Lea aquí la última conferencia de Jordán Bruno Genta

La última conferencia de Jordán Bruno Genta (1974) antes de ser abatido por las balas marxistas

 

Puede leerla haciendo click aquí.

Hemos tomado el artículo de la Revista Cabildo, año II, número 19, noviembre 1974.

Reproducimos la portada de esta revista:

ANÍBAL D’ÁNGELO RODRÍGUEZ – A 10 años de su muerte (Por Antonio Caponnetto)

ANÍBAL D’ ÁNGELO RODRÍGUEZ

A 10 años de su muerte

“Dichoso aquél que muere por su casa y su tierra. Dichoso aquel que muere para que siga indemne la vida de un niñito, la gloria de un país. Dichoso aquel que muere por la Cosa Perenne, por un Santo Sepulcro, Dulcinea, Beatriz” . Charles Péguy

Por Antonio Caponnetto

El 21 de febrero de 2015 se nos murió Aníbal D’Ángelo Rodríguez. Una década ya, y sin un Tito Livio para narrarla.

Aníbal estuvo ligado activamente a Cabildo desde sus ya lejanísimos comienzos, hace cinco décadas, bajo la dirección del inolvidable Ricardo Curutchet; y no sería desproporcionado afirmar que acaso fuera mejor escribir que Cabildo estuvo ligado a él, en tanto nuestra revista procuró siempre la compañía de los mejores camaradas, maestros y amigos.

Hay muchos modos de recordarlo y de darle las gracias por su vida fecunda. Se nos permitirá elegir de esos modos, los cuatro que más nítidamente nos resultaron admirables.

Aníbal se desempeñaba como bibliotecario del legendario colegio Don Jaime. Era un puesto a su medida, para quien podría haber hecho suyas las palabras del ciego aquel que gritó sin reproches: “yo que me imaginaba el paraíso bajo la especie de una biblioteca”. En esa inmensa anaquelería escolar él resolvía todos los problemas humanos y divinos, visibles e invisibles. Desde el lápiz olvidado por un chiquillo hasta la bibliografía especializada que requería algún docente. Desde el crayón o la tiza para el ocupante olvidadizo de un pupitre, hasta los libros sapienciales que formaban los entendimientos.

Conocía a cada uno por su nombre (algo se ha dicho al respecto en el Evangelio); y todos lo conocían a él, casi universalmente apodado Papi. Cuando tuve que escribir un pequeño libro para uso interno de los chicos del Don Jaime –Venimos desde el ayer fue su título- Aníbal se convirtió en el personaje obligado que protagonizaba diálogos y tertulias. Tomó con benevolencia ese tránsito de la realidad a las letras. Y con la afabilidad de siempre siguió ejerciendo su mester diario. Incluso hubo una versión mexicana de este librillo, adaptada por la Profesora Sofía Villavicencio Márquez, y editada por la Universidad Autónoma de Guadalajara, en 1998. Aníbal seguía allí de protagonista omnisciente, dibujado como un anciano sapiente y enojoso cada vez que correspondía. Cuando le mostré la “prueba” de su fama en la entrañable comunidad jalisciense sonrió con expresiva complacencia. La legítima travesura pedagógica había traspasado las fronteras.

Hubo en Aníbal un segundo oficio y era el de humorista. No era cómico, ni gracioso; tal vez ni siquiera divertido. Y al final de los años conoció momentos de depresión y de tristeza, como es humanamente comprensible. En una de las cartas que de vez en vez supo mandarme, me habló de esa angustia que los psicólogos llaman existencial y que, él, sin rodeos, prefería llamar “cosas de viejo”. Pero tenía por naturaleza ingenio y gracia, y sabía tocar todas las cuerdas de la ironía, todos los matices del sarcasmo, todas las honduras de la broma. Por lo mismo que era circunspecto y formal, podía ser eutrapélico. Y entonces, las prosas y las glosas dangelianas alcanzaban genuinas cumbres de risa franca y contagiosa.

El lector regular de Cabildo puede dar testimonio de cuanto decimos. Y todavía hoy, los más antiguos, recordarán su participación en aquella chanza formidable que se pergeñó desde las páginas cabildeñas en los años setenta, cuando el genio de Luis María Bandieri decidió “probar” que Borges no existía. Recuerdo que Curutchet, Falcionelli y Aragón, entre otros, reían a dos carrillos ante los desopilantes argumentos sobre la inexistencia de Georgie. Bandieri ha sabido recordar no hace tanto este episodio, fruto de su pluma festiva, de su talento inmenso y de su erudición apabullante. Era un juego servido en bandeja para que “Papi” participara. Y lo hizo. Marcó un hito en la historia bien nutrida del humorismo nacionalista. No nos olvidemos tampoco de sus imitaciones al Sancho de Castellani, que en nada se diferenciaban del original. Yo intenté algo parecido, tanto a modo de tributo a Aníbal como al mismísimo cura loco. Nos hubiéramos reído un largo rato intercambiando esos plagios cantados. Eso creo.

