La teoría evolucionista y la creación del hombre – La Humani Generis y el evolucionismo

La teoría evolucionista y la creación del hombre

Análisis del conocido fragmento 29 de la encíclica

 Humani Generis de Pío XII

 

Se suele decir, escribir y repetir sin mucha precisión que la encíclica Humani Generis, de Pío XII, publicada en el año 1950 –cuyo subtítulo es “Sobre las falsas opiniones contra los fundamentos de la doctrina católica”–, abrió por primera vez las puertas a la teoría de la evolución por parte de la doctrina católica, aunque no ciertamente a la ideología evolucionista (que es materialista y antiteísta). Así, por ejemplo, el conocido intelectual católico Mariano Artigas –glosando las opiniones de Francisco Ayala, darwinista y ex sacerdote– comenta:

Ayala añade que la mayoría de los escritores cristianos admiten la teoría de la evolución biológica. Menciona que el Papa Pío XII, en un famoso documento de 1950 (se trata de la encíclica Humani generis), reconoció que la evolución es compatible con la fe cristiana…[1]

 

A su vez, en otra oportunidad, Artigas escribió:

en la medida en que la evolución exista, manifiesta de un modo peculiar el poder y la sabiduría de Dios. En efecto, las teorías evolucionistas deben suponer que las leyes fundamentales de la naturaleza son muy específicas y que, en muchas ocasiones a lo largo de enormes períodos de tiempo, se han dado las circunstancias que han permitido a la naturaleza llegar hasta su estado actual, en el que existe un grado sorprendente de organización.

El Papa Juan Pablo II ha afirmado esta compatibilidad en diferentes ocasiones, y ha recordado lo que, en la misma línea, ya había enseñado el Papa Pío XII muchos años antes…[2]

 

En idéntica dirección, otro intelectual de nombre Miguel de Asúa -Doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires y Licenciado en Teología por la Universidad Católica Argentina- sostuvo por su lado:

El 12 de agosto de 1950 Pío XII (1939-1958) promulgó la encíclica Humani generis, el primer pronunciamiento importante del Vaticano sobre la teoría de la evolución. Respecto del evolucionismo, la encíclica lo considera parte de las ciencias positivas, aunque una parte toca cuestiones de la verdad cristiana[3].

Habida cuenta la confusión que pueden representar estas y otras citas de sentido semejante, y conociendo por experiencia que los que las leen son llevados a la conclusión de que la Iglesia Católica ha pactado con una ideología cientificista como la que inspira la evolución, deseamos aclarar por nuestra parte varias cosas. En efecto, los fragmentos reproducidos, junto con muchos más que se pudieran presentar,  mueven a formularse varias preguntas, desde la más osada a la más sutil:

  • ¿La Humani Generis admite la teoría de la evolución?
  • ¿La Humani Generis sostiene la evolución del cuerpo del hombre?
  • ¿La Humani Generis no condena la afirmación de que el cuerpo del hombre, no su alma, evoluciona?
  • ¿La Humani Generis se pronuncia sobre la posibilidad de una evolución del cuerpo del hombre, guiada por Dios?

Para empezar a indagar, debemos remitirnos a la precitada Humani Generis en su párrafo 29. Vamos a hacer algo tan sencillo pero poco común cuando se habla del tema: ¡reproducir el texto para que la interpretación que hagamos sea lo más fiel posible y para que el lector tenga esa certeza! Allí, en Humani Generis 29, se lee:

El Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios[4].

Es importante señalar varias cosas. En primer lugar, las palabras del papa Pío XII según lo cual “no está prohibido” estudiar la doctrina del evolucionismo en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente se han escrito en una circunstancia muy puntual: según el estado actual de las ciencias y la teología.

El permiso para estudiar esta doctrina no se da en abstracto sino en una situación muy concreta. No se puede des-historizar el fragmento de Humani Generis. Este permiso guarda relación con la situación de las ciencias y de la teología en ese momento; es decir, el permiso no depende algo invariable sino de algo que está sujeto a cambios. El permiso está relacionado con el perfeccionamiento, con el avance en el conocimiento, tanto en el orden científico-experimental como teológico.

Las palabras “según el estado actual de las ciencias y la teología” se llaman modificador de modalidad: expresan el grado de adhesión de quien sostiene tal frase.

Dado que el conocimiento humano, por su misma naturaleza, está sujeto al progreso y a la profundización, esta “no prohibición” de Pío XII podría perder su vigencia. Ignorar el factor tiempo no sería sensato, ya que han pasado 75 años desde la publicación de esta encíclica.

Una lectura no tendenciosa –económica[5], en términos hermenéuticos– del documento permite advertir que el papa Pío XII estaba dejando abierta la puerta al estudio de aquella doctrina en un contexto determinado: está diciendo que quedan permitidas la reflexión y la investigación sobre un tema. Habida cuenta la confusión reinante, es absolutamente necesario subrayar que el Papa Pío XII no estaba afirmando algo sobre el punto en cuestión. Simplemente, lo que hizo fue dejar manos libres a la investigación, condicionada por los requisitos recién mencionados. Es claro que tal permisión estaba vinculada al grado de conocimiento propio de la época en que estas palabras fueron escritas: año 1950.

Sería desacertado, por tanto, considerar este permiso o habilitación como un pronunciamiento teórico con respecto al evolucionismo. Se trata de una decisión prudencial, no de un juicio teorético: conceptualmente, el Papa no está afirmando nada.

Sigamos leyendo la encíclica en el mismo punto 29:

Mas todo ello ha de hacerse de manera que las razones de una y otra opinión —es decir, la defensora y la contraria al evolucionismo— sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente; y con tal que todos se muestren dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe.

