y la belleza intemporales de la liturgia, junto con la fe de los santos y de nuestros antepasados, prevalecerán. El sensus fidei percibe instintivamente esta realidad, especialmente entre los «pequeños» de la Iglesia: niños inocentes, jóvenes heroicos y familias jóvenes.

Por esta razón, recomiendo encarecidamente al cardenal Roche y a muchos otros clérigos mayores y algo rígidos que reconozcan los signos de los tiempos; o, dicho en sentido figurado, que se suban al carro para no quedarse atrás. Porque están llamados a reconocer los signos de los tiempos que Dios mismo da a través de los «pequeños» de la Iglesia, hambrientos del pan puro de la doctrina católica y de la belleza imperecedera de la liturgia tradicional.

 

 

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León XIII: “La Virgen, exenta de la mancha original, escogida para ser Madre de Dios y asociada por lo mismo, escogida para ser Madre de Dios y asociada por lo mismo a la obra de la salvación del género humano, goza cerca de su Hijo de un favor y de un poder tan grande que nunca han podido ni podrán obtenerlo igual ni los hombres ni los ángeles.” (Supremi Apostolatus, 1 de septiembre de 1883)

“La que había sido cooperadora en el sacramento de la redención del hombre, sería también cooperadora en la dispensación de las gracias derivadas de Él.” (AAS 28 [1895-1896], 130-131)

San Pío X: “La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y sufrimientos entre María y Jesús es que María mereció ser reparadora dignísima del orbe perdido y, por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre.” (Ad diem illud, 2 de febrero de 1904)

Benedicto XV: “Los doctores de la Iglesia enseñan comúnmente que la Santísima Virgen María, que parecía ausente de la vida pública de Jesucristo, estuvo presente, sin embargo, a su lado cuando fue a la muerte y fue clavado en la cruz, y estuvo allí por divina disposición. En efecto, en comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; abdicó los derechos de madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres; y, para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de Ella, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar, con razón, que redimió al linaje humano con Cristo. Y, por esta razón, toda suerte de gracias que sacamos del tesoro de la redención nos vienen, por decirlo así, de las manos de la Virgen dolorosa.” (Epist. Inter sodalicia, 22 de mayo de 1918)

Pío XI: “¡Oh Madre de piedad y de misericordia, que acompañabais a vuestro dulce Hijo, mientras llevaba a cabo en el altar de la cruz la redención del género humano, como corredentora nuestra asociada a sus dolores…!, conservad en nosotros y aumentad cada día, os lo pedimos, los preciosos frutos de la redención y de vuestra compasión.” (Radiomensaje, 28 de abril de 1935)

Pío XII: “Habiendo Dios querido que, en la realización de la redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Cristo, tanto que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos asociados íntimamente al amor y a los dolores de su Madre, es cosa enteramente razonable que el pueblo cristiano, que ha recibido de Jesús la vida divina por medio de María, después de los debidos homenajes al Sacratísimo Corazón de Jesús, demuestre también al Corazón amantísimo de la Madre celestial los correspondientes sentimientos de piedad, amor, acción de gracias y reparación.” (Haurietis Aquas, 15 de mayo de 1956)

Concilio Vaticano II: “Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia.” (Lumen Gentium, n. 61).

 

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Por el afecto que os unió a la Virgen Inmaculada, Madre de Dios; por el amor paternal que profesasteis al Niño-Jesús, os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que Jesucristo conquistó con su Sangre, y que nos socorráis con vuestro poder en nuestras necesidades.

Proteged, prudentísimo Custodio de la Divina Familia, el linaje escogido de Jesucristo; preservadnos Padre amantísimo, de todo contagio de error y corrupción, sednos propicio y asistidnos desde el Cielo, poderosísimo Protector nuestro, en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas. Y del mismo modo que, en otra ocasión, librasteis del peligro de la muerte al Niño-Jesús, defended ahora a la Santa Iglesia de Dios, contra las asechanzas de sus enemigos y contra toda adversidad.