Hubo un tercer Aníbal, que podríamos llamar el intelectual estudioso y combativo. Quizás y mejor, el apologeta, hablando un poco a la antigua usanza. Nos dejó varios libros notables y un sinfín de escritos, que han hecho un bien inmenso en ordenar, recopilar y editar sus descendientes. Sobre todo,gracias al inteligente fervor juvenil del padre Martín Villagrán. Dios le pague. Ojalá se puedan incluir en esos preciados volúmenes lo que se encuentre de su anunciado libro sobre el siglo XX; y unos cuentos que, ya cerca del final, me comentó que le mandaba a Gabriela Cura y a Hugo Esteva. No conozco ninguno, pero deduzco que –por lo que llegó a decirme-tenían a sus nietos más pequeños como destinatarios.

Aníbal poseía el hábito (en otra carta me lo dice), de levantarse una y otra vez del asiento en pos de alguno de sus infinitos libros, para consultar sobre lo que andaba elaborando. Cuando la artrosis le hizo doloroso ese ir y venir por los estantes, decidió escribir algo que no lo obligara a pasar continuamente de una postura a la otra. Entonces encontró como solución redactar cuentos. Para lo cual no necesitaba respaldo bibliográfico. Bendita artrosis que engendró un Aníbal cuentero. La mía, apenas si me suscita improperios. Por favor, si alguno de los mentados conserva esos relatos literarios de Aníbal, que sea tan amable de compartirlos.

Su capacidad de lectura era apabullante. Su facilidad para conocer el estado actual de la cuestión –cualquiera fuera ella- sorprendía hasta a los especialistas. Su modo grato de comunicar lo difícil, era proverbial entre sus dones. Todo esfuerzo le parecía poco para defender a Dios y a la Patria; a las glorias de la Iglesia y de la Civilización Cristiana. Ahora, con internet, cualquier cacatúa sueña con la pinta de Menéndez y Pelayo. Pero Aníbal estaba al corriente de todo lo édito, sin distinguir entre la tecla “enter” y la “control”, como corresponde a todo varón decente.

Jorge Bohdziewicz –entrañable amigo y maestro- Fundador del Instituto Bibliográfico Antonio Zinny, le publicó un par de obras preñadas de lucidez en defensa del Nacionalismo, y desenmascarando a la vez a dos de sus torvos detractores: Fernando Devoto y Cristian Buchrucker. Vale la pena leerlas y estudiarlas a fondo. Es grande el provecho que se sigue. Máxime cuando no faltan hoy apatridistas –que así se llaman a sí mismos:¡extraña honra!- que hacen del Nacionalismo su principal enemigo, ignorándolo todo acerca de él.

A veces diferíamos en algunos juicios prudenciales,lo que me llenaba de intranquilidad. Pero las diferencias eran insignificantes y él sabía dirimirlas con una caridad y un sentido práctico pocas veces visto. En carta del 15 de noviembre de 2006 –a propósito de una de esas distinciones- estampó algo que hoy suena a clarividente vaticinio: “Mi posición es “no hay enemigos a la derecha” con la PRIMERA y SUSTANCIAL (las mayúsculas son de Aníbal) aclaración de lo erróneo y equívoco de la palabra derecha y mi certeza de que la autodenominada derecha liberal no es derecha”. Podrían tomar debida nota los abanderados del neoderechismo mileista, cuya , al final se supo, no era más que un recurso de tahúres para tener una alcancía posmoderna cargada de criptomonedas.

Por último, hubo en Aníbal un militante nacionalista de la primerísima hora. De la hora de los pugilatos en las calles, de los testimonios viriles a plena luz del día, de los riesgos corridos con la exposición del propio pellejo en cada circunstancia crucial. Nacionalismo católico y argentino, nativo y propio de estas tierras nuestras. Pero jamás avergonzado por tener que defender a los nacionalistas de otras latitudes, ni a los grandes movimientos nacionales que batallaron en Europa, ni la verdad histórica conculcada por los aliados, ni a los grandes derrotados de Occidente tras la tragedia de 1945. Cuando las izquierdas le recordaban este pasado suyo para desprestigiarlo, él reconocía con honor su antigua y renovada militancia. Postura que incluso había abrevado en su propio entorno familiar. Aníbal era un bien criado y mejor aprendido. Cada vez que desde Página 12 lo acusaban de neonazi, él fingía una iracundia jocosa: “¿Cómo neo? Yo soy paleonazi en todo caso”. Era otra de sus ocurrencias.

Por eso al despedirlo, a la vera de su féretro, en su antigua casona bellavistense, con el telón de fondo de una legión de hijos y de nietos, de parientes y de amigos que se acercaban a acompañarlo, no pude evitar, junto al rezo silente, la musitación de aquella Marcha del Aliancista que lo acompañó desde los días de su lejana juventud:

Despierta camarada, que fresca de rocío

la voz de los clarines te llama a tu deber,

la media luz del alba ya alumbra los caminos

¡Despierta, camarada, llegó el amanecer!

 

Si en medio del combate cayeras, camarada,

con el azul y blanco tu cuerpo cubriré.

Besada por la luna de cerros y de pampas,

la tierra en que descanses florecerá en laurel.

 

Has despertado, camarada. Y desde tu vigilia perenne nos aguardas. Dios nos haga merecedores de encarnar la consigna teresiana, permaneciendo firmes y sin dormir, pues no hay paz sobre la tierra. Entonces, en esa vigilia nos encontraremos de nuevo, ya sin las fatigas ni las pesadumbres de la marcha terrena.

Camarada Aníbal D´Ángelo Rodríguez: ¡Presente!

Caseros, el fin de la Argentina Hispano Criolla – La gran derrota nacional (Por Ignacio Braulio Anzoátegui)

CASEROS, EL FIN DE LA ARGENTINA HISPANO CRIOLLA – LA GRAN DERROTA NACIONAL:

“Y sucedió lo que sucedería el día que el Señor nos dejara de su mano,
que Dios no fuera criollo,
que se nos diera vuelta por el soberano capricho de mostrarnos cómo trota,
con qué sístole y diástole se mueve el corazón perdido en la derrota.
como un árbol sin fruto la noche era más noche
y el llanto era más llanto recamado de luto.
Las estrellas federales morían silenciosas y las altas estrellas preguntaban por ellas.
Preguntaban por qué ya no lucían su gracia y su frescura
como en las claras horas de la Dictadura.
Los ángeles del cielo quebraban sus espadas
porque era pasado el tiempo de las grandes patriadas:
La de meterse haciendo remolinos y eses entre los unitarios y entre los franceses.
Tocada, por escarnio, de poncho y galera,
la facción mostraba su cara brasilera.
Y la calandria patria se acogía en su nido, porque ya la calandria no tenía sentido.
Ni tenían sentido las risas y las rosas porque había caído Don Juan Manuel de Rosas.
Ni tampoco los anchos contornos de la pampa,
porque era la hora de Luis el Guardachanchos.
En rudos cuajarones de sangre se nos iban los varones
Atropellándose en la muerte, como antiguos patriarcas
que eligieran sus pingos funerarios con sus pelos y sus marcas.
Allí quedó la Patria, tendida sobre el campo,
con los ojos abiertos para ver en el cielo el desatado lampo de sangre y de vergüenza
que cruzaba como una cachetada la historia de la Patria arrebatada.
Allí quedó la Patria, tendida y palpitante,
asesinada de hambre y muerte a cada instante.
¡Señor!, Tú que todo lo puedes, restáurala en su honor.
Y de paso, Señor, Tú que todo lo puedes, entre tantos dolores,
piedad, Señor, te pido para los vencedores”.

Ignacio Braulio Anzoátegui

Genta: a 50 años de su martirio, recordemos su doctrina y luchemos contra su presentación descafeinada

Genta: a 50 años de su martirio, recordemos su doctrina y luchemos contra su presentación descafeinada

Por el Lic. Juan Carlos Monedero (h)

 

Hace 50 años, un 27 de octubre de 1974, la guerrilla marxista tomaba la vida del profesor católico y nacionalista Jordán Bruno Genta.

Fueron a matar a Genta precisamente un 27 de octubre porque esta fecha era el día de la Fiesta de Cristo Rey según el antiguo calendario litúrgico. De hecho, es asesinado al salir de Misa. Los testigos indican que, al caer desplomado por las balas, el último gesto de Genta fue realizar la Señal de la Cruz.

Genta provenía de una familia atea y anticlerical. De hecho, su padre le puso ese nombre por Giordano Bruno. Sin embargo, leyendo a Platón y a Aristóteles, comenzó a desintoxicarse y finalmente terminó siendo un converso a Cristo.

Según la información que se pudo recopilar al respecto, Genta es asesinado a causa de la enorme influencia que tenía entre las filas de las FF.AA., especialmente en la Fuerza Aérea.

El concepto que Genta predicaba sobre las FF.AA. era el de unos profesionales al servicio de la idea de Patria y Nación pero no al servicio de cualquier camarilla política gobernante. En la mente de Genta, las FF.AA. debían tener un criterio político propio y no ser simplemente el instrumento de un gobierno de turno. Su vocación era defender los intereses permanentes de la sociedad argentina. No debían ser unos profesionales asépticos ni herramientas ciegas, dóciles a cualquier política de cualquier Presidente, por lesiva que fuera del interés nacional.

Como debe hacer todo católico, Jordán Bruno Genta –a lo largo de todas sus conferencias, clases y libros– proclamaba la doctrina de Cristo Rey, la cual –si la traducimos al orden político– implicaba un Orden Social Cristiano, que tuviera como eje el Bien Común. Este Bien Común tiene tres partes fundamentales: el bienestar material, la virtud y la gracia.

A través de su tarea de divulgador, escritor y conferencista, Genta siempre dirigió sus dardos contra los errores e ideologías que afectaban la Nación y a su sana convivencia, especialmente contra el capitalismo liberal y contra el comunismo marxista. A diferencia de la Nueva Derecha Liberal, tan en boga en las redes sociales, Genta no atacaba solamente al comunismo sino también al capitalismo liberal. Y así lo dejó estampado en todos sus libros.

Asimismo, Genta veía en el sistema político vigente –la democracia liberal relativista– un problema de fondo que iba más allá de las caras, de los nombres, de tal o cual acto de corrupción de este o de aquel partido gobernante. Para Genta, la democracia liberal relativista tenía un problema de base: la idea de una soberanía del pueblo, contraria a la soberanía de Dios.

La traducción de este concepto en la práctica es la votación en el Congreso (Senadores y Diputados) de leyes que versan sobre temas de Orden Natural. Por lo tanto, cualquier ley podía aprobarse si tenía mayoría numérica en ambas cámaras, más allá de si el contenido de la misma contrariaba los principios esenciales de la Nación, alguna verdad objetiva o alguna norma moral.

El tiempo le dio la razón ampliamente a Genta puesto que –a lo largo de los años– el Congreso de la Nación Argentina aprobó por mayoría numérica un conjunto de normas contra la vida, la familia y la patria: el aborto legal (2020), la ley de identidad de género (2012), el pseudo matrimonio igualitario (2010), el divorcio (1987) y tantas otras aberraciones que contaron con los votos mayoritarios en ambas cámaras.

En efecto, Genta denunció una lógica política donde lo que importa es cuántos senadores y diputados voten una ley y no el contenido objetivo de la ley. Esta denuncia fue una de las claves de su prédica.

A 50 años de su martirio, recordemos –especialmente hoy– la doctrina de este hombre singular, cuya sangre fue derramada por el terrorismo subversivo en los temibles años 70’ del siglo XX en la Argentina. No dejemos que caiga en el olvido. Y especialmente, tengamos cuidado con los que nos ofrecen un “Genta descafeinado”. Atención especial a quienes hoy divulgan la figura de Genta pero recortando su pensamiento porque han entablado alianzas espurias con los liberales o porque buscan insertarse en la partidocracia liberal, la misma que Genta condenó repetidas veces.

En las filas del catolicismo argentino militante, Genta es una figura de tanto prestigio que pocos se atreven a cuestionarlo. Sin embargo, la forma más sutil de boicotear su legado es mutilar su palabra. Mutilan su palabra cuando esconden las denuncias de Genta tanto contra el capitalismo liberal como contra el sistema democrático liberal. En efecto, así se construye un Genta que no existió para poder justificar sus alianzas en el presente con distintos personajes liberales en la política, en la cultura e incluso en las redes sociales.

El Genta verdadero, el real, el que existió, molesta. Incomoda. Es un estorbo para los que gustan coquetear con los católicos liberales. Sin embargo, como no lo pueden ocultar, hay que suavizarlo. Hay que aguarlo. Hay que rociar con unas gotitas de agua ese vino puro que fue y que es Jordán Bruno Genta. No permitamos que lo desfiguren. No dejemos que caiga en manos de inescrupulosos que lo usan para ganar visualizaciones en las redes sociales pero que después hacen exactamente lo contrario a lo que Genta predicaba. No dejemos que nos sirvan un Genta light. No queremos un Genta con soda. Ser fieles al maestro y a su sangre derramada nos impone la carga de conocerlo, leerlo, estudiarlo y difundir todas las verdades que dijo, sin acomodarlas al presente calamitoso que vivimos en el país. ¿Y para qué? Para procurar, en la medida de nuestras posibilidades, la restauración de un Orden Social Cristiano donde la miseria sea un viejo recuerdo, el bienestar material sea la norma, la virtud sea la regla y la promoción de la gracia nuestro objetivo.

 

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Extraordinario texto del Padre Castellani sobre la Bandera Argentina

EL SIGNIFICADO DE LA BANDERA

(Discurso pronunciado el 20 de Junio de 1944,

en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario)

Padre Leonardo Castellani SJ

El significado de la Bandera lo sabéis mejor que yo: es el símbolo de la Patria.

La Patria significa simplemente el bien común de todos, encarnado, aquí y ahora, en una comunidad social determinada en un tiempo y en un espacio.

El amor de la Patria, cualesquiera puedan ser sus falsificaciones, es bueno, porque es el amor de un bien real; es buenísimo, porque es el amor de un bien común, más próximo al bien divino que el bien particular.

El amor a nuestra Patria es obligatorio, porque, siendo seres limitados e históricos, no podemos, sin deshumanizarnos, desligarnos de la comunidad que nos ha dado el ser; es noble, porque nuestra Patria es hermosa; y es transcendental en estos momentos, porque, quizá, es el único cemento capaz de unir, y por lo tanto de salvar, a los argentinos.

No es lícito, pues, pisotear el símbolo del bien patrio que tenéis delante, no es lícito escupirlo, no es lícito ni siquiera desconocerlo ni olvidarlo.

Los usos, los signos y los símbolos son necesarios a la constitución de las sociedades. Cuando yo oigo un hombre que me dice: «Yo no llevo luto porque el dolor no está en los vestidos, el dolor está en el corazón», no puedo menos de pensar: He aquí un corazón insensible, he aquí una cabeza de nihilista, he aquí una palabra de imbécil. He aquí un hombre antisocial, es decir, antihumano.

Los usos y costumbres, los signos y símbolos son la causa eficiente de la convivencia social. Suprimid los usos y los signos, la sociedad se convierte en un amontonamiento de desconocidos; qué digo, toda sociedad queda aniquilada, pues no olvidéis que el primer signo del hombre es la palabra.

Estamos los maestros en este momento en el mundo luchando contra el desecamiento de los símbolos y la falsificación de las palabras.

Por eso, señores, aunque confieso que no me entusiasma esa multiplicación de «días» y de «fiestas» y de «homenajes», que es un sarampión argentino, a despecho del cansancio físico que alegué arriba, acepté la ocasión de plantar una pica con la bandera argentina en este Instituto que me es tan caro y a quien debo tantas atenciones. Es decir: la ocasión de defender como filósofo la racionalidad de esa cosa irracional que es un símbolo, y a proclamar como cristiano que la Bandera azul y blanca es santa, puede ser santa, debe ser para nosotros santa.

Un gran psicólogo contemporáneo, Ludovico Klages, ha buscado en el interior del hombre la raíz de las grandes convulsiones y destrucciones actuales; y ha formulado su hallazgo diciendo que el hombre moderno ha perdido el arte de ver visiones, la facultad de hacer imágenes, el poder de leer los símbolos; y entonces se convirtió en un autómata convulso, repleto de visiones confusas, de imágenes abortadas, de símbolos falsos, que le brindan en cantidad excesiva el cine, la radio y la prensa contemporánea. Quiere decir Klages con esta fórmula un poco críptica: el hombre moderno es desdichado porque no puede crear imágenes, que el racionalismo y el mecanismo de la época han desvitalizado su inteligencia, han desecado el corazón y han agostado sus creencias.

No es que sus manos hayan perdido la habilidad: tenemos la técnica más portentosa, empleada ahora en fabricar monstruos de muerte. No es que su razón haya perdido su aristocracia: tenemos una Babel de sistemas filosóficos, a cual más altanero y atrevido. Ha pasado algo diametralmente contrario a la Encarnación del Verbo: la Palabra se ha desencarnado; y después, como consecuencia, se ha falsificado.

Educado en gran parte para ser explotado como una bestia o para disfrutar de una vida de placeres sensuales como un zángano, el hombre moderno no es capaz de esa continua y jubilosa lectura de lo divino en lo creado, en lo cual consiste su felicidad específica como criatura racional, que Aristóteles llamó contemplación, esa lectura del Universo de que dijo Goethe que todo lo visible no es más que un símbolo: «Alles Vergängliche ist nur ein Gleichnis».

Y habiendo sido creado con sed inextinguible de felicidad, no es extraño, pues, que se agite, se inquiete y se desespere, que corra en todos sentidos como un animal enjaulado, que invente herejías y complote revoluciones, que haga toda clase de experimentos políticos, que reclame a gritos la tiranía y la extirpación de sus contrarios, y por último, que se arrojen en manadas inmensas unos contra otros, bañando en sangre las praderas y los océanos, inmolando sus vidas a toda clase de dioses falsos y reclamando con el grito auténtico de su sangre la vuelta urgente de un Dios verdadero.

No podemos conocer a Dios sino a través de las creaturas. Nuestro espíritu, el más débil de los espíritus creados, conoce lo invisible en lo visible, lo universal y necesario en lo concreto, lo eterno en lo mudable y contingente. Por eso la palabra más genuina del espíritu humano es el símbolo, que se define un signo natural, significante en doble plano.

Símbolo no es una metáfora, una comparación, una alegoría, artificios literarios que pueden mentir como cualquier palabra artificial. El símbolo es la palabra natural. El beso es símbolo del amor, el postrarse es símbolo de la adoración, la sangre es símbolo de la vida, y también de la muerte, y de la redención.

He aquí, pues, que donde Klages, espíritu sin sangre, con una inteligencia de diamante, él mismo víctima de la enfermedad que tan bien describe y denuncia, donde Klages no ve más que una desesperada declinación de la Humanidad a un inmenso suicidio colectivo por inanición, por congelación de la vida, surge de golpe el desastre y la providencia, surge el signo que todos los pueblos han considerado siempre el precio de la redención y la materia del sacrificio: la sangre bañando la tierra, el mar y el aire; es decir, he aquí a los hombres racionalistas que a millares dan sus vidas por ese trapo ridículo, como dicen los racionalistas, por su propia nacionalidad, por el grupo humano en que han nacido, aunque tenga errores, aunque esté manchado de pecados, aunque proponga para justificar la guerra motivos confusos; con el apego ciego e instintivo a su gente, a su paisaje, a su lengua, a su clima, a sus brumas, a sus soles, al color de su cielo, proclamando ante el Creador el derecho a sus diferencias nacionales, a ser diferentes de los otros, a realizar una imagen especial de Dios sobre la tierra; y reclamando a la vez del Creador con el grito de la sangre, que recomponga de una vez y rehaga una imagen suya en la Humanidad con estos impotentes y desorientados miembros del hormiguero humano, que por haberlo perdido a Él de vista, ahora no son capaces ni siquiera de convivir decentemente entre ellos.

Si Patria es la convivencia racional, la comunión en la vida virtuosa y la realización de una idea hermosa por medio de una multitud, entonces amar a la Patria es amar a Dios.

Hay un amor a la Patria que es informe y salvaje, y hay otro que es falsificado; uno que es impulso ciego, otro que es idolatría apóstata: pero ellos no suprimen el recto amor a la Patria.

Existe el amor a la Patria que es puro apego salvaje a un clan, con odio y xenofobia a todos los demás clanes. Este apego es instintivo, es la realización del teorema psicológico de que el hombre es un animal social, naturalmente, necesariamente. Este apego no es de suyo ni bueno ni malo, sino natural e informe, porque en el hombre todo lo que no es informado por la razón para volverse virtud, queda informe, o deforme.

Considerando este amor a la tierra que es la raíz del amor a la Patria informe, ciego, apasionado, obscuro como toda raíz, el filósofo Bergson, en su último libro, debilitado por su última enfermedad y aterrado por el ruido de armas que rodaba en Europa, lo anatematizó como malo, y proclamó como remedio y como ideal humano, una superación de la Patria, por un internacionalismo místico de tipo religioso, que prácticamente no creo pueda concretarse sino en la sangrienta y demagógica utopía que llamamos Comunismo.

Pero al invocar a los místicos cristianos en pro de su idea mística errónea, Bergson olvidaba que la más pura y milagrosa mística mujer de Francia, Juana de Arco, es la inventora de la Bandera como símbolo nacional, y la mártir de la idea moderna de «Nación». Contra una raza extranjera que tenía derechos feudales en Francia; contra un Señor legítimo, el borgoñón, que medraba con la guerra civil; y aun contra algunos hombres de Iglesia, quiero decir Judas de Iglesia, que hacían política temporal y también negocios con la religión, la doncella de Orleáns, Santa Juana, hereje, relapsa y mártir, luchó con la espada, dio su sangre y fue quemada viva.

Entendedlo bien, murió por Francia, murió por su Patria y Dios se lo contó como si hubiese muerto por Cristo. Por lo menos la Iglesia la proclamó Santa. Y eso para nosotros significa lo mismo.

Así como existe un amor informe a la Patria, que es el amor del salvaje a su clan (no basta ser independiente para ser Patria, no hay nadie más independiente que el salvaje), así existe un amor falsificado.

Es el amor de los que hacen de su Nación un absoluto, le ponen atributos divinos, idolatran en ella, venden a ella su alma, y le hacen sacrificios humanos, lo cual se llama hoy ultranacionalismo o estatolatría.

El hombre es animal adorante, cuando no adora al Dios Sumo, se adora a sí mismo en las obras de sus manos. «No adorarás la obra de tus manos —dice el Libro Santo—, no te harás ídolos de madera, de marfil y de oro». El Estado es la gran obra de las manos del hombre, es la suprema creación del intelecto práctico, dice Santo Tomás. El dinero es una gran creación del ingenio humano, a él obedecen todas las cosas, es omnipotente y da la felicidad. Entonces, apenas hemos arrojado de Europa a Jesucristo, el más incontestable de sus dioses, surgen en su lugar necesariamente Júpiter, dios griego, el dios del rayo Baal-Moloch, dios semita, el dios de la riqueza, y no hay más remedio que obedecerlos porque son más poderosos que el hombre, son fuerzas naturales como los terremotos, que sólo obedecen a Dios.

Júpiter restablece la esclavitud. Moloch restablece los sacrificios humanos. Así se falsifica el amor patrio y así surgen guerras por el petróleo, por las colonias, por los mercados o por el simple orgullo imperialista. Pero eso no quiere decir que el amor patrio sea malo, sino que lo es su corrupción. Puesto que las peores corrupciones son las corrupciones de las cosas buenas.

Nuestra Bandera nació en un pelado pedazo de Pampa, junto al Río inmenso y melancólico, en tiempo de guerra y de heroico apuro. No es símbolo de ninguna herejía, no es símbolo de ningún capitalismo, de ningún imperialismo, de ningún rencor fratricida; no ha amparado piratería ni conquistas injustas, ni venganzas criminales. «Melancólica imagen de la Patria», la llamó un poeta. Yo quisiera poder decir que los males que sufrimos hoy como pueblo los argentinos no son un fruto de los crímenes nacionales, sino más bien de imprevisión y de ingenuidad, de superficialidad y de ignorancia en último caso.

Pero como la ignorancia también es pecado cuando es culpable, lo mismo que la violencia, y la pereza intelectual es uno de los siete pecados capitales, y uno de los Siete Sabios de Grecia, Pitaco, al lado del «conócete a ti mismo» pone este mandato: «Cultiva tu inteligencia, estudia continuamente, conoce a los dioses» —yo temo justificar delante de Dios a nuestra Patria de toda mancha, porque podría ser posible que, adormecidos por nuestra distancia de Europa, la riqueza de nuestro suelo, una blandura benevolente que es natural en nuestro temperamento nacional, nos hayamos dormido repitiendo que la Bandera Argentina no ha sido atada al carro triunfal de ningún vencedor de la tierra, olvidándonos al mismo tiempo que las banderas se pueden cotizar en las bolsas de comercio internacionales.

Porque existe, por desgracia, un pecado del hombre que es el ser «desmadrado», es decir, ingrato a su madre; y existe un crimen del hombre que se llama ser felón.

El estado real de nuestra Patria en el mundo consiste hoy simplemente en que nuestra Patria no está fuera de este mundo; y el mundo está conturbado por una violenta crisis que consiste en una ruptura total con el pasado inmediato, y la búsqueda angustiosa de un nuevo equilibrio, que supere los grandes problemas del siglo pasado, que son esencialmente tres: el problema de las relaciones entre los pueblos, el problema del Capitalismo Internacional, y el problema de los contrastes de clases, o sea, que hay que crear un derecho internacional, dominar la tiranía de la usura y corporizar el trabajo.

Nuestro siglo es enteramente parecido a aquel curioso siglo XIV, tan estudiado hoy día, que después de convulsionarse en forma que amenazó la misma existencia de Europa, creó el equilibrio inestable y la fugaz maravilla del Renacimiento.

Entonces, ¡oh jóvenes argentinos que me escucháis!, nuestro deber es cerrar filas al lado de nuestra bandera, abrir los ojos y los corazones, renunciar a todo odio excesivo y a todo particularismo, lidiar nuestras luchas internas, que son necesarias, sin pecar jamás gravemente contra la concordia nacional, sin faltar a la caridad social y a la justicia fundamental, sin hacer de ningún hermano argentino un enemigo irreconciliable; odiar al error sin odiar a los que yerran, al pecado sin odiar a los pecadores; «poner al lado de la necesaria rigidez de los principios la más sincera buena voluntad hacia las personas» (J. B. Genta)

Tomado de Castellani por Castellani,

C. Biestro (ed.), Mendoza, Jauja, 1999, pp. 227-232.

Jorge Ferro, el leal – Por Antonio Caponnetto

Jorge Ferro, el leal

 

Por Antonio Caponnetto

“Salid sin duelo, lágrimas, corriendo”

Garcilaso

 

Durante casi cinco décadas desde que nos conocimos, en el viejo local de la “Librería de Verbo”, fueron muchas y diversas las cosas que compartimos. Los Congresos del Ipsa, los Foros de Oikos, las Jornadas de Formación Rioplatense, la investigación conicetiana en el Instituto de Ciencias Sociales, la aparición de Gladius, los artículos para Cabildo, ciertos peculiares Retiros de Perseverancia, un sinfín de conferencias, los viajes a la Autónoma de Guadalajara, las clases en el Don Jaime, los prólogos a libros de terceros, la frecuentación de amistades comunes, el mate, la palabra, la risa interminable, las visitas telefónicas matutinas, las peripecias personales y públicas… Todo aquello, creo, que se llama vida.

Y en estos hechos que enuncio sin precisiones ni exhaustividades, Jorge se destacaba por un haz de rasgos firmes y sólidos. Va el primero: enseñaba sin subirse a la tarima, con humildad genuina, con abajamiento sincero, con señorío auténtico. Pero cuando conversaba, su charla se volvía magisterio. Y era su docencia amical un canto a la eutrapelia, porque podía girar desde los picos más altos de la sabiduría clásica y perenne hasta los cuentos más desopilantes; desde las recomendaciones bibliográficas –de obras o de fragmentos que solo él conocía- hasta un anecdotario frondoso, cálido y edificante.

Acaso un segundo rasgo deba ser ponderado. Jorge corregía sin mortificar al corregido; ingeniándoselas siempre para empezar por lo bueno (aunque no existiera), hasta llegar al punto en que habíamos errado. Daba gusto ser enmendado así. Porque no era sólo una pedagogía la que asomaba en el gesto; era una ontofanía. Posiblemente fuera el don del consejo, o su fruto inmediato; y era tanto más valioso su ejercicio porque él no lo presentaba de modo solemne sino afable; no con el índice hacia lo alto, sino con la palma de la mano sobre el hombro.

Terceramente enunciando, era Jorge un letrado. No necesariamente alguien para el cual el mundo de las letras carece de secretos; sino alguien que posee la clave para descifrarlos. Y si esa clave no es apta, pues se rinde complacido ante el misterio. Y conserva la salud, según conocida enseñanza de Gilberto.

Había varios ferros en Ferro, y todos estos oficios convivían armónicamente, sin contradicciones ni incomparecencias. Desde el pescador al poeta, desde el académico hecho a la medida de Oxford, hasta el paisano de Bellavista; desde el erudito profesor de curitas y jóvenes hasta el milicote que había templado el padre Fortini en sus años mozos. Desde el laborioso filólogo y apóstol intelectual sin pausa, hasta el que se ufanaba de sus holgazanerías y quiso escribir alguna vez un Himno a la elusión de responsabilidades y personas non gratas. Desde el universitario requerido por los especialistas extranjeros, hasta el parroquiano que se avenía de buena gana a disertar entre la grey sencilla de un barrio cualquiera.

Lo subrayo; todo esto lo hacía Jorge con una inamovible, rectilínea y empecinada fidelidad. No defraudó al Salmo Primero; pues no lo vimos sentarse al banquete de los impíos, ni compartir las malandanzas de los canallas. Puedo y quiero testimoniar cuanto digo.

De los miles de recuerdos que se me agolpan, ahora que ha muerto, menciono tres. Él diría, con su latín impecable, que la perfección está en el Tres.

Recuerdo el día en que llegó alborozado a su conicetil mesa de trabajo, tras haber descubierto aquel pasaje de Santo Tomás de Aquino (Compendio de Teología, 353), en el que el Aquinate dice: “no es contrario a la naturaleza de una substancia espiritual estar unido a un cuerpo. Esto sucede por obra de la naturaleza, como aparece en la unión del alma y del cuerpo, y por obra de la magia, por cuyo medio un espíritu cualquiera está unido a imágenes, a anillos o a otras cosas semejantes”. ¡Júbilo total había en su alma esa jornada! No sólo quedaba probado con creces que Tolkien era católico observante y devotísimo. Ahora se sabía también, que Santo Tomás era tolkiniano. Todo esto sucedió antes, muchísimo antes de que Tolkien se convirtiera en moda, y los “modistos” lo aplebeyaran.

Recuerdo unas Jornadas de Formación en un cuartel santafecino. Alguien se las había ingeniado para que Jorge hablara del Martín Fierro; o a través de él de las encrucijadas de la Argentina. Fue algo sorprendente lo que nos transmitió esa mañana. El “anglófilo” <George Iron> (otro de sus motes) sