✡️| Juan Carlos Monedero y Santiago Alarcón (Rincón Apologético)
Habiendo pasado un año desde las elecciones en las que resultó vencedor Javier Milei por sobre Sergio Massa en el marco de un reñido ballotaje, Santiago Alarcón ( @rinconapologetico ) me entrevista para hablar del primer año de gestión del Presidente libertario.
Se comparó las ideas y políticas de Milei con los conceptos de la Doctrina Social de la Iglesia, se explicó en detalle la recesión económica a la que Milei está llevando al país con sus políticas y se discutieron otros temas vinculados.
Luego de haber pasado una centena de días, aquí va una síntesis política-económica de la situación actual a la luz del Nacionalismo Católico. Lo primero que tenemos que decir es que las medidas llevadas a cabo por el gobierno de Milei están dañando al sector privado, paradójicamente aquel al que en teoría venía a salvar de las garras del Estado populista.
En efecto, en el Foro de Davos, el Presidente dijo que los empresarios eran héroes. Pero buena parte de estos “héroes” son perjudicados por las políticas de Milei. Muchas grandes empresas venden cada vez menos. Las pequeñas y medianas empresas también. Es sabido que cuando ya no les quede resto, los comercios empezarán a cerrar: primero los que tienen espalda más pequeña –los minoristas– y finalmente los mayoristas. ¿Por qué? Sencillamente porque no venden.
La desregulación económica que Milei está llevando adelante, conforme su filosofía libertaria y anti-estado, hizo posible una altísima inflación. La falta de control en los precios se ve reflejada en el índice inflacionario: una suba sostenida ya desde la mitad de diciembre 2023, cuando asumió Milei. Diciembre fue terrible: 25,5% de inflación.Enero 20,6%. Febrero 13,2%. Concluye marzo y los precios siguen subiendo. Sube descontroladamente el valor de los medicamentos y alimentos esenciales, la gente se concentra en sobrevivir y se ve forzada a pagarlos renunciando a otro tipo de consumo o vendiendo sus ahorros.
Como consecuencia, muchas empresas que no se dedican a vender alimentos básicos y medicamentos venden cada vez menos. Además de perjudicar a estas empresas, Milei también está dañando a la clase media y baja, la que “no se tocaba”: los que viven de su salario registrado, los que ganan en negro y los jubilados. Todos ellos están forzados a pagar productos esenciales a un altísimo precio, cuyo valor fue totalmente librado a la salvajada de “las leyes de la oferta y la demanda” darwinista.
Aumento de precios, caída del consumo y una indiscutible recesión: algo que antes no ocurría. La recesión es consecuencia del decrecimiento en la producción: como cada vez se vende menos, el fabricante ya no produce la misma cantidad (total, no la va a vender). Se fabrica menos porque se supone que la gente comprará menos. En consecuencia, las empresas no ganan lo necesario para sostenerse, los puestos de trabajo peligran y las olas de despidos están más cerca. Cierran fábricas y empresas[1]. Las empresas dejan de pagar impuestos o evaden para sobrevivir.
Como en cascada, la caída del consumo ya está trayendo otras consecuencias. Menor consumo, menos ventas, menos pago de impuestos. A Milei se le está cayendo la recaudación de impuestos, las empresas venden menos y por lo tanto tributanmenos. Más déficit fiscal. Este escenario fomenta la evasión porque, encima que las empresas venden poco, tienen que pagar impuestos por lo poco que venden. Unido a los costos fijos, no hay negocio. No hay empresa sostenible si vende menos.
Milei y los liberales decían a coro que los gobiernos populistas y las intervenciones estatales ponían en crisis la rentabilidad de las empresas; protestaban y repetían que el estado le ponía “una pata encima al sector privado”. Decían que las empresas no podían soportar la alta carga tributaria e incluso llegaban al extremo anarquista de decir la misma existencia del Estado era el problema, “el Estado es el enemigo”, bla, bla, bla. Bueno, es evidente que –si comparamos los escenarios–, incluso en el pasado, con todos sus problemas, su corrupción y sus miserias, muchas empresas estaban mejor que ahora.
A decir verdad, Milei está destruyendo a casi todos. Pulverizó los salarios de la clase trabajadora, formal o informal, los ingresos de los jubilados y afectó a innumerables empresas. Este gobierno no sólo va contra los trabajadores y jubilados sino también contra la clase media y buena parte de la clase alta que dirige empresas, cuyos ingresos se están viendo mermados. Sus estructuras empresariales no son sostenibles con estos bajísimos niveles de consumo. Y eso significa que va a pasar lo que ya está pasando: el despido masivo de gente, la reducción de trabajo y la venta de alimentos por debajo de la rentabilidad, al costo, por debajo del costo o directamente regalar o tirar.
A quién beneficia
Hay varios sectores que se benefician con las políticas de Milei mientras el resto del país se empobrece o incluso vende sus ahorros en USD para pagar los gastos mensuales. Entre los sectores favorecidos, se hallan las empresas petroleras, beneficiadas desde que la nafta puede venderse en el mercado interno a un precio cercano al valor internacional.
Fueron tres las medidas determinantes en el resultado que hoy observamos: 1) la autorización para vender la nafta a un valor cercano al internacional; 2) la desregulación del mercado, que hizo posible la suba brutal de alimentos y medicamentos; 3) la devaluación en un 118%.
En efecto, se pasó de pagar 350 pesos por un dólar a pagar 850. Esta devaluación era importante para el sector exportador porque eso estimula que ellos pudiesen vender más unidades al exterior –para ganar más dinero por cada dólar que les ingresaba– y que así ingrese mayor cantidad de USD al país.
La combinación de estas tres medidas dañó seriamente a las clases populares, a la clase media y a buena parte de la clase empresarial del país salvo algunos sectores: petroleras, prepagas, laboratorios, sector farmacéutico, sector especulativo rentístico y el agro.
Desfiguración de la Justicia Social y el Bien Común por parte del kirchnerismo
El tema de los alimentos no debería quedar cerrado sin el siguiente comentario. Criticar las medidas de Milei sin decir nada sobre el país que recibió el gobierno libertario en diciembre 2023 podría ser injusto, mucho menos reivindicar la gestión de Alberto o del kirchnerismo. A la luz de la información disponible, todo indica que –según las auditorías realizadas por el gobierno de Milei– la entrega de comida a los pobres estuvo salpicada por grandes focos de corrupción: se entregaba alimentos a comedores que no estaban habilitados, se adjudicaban cantidades menores a las indicadas, salía dinero del estado para comprar alimentos que nunca llegaban a destino, había intermediarios que se quedaban con alimentos sin necesitarlo, se chantajeaba a los pobres para que asistan a los actos so pena de negarles la comida, etc.
Es decir, una ayuda solidaria –una medida justa para los más vulnerables– era tergiversada en manos del kirchnerismo; por lo menos, en época de la Presidencia de Alberto Fernández. Y todo indica que desde mucho antes.