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Lic. Juan Carlos Monedero

CRÍTICA CATÓLICA AL CONCEPTO
PROTESTANTE DE SOLA SCRIPTURA

Lic. Juan Carlos Monedero

ÍNDICE

Prólogo del Dr. Dante A. Urbina
Introducción
PRIMERA PARTE: EXPOSICIÓN DEL PRINCIPIO PROTESTANTE DE SOLA SCRIPTURA
El principio de Sola Scriptura según el Cardenal Newman
El principio de Sola Scriptura: la Biblia como única autoridad
La Biblia como última autoridad
Confesión de Fe de Westminster
Segunda Confesión Bautista de Fe de Londres
R. C. Sproul
Miguel Núñez
John MacArthur
Citas invocadas para sustentar la Sola Scriptura
El sentido final de la Sola Scriptura
La Sola Scriptura contra la Tradición Católica
Libre Interpretación de la Biblia
Confusionismo en torno a Sola Scriptura: ¿norma única o norma última?

Ambivalencia en los debates de Carlos Veloz
El péndulo de Robert Charles Sproul
La oscilación de Miguel Núñez
Fluctuación y balanceo en un trabajo de John MacArthur
La Sola Scriptura en un sermón de John MacArthur (2013). Contraste con Sproul
Comparación del sermón de MacArthur con fuentes anteriores
Contenido de la expresión Sola Scriptura en el sermón de MacArthur
La Sola Scriptura en un segundo trabajo de John MacArthur
Comentario sobre la Confesión de Fe de Westminster (capítulo I, punto VI)
Deducciones “no necesarias” (probables)
Deducciones “buenas y necesarias”

Conclusiones de la Primera Parte
CRÍTICA A LA DOCTRINA PROTESTANTE DE SOLA SCRIPTURA
Equivocidad en el concepto de Sola Scriptura
Las normas del Antiguo Testamento. Necesidad de una autoridad intérprete infalible
Volvamos al punto de la equivocidad de la Sola Scriptura
El principio de Sola Scriptura no está contenido en las Escrituras
El principio de Sola Scriptura contradice las Escrituras
La Iglesia es anterior al Nuevo Testamento
La Biblia identifica a Cristo con otras personas
La Biblia remite a otras autoridades no bíblicas
La Biblia indica que hay otras verdades que quedaron pendientes de ser escritas
La historia desacredita el principio de Sola Scriptura
La Sola Scriptura y la formación del canon bíblico
El Concilio de Jerusalén contra la Sola Scriptura
La dinámica de la lectura rebate la Sola Scriptura
Los propios protestantes, en realidad, no cumplen a rajatabla la Sola Scriptura
¿Y qué hay de la cita de Mc 7, 1-13 contra la tradición?
Si la doctrina de la Sola Scriptura es verdadera, entonces es falsa
La Sola Scriptura es una innovación teológica
La Sola Scriptura y la Tradición
¿Y qué hay de la otra tesis protestante de la Libre Interpretación de la Biblia o Libre Examen?
El principio de “libre interpretación” contradice las Escrituras
Cristo quiso una jerarquía, no una anarquía
El principio de libre interpretación resulta en la anarquía doctrinaria
La tesis de libre interpretación prohibida por los reformadores
CONCLUSIONES
CÁNONES DE TRENTO

 

 

Prólogo del Dr. Dante A. Urbina

 Es un gran gusto para mí prologar este libro de mi buen amigo Juan Carlos Monedero. Y más aún considerando la gran relevancia del tema que está tratando: la Sola Scriptura. Según se ufanan varios teólogos protestantes de proclamar, la doctrina de Sola Scriptura es la “causa formal” de la Reforma Protestante. Por tanto, también puede decirse de la Sola Scriptura aquello que se dice de la doctrina protestante de la justificación, esto es, que es aquella doctrina en virtud de la cual la mal llamada “Reforma” se mantiene de pie o cae.

Precisamente en este libro, con la agudeza de razonamiento filosófico propia de su formación, Juan Carlos Monedero destruye esta base epistémica de la Reforma. Las primeras páginas del libro muestran el concepto de Sola Scriptura y sus variaciones mientras que, hacia la mitad del mismo, el objetivo es hacer notar al lector la equivocidad de la definición de Sola Scriptura. Como ya se sabe, en infinidad de cuestiones el protestantismo es –en última instancia– “tierra de nadie” hasta el punto que ni siquiera en su concepto epistémico más fundamental (el de Sola Scriptura) pueden los protestantes ponerse de acuerdo. En efecto, hay múltiples enfoques y definiciones sobre Sola Scriptura. Es difícil que la Reforma pretenda ser un edificio sólido sobre bases tan volubles.

Asimismo, Juan Carlos Monedero refuta las supuestas bases bíblicas de la Sola Scriptura. En este trabajo, analiza los pasajes a los que más suelen apelar los protestantes para intentar argumentar y defender esta doctrina desde la Biblia, como por ejemplo: II Timoteo 3, 13-17, II Pedro 1, 19-21 y Apocalipsis 22, 18-19. Monedero dedica varias páginas a demostrar que los divulgadores y apologetas protestantes, en lugar de hacer propiamente una exégesis, más bien están llevando adelante una eiségesis de estos versículos. De esta forma, presentan a estos fragmentos como diciendo cosas que en realidad no dicen.

En adición a ello, además de otros argumentos, el autor presenta evidencia bíblica contra la Sola Scriptura, con lo que queda por demás sepultada esta doctrina.

Este libro, pues, constituye un aporte valioso a la literatura apologética que no se debe soslayar.

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La recopilación fue realizada por Santo Tomás de Aquino y condensada en una obra titulada “Catena Aurea” (cadena de oro). Se ha presentado en tres partes, tal como Santo Tomás explica los versículos:

  1. Lc. 21, 25-27
  2. Lc. 21, 28
  3. Lc. 21, 34-36

El título refleja el encadenamiento de los comentarios, enlazados unos tras otros.

Interpretación del Evangelio según Catena Aurea – Domingo 15 09 2024 (Nuevo Calendario)

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El título refleja el encadenamiento de los comentarios, enlazados unos tras otros.

El Juramento Antimodernista de San Pío X

ᴇʟ ᴊᴜʀᴀᴍᴇɴᴛᴏ ᴀɴᴛɪᴍᴏᴅᴇʀɴɪsᴛᴀ

ᴅᴇ sᴀɴ ᴘɪ́ᴏ x

 

Resumen del video

  1. Introducción al problema modernista. Su relación con nuestro presente doliente.
  2. Contexto histórico. Ubicación temporal (postrimerías del siglo XIX y albores del XX Agnosticismo filosófico imperante. Infiltración protestante en la Iglesia Católica a través de Hegel. Inmanentización o racionalización del misterio. Negación de los milagros. Adulteración del misterio. Oposición entre patrística y escolástica y otras yerbas. Presentación de la doctrina de forma dispersa. Insidia modernista.
  3. La reacción de la Iglesia. El olfato de las ovejas. El modernismo no fue el único error del siglo. Relación con el liberalismo. Conclusiones de las investigaciones eclesiásticas. Falsa evolución del dogma vs desarrollo auténtico de la doctrina a través de la lógica. La fatal arrogancia de los modernistas.
  4. Definición del modernismo según la Pascendi de San Pío X. ¿Qué tiene un modernista en la cabeza? Respuesta: múltiples personalidades (como James McAvoy en la película Split). Trastorno de personalidad teológica. Licuado de herejías. Relativismo teológico hipócrita. Doctrinas disolventes. Fundamento del modernismo: el agnosticismo. Influencia de Kant, el padre de la Modernidad según el prominente francmasón argentino Ángel Clavero. Clausura al conocimiento de Dios. Contradicción con la Carta a los Romanos. Negación de la teología. Falsa oposición entre fe y ciencia. Manipulación de la Biblia.
  5. Consecuencias del modernismo: agnosticismo, ateísmo e inmanencia vital. La religión “más grande jamás INVENTADA”, según Hegel. No existe la Revelación.
  6. El juramento antimodernista. Abrazo y recibo: 2 verbos clave. Remisión al Syllabus Errorum de Pío IX. Verdades negadas por los modernistas y reafirmadas por San Pío X: a) conocimiento de Dios mediante la razón; b) argumentos externos de la Revelación (léase hechos divinos), principalmente milagros y profecías. Atemporalidad y universalidad de dichos argumentos; c) la única Iglesia verdadera es la Iglesia Católica. Ambigüedad deliberada y deshonestidad intelectual de los            modernistas; d) los dogmas son como las especies. No evolucionan. El depósito divino no se mancha. Alteración del sentido por parte de los modernistas. Guerra semántica. Decir una verdad para defender una mentira.
  7. Una frase de San Pío sobre qué actitud tomar ante el modernismo. De padres modernistas, hijos progresistas.
  8. Prudencia al tratar de cuestiones tan delicadas como candentes. Pablo VI: Luces y sombras. Confesión de parte de Pablo VI. Frases tremendas. ¿Quién dejó entrar al ladrón? Reducciones al estado laical exprés durante su pontificado. Absoluta necesidad de un conocimiento de la historia de la Iglesia. No nos quedemos hablando, hagamos algo.
  9. Conclusiones y preguntas. Una solicitud de un teólogo brasileño al Papa Francisco. Contra las herejías y las afirmaciones heretizantes.

Entre fines del siglo XIX y principios del XX, la Iglesia Católica fue asediada por una 𝗴𝗿𝗮𝘃𝗶́𝘀𝗶𝗺𝗮 𝗵𝗲𝗿𝗲𝗷𝗶́𝗮: el modernismo.

Como parte de la lucha contra esta herejía, el papa San Pío X publicó una encíclica (𝙋𝙖𝙨𝙘𝙚𝙣𝙙𝙞, 1907) y redactó un juramento antimodernista que todos los seminaristas debían jurar antes de ser ordenados sacerdotes.

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En ese juramento, se establecía el compromiso de repudiar todos los errores de la herejía modernista . En este video, Hugo y yo analizamos el juramento en cuestión, lo explicamos: 𝗺𝘂𝗰𝗵𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗲𝗿𝗿𝗼𝗿𝗲𝘀 𝗺𝗼𝗱𝗲𝗿𝗻𝗶𝘀𝘁𝗮𝘀 𝘀𝗶𝗴𝘂𝗲𝗻 𝘃𝗶𝗴𝗲𝗻𝘁𝗲𝘀.

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Piedad sin prudencia, dinamita para el alma – El consejo de Don Cafasso a Don Bosco

Piedad sin prudencia,

dinamita para el alma

El consejo de Don Cafasso a Don Bosco

“La esencia de la virtud reside más en el bien que en la dificultad”

Santo Tomás de Aquino

Por el Lic. Juan Carlos Monedero (h)

Descargue la versión en PDF haciendo click aquí.

Compartimos esta anécdota de la vida de Don Bosco, hecha biografía por Hugo Wast; abajo nuestro comentario filosófico-teológico prudencial al respecto.

 

“¡Ya está! ¡Será oblato de la Virgen María!

Con aquel ímpetu generoso de todas sus resoluciones, destina todos sus minutos libres a estudiar lenguas, español, inglés, francés, instrumentos preciosos para un misionero. Ha consultado a su confesor, Don Cafasso, quien sacude la cabeza irónicamente:

-¿No pensaba también ser sastre? ¿Cómo va la sastrería?

Don Cafasso alude a aquel sueño que Don Bosco le ha narrado, en el cual se veía zurciendo retazos de diversas telas y cortando ropas.

Un día, ansioso de concluir con sus dudas, prepara su maleta y se presenta a Don Cafasso.

-Vengo a decirle adiós.

-¿A dónde va?

-A hacerme oblato de la Virgen María.

-¡Ah, Don Bosco, Don Bosco!… ¿Y la sastrería?… Vaya, deje su maleta y venga a hablar conmigo…

-¡Yo estoy resuelto a ser misionero!

-No, usted no puede ser misionero. No puede andar una milla en un carruaje cerrado, sin marearse y estar a la muerte, y piensa cruzar el océano… ¡No, no! Dios no quiere que usted sea misionero… Déjeme pensar a mí…

Don Cafasso ha adivinado sobrenaturalmente la misión de Don Bosco.

No sólo en el centro del Asia y del África y en las regiones inexploradas de América hay infieles a quienes evangelizar. También en Turín y en Roma, y en todas las grandes ciudades. Esos son los pedazos de telas diversas que debe zurcir. Esa es la sastrería que no puede abandonar.

Con su acostumbrada humildad, Don Bosco renuncia al proyecto”.

 

Las Aventuras de Don Bosco. Hugo Wast. Buenos Aires, Editorial AOCRA Argentina, 1975, págs. 135-136, cap. X.

 

Comentario y análisis

En la mente de algunos lectores, se pudo haber gatillado esta pregunta: “¿Cómo que Don Cafasso desalienta la misión en pro de la salvación de las almas?”.