Continúa el Papa Pío XII, en el mismo punto 29:

Pero algunos traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los datos e indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados; y ello, como si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija la máxima moderación y cautela en esta materia.

Aquí termina el párrafo 29. La precisión de estas líneas es notable. El papa Pío XII advertía –ya en 1950– que muchos (al igual que hoy, nos permitimos agregar) hablaban del origen del cuerpo humano a partir de una materia viva preexistente como si tal punto estuviese perfectamente demostrado: así, estos muchos daban a entender que si la doctrina católica no se acomodaba al supuestamente irresistible progreso científico, estaría condenada al anacronismo.

Ahora bien, tal punto no estaba probado en 1950.

Más aún: ni siquiera en la actualidad se ha demostrado el origen del cuerpo humano a partir de un ser vivo anterior. En palabras de Kaempfert:

¿Dónde nos situamos frente al misterio de la vida? Nos encontramos ante un gran muro de granito al cual ni siquiera hemos hecho un rasguño. Virtualmente no sabemos nada del desarrollo de la vida[6].

Si no se sabe nada del desarrollo de la vida, forzosamente tampoco se sabe nada respecto al origen del cuerpo humano, y es altamente hipotético colocar su origen en una materia viva preexistente.

Habiendo transcurrido 75 años de esta encíclica, la teoría evolutiva enfrenta nuevas objeciones, a la par que las ya existentes se ven reforzadas. Remitimos al lector a otros trabajos sobre el tema: aquí, aquí, aquí, aquí, aquí (debate), aquí, aquí, aquí, aquí (ponencia del Dr. Juan Manuel Torres) y finalmente aquí.

Es interesante al respecto tomar nota de la declaración de un prestigioso cuerpo de científicos que han asumido el compromiso de firmar públicamente un manifiesto titulado “A Scientifici Dissent from Darwinism” (Un disenso científico al Darwinismo), declaración que vio la luz en el mes de septiembre de 2005. El manifiesto –puede leerse en inglés[7] y en castellano[8]– arroja la nómina de no menos que 800 profesionales en todo el mundo[9], de las más diversas disciplinas, que han avalado la siguiente frase:

Somos escépticos acerca de las afirmaciones de que las mutaciones aleatorias y la selección natural puedan explicar la complejidad de la vida. Debe fomentarse un cuidadoso examen de la evidencia a favor de la teoría darwinista.

Tal como la página informa, quienes deseen suscribir este aserto deben contar con las siguientes condiciones: Las personas que firman la disensión científica sobre el darwinismo deben tener un doctorado en un campo científico como la biología, la química, la matemática, la ingeniería, las ciencias computacionales, o una de las otras ciencias naturales, o deben ser médicos acreditados y desempeñarse como profesores de medicina”.

Pero el tema de Pío XII no ha terminado. Porque bien vale la pregunta que nos haremos a continuación.

¿Por qué no se condenó con una declaración dogmática

el evolucionismo en la Humani Generis?

No obstante todo lo que hemos dicho, entendidas y aceptadas incluso las explicaciones precedentes, alguien podría preguntarse con toda legitimidad: si lo anterior es así, ¿entonces por qué Pío XII no dijo claramente que tampoco el cuerpo del hombre podía surgir por evolución? ¿Por qué la Iglesia no condenó sin más el evolucionismo haciendo uso de su autoridad de definir? ¿Por qué solamente se ha otorgado un simple permiso para estudiar una teoría?

En nuestra opinión, una conciencia profunda de la naturaleza doctrinaria de la Iglesia —de su esencia, en tanto Madre y Maestra— es el camino para responder a esta pregunta.

Resulta evidente que la potestad de la Iglesia para pronunciarse sobre temas lindantes con la ciencia es distinta a la que tiene en cuestiones estrictamente teológicas o morales. Las realidades visibles son abordadas por métodos tales como la experimentación y la observación, mientras que el alma humana y la ley moral natural —por ser espirituales e intangibles— se encuentran más allá de la materia, por lo que su influencia y actividad sólo pueden registrarse de forma indirecta.

El investigador Rafael A. Martínez habla de “prudencia”[10] por parte de las autoridades de la Iglesia Católica en relación al evolucionismo. Esta prudencia encuentra justificación en una profunda conciencia de la extensión y límites de su autoridad doctrinaria. En efecto, el poder de la Iglesia tiene por objeto confirmar verdades de fe y de moral. Su misión es extender a todo el mundo el Mensaje de Cristo, la Buena Noticia. Para eso tiene poder: para procurar la Evangelización. En particular, nos referimos al poder de definir ciertas verdades al declararlas “dogmas” y, por tanto, volverlas vinculantes para los fieles.

Por tanto, el poder de la Iglesia de Cristo (y en especial la Infalibilidad de la que ella goza cuando declara una verdad ex cathedra, dogmática) no es ni debe entenderse como una ventaja competitiva sobre otros campos del conocimiento —como si pudiese seguir “descubriendo” nuevas verdades, confirmándolas con sucesivas definiciones— sino como una autoridad para definir algo que ya se cree, algo que se cree hace años o siglos, algo que ya se está creyendo. Cuando la Iglesia Católica definió la Inmaculada Concepción, lo cierto es que el pueblo cristiano ya creía en la Inmaculada Concepción hace siglos. Lo mismo con la Asunción de María, por ejemplo.

Mostremos más casos. Del estudio de la historia se desprende que en situaciones tales como la propagación de graves errores (herejías), una verdad —ya creída por los fieles— es declarada en determinado momento por la Iglesia como perteneciente a la fe mediante una sentencia infalible (dogmática). En las sentencias infalibles, por tanto, la Iglesia no “agrega” ni “inventa” nada: señala explícitamente una verdad ya conocida –contenida en la Revelación, enseñada por la Tradición hace siglos, entre otras características—, cuya adhesión comienza a poseer carácter vinculante a partir del momento en que es expresamente definida. Así hizo con la Divinidad de Cristo, afirmada dogmáticamente en el año 325 D.C., en el marco del Concilio de Nicea, del que en este 2025 se cumplen 1700 años.

Ahora bien, ¿cómo aplicamos esto que sabemos respecto de la Humani Generis y de Pío XII? Vayamos despacio. Sumemos más piezas a este rompecabezas.

Hay otro elemento que aporta el precitado Martínez. A su juicio, la Iglesia habría querido evitar un nuevo “caso Galileo”[11]. Por esta razón, no habría hecho uso de su autoridad doctrinaria para definir dogmáticamente nada sobre el origen del cuerpo humano. Asimismo, agregamos nosotros, tampoco hizo uso de esta autoridad para condenar formal y explícitamente el evolucionismo, como sí hizo en cambio con la ideología comunista en Divini Redemptoris (1937) o con la ideología liberal en Libertas (1888).

En materia científica, como se ha dicho, la Iglesia no tiene la responsabilidad ni la facultad de enseñar, y mucho menos de definir. Cristo no le dio autoridad para consagrar ni rechazar paradigmas o conclusiones científicas sino para transmitir y comunicar “hasta los confines de la tierra” (Hechos 13, 47) las verdades que salvan.

Cuestiones éticas que van apareciendo como consecuencia del avance científico (fecundación in vitro, embriones congelados, vacunas realizadas en base a tejido fetal proveniente de abortos provocados, etc.) constituyen temas de naturaleza distinta a la puramente científica, por supuesto, y por lo tanto (al quedar comprometida la moral objetiva en ellos) sí compete a la Iglesia Católica formular un juicio y enseñar sobre estos puntos.

Atento a estas razones, se comprende que la Iglesia se haya limitado a enseñar que el alma humana es creada inmediatamente por Dios: su naturaleza es espiritual, no siendo producto de evolución alguna.

El ambiente equívoco y hostil que rodea a los fieles –destinatarios naturales de las enseñanzas de la Iglesia– puede también explicar esta cautela de las autoridades eclesiásticas. Ya en 1950, muchísima gente —experta o no— entendía por “evolucionismo” una serie de afirmaciones de orden científico entremezcladas con una toma de posición ideológica de neto corte cientificista y ateo. Por supuesto, ciencia e ideología son cosas diferentes, pero en la mente de muchas personas —es innegable— esta distinción no siempre resulta nítida.

Por supuesto, digamos ante todo que la causa de que esta diferenciación no sea nítida no es otra que la acción de innumerables divulgadores que entremezclan los datos científicos con sus posturas filosóficas. No es una novedad ni un gran descubrimiento mencionar que la doctrina católica y su teología –tanto en los años 50’ del siglo XX como hoy en día– son cuestionadas por todas partes en nombre de la ciencia. Rafael A. Martínez menciona dos libros que, hacia fines del siglo XIX, contribuyeron a abonar esta atmósfera: Historia del conflicto entre religión y ciencia, de John William Draper (1874) y Una historia de la guerra de la ciencia con la teología en la cristiandad, de Andrew Dickson White (1896)[12]. Se trata de dos publicaciones que, como comenta el precitado investigador, tuvieron una “amplia difusión” tanto en Estados Unidos como en otros países. Si a la acción del racionalismo antiteísta a fines del XIX le sumamos la poderosa influencia del cientificismo de la primera mitad del siglo XX, podremos aproximarnos al clima de la época en la que está escribiendo Pío XII.

De este modo, gracias a una sistemática propaganda, muchos fueron convencidos de que Darwin había efectivamente demostrado que el hombre procede del mono; rechazar esta conclusión implicaba ser etiquetado de oscurantista, supersticioso o fanático. No era nada sencillo el auditorio al que se dirigía el papa Pío XII.

Establecido lo anterior, es un hecho que, gustase o no gustase, por “evolución” y “evolucionismo” muchas personas en el mundo entendían una serie de hechos científicos, unidos –más o menos explícitamente– a una concepción atea y cientificista. Así, por ejemplo, el aumento de la resistencia de una bacteria frente a un insecticida sólo podía significar una sola cosa: evolución. Lo mismo se podría decir de las semejanzas entre los seres; todo eso sería evolución.

Teniendo presente: a) la naturaleza de la autoridad doctrinaria de la Iglesia, y b) este extendido estado de confusión entre el plano científico y el ideológico, se entiende que el Santo Padre evitase pronunciarse en torno a planos que se hallaban —y aún se hallan— confundidos.

El fragmento 29 de la Humani Generis presenta, pues, dos elementos. Se observa, por un lado, un juicio intelectual-teorético. Y por otro, una decisión prudencial ligada a ciertas condiciones.

El juicio intelectual-teorético se podría cristalizar de la siguiente forma: la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios. Pío XII no estaba diciendo que la “evolución” del cuerpo humano había tenido lugar. Entre otras cosas, porque en este fragmento no estaba diciendo nada en relación a la doctrina del evolucionismo.