Al comentar Milei esta auditoría en su discurso del 1° de marzo, fue aplaudido por la gente. Esto tiene varios análisis. Es paradójico que esta investigación, vitoreada por el público –y con razón– sea una medida precisamente intervencionista y no una medida particularmente liberal o de desregulación. No, el gobierno no desreguló, el gobierno reguló, intervino, investigó, completó su intervención subsidiaria y llegó a la conclusión que había “cajas negras”, micro-curros en torno a la comida y fue cortando eso. Es decir, en este acto puntual al menos, si el gobierno purgó la ayuda social de filtraciones, intervino en pro del bien Común. Hizo Justicia Social. Enhorabuena que el gobierno hizo eso. Porque hizo exactamente lo contrario de lo que estipula la ideología anarco libertaria del Presidente.
Las incongruencias de Milei
Es impresionante el nivel de contradicción del gobierno con sus propias premisas. Por un lado, los libertarios se la pasaron diciendo que no iban a intervenir en la economía porque cualquier intervención era estatismo, socialismo y rechinar de dientes, sin distinguir entre una intervención socialista, comunista, y una intervención sana, según los parámetros de la doctrina de la Iglesia Católica. Como si todo fuera lo mismo: para ellos el mundo es binario.
Sin embargo, hace un par de semanas trascendió que el ministro Caputo –reunido con dueños de las empresas de alimentos– dejó correr la idea de que sus aumentos fueron excesivos. Entonces, guste o no guste, vuelve el tema de que evidentemente no puede un precio de alimentos esenciales subir simplemente a voluntad del que lo produce. Guste o no guste, ese precio tiene que tener algún tipo de relación con los salarios. Y esto dicho no por un gobierno estatista o nacionalista sino reconocido en los hechos y en la conducta del ministro de Milei, lo cual prueba que la realidad se impone. Como los empresarios no se comprometieron con Caputo a no subir más los precios, según trascendió, el gobierno responde con una “jugada maestra”: decide abrir las importaciones de alimentos cuando somos un país capaz de producir comida para millones de personas.
Dios nos dio la pampa húmeda pero tomamos el camino más difícil sólo porque el gobierno es esclavo de una ideología que le ata las manos en nombre del dios Mercado, un dios frío, implacable y cruel, y de su pseudo dogma: la inviolabilidad de la propiedad privada.
Conversar los precios no tiene nada de malo. De hecho, discutir y acordar los precios es lo que hacen los gremios: las paritarias. Y tiene sentido que, si conversan los salarios, conversen también los precios. Por otro lado, nosotros desde el nacionalismo católico proponemos la armonía entre el capital y los trabajadores, entre las empresas y sus empleados. ¿Y eso qué significa? Que lejos de un planteo dialéctico de lucha de clases –donde se busca destruir a uno para que surja otro– lo que buscamos es que los dos estén bien y progresen, porque un país puede salir adelante cuando reina la armonía entre el capital y el trabajo. El trotskismo y el marxismo también están criticando a Milei activamente en las redes y en la calle, ciertamente. Incluso con argumentos en parte semejantes. Pero su cosmovisión es totalmente antagónica a la nuestra.
Propuestas y soluciones: lo que tenemos que hacer
Si queremos trabajar por recuperar a la Argentina, tenemos que volver a replantear un cúmulo de ideas sobre la economía, el estado, la sociedad, la política, y cómo se entrelazan virtuosamente todos estos aspectos.
El estado debe ser el garante del bien común. El bien común debe incluir a todos los habitantes, empezando por los más débiles –que son los niños por nacer–, siguiendo por los menesterosos, los mendigos y los pobres. Por eso la anulación de la ley del aborto no es negociable. No puede haber justicia social con genocidio abortista.
El elemento ordenador en una sociedad debe ser la debilidad y no la competencia. Si la competencia se convierte en elemento ordenador, las consecuencias son las que estamos experimentando.
Tenemos que mostrar a la gente que esta situación actual no es consecuencia de una mala aplicación de los principios Milei defiende. Estamos viviendo la aplicación correcta de los principios liberal-libertarios. No olvidemos que el presidente es anarco-capitalista. Milei vive una enorme contradicción interna porque es el jefe de un Estado cuando ha dicho en innumerables entrevistas que “el Estado es el pedófilo en el jardín de infantes”. Vive una enorme contradicción interna porque ha dicho mil veces que “los impuestos son un robo” y ahora sus agentes del Estado están justamente recabando impuestos. Experimenta una enorme contradicción porque siendo Macri presidente– había destruido con sus comentarios a Caputo y ahora Caputo es su ministro de Economía. Pulverizó la imagen de Patricia Bullrich en las elecciones del año pasado (“montonera ponebombas en jardines de infantes”) y ella ahora es su ministra de Seguridad.
Es decir, es una persona que –aparte de lo ideológico– está muy mal, en su mente, en sus emociones, y nosotros tenemos que pensar cómo recuperar la Argentina. Porque no podemos permitir que él se la lleve por delante. Tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados ante los avivados que lo rodean, que le aplauden todas las estupideces que hace, agazapados y esperando para aprovechar la situación. Tenemos que promover la Doctrina Social de la Iglesia, es decir, promover principios intangibles que ordenen la política, la economía y la sociedad.
Uno de estos principios fundamentales es el siguiente: los bienes esenciales no pueden quedar librados a los avatares del mercado. No es lo mismo el caviar que la leche, algunos cortes de carne esenciales, algunas verduras o el arroz. No es lo mismo que una mansión de 400 metros cuadrados, con pileta y solarium, que una vivienda común. Hay que buscar garantizar para la mayor parte del pueblo argentino los bienes esenciales y a partir de ahí, sí, una vez que todos tengan lo suficiente, a partir de ahí empieza la meritocracia: ahí sí empieza una carrera donde cada uno –en la medida de sus posibilidades, habilidad, trabajo, inteligencia y creatividad– puede ganar más o puede ganar menos. Pero a nadie le debe faltar lo necesario por una existencia digna. Esto es una sociedad cristiana donde se busca el bien común.
Qué se puede hacer
Para no quedarnos solamente en la crítica, conviene deslizar propuestas nacionalistas, propias del catolicismo, provenientes de Doctrina Social de la Iglesia. Se trata de medidas que defienden la nación y el interés nacional, que aspiran a la justicia en la distribución, procurando el bien común y no “la inviolabilidad de la propiedad privada”, una de las banderas de Milei (y uno de los puntos del Pacto de Mayo). Porque para el modelo libertario liberal, la propiedad privada es absoluta, mientras que para nosotros la propiedad privada, si bien es un derecho natural, es un derecho natural secundario.
Puesto que ningún derecho es absoluto, el orden natural no reconoce derecho –de ninguna propiedad o bien– que se pueda utilizar contra el bien común. La propiedad privada no es absoluta, no puede serlo. Entonces nosotros consideramos viables dos medidas fundamentales: bajar el precio de la energía y el precio de la nafta. En cuanto a la energía, se debe calcular los costos de su producción para determinar si es necesario, o no, subsidiarla. En cuanto a la nafta, lo mismo. Una buena parte de la energía proviene de los ríos (las represas) y el petróleo que se extrae sale del suelo argentino. Estos “insumos” son naturales, no se amortizan. Por tanto, es posible una discusión a fondo acerca del costo y del precio de la energía y la nafta. En ese sentido, no cabe duda que las empresas petroleras deben cubrir la demanda propia del mercado interno argentino a un precio mucho más bajo que el valor internacional, pudiendo vender el excedente en el extranjero a precio internacional.
El descenso del precio de la energía provocaría innumerables efectos multiplicadores positivos, porque todas las industrias se verían beneficiadas al tener sus costos fijos de energía mucho más bajos. Eso permitiría que los costos fijos de todas estas industrias, al ser más bajos, no se trasladen a precio. Como consecuencia, los precios bajarían.
Esta medida sumada a la venta de nafta a un valor más bajo –copiando a Rusia que, siendo la segunda industria petrolera del mundo, vende el litro de nafta 0,62 USD– sería muy beneficiosa porque toda la logística vinculada a las empresas y al traslado de mercadería se vería beneficiada. Por lo tanto, también bajarían los costos fijos de los precios de estos productos, especialmente alimentos, medicamentos y electrodomésticos.
Una vez que la gente tiene los alimentos y medicamentos baratos, se libera una gran cantidad de dinero que las familias –ya cubierta la supervivencia– pueden usar en aquellos bienes o servicios que ya no son absolutamente necesarios pero que también hacen a los negocios de otras personas. Ya cubierta la salud y el estómago, la gente va a la peluquería, al cine, compra libros, viaja, realiza algún regalo, asiste a clases de danza, inglés, ajedrez, va al gimnasio. Comenzaría así el círculo virtuoso de reactivación de todas esas actividades. Al consumirse más, se paga más tributos y por lo tanto se daría el efecto exactamente inverso al actual.
Conclusión
El bien común tiene tres patas. El bien común incluye el bienestar material, por otro lado la virtud, por otro lado la gracia. No se va a poder conseguir esto sin la conformación de un movimiento social, político y cultural, cuya principal tarea sea la de persuadir y convencer y difundir estos argumentos, especialmente entre los católicos. Somos un país de bautizados, quizás falte para decir que somos una nación católica –sin duda lo hemos sido– pero tenemos que empezar a reconquistar estas almas porque las cosas pueden cambiar solamente si nosotros cambiamos. En ese sentido, es fundamental difundir estos argumentos, estas propuestas y poder ir persuadiendo a quienes nos rodean de que esta doctrina, con estas soluciones técnicas, pueden hacer mucho bien a la Argentina en este momento.
Milei sí, Milei no – Debate con un medio peruano en torno a las medidas de gobierno
Estimado Prof. Alfredo Ghersi
Mi nombre es Juan Carlos Monedero, soy argentino, licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino. He leído su artículo titulado “¿Cuba a la Milei?” y quisiera comentar sus párrafos, uno por uno.
Permítame comenzar.
Usted dice:
La izquierda latinoamericana ha arrancado el 2024 atacando con fuerza las medidas económicas de Javier Milei, tildándolas como antidemocráticas y pertenecientes a un sistema proveniente del capitalismo salvaje.
Milei es atacado también por muchos católicos puesto que él afirma que la Justicia Social, concepto propio de la Doctrina Social de la Iglesia, es una aberración. Tampoco ha caído bien la propuesta del divorcio exprés, los apoyos al acuerdo de París (cambio climático), por citar algunas medidas.
En la Argentina, también es cuestionado por el movimiento peronista, el cual (si bien no compartimos su trayectoria política) no está integrado exclusivamente por la izquierda, si bien hay sectores importantes de peronistas izquierdosos.
En la Argentina al menos, Milei también es atacado por un sector de nacionalismo católico, que es totalmente anti-izquierda. Ver aquí, aquí y aquí.
Finalmente, es atacado por liberales que lo acusan de infidelidad y traición a sus propios principios. Especialmente por liberales institucionalistas que le recriminan haber pedido 4 años de facultades extraordinarias, por el cual ya lo están llamando “Emperador Milei”.
Usted dice:
Una de las principales críticas de la izquierda ha sido la eliminación de los subsidios y las medidas de control de precio sobre ciertos productos de la canasta básica de alimentos que habían regido en Argentina desde hace muchos años.
Cabe recordar que el control de precios es uno de los pilares fundamentales de la planificación central de la economía propuesta por el socialismo marxista, que se basa en la teoría objetiva del valor trabajo. Bajo esta teoría se intenta explicar que el valor de los bienes en la economía es determinado por el costo de producción.
De esta manera, lo que se buscaría es que el Estado proteja los precios justos de los bienes que ellos catalogan como esenciales, tildando los precios de mercado como abusivos y perjudiciales para la sociedad.
Sin embargo, el problema radica en que los precios de mercado sirven como señales de información respecto a las necesidades de los individuos con relación a la oferta y la demanda.
Deseo enfatizar que la teoría objetiva del valor trabajo es sustentada por corrientes económicas no marxistas.
El marxismo plantea la dialéctica de la lucha de clases como motor de la historia, junto con el principio filosófico –falso, por cierto– de que el mundo carece de esencias objetivas, pudiendo por tanto el hombre moldearlo a su voluntad. Además, el marxismo ha planteado que la solidaridad entre los hombres no debe pasar por las naciones sino por las clases sociales. El gobierno de Milei no sólo recibe críticas de la izquierda o de los grupos marxistas. Muchos católicos y muchos católicos nacionalistas argentinos –que repudian el comunismo– repudian además las medidas de desregulación de Javier Milei, en línea con el capitalismo liberal, porque recuerdan que la ideología liberal ha sido condenada por el Magisterio de la Iglesia Católica.
En otro orden de cosas, todos los empresarios y comerciantes calculan los costos de producción sin ser marxistas por ello.
Por otra parte, parece a todas luces injusto que los precios de la canasta básica queden librados a la pura oferta y demanda, dado que son bienes esenciales para la vida. De esta suerte, quienes no contaran con el dinero para pagarlos, morirían sin remedio.
Los precios de aquellos productos que no son necesarios para vivir (el caviar, una limusina, una mansión, p.e.) pueden lícitamente quedar librados a la oferta y demanda. Pero una desregulación absoluta de aquellos productos, bienes y servicios esenciales (la canasta básica, cierto tipo de ropa, la salud, la vivienda) pone a una gran cantidad de personas en un riesgo mortal, o al menos en una situación social incompatible con la dignidad humana y cristiana.