¡Grave error conceptual de lectura comprensiva! Don Cafasso desalienta una imprudencia: exponerse más allá de las propias fuerzas naturales. Cafasso, el hombre culto, piadoso y prudente (la piedad sin prudencia es una bomba de tiempo), está desaconsejando un acto de temeridad. Para hacerlo, se basa en la lógica más rigurosa (la lógica viene del Logos, Cristo) y formula su juicio a partir de esta premisa implícita: el que no puede lo menos, no puede lo más. En efecto, si para Don Bosco un viaje corto es una tortura en mareos, un viaje a otro continente (Asia, América, África) sería muchísimo peor. Mucho más doloroso, más incómodo.

Dos objeciones saltan al paso:

Nº 1: “¿Acaso con dolor no sería más meritoria la evangelización?”. Visto así, una crítica fácil sería atribuir a Cafasso una idea de espiritualidad cómoda. Sin embargo, se trataría de un grave error. Porque tildar al buen Cafasso de un simple cómodo proviene de la siguiente premisa, totalmente falsa:

  • A mayor esfuerzo, mayor mérito.
  • A menor esfuerzo, menor mérito.

Sin embargo, esta ecuación no siempre es así. Este razonamiento no es una idea propia de la espiritualidad católica.

No señor.

Las dificultades externas, mayores o menos, no son por sí mismas un signo de que la acción es querida por Dios. Una empresa mala o incluso diabólica suele encontrar muchas dificultades (el empujar una mentira choca con la realidad).

Era Kant quien sostenía que “es inherente a la noción de la ley moral que esté en contraposición con el impulso natural. Por tanto, es propio de la misma naturaleza –escribe Josef Pieper– que el bien sea algo difícil y que el voluntario esfuerzo del dominio de sí mismo se convierta en la medida del bien moral; lo más difícil es bien en mayor medida”[1]. Pieper agrega que Schiller, en el mismo sentido kantiano, ha escrito:

“Sirvo con gusto al amigo, pero lo hago, desgraciadamente, porque me siento inclinado a ello –y me lamento con frecuencia de no ser virtuoso”.

Y sentencia Pieper: “El bien sería entonces la fatiga”.

Como hemos dicho, la espiritualidad católica clásica no sostiene tal cosa. Esto no significa por supuesto consagrar que el bien está siempre en lo fácil o en lo placentero, por supuesto. Ni siquiera significa que, en ocasiones, los grandes actos de virtud, de amor o de caridad, no supongan quebrantamientos interiores: ¿acaso no habrá sufrido, no le habrá costado, a la madre que perdona cristianamente al asesino de su hijo? A la virtud se llega con esfuerzo. Ad astra per aspera. Puede resultar penosa la conquista de la virtud pero, al adquirirla, el acto virtuoso se realiza con facilidad, prontitud y deleite. Por eso, aunque la dificultad acompaña o suele acompañar a la virtud, no es de su esencia.

Leamos a Santo Tomás de Aquino: “La esencia de la virtud reside más en el bien que en la dificultad”[2]. Como consecuencia de esto, el Aquinate escribe: “Por tanto, se debe medir la excelencia de una virtud por la razón de bien más que por la de dificultad”. Esto significa que la mayor o menor excelencia está más vinculada al bien, como tal, que al esfuerzo que supone realizarlo.

En otro fragmento de la Suma[3] leemos: “La esencia del mérito y de la virtud está en función más del bien que de lo difícil”. Por lo tanto, dice: “No es, pues, justo afirmar que lo más difícil sea lo más meritorio; el mérito está en que lo más difícil sea también lo mejor”. No es justo, dice Santo Tomás. No debemos afirmar eso.

Por si no entendimos, Santo Tomás agrega en otra de sus obras[4]: “No es la dificultad que hay en amar al enemigo lo que cuenta para lo meritorio…”. ¿Qué es lo que cuenta, pues? Lo que cuenta sería “la medida en que se manifiesta en ella la perfección del amor, que triunfa de dicha dificultad”. ¡Y dice más!:

“si la caridad fuera tan completa que suprimiera en absoluto la dificultad, sería entonces más meritoria”.

Por otro lado, la dificultad interior de la voluntad en realizar una acción suele indicar la falta de virtud del agente: tanto quien obsequia dinero fácilmente como quien lo obsequia con desgarro interior, realizan un acto positivo. Pero hay más virtud en el primero. Porque la virtud implica la rapidez, el gusto y la alegría en la realización del acto.

Por otra parte, si Don Bosco hubiese viajado entre dolores insoportables, al llegar a destino no hubiese podido realizar adecuadamente su tarea de evangelización. Cafasso tuvo todos esos elementos en cuenta.

Nº 2. La objeción del milagro. Esta es más interesante: “Debo arriesgarme e ir igualmente a ese continente, Dios obrará el milagro de mi salud física”. Sin duda que Dios puede obrar ese milagro. Ahora bien, ¿puede usarse el poder de Dios como argumento para provocar una situación de tal naturaleza? Esa es la pregunta importante.

Recordemos el episodio de las Tentaciones de Cristo en el desierto. A los 40 días de ayuno, Nuestro Señor siente hambre y justo en ese momento se aparece el Adversario. Luego de fracasar con su primera tentación, el Demonio lo desafía a arrojarse desde lo alto (Mt 4, 5-7). Jesús responde de manera categórica: “No tentarás al Señor tu Dios”. Por su lado, en Catena Aurea, leemos que unos de los comentaristas (Teodoto) escribe:

“tienta a Dios quien hace algo poniéndose en peligro sin motivo”.

La tentación de arrojarse también aparece en el Evangelio de Lucas 4, 9-13. El comentario de Catena Aurea es también iluminador. San Juan Crisóstomo es aún más duro que el comentarista anterior: “Diabólico es arrojarse a los peligros y tentar si libra Dios de ellos”. San Cirilo agrega que el mismo Jesucristo “no mostraba milagros a los que lo tentaban”. Antes bien, Nuestro Señor decía (Mt 12, 39): “Esta mala raza pide un signo, y no se le dará”.

 

El sueño del sastre

 Don Bosco soñaba con evangelizar lejanas tierras. Pero Don Bosco también soñó con que ejercía el oficio de sastre. Cafasso, con humor pero bien directo, implícitamente le está diciendo al querido santo italiano: “¿Con qué autoridad rechazas un sueño –pues no te has puesto a ser un sastre– y adoptas otro: la evangelización? ¿Por qué no podría ser al revés: abandona la evangelización y conviértete en sastre?”. Quizás, lo que Cafasso aquí le da a entender al santo es la arbitrariedad de su planteo. En el fondo, Don Bosco no tiene más razones para viajar a otros continentes de las que tiene para ser sastre.

Es cierto que, a veces, en el ser humano late la tendencia a racionalizar, a buscar explicaciones de las cosas, especialmente de los sueños. En ese sentido, nos viene como anillo al dedo la historia de José: el judío preso en Egipto que soñaba con 7 vacas gordas y 7 vacas flacas. Pero Dios no tiene que estar enviando mensajes permanentemente a través de los sueños. Los sueños son, por efecto del Orden Natural dispuesto por Dios, simples reelaboraciones mentales, caprichosas, antojadizas, atravesadas de emociones y recuerdos. No tienen porqué tener, siempre, un significado.

Con buena voluntad pero sin criterio se pueden cometer grandes errores. Las almas más generosas suelen ser víctimas de ese tipo de engaños. Don Bosco tuvo la suerte de tener un Cafasso que le tirara de las orejas; pero no siempre ocurre así. A veces, hay quienes o no se interesan, o no saben, o están tan confundidos como esas almas o -peor aún- se aprovechan de esa generosidad para explotarla a su favor. Los jóvenes, entregados pero también inexpertos, son el blanco preferido de ciertos personajes que no retroceden ante los peligros más evidentes y que exigen, exigen y exigen aprovechándose de almas delicadas pero escrupulosas. Que el ejemplo de Don Cafasso nos sirva de modelo, según el consejo de Santa Teresa en Camino de Perfección: Procurar “confesores letrados” y desconfiar mucho de los “medio-letrados-, los cuales me han engañado hartas veces”.

 

[1] Cfr. Josef Pieper. El Ocio y la Vida Intelectual. Rialp, Madrid, 1998, sexta edición, págs. 26-27.

[2] Cfr. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 123, art. 12, ad 2.

[3] Cfr. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 27, art. 8, ad 3.

[4] Cfr. Santo Tomás de Aquino. Cuestiones disputadas sobre la Caridad 8, ad 7