La decisión prudencial fue permitir el estudio de una doctrina. Esta no prohibición es una decisión de la voluntad, y no un juicio conceptual-intelectual, aunque —por supuesto— tal decisión voluntaria tenga sus razones. Pero Pío XII no se pronuncia sobre la compatibilidad o no entre fe católica y “evolución del cuerpo humano”. No hay en el párrafo una afirmación relativa a la realidad sino una permisión ligada a ciertos requisitos:

1) que se entienda una permisión condicionada al estado “actual” de las disciplinas (ciencia y teología), es decir, a la situación del año 1950. Ello implica que esta misma “no prohibición” está lejos de ser absoluta. Se encuentra ligada a una primera condición;

2) que quede salvado que el alma humana es creada inmediatamente por Dios;

3) que se examinen ambas posturas —“la favorable y la contraria al evolucionismo”— de manera “seria, moderada y templada”. Y cuando dice “evolucionismo”, la HG entiende “la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humanoen una materia viva preexistente”. Eso significa que el papa Pío XII estaba dejando abierta la investigación a este punto, y que no veía que examinar y estudiar este punto fuese ofensivo para con la fe. O que, aún viéndolo que fuese ofensivo, consideró prudente no definir al respecto, por todo lo que hemos dicho recientemente;

4) que todos se sometan —en cuanto a la interpretación auténtica de la fe— al juicio de la Iglesia;

5) que no se traspase la libertad señalada en los puntos a), b), c) y d) como si la evolución del cuerpo “ya estuviese demostrada”.

 

Recordemos las cuatro preguntas iniciales de este capítulo:

  • ¿La Humani Generis admite la teoría de la evolución?
  • ¿La Humani Generis sostiene la evolución del cuerpo del hombre?
  • ¿La Humani Generis no condena la afirmación de que el cuerpo del hombre, no su alma, evoluciona?
  • ¿La Humani Generis se pronuncia sobre la posibilidad de una evolución del cuerpo del hombre, guiada por Dios?

Respondamos a cada una de ellas.

En base a todo lo que venimos diciendo, cabe afirmar que la Humani Generis no puede leerse como: 1) una aceptación de la teoría de la evolución; 2) un sostenimiento de la postura de la evolución respecto del cuerpo humano.

En lo tocante al punto 3), es cierto que Pío XII no condena la afirmación de que “el cuerpo del hombre —no su alma— evoluciona”. No la condena, como no condena tantas otras afirmaciones.

Interpretando rectamente este documento, hay que decir que también sería equivocado tildar de hereje o heterodoxo a quienes afirmasen la evolución del cuerpo, lo cual es una afirmación no condenada que sin embargo podría ser –o no– perfectamente contradictoria con otras verdades (reveladas o racionales). Existen muchas corrientes filosóficas cuyos principios son contrarios a la verdad, pero que no han sido condenadas por la Iglesia[13].

Por último, situándonos en el punto 4), quien afirmase la evolución del cuerpo desde la HG 29 cometerían, como se ve, un grave error de interpretación. Si lo quieren afirmar, deben buscar otras bases.

Asimismo, conviene recordar que no es costumbre de la Iglesia condenar las doctrinas que no contradicen expresa e inmediatamente el dogma. De hecho, la Iglesia no condenó las tesis cartesianas aunque tantos grandes filósofos –como Blas Pascal, Josef Pieper o Etienne Gilson– les dirigieron enérgicas críticas.

La idea de una evolución del cuerpo humano no fue condenada, lo que lleva a puntualizar lo siguiente:

–no es lícito convertir el concepto de no condenado en el concepto de aceptado, ni tampoco en aceptable;

no es lícito convertir el concepto de no condenado en el concepto de inaceptable.

 

Finalmente, el fragmento 29 de la Humani Generis no puede leerse como una afirmación de la evolución del cuerpo, supuestamente guiada por Dios. Pretenderlo comporta un sequitur inadmisible.

¿La Humani Generis se pronuncia sobre la posibilidad de una evolución del cuerpo del hombre, guiada por Dios? No, no se pronuncia.

La Humani Generis insta a examinar y a estudiar ambas posturas: la favorable y la contraria al evolucionismo. Y por evolucionismo se entiende aquella doctrina según la cual el cuerpo humano provino de una materia viva preexistente. Asimismo, se podría pensar que el papa Pío XII no aplicó la fe como “Norma Negativa” por lo que entendemos que es razonable pensar que no consideró “ofensivo ni incompatible con la fe” ninguna de las dos posturas o al menos consideró que no era prudente definir algo al respecto.

 

[1] Cfr. https://www.unav.edu/web/ciencia-razon-y-fe/evolucionismo-y-cristianismo
[2] Cfr. https://www.unav.edu/web/ciencia-razon-y-fe/evolucionismo-y-fe-cristiana
[3] Cfr. Miguel de Asúa. La evolución de la vida en la tierra. Buenos Aires, Logos, 2015, pág. 251. La negrita es nuestra.
[4] Versión extraída de los textos oficiales publicados por el Vaticano en su página web. Recuperado de <http://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html>. Las cursivas son del texto.
[5] En este contexto, una lectura económica significa que no se pretenderá extraer más conclusiones que las estricta y necesariamente deducibles, procurando especialmente no forzar el texto.
[6] Kaempfert, W. El gran misterio de todo: el secreto de la vida…, citado por Alejandro Villareal (24 de septiembre de 2010). Citas de hombres de ciencia sobre la teoría de la evolución de Darwin. [Archivo de video]. [Dos partes]. Recuperado de <https://www.youtube.com/watch?v=pCTZ2b7-cZ0>.
[7] Cfr. <http://www.dissentfromdarwin.org/>.
[8] Cfr. <http://www.dissentfromdarwin.org/about/esp/>. La misma página web se encarga de aclarar: “Las personas que firman la disensión científica sobre el darwinismo deben tener un doctorado en un campo científico como la biología, la química, la matemática, la ingeniería, las ciencias computacionales, o una de las otras ciencias naturales, o deben ser médicos acreditados y desempeñarse como profesores de medicina”.
[9] A Scientific Dissent From Darwinism. (noviembre 2016). Recuperado de <http://www.discovery.org/scripts/viewDB/filesDB-download.php?command=download&id=660>.
[10] Martínez 2007. No estamos de acuerdo con Martínez con la totalidad de lo que afirma en su trabajo, pero utilizamos los datos que él trae a colación, aunque interpretándolos de manera diversa.
[11] Valga la aclaración de que la Iglesia acusó a Galileo en alguna de sus instancias de autoridad, pero no en la máxima. Cfr. El caso Galileo, por el Dr. Raúl Leguizamón en http://elblogdecabildo.blogspot.com.ar/2008/07/cientficas.html
[12] Martínez 2007: nº 2.
[13] Por ejemplo, el idealismo hegeliano. El famoso principio de inmanencia: no hay ser fuera del pensamiento.

 

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El escarabajo bombardero (o la refutación de la teoría de la evolución) – Réplica al gradualismo de Darwin
La teoría evolucionista y la creación del hombre – La Humani Generis y el evolucionismo

El escarabajo bombardero (o la refutación de la teoría de la evolución) – Réplica al gradualismo de Darwin

El escarabajo bombardero (o la refutación de la teoría de la evolución)

Réplica al gradualismo de Darwin

Si se pudiese demostrar que existió un órgano complejo que no pudo haber sido formado por modificaciones pequeñas, numerosas y sucesivas, mi teoría se destruiría por completo; pero no puedo encontrar ningún caso de esta clase.

Charles Darwin.

El origen de las especies.

Por Juan Carlos Monedero (h)

ÍNDICE

–Introducción

–La teoría de la evolución: el gradualismo

–La realidad: la maravilla del escarabajo bombardero

–El contraste entre la realidad y la teoría

–Conclusión

Introducción

No sería justo comenzar este artículo sin un expreso agradecimiento al Padre Carlos Baliña por habernos enseñado sobre este simpático insecto: el escarabajo bombardero.

La difusión de la película Dios no ha muerto hizo renacer en algunos círculos el debate sobre la enseñanza de la ciencia, el origen del hombre y el papel de la religión en torno a estos temas tan pero tan discutidos. Hablaremos en este artículo, pues, de los seres vivos, de los insectos, de la ciencia de la Biología y de la teoría de la evolución. Como introducción al tema, cabe explicar ciertos conceptos fundamentales.

Se trata de ideas clave que hacen posible entender de qué estamos hablando y dónde estamos parados.

Toda teoría o formulación científica es, en primer lugar, una explicación; en segundo lugar, una explicación de ciertos hechos. Se conocen ciertos hechos y luego se elaboran argumentaciones a fin de explicarlos. Explicarlos no es otra cosa que “darles razón de ser”. En el campo de la ciencia experimental, las teorías pueden pasar por distintas etapas. Una vez formulada, la teoría puede ser:

Confirmada: lo que se observa en la realidad corresponde de manera positiva con lo que se afirma en la teoría;

No confirmada: lo que se observa en la realidad no corresponde con la teoría;

No refutada: lo que se observa en la realidad no contradice lo que la teoría estipula;

Refutada: lo que se observa en la realidad contradice lo que la teoría dice que debería pasar;

Una misma teoría puede ubicarse en estas etapas durante momentos distintos[1]. Una teoría puede estar confirmada, al principio, respecto de algunos sucesos y, al mismo tiempo, puede ser categóricamente refutada en relación con otros. Y ahí se impone reformular la teoría o, sencillamente, abandonarla. A su vez, una teoría puede no estar corroborada y, al mismo tiempo, no haber sido refutada.

La idea del artículo es contrastar uno de los elementos principales de la teoría de la evolución con la realidad; veremos si este elemento capital se encuentra confirmado, no confirmado, no refutado o refutado.

Pues bien, este elemento capital de la teoría evolutiva es el gradualismo. Pasaremos a demostrar que así es.

La teoría de la evolución: el gradualismo

A continuación, explicaremos que tanto Charles Darwin como sus continuadores y objetores entienden por “evolución” un proceso extremadamente gradual. La idea de un proceso evolutivo de tales características fue denominada “gradualismo”. Este gradualismo es la piedra angular de la teoría.
Se llama “gradualismo” a la idea de que el proceso evolutivo ocurre de manera extremadamente lenta. La evolución es concebida como un proceso que acumula millones de cambios a lo largo de millones de años; modificaciones tan pequeñas que no podrían ser registradas si estuviésemos frente a ellas. Cambios imperceptibles. Un proceso extremadamente lento que se atribuye a la “selección natural”. Dice Darwin:

Admitimos por completo que la selección natural obra generalmente con lentitud extrema, y que puede funcionar solamente cuando existen lugares en la economía natural de un distrito que pueden ser mejor ocupados por la modificación de algunos de sus habitantes existentes, y cuya existencia depende con frecuencia de cambios físicos que por lo general se verifican de un modo muy lento, siendo imposible la inmigración de formas mejor adaptadas.

Continúa nuestro autor:

Como algunos pocos de los habitantes antiguos se modifiquen, las relaciones mutuas de los otros se perturbarán, creando así lugares aptos para ser ocupados por formas mejor adaptadas, lo cual, sin embargo, se irá verificando muy lentamente.

Por lo tanto, las diferencias entre los seres vivos no siempre han sido de inmediata captación a diferencia de lo que sí ocurre ahora:

Aunque todos los individuos de la misma especie se diferenciasen entre sí en algún pequeño grado, pasaría mucho tiempo antes de que pudiesen ocurrir diferencias ventajosas en varias partes de la organización.

Concluye el párrafo Darwin:

la selección natural obrará generalmente con mucha lentitud, sólo por grandes intervalos de tiempo y en pocos habitantes de la misma región, así como no dudamos que estos resultados lentos e intermitentes concuerdan muy bien con lo que la geología nos dice de la manera y velocidad con que han cambiado los habitantes del mundo[2].