En cuanto a los subsidios, son utilizados por EE.UU., varios países de Europa, América y Asia a fin de reforzar sus propias industrias. Reproducimos datos recabados por organismos oficiales de la Argentina. Leemos:
“Según el relevamiento del FMI, Argentina en 2015 destinaba el 3.25% de sus ingresos totales a subsidiar el acceso a la energía. Este importante porcentaje es menor a que destinan otros países como Bulgaria (33.85%), Serbia (24.70%), China (20.13%), Venezuela (19.96%), Rusia (15.97%), Arabia Saudita (13.23%), India (12.34%), Polonia (9.13%), Bolivia (6.77%), Qatar (6.37%), Estados Unidos (3.82%) y Chile (3.32%).
Entre los países que destinan menos recursos (en proporción al PBI) que la Argentina a subsidios energéticos totales están: Luxemburgo (3.24%), Japón (3.22%), Grecia (2.61%), Canadá (2.46%), Brasil (2.35%), México (2.26%), Australia (1.96%), Paraguay (1.80%), España (1.70%), Alemania (1.42%), Reino Unido (1.37%), Francia (1.03%), Italia (0.62%), Uruguay (0.45%).
De esta manera, el informe revela que los subsidios energéticos medidos al año 2015 en nuestro país no sobresalen por encima de los subsidios de muchos países en términos de comparaciones internacionales ni superan la media internacional (3.25% del PBI)”[1].
En definitiva, no sólo es cierto que todos los países mencionados subsidian su propia energía. También sería cierto que muchos países cuya situación económica es mejor aún que la Argentina invierten más dinero en subsidios que los argentinos.
Usted dice:
“podemos hacer referencia a la teoría del marginalismo de Carl Menger, que explica como el valor de un bien disminuye mientras este se vuelve más abundante y por ende más preciado cuando este es más escaso. Por eso una Coca Cola en el desierto valdría más que una en un supermercado.
Mejor dicho, los precios no pueden ser determinados de manera objetiva sobre la base de su costo de producción, sino que estos se vinculan a las preferencias de los individuos que conforman lo que se cataloga como mercado. Si se necesita mucho de algo escaso, es natural que su precio sea elevado”.
Si bien este principio de Menger es válido en muchos casos, y si bien esto es lo que normalmente sucede, conviene preguntarse si esto es justo o no. En efecto, las leyes de las sociedades no son leyes biológicas ante las cuales uno no puede sino adaptarse. Son más bien leyes sociales, donde interviene el libre arbitrio, el azar, hay avances y retrocesos, y no todo lo que pasa es –por el hecho de pasar– bueno. Pongamos algunos ejemplos: ¿puede lícitamente un cirujano de corazón tasar su capacidad de salvar vidas en un precio tan elevado que la gente tenga que vender su casa o morirse? ¿Es lícito cobrar por un bien o servicio que salve la vida algo que, para el caso concreto de la persona, implica la pérdida de todo su patrimonio?
Como usted bien ha dicho párrafos atrás, para la teoría objetiva “el valor de los bienes en la economía es determinado por el costo de producción”. Sin embargo, el comerciante o empresario –para determinar el valor de venta de un producto ante su mercado– toma en cuenta efectivamente lo que costó producirlo. Por ejemplo, el dueño de un restaurante determina lo que va a cobrar por un café con leche –p.e.– en función del costo del café, de la leche, del sueldo que debe pagar al mozo, el edulcorante y el azúcar que ofrece en la mesa, el costo de la servilleta, la luz, el gas, la demanda del café y la oferta del mismo en las inmediaciones del restaurante tiene su papel, etc. Realmente no vemos nada de marxista en realizar estas estimaciones y cálculos que, por lo demás, todos los empresarios –desde las pequeñas a grandes empresas– realizan porque, lógicamente, estas operaciones matemáticas le permiten saber si está perdiendo o ganando dinero.
Usted dice:
Existen muchos precedentes históricos que demuestran cómo los controles de precio solo generan escasez, el incremento de mercados negros, pérdida de calidad y corrupción por parte de miembros del Estado.
Al analizar una medida, no solamente hay que evaluar las consecuencias negativas sino también las positivas. Además de los efectos que usted enumera, hay otros efectos tales como el acceso de un gran segmento de la población a esos bienes durante todo el tiempo que dure el control. Gracias al control de precios, muchas familias pueden comer lo básico todos los días. En sentido inverso, la falta de control vuelve extremadamente difícil que muchas familias se alimenten a diario. La falta de control y regulación también dificulta el pago de alquiler o las prepagas de salud.
En la experiencia de la Argentina, los mercados negros también funcionaron cuando no había política de control de precios porque los comerciantes evadían impuestos.
Por otro lado, creemos que la corrupción por parte de miembros del Estado no es un efecto del control de precios sino una posibilidad latente en toda estructura humana, falible.
En todo caso, creemos justo que un Estado que mantiene controles de precios habilite ciertas exenciones o facilidades impositivas para las empresas que prestan un servicio a la economía y al bien común, al ganar menos de lo que podrían ganar. De esa manera, el dinero que no ganan por un lado –no es que pierden, es que ganan menos– lo recuperan por otro.
Usted dice:
El fracaso de estas políticas puesto en escena con gran claridad hace unas semanas en una entrevista en vivo que los periodistas peronistas del Programa C5N estaban haciendo a un grupo de verduleros en un mercado de la ciudad de Buenos Aires para intentar demostrar como la eliminación de subsidios y políticas de control de precio implementadas por Milei era supuestamente perjudicial para la población.
Con gran ironía el hashtag del programa era #NoMeAlcanza y en él subtituló se podía leer “los precios fuera de control y salarios por el piso”.
Sin embargo, el verdulero al que entrevistaban desmontó por completo la falsa narrativa de la izquierda en un instante, revelando que la eliminación de este tipo de políticas había generado una caída de los precios a cerca de la mitad, incluyendo tomates, papas, cebolla, zanahoria, zapallos.
Más allá de lo que pudo decir el verdulero, la caída de los precios en los productos mencionados es consecuencia de factores estacionales: en la Argentina, estamos en pleno verano. Se produce mayor cantidad de frutas, verduras y, por el calor, se echan a perder más rápido. Se tiene que bajar los precios porque, si el stock no vende pronto, se pudre. Así, por ejemplo, el tomate siempre está muy barato en verano y muy caro en invierno. Por eso baja el precio. Esto prueba, además, que los empresarios y comerciantes miran los costos de producción para determinar el precio de mercado de sus productos. Y no lo hacen por ideología marxista sino por sentido común.
Por otro lado, la muestra que se ha elegido –tomates, papas, cebolla, zanahoria, zapallos– es muy pequeña: hay infinidad de productos en el mercado. Y es verdad que la mayoría de esos precios están fuera de control, como también que los salarios están en el piso. Lo hemos desarrollado aquí[2]. El índice oficial de inflación no permite engañarse: aumento del 25,5%[3].
Usted dice:
Como siempre, la falsa ideología de la izquierda se desmorona en la calle y cuando se eliminan este tipo de medidas intervencionistas el efecto positivo es inmediato y la sociedad sale ampliamente beneficiada.
Como parte de los efectos inmediatos de las medidas –y de las palabras de Milei– es notable sin duda una pérdida del poder adquisitivo del peso argentino aún mayor que la que producida durante las desastrosas administraciones anteriores. La situación era muy mala y ahora es peor. Los salarios han quedado pulverizados, lo mismo las jubilaciones y pensiones.
No negamos que pueda haber efectos positivos pero el único efecto positivo que el artículo enumeraba resultó ser, a nuestro modo de ver, consecuencia de una causa distinta. Conocemos, en cambio, los efectos negativos. A lo largo de este mes de gobierno de Milei, la caída del consumo ha sido, para muchas empresas, peor que los controles de precios. Por la falta de ventas, ahora hay algunas empresas en riesgo de quebrar. Asimismo, la posibilidad de que la Argentina abra sus puertas a industrias extranjeras –ingresando a competir sin regulaciones– pone en riesgo cientos de miles de puestos de trabajo dentro de la industria nacional, además del capital de los empresarios. Por lo demás, al caer el consumo, cae la recaudación de impuestos y el déficit fiscal se mantiene o incluso se ensancha. Son todos efectos negativos inmediatos.
Usted dice:
Lo peor de todo es que la misma izquierda reconoce las limitaciones de su propia teoría económica y cuando les conviene implementan a escondidas medidas que ellos mismos catalogan como explotadoras, salvajes e injustas. Podemos citar el caso de la dolarización de facto que impera en Venezuela desde el año 2019.
Nos permitimos insistir en que el antagonista de Milei no es solamente la izquierda sino –concretamente en la Argentina– muchos católicos, los peronistas en general –sean o no de izquierda–, muchos católicos nacionalistas y algunos liberales principistas.
Usted dice:
No cabe duda de que Milei tiene un largo y difícil camino por delante, sin embargo, el efecto positivo de sus medidas ya se está empezando a sentir en la sociedad argentina, lo que debe servir como un ejemplo de inspiración para toda la región de que las cosas se pueden hacer bien.
Los efectos de las medidas se empiezan a sentir, sin dudas. Sin negar que pueda haber efectos positivos –sería arrogante hacerlo–, lo cierto es que la destrucción aún más pronunciada de los salarios, las jubilaciones y las pensiones (entre otras consecuencias ya mencionados) deben ser considerados a la hora de evaluar el gobierno de Javier Milei en la Argentina.
Utilizar el fraude para vender algo en más del precio justo es pecado.
Sin utilizar el fraude, los intercambios comerciales no deben perjudicar a uno más que a otro.
Vender o comprar una cosa más barata de lo que vale puede ser injusto.
La compraventa puede resultar, lícita aunque accidentalmente, en utilidad de una parte y en detrimento de otra.
El perjuicio que uno sufre al desprenderse de algo se puede cobrar.
Es honrado quien, al obtener un gran provecho en un intercambio comercial, agrega al vendedor algo más del precio convenido.
Es ilícita la compraventa que no observa la justicia.
El que recibió más queda obligado a resarcir al perjudicado si este perjuicio fue notable.
El precio justo no está determinado siempre con exactitud.
Dado que el precio justo suele ser una estimación, un aumento o disminución ligera no destruye la justicia.
Querer comprar barato y vender caro puede constituir un vicio (San Agustín)
Vender algo defectuoso y ocultarlo es un fraude.
Vender a sabiendas menos de lo que se compró constituye un fraude.
Vender conscientemente algo de mala calidad como si fuese óptimo es un fraude.
El comprador también puede comprar injustamente si, sabiendo, paga algo por menos de lo que vale.
No siempre el vendedor está obligado a manifestar los defectos de una cosa.
Suma Teológica II-II, cuestión 77
Artículo 1: ¿Puede alguien, lícitamente, vender una cosa
más cara de lo que vale?
Objeciones por las que parece que alguien puede lícitamente vender una cosa más cara de lo que vale:
En las transacciones de la vida humana, lo justo se determina por las leyes civiles, y, según éstas, es lícito al vendedor y comprador engañarse recíprocamente, lo cual acontece en la medida en que el vendedor vende su mercancía más cara de lo que vale o, por el contrario, el comprador la adquiere por menos de su valor. Luego es lícito que alguien venda una cosa más cara de lo que vale.
Lo que es común a todos parece ser lo natural, y no es pecado. Ahora bien: según refiere Agustín, en XIII De Trin., fue aceptada por todos aquella frase de un cómico: Queréis comprar barato y vender caro.Y hay también resonancia de ello en el texto de Prov 20,14: Malo, malo es esto, exclama todo comprador, y cuando se marcha se felicita. Luego es lícito vender una cosa más cara y comprarla más barata de lo que vale.
No parece ser ilícito si se realiza por contrato lo que ya se tiene obligación de hacer por deber de honestidad. Mas, según el Filósofo en VIII Ethic., en la amistad fundada en la utilidad debe otorgarse una compensación, según la utilidad que obtuvo el que recibió el beneficio; utilidad que sobrepasa algunas veces el valor de la cosa dada, como sucede cuando uno necesita grandemente un objeto, ya para evitar un peligro, ya para conseguir algún provecho. Luego está permitido en un contrato de compraventa entregar algo a mayor precio de su valor real.
Contra esto: está Mt 7,12, que dice: Todo lo que queráis que los hombres hagan con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos. Pero nadie quiere que se le venda una cosa más cara de lo que vale. Luego nadie debe vender a otro una cosa a mayor precio de su valor.
Respondo: utilizar el fraude para vender algo en más del precio justo es absolutamente un pecado, por cuanto se engaña al prójimo en perjuicio suyo; de ahí que también Tulio, en el libro De offic., diga que toda mentira debe excluirse de los contratos; no ha de poner el vendedor un postor que eleve el precio, ni el comprador otra persona que puje en contra de su oferta.
Pero si se excluye el fraude, entonces podemos considerar la compraventa bajo un doble concepto: primero, en sí misma; en este sentido, la compraventa parece haber sido instituida en interés común de ambas partes, es decir, mientras que cada uno de los contratantes tenga necesidad de la cosa del otro, como claramente expone el Filósofo en I Polit.
Mas lo que se ha establecido para utilidad común no debe redundar más en perjuicio de uno que del otro otorgante, por lo cual debe constituirse entre ellos un contrato basado en la igualdad de la cosa.
Ahora bien: el valor de las cosas que están destinadas al uso del hombre se mide por el precio a ellas asignado, para lo cual se ha inventado la moneda, como se dice en V Ethic. Por consiguiente, si el precio excede al valor de la cosa, o, por lo contrario, la cosa excede en valor al precio, desaparecerá la igualdad de justicia. Por tanto, vender una cosa más cara o comprarla más barata de lo que realmente vale es en sí injusto e ilícito.
En un segundo aspecto, podemos tratar de la compraventa en cuanto accidentalmente redunda en utilidad de una de las partes y en detrimento de la otra; por ejemplo, cuando alguien tiene gran necesidad de poseer una cosa y otro sufre perjuicio si se desprende de ella. En este caso, el precio justo debe determinarse de modo que no sólo atienda a la cosa vendida, sino al quebranto que ocasiona al vendedor por deshacerse de ella. Y así podrá lícitamente venderse una cosa en más de lo que vale en sí, aunque no se venda en más del valor que tiene para el poseedor de la misma.
Pero si el comprador obtiene gran provecho de la cosa que ha recibido de otro, y éste, que vende, no sufre daño al desprenderse de ella, no debe ser vendida en más de lo que vale, porque, en este caso, la utilidad, que crece para el comprador, no proviene del vendedor, sino de la propia condición del comprador, y nadie debe cobrar a otro lo que no le pertenece, aunque sí puede cobrarle el perjuicio que sufre.
No obstante, el que obtiene gran provecho de un objeto que ha sido adquirido de otro puede, espontáneamente, dar al vendedor algo más del precio convenido, lo cual es un signo de honradez.
A las objeciones:
Como se ha expuesto (1-2 q.96 a.2), la ley humana se da al pueblo en el que existen muchos miembros carentes de virtud y no ha sido instituida solamente para los virtuosos. Por eso, la ley humana no puede prohibir todo lo que es contrario a la virtud, sino que es suficiente que prohíba lo que destruya la convivencia social; mas las demás cosas las tiene como lícitas, no porque las apruebe, sino porque no las castiga. Con arreglo a esto, tiene por lícito, al no imponer por ello un castigo, que el vendedor, sin incurrir en fraude, venda una cosa en más de lo que vale o que el comprador la adquiera por menos de su valor, a no ser que la diferencia resulte excesiva; porque, en este caso, aun la ley humana obliga a la restitución, por ejemplo, si uno de los contratantes ha sido engañado en más de la mitad del precio justo.
Pero la ley divina no deja impune nada que sea contrario a la virtud. De ahí que, según la ley divina, se considere ilícito si en la compraventa no se observa la igualdad de la justicia. Y queda obligado el que recibió más a resarcir al que ha sido perjudicado si el perjuicio fuera notable. Añado esto porque el justo precio de las cosas a veces no está exactamente determinado, sino que más bien se fija por medio de cierta estimación aproximada, de suerte que un ligero aumento o disminución del mismo no parece destruir la igualdad de la justicia.
2., como dice Agustín allí mismo: Aquel cómico, al examinarse a sí mismo, o al observar a los demás, creyó que era un sentimiento común a todo el mundo querer comprar barato y vender caro. Pero, puesto que, ciertamente, esto es un vicio, cada cual puede alcanzar la virtud de la justicia que le permita resistir y vencer al mismo. Y cita el ejemplo de un hombre que pudo comprar en un precio módico cierto libro a un mercader por ignorancia de éste, y, sin embargo, le pagó el justo precio. Por tanto, es evidente que aquel deseo generalizado no es un deseo natural, sino vicioso, y, de este modo, es común al gran número de aquellos que caminan por la ancha vía de los vicios.
En la justicia conmutativa se considera principalmente la igualdad de la cosa; en cambio, en la amistad útil se tiene en cuenta la igualdad de las utilidades respectivas, y, por tanto, la compensación debe establecerse en relación con la utilidad percibida, mientras que en la compra se fijará según la igualdad de la cosa vendida.
Artículo 2: La venta, ¿se vuelve injusta e ilícita
por defecto de la cosa vendida?
Objeciones por las que parece que la venta no se vuelve injusta e ilícita por defecto de la cosa vendida:
En una cosa debe apreciarse más la sustancia específica de la misma que todo el resto. Ahora bien: por un defecto en la sustancia específica de la cosa no parece hacerse ilícita su venta; tal ocurre, por ejemplo, si alguien vende plata u oro fabricado por los alquimistas en concepto de verdadero, que pudieran servir a todos los usos del hombre en que la plata y el oro sean necesarios, como en los vasos y otros objetos de igual clase. Luego mucho menos será ilícita la venta si existiese defecto de otra índole.
Si el defecto que la cosa tiene se refiere a la cantidad de ésta, parece quebrantarse en grado sumo la justicia, que consiste en la igualdad. Ahora bien: la cantidad se conoce por medio de medida; mas las medidas de las cosas que llegan al uso de los hombres no son fijas, sino que en un país son mayores y en otros menores, según señala el Filósofo en V Ethic.Luego no es posible evitar este defecto de cantidad por parte de la cosa vendida; y, por consiguiente, parece que la venta no resulta ilícita por tal circunstancia.
Hay además un defecto en la cosa vendida si le falta la calidad requerida. Mas para apreciar la calidad de la cosa se requiere gran ciencia, de la que carece la mayor parte de los vendedores. Luego no se vuelve ilícita la venta a causa de un defecto que tenga la cosa.
Contra esto: está Ambrosio, en el libro De offic., que dice: Es regla evidente de justicia que no debe el hombre de bien apartarse de la verdad, ni causar a nadie un daño injusto, ni incurrir jamás en dolo sobre su mercancía.
Respondo: Acerca de un objeto que se halla en venta se pueden considerar tres clases de defectos: el primero se refiere a la naturaleza del objeto; y si el vendedor conoce este defecto de la cosa que vende, comete fraude en la venta, y ésta, por esa misma razón, se vuelve ilícita. Esto es lo que se achacaba a ciertos hombres en Is 1,22: Tu plata se ha transformado en escoria; tu vino ha sido mezclado con agua; porque lo que está mezclado padece un defecto respecto a la especie.
El segundo defecto refiérese a la cantidad, que se conoce por medio de las medidas; y así, si alguien, a sabiendas, emplea una medida deficiente al realizar la venta, comete fraude y la venta es ilícita; por lo que prescribe Dt 25,1314: No tendrás en tu saco diversas pesas, una mayor y otra menor; ni habrá en tu casa un modio mayor y otro menor. Y después añade (v.16): Porque el Señor abomina al que hace tales cosas y aborrece toda injusticia.
El tercer defecto atañe a la calidad; por ejemplo, si es vendido como sano un animal enfermo; y si alguien hace esto conscientemente, comete fraude en la venta y, por tanto, ésta resulta ilícita.
En todos estos casos no sólo se peca realizando una venta injusta, sino que además se está obligado a la restitución. Pero si el vendedor ignora la existencia de alguno de los antedichos defectos en la cosa vendida, no incurre en pecado; porque sólo materialmente comete una injusticia, pero su acción en sí no es injusta, como en otro lugar hemos visto (q.59 a.2). Mas cuando tenga conocimiento de ello está obligado a recompensar al comprador.
Todo lo dicho sobre el vendedor debe aplicarse también al comprador. En efecto, a veces ocurre que el vendedor cree que su cosa, en cuanto a su especie, es menos valiosa de lo que realmente es; como si, por ejemplo, alguien vende oro por oropel: el comprador en este caso, si se da cuenta, compra injustamente y está obligado a la restitución. Y la misma argumentación vale para los defectos de calidad y de cantidad.
A las objeciones:
El oro y la plata no sólo son caros por la utilidad de los vasos que con ellos se fabrican o de otros empleos a que se destinan, sino también por la excelencia y pureza de su propia sustancia. Por consiguiente, si el oro o la plata fabricados por los alquimistas no tienen verdadera sustancia de oro y plata, es fraudulenta e injusta la venta, y esto, sobre todo, porque hay algunos empleos útiles a que sirven el oro y la plata verdaderos, por sus propiedades naturales, y en los que no puede usarse el oro falsificado por los alquimistas; así, por ejemplo, la propiedad de regocijar y la de servir de medicina contra ciertas enfermedades. Además, el oro natural puede emplearse más frecuentemente en las operaciones humanas y conserva durante más tiempo su pureza que el oro falsificado. Pero si la alquimia llegase a fabricar oro verdadero, no sería ilícito venderlo como tal; porque nada impide que el arte se sirva de algunas causas naturales para producir efectos naturales y verdaderos, como lo advierte Agustín, en III De Trin., a propósito de las cosas que se hacen por arte diabólico.
Es necesario que las medidas aplicables a las cosas objeto de comercio sean diversas en los distintos lugares por la diferencia de abundancia o escasez de dichas cosas, puesto que donde abundan más es costumbre que las medidas sean mayores. Sin embargo, en cada región compete a los jefes de la ciudad determinar cuáles son las medidas justas de las cosas vendibles, atendidas las condiciones de los lugares y de las cosas mismas. Por consiguiente, no es lícito prescindir de estas medidas instituidas por la autoridad pública o la costumbre.
Según dice Agustín en IX De civ. Dei, el precio de las cosas objeto de comercio no se determina según la jerarquía de su naturaleza, puesto que algunas veces se vende más caro un caballo que un esclavo, sino según la utilidad que los hombres tienen de ellas. Por consiguiente, no es menester que el vendedor o comprador conozcan las cualidades ocultas de la cosa vendida, sino solamente aquellas por las que se vuelven aptas para los usos humanos; por ejemplo, el que un caballo sea fuerte y corra bien; y de igual suerte en las demás. Estas cualidades, no obstante, pueden ser fácilmente conocidas por el comprador y el vendedor.
Artículo 3: El vendedor, ¿está obligado a manifestar
los defectos de la cosa vendida?
Objeciones por las que parece que el vendedor no está obligado a manifestar los defectos de la cosa vendida:
Al no forzar el vendedor al comprador a realizar la adquisición, parece que somete a su juicio la cosa que le vende. Mas a la misma persona pertenece la valoración y el conocimiento de la cosa. Luego no parece que se deba culpar al vendedor si el comprador se engaña en su apreciación, realizando la compra precipitadamente y sin hacer una cuidadosa investigación sobre las condiciones de la mercancía.
Parece estúpido que una persona realice algo que impida su pro-pia operación. Ahora bien: si indica los defectos de la cosa que ha de ser vendida, impide su venta; como también Tulio, en el libro De offic., pone en boca de un personaje que introduce en escena: ¿Hay algo más absurdo que hacer anunciar por un pregón público: Vendo una casa pestilente? Luego el vendedor no está obligado a manifestar los defectos de la cosa vendida.
Es más necesario al hombre conocer el camino de la virtud que conocer los defectos de las cosas que se venden. Ahora bien: el hombre no está obligado a dar a todo el mundo consejo y decirle la verdad sobre lo concerniente a la virtud, aunque a nadie debe decir falsedad. Luego mucho menos está obligado el vendedor a manifestar los defectos de la mercancía, dando así como un consejo al comprador.
Si alguien está obligado a revelar los defectos de la cosa que vende, no es sino para que disminuya su precio. Pero a veces también la cosa disminuiría de precio, incluso sin defecto de la cosa vendida, por algún otro motivo; por ejemplo, si el vendedor, al llevar trigo a un lugar donde hay mucha carestía de él, sabe que en su seguimiento llegan otros con más mercancías, lo que, si fuera conocido por los compradores, darían al vendedor un precio más bajo. Ahora bien: no es oportuno, según parece, que el vendedor tenga que manifestarles tales circunstancias. Luego, por igual razón, tampoco ha de manifestar los defectos de la cosa vendida.
Contra esto: está Ambrosio, en III De offic., que dice: En los contratos está ordenado que se manifiesten los defectos de las cosas que se venden, y si el vendedor no lo hace, aunque la mercancía pasare al dominio del comprador, el contrato será anulado como fraudulento.
Respondo: Siempre es ilícito poner a alguien en ocasión de peligro o de daño, aunque no sea preciso que un hombre preste siempre a otro auxilio o consejo para conseguir un fin cualquiera, sino que esto solamente es necesario en algún caso determinado; por ejemplo, cuando uno está puesto al cuidado de una persona o cuando alguien no puede ser socorrido por otro.
Mas el vendedor que ofrece una cosa en venta pone al comprador, por esto mismo, en ocasión de daño o peligro si, por ofrecerle una cosa defectuosa, a causa de sus defectos, puede acarrearle perjuicio o riesgo.
Hay perjuicio, en efecto, si por tal defecto la mercancía que se saca a la venta resulta de menor valor, pero el vendedor nada rebaja de su precio en atención al defecto. Hay riesgo, sin embargo, si, a causa de aquel defecto, el uso de la cosa se vuelve difícil o nocivo; por ejemplo, si uno vende a otro un caballo cojo por un caballo corredor, o una casa ruinosa por una sólida, o alimento podrido o envenenado por alimento bueno. Por consiguiente, si tales defectos están ocultos y el vendedor no los revela, será ilícita y fraudulenta la venta, y el vendedor estará obligado a reparar el daño.
Pero, si el defecto es manifiesto, como, por ejemplo, cuando se trata de un caballo tuerto o cuando el uso de la cosa, aunque no convenga al vendedor, pueda ser conveniente a otros, y si, por otra parte, el vendedor hace una rebaja en el precio en proporción al defecto, no está obligado a manifestar el defecto de la cosa, porque tal vez el comprador querría que por tal defecto le hiciese una rebaja mayor de la que debería hacerse. De ahí que el vendedor pueda lícitamente velar por su interés callando el defecto de la cosa.
A las objeciones:
No puede formarse juicio sino de una cosa conocida, puesto que, como observa el Filósofo en Ethic., cada uno juzga según lo que conoce. Por consiguiente, si los defectos de una cosa puesta en venta están ocultos, salvo que los manifieste el vendedor, no se puede formar suficientemente un juicio exacto el comprador sobre ella. Ocurriría lo contrario si los defectos son manifiestos.
No es menester que se haga publicar por un pregón el defecto de la cosa que se pone en venta; porque si así se publicasen los defectos, se alejaría a los compradores, mientras que quedarían ignorantes de las otras cualidades de la cosa por la que ésta es buena y útil. Debe, en cambio, manifestarse el defecto individualmente a cada persona que se acerque a comprarla, la cual podrá comparar así simultáneamente todas las condiciones del objeto unas con otras, las buenas y las malas. Nada impide, en efecto, que una cosa defectuosa para un fin determinado sea útil para otros muchos.
3., aunque es cierto que el hombre no está obligado a decir a todo el mundo la verdad sobre lo concerniente a la práctica de las virtudes, sin embargo está obligado a decírsela en el caso de que, por un acto suyo, amenace a otra persona un peligro en detrimento de su virtud si no le revelara la verdad; y esto es lo que ocurre en el caso propuesto.
El defecto de una cosa hace que ésta sea de menor valor en el presente del que aparenta. Pero, en el caso recogido en la objeción, sólo para más adelante se espera que el trigo tenga menor valor por la llegada de muchos negociantes, que es ignorada por los compradores; de ahí se sigue que el vendedor que vende una cosa según el precio corriente no parece quebrantar la justicia al no manifestar lo que va a suceder después. Sin embargo, si lo expusiera o rebajase su precio, practicaría una virtud más perfecta, aunque a esto no parece estar obligado por deber de justicia.
Artículo 4: ¿Es lícito en el comercio vender algo
más caro de lo que se compró?
Objeciones por las que parece que no es lícito en el comercio vender algo más caro de lo que se compró:
Dice el Crisóstomo, sobre Mt 21,12, que el que adquiere una cosa para obtener un lucro, revendiéndola tal cual es y sin modificación, es uno de aquellos mercaderes que fueron arrojados del templo de Dios.Igualmente, Casiodoro, comentando el texto del Sal 70,15: Porque no conozco el arte de escribir, o según otro texto: El ejercicio del comercio, escribe: ¿En qué consiste el comercio sino en comprar barato con intención de vender más caro? Y añade: El Señor arrojó fuera del templo a tales mercaderes. Pero nadie es expulsado del templo sino a causa de algún pecado. Luego tal género de comercio es pecado.
Es contrario a la justicia el que alguien venda una cosa más cara de lo que vale o la compre más barata, como hemos probados antes (a.1). Pero la persona que en el comercio vende un objeto más caro de lo que lo compró, necesariamente o lo ha comprado más barato de lo que vale o lo ha vendido más caro. Luego esto no puede hacerse sin cometer pecado.
Dice Jerónimo: Huye como de la peste del clérigo traficante que de pobre se hace rico y de plebeyo noble.Ahora bien: parece que no estaría prohibido a los clérigos el ejercicio del comercio si no fuera pecado. Luego, en el comercio, comprar una cosa a menor precio y venderla más cara es pecado.
Contra esto: está Agustín, que con ocasión de aquel texto del Sal 70,15: Porque no conocí el arte de escribir, dice: El comerciante ávido de ganancia blasfema cuando pierde; miente y perjura sobre el precio de sus mercancías. Ahora bien: éstos son vicios del hombre y no de su arte, que puede practicarse sin ellos. Luego el comerciar no es en sí ilícito.
Respondo: Es propio de los comerciantes dedicarse a los cambios de las cosas; y como observa el Filósofo en I Pol., tales cambios son de dos especies: una, como natural y necesaria, es decir, por la cual se hace el trueque de cosa por cosa o de cosas por dinero para satisfacer las necesidades de la vida; tal clase de cambio no pertenece propiamente a los comerciantes, sino más bien a los cabezas de familia o a los jefes de la ciudad, que tienen que proveer a su casa o a la ciudad de las cosas necesarias para la vida; la segunda especie de cambio es la de dinero por dinero o cualquier objeto por dinero, no para proveer las necesidades de la vida, sino para obtener algún lucro; y este género de negociación parece pertenecer, propiamente hablando, al que corresponde a los comerciantes. Mas, según el Filósofo, la primera especie de cambio es laudable, porque responde a la necesidad natural; mas la segunda es con justicia vituperada, ya que por su misma naturaleza fomenta el afán de lucro, que no conoce límites, sino que tiende al infinito. De ahí que el comercio, considerado en sí mismo, encierre cierta torpeza, porque no tiende por su naturaleza a un fin honesto y necesario.
No obstante, el lucro, que es el fin del comercio, aunque en su esencia no entrañe algún elemento honesto o necesario, tampoco implica por esencia nada vicioso o contrario a la virtud. Por consiguiente, nada impide que ese lucro sea ordenado a un fin necesario o incluso honesto, y entonces la negociación se volverá lícita. Así ocurre cuando un hombre destina el moderado lucro que adquiere mediante el comercio al sustento de la familia o también a socorrer a los necesitados, o cuando alguien se dedica al comercio para servir al interés público, para que no falten a la vida de la patria las cosas necesarias, pues entonces no busca el lucro como un fin, sino remuneración de su trabajo.
A las objeciones:
El texto del Crisóstomo debe entenderse referido al comerciante en cuanto que hace del lucro su último fin, lo que aparece sobre todo cuando alguien vende más caro un objeto que no ha sido modificado; pues si lo vendiere a mayor precio después de haberlo mejorado, parece que recibe el precio de su trabajo, a pesar de que puede proponerse lícitamente el lucro mismo, no como fin último, sino en orden a otro fin necesario u honesto, como antes se ha dicho (en la sol.).
No es negociante todo el que vende una cosa más cara de lo que la compró, sino sólo el que la compra con el fin de venderla más cara. En efecto, si una persona compra una cosa no para venderla, sino para conservarla, y después, por algún motivo, quiere venderla, no hay comercio, aunque la venda a mayor precio. Esto puede hacerlo lícitamente, ya porque hubiera mejorado la cosa en algo, ya porque el precio de ésta haya variado según la diferencia de lugar o de tiempo, ya por el peligro al que se expone al trasladarla de un lugar a otro o al hacer que sea transportada. En estos supuestos, ni la compra ni la venta son injustas.
Los clérigos no sólo deben abstenerse de realizar cosas que son malas en sí mismas, sino también las que implican una apariencia de mal; y esto realmente ocurre con el ejercicio del comercio, ya porque se encamina a un lucro terrenal que los clérigos deben despreciar, ya también por los frecuentes vicios de los negocios, puesto que, como se dice en Eclo 26,28, difícilmente se libra el mercader de los pecados de la lengua.Hay, además, otra causa, y es que el comercio ata demasiado el espíritu a las cosas temporales y, por consiguiente, lo retrae de las espirituales; por eso se lee en 2 Cor 2,4: Nadie que milite en el servicio de Dios debe embarazarse con los negocios del siglo. Sin embargo, es lícito a los clérigos realizar, con actos de compra o de venta (cf. la sol.), aquella primera especie de cambio que se ordena a satisfacer las necesidades de la vida.