El capítulo VI del libro “El origen de las especies” está titulado Dificultades de la teoría. Allí, Charles Darwin vuelve a subrayar el carácter gradual del proceso evolutivo. Dice, al comienzo:

Con la teoría de la selección natural podemos entender claramente el sentido completo de aquel antiguo canon de historia natural: “Natura non facit saltum”, el cual no es estrictamente exacto si miramos sólo a los actuales habitantes del mundo; pero si incluimos a todos los de los tiempos pasados conocidos y por conocer, dentro de nuestra teoría debe ser perfectamente verdadero.

             Natura non facit saltum significa “La naturaleza no da saltos”Ausencia de saltos es una manera de decir, con otras palabras, GRADUALISMO.

Por estas razones, no hay científico evolucionista que no sostenga que la tierra y el universo tienen millones de años de edad. Estos millones de años empalman perfectamente con la idea de un proceso extremadamente lento. Pues bien, esto es lo que deseábamos demostrar: no hay evolución sin gradualismo. No sólo Darwin[3] sino los neodarwinistas actuales defienden la teoría de la evolución como un proceso causado por una enorme sucesión de micromutaciones, cada una de las cuales produce un pequeño cambio por vez. Las mutaciones genéticas aleatorias (que son un hecho indiscutible, observable) son identificadas por los neodarwinistas como el mecanismo que impulsa la evolución de las especies (lo cual ya es una inferencia en base a esos hechos). Esta identificación es clave para la teoría evolutiva en la actualidad.

Uno de los neodarwinistas más famosos es el conocido militante ateo Richard Dawkins, quien sostiene que la evolución:

debe ser gradual cuando está siendo usada para explicar la venida a la existencia de objetos complicados y aparentemente diseñados, como los ojos. Porque si no es gradual en estos casos, ella deja de tener todo poder explicativo. Sin gradualidad en esos casos, estamos de vuelta en el milagro, lo cual es simplemente un sinónimo de la total ausencia de explicación[4].

No sólo Darwin y los más conocidos evolucionistas actuales son gradualistas. También es relevante hacer notar que quienes han criticado con mayor rigor el evolucionismo reconocen que la teoría tiene –en su núcleo esencial– un elemento gradualista. Pongamos el ejemplo del notable intelectual Phillip E. Johnson, para quien evolución y gradualismo están inseparablemente unidos:

Darwin se sentía particularmente ansioso por evitar la necesidad de ningún «salto» –por el cual aparece un nuevo tipo de organismo en una sola generación. La mayoría de los científicos creen que los saltos (…) son teóricamente imposibles, y ello por buenas razones. Los seres vivos son conjuntos extremadamente intrincados de partes interrelacionadas, y las partes mismas son también complejas. Es imposible imaginar cómo las partes cambiarían al unísono como resultado de una mutación al azar.

En una palabra (y es palabra de Darwin), un salto es equivalente a un milagro[5].

Agrega Johnson:

Darwin rechazó de forma enfática toda teoría evolucionista de este tipo, escribiendo a Charles Lyell que “Si yo llegase a quedar convencido de que necesitaba tales adiciones a la teoría de la selección natural, las rechazaría como basura… No daría un céntimo por la teoría de la selección natural, si se precisa de adiciones milagrosas en cualquier etapa de descendencia”[6].

En el capítulo III, Johnson cita a Darwin sobre este punto:

La selección natural puede actuar sólo mediante la preservación y acumulación de modificaciones infinitésimas que se heredan, cada una de ellas provechosa para el ser que se preserva…[7].

Por lo tanto, no hay duda de que -para Darwin, para importantes neodarwinistas y para los críticos- el gradualismo era un elemento capital y no accidental de la teoría de la evolución.  Clarificado y expuesto el presente punto, ya podemos dejar el plano del pensamiento e ir directamente a la biología.

 

La realidad: la maravilla del escarabajo bombardero

Hablaremos ahora, concretamente, de las ciencias naturales. Descendamos en la escala biológica y vayamos a los insectos. Veamos el escarabajo bombardero.

Conozcamos a este pequeño escarabajo, verdadero “pionero” de la utilización del armamento químico. Es un insecto que habita la región del sur de Inglaterra, cuyo nombre guarda relación con la particular forma de defenderse: cuando se acercan sus depredadores, el bombardero les rocía en forma sorpresiva un líquido a más de 100° C. Su defensa requiere de cuatro sustancias químicas.

Veamos en detalle su mecanismo, descubierto en 1961 por un químico alemán llamado Hermann Schlidnecht. Este hombre descubrió la intimidad del insecto: advirtió que el escarabajo bombardero tiene dos glándulas que producen una mezcla líquida, dos cámaras de almacenamiento conectadas, dos cámaras de combustión y dos tubos externos que pueden ser dirigidos como armas flexibles en la cola del insecto. Al analizar el líquido almacenado, Schlidnecht encontró que contenía 10% de hidroquinona y 23% de peróxido de hidrógeno (agua oxigenada). La mezcla de estas dos sustancias produce una reacción explosiva, que rápidamente supera los 100 grados centígrados.

Hemos dicho que eran cuatro las sustancias y sólo hemos mencionado dos. A esta mezcla, el escarabajo bombardero agrega otra sustancia que se denomina inhibidor. Esta sustancia tiene la función de impedir la explosión dentro del cuerpo del propio escarabajo. Y por último, una cuarta sustancia denominada anti inhibidor. Como su nombre lo indica, neutraliza la acción de la anterior y permite que se desencadene la reacción química –ya fuera del cuerpo del escarabajo– impactando al enemigo con este líquido hirviendo.

Cuando el depredador se acerca al escarabajo, se activa el siguiente circuito:

1) se genera la mezcla –es decir, la reacción química– al mismo tiempo que el inhibidor se pone en funcionamiento, impidiendo la explosión dentro del escarabajo;

2) luego, la mezcla circula por los dos tubos de combustión;

3) finalmente, entra en juego sólo en el momento preciso –aquel instante en que se siente más vulnerable– el anti inhibidor. De esta manera, el escarabajo se protege de sus depredadores pudiendo disparar hasta 50 chorros sucesivos, con un alcance de 5 cm, distancia cuatro veces mayor que su propia longitud.

Un video sobre este insecto se puede ver aquí:

El contraste entre la realidad y la teoría

Veamos ahora si el elemento clave de la teoría de la evolución –el gradualismo– es confirmado, corroborado o refutado por la realidad. En este caso, por una realidad representada por el mecanismo de defensa del escarabajo bombardero.

Para determinar si la teoría se ajusta a la realidad, supongamos verdadera la teoría. Es decir, supongamos que los hechos ocurrieron tal como la teoría de la evolución dice que pasaron. Viajemos con nuestra imaginación varios millones de años y pensemos en el escarabajo bombardero. Imaginémoslo en pleno proceso evolutivo: imaginemos su mecanismo de defensa evolucionando.

¿Podría semejante mecanismo maravilloso y complejo evolucionar gradualmente a través de millones de años? El evolucionista tiene que responder “sí”.

Pues bien. Nos hacemos esta pregunta: ¿qué pasaría si este insecto produjese el peróxido de hidrógeno y la hidroquinona, mezclándonos en la cámara, pero sin producir todavía el inhibidor, por hallarse en trance evolutivo? Forzosamente, en algún momento el escarabajo debió hallarse en ese trance sumamente lento, imperceptible, extremadamente gradual.

Si así fuera, estamos forzados a admitir una consecuencia. Si no genera el inhibidor antes, el escarabajo estallaría. Se destruiría a sí mismo. No podría sobrevivir.

La pregunta que se impone es: ¿cómo se llegó al inhibidor? Dice el Dr. Scott M. Huse: “No hay ninguna necesidad de desarrollar un inhibidor a menos que ya se tengan los dos químicos que se están intentando inhibir”. Como el mismo nombre lo indica, el inhibidor inhibe. Inhibe algo. ¿Qué cosa inhibe? Inhibe la mezcla de los químicos. Por lo tanto, el inhibidor guarda una relación con esa mezcla.

En otras palabras, si ya se tienen los dos químicos sin el inhibidor ya es demasiado tarde porque se ha volado a sí mismo en pedazos.

Pensemos una segunda posibilidad: ¿y si fuese al revés? Imaginemos al escarabajo produciendo el inhibidor pero sin, todavía, producir el anti inhibidor. ¿Qué pasaría? Nos los dice el mencionado autor:

La solución resultante no ofrecería ningún beneficio en absoluto al escarabajo, porque simplemente residiría en él como una mezcolanza inofensiva. Para que tenga algún valor para el escarabajo, el anti inhibidor debe agregarse a la solución[8].

Si el orden en que el mecanismo del escarabajo evolucionó fue éste, no pudo haber reacción química ni dentro ni fuera del insecto. En ese caso, arrojaría simplemente un líquido frío e inofensivo a sus depredadores. No los lastimaría, no se podría defender. Acabaría muerto.

Debemos considerar algo más; algo que, de entenderlo, podría hacernos caer de rodillas. Nos referimos nada más ni nada menos que al factor tiempo. El escarabajo opera con una precisión fabulosa: los dos instantes más comprometedores para él son aquéllos en que agrega el inhibidor y el anti–inhibidor.

Una demora siquiera de un segundo sería fatal.

¡Un segundo! Si por una millonésima de segundo la reacción química tuviese lugar dentro del cuerpo del escarabajo antes de que actuara el inhibidor, el escarabajo ya no podría controlarla. Nuestro insecto explotaría si demora en aplicar el inhibidor, incluso aunque lo produjese. Por la misma razón, si por un pequeñísimo instante demorase en reaccionar ante los depredadores, podría experimentar una consecuencia letal. Hay producción de la sustancia pero también coordinación y articulación de la misma.

Sin embargo, sucede exactamente lo contrario.

Ni demora el escarabajo en reaccionar ni se explota a sí mismo.

Se impone una conclusión: el mecanismo de defensa tiene sentido como un todo, sin que pueda faltar ninguna parte. Todas deben estar presentes desde el comienzo. El escarabajo bombardero es una obra maestra de la coordinación. No hay orquesta de ópera que se le pueda comparar.

Si el escarabajo no puede existir ni medio segundo sin contener la reacción química (ni puede sobrevivir en su medio sin ser capaz de desactivarla), entonces se impone –a nuestro juicio– la siguiente conclusión: el origen del escarabajo bombardero no puede ser pensado en términos gradualistas.

Muchos órganos exigen una intrincada combinación de partes complejas para llevar a cabo sus funciones. El ojo y el ala son las ilustraciones más conocidas, pero sería engañoso dar la impresión de que se trata de casos especiales; el cuerpo humano y los de los animales están literalmente cargados de maravillas similares. (…) El primer paso hacia una nueva función (…) no daría necesariamente ninguna ventaja a no ser que las otras partes precisas para la función apareciesen simultáneamente[9].

Postular un proceso evolutivo para todos los seres existentes implica desconocer y pasar por alto no sólo a este insecto sino a todos aquellos sistemas poseedores de este mismo tipo complejidad. Tendríamos que creer que “durante miles de generaciones estos pobres escarabajos mezclaron y guardaron estos químicos sin ninguna razón en particular o ventaja”[10]. Es decir, tendríamos que admitir que este insecto guardaba elementos letales para su propia existencia.

Por lo tanto, nos sentimos autorizados a desacreditar o al menos a considerar sumamente debilitada la idea de que el escarabajo bombardero surgió según la supuesta ley del gradualismo evolucionista.

 

Conclusión

Ahora debemos determinar qué consecuencias extraemos de haber contrastado la realidad y la teoría de la evolución. ¿Cómo queda esta teoría? ¿Queda no confirmada? ¿Refutada? Tal vez ahora cobre mayor sentido la cita que encabeza este artículo:

Si se pudiese demostrar que existió un órgano complejo que no pudo haber sido formado por modificaciones pequeñas, numerosas y sucesivas, mi teoría se destruiría por completo; pero no puedo encontrar ningún caso de esta clase[11].

Las hipótesis y teorías científicas tienen “predicciones”. Una predicción, en ciencia, es una afirmación que la teoría hace en base a sus supuestos. En este caso, en base al gradualismo, se pueden extraer ciertas predicciones atribuibles a la teoría de la evolución.

Quedó demostrado que el escarabajo bombardero no pudo jamás haber surgido por un mecanismo gradual: su mecanismo de defensa es esencial para su conservación y no puede surgir “en diferentes pasos”.

Sin embargo, según el neodarwinismo, los seres evolucionan por un proceso lento y gradual; que todos los seres evolucionan por un proceso gradual. Por lo tanto, esta teoría queda refutada o, como mínimo, gravemente debilitada.

Podría intentarse “salvar” la teoría aduciendo que el escarabajo sería el único ser vivo sobre la tierra que no ha evolucionado. El escarabajo no “pero el resto de los seres, ”.

Pero este salvataje implicaría paradójicamente “hundir” a la teoría de la evolución, puesto que la teoría postula que todos –absolutamente todos– los seres existentes están sometidos a las leyes de la evolución. No algunos seres sino la totalidad de los que existen.

Queda demostrado lo que el mismo Charles Darwin reconocía ya en su libro: existen órganos complejos que no pueden ser formados mediante numerosas modificaciones, sucesivas y leves.

Por lo tanto, citando a Darwin, puede pensarse –con todo derecho– que la teoría está destruida por completo.

Publicado el 6 de enero de 2015. Epifanía del Señor

 

 

[1] Cfr. El origen de las especies, capítulo IV: La selección natural o la supervivencia de los más aptos. Darwin dirá –en el Cap. VI (Dificultades de la teoría)– lo siguiente: “Primero: creemos que las especies llegan a ser muy definidas, y que en ningún momento presentan caos intrincado de lazos variables e intermedios, porque las nuevas variedades se forman muy lentamente, pues la variación es un procedimiento lento, y la selección natural nada puede hacer hasta que ocurran diferencias o variaciones favorables individuales, y hasta tanto pueda ser mejor ocupado un lugar en la economía natural del país, por alguno o algunos de sus habitantes modificados. Estos nuevos lugares dependerán de lentos cambios de clima o de la inmigración accidental de nuevos habitantes, y probablemente en un grado todavía más importante, de que alguno de los habitantes antiguos se modifique poco a poco con las nuevas formas de este modo producidas y las antiguas, obrando por acción y reacción las unas sobre las otras, de modo que en cualquier región y en cualquier tiempo debemos solamente ver unas pocas especies que presenten pequeñas modificaciones de estructura en algún grado permanentes, y esto es lo que vemos. La selección natural puede actuar sólo mediante la preservación y acumulación de modificaciones infinitésimas que se heredan, cada una de ellas provechosa para el ser que se preserva…” (la negrita es nuestra).

Extracto de http://centros.edu.xunta.es/ceipcondesadefenosa/bibliocondesa/proxectos/darwin/documentos/orixe.pdf

[2] Los cambios rápidos fueron, por el contrario, descartados ya desde el comienzo por el mismo Darwin. En el mencionado cap. VII de El origen de las especies, explica las razones por las que considera que los cambios bruscos y repentinos no pueden ser causa del origen de las especies. Admite que tienen lugar en la realidad pero afirma que su puesto es ínfimo y que, por tanto, no pueden generar otras especies.

[3] Aserto de Richard Dawkins citado por Michael Behe en La caja negra de Darwin, pág. 40, citado a su vez por Daniel Iglesias Grézes, bloggista de InfoCatólica, en http://infocatolica.com/blog/razones.php/1201070342-la-caja-negra-de-darwin-2. La negrita es nuestra.

[4] Cfr. Phillip E. Johnson en su Proceso a Darwin, cap. III: Mutaciones, grandes y pequeñas. Ver la web Sedin de los cristianos evangélicos: http://www.sedin.org/ID/Proceso_a_Darwin_03.html

[5] Phillip E. Johnson… ídem, cap. II: Selección Natural. Cfr: http://www.sedin.org/ID/Proceso_a_Darwin_02.html

[6] Citado por Phillip E. Johnson en Proceso a Darwin, cap. III: Mutaciones grandes y pequeñas. Ver: http://www.sedin.org/ID/Proceso_a_Darwin_03.html. La negrita es nuestra.

[7] Extractos del libro El colapso de la evolución, de Scott M. Huse, citados en un artículo que circula por Internet en diferentes formatos, titulado: El pequeño bicho que a los evolucionistas les gustaría olvidar. Lamentablemente, el link en el cual lo leímos ya no existe.

[8] Phillip E. Johnson… ídem, cap. III: Mutaciones grandes y pequeñas.

[9] Ídem nota al pié N° 9.

[10] Cfr. https://www.marxists.org/espanol/darwin/1859/origenespecies/06.htm. Cap. VI: Dificultades de la teoría.

 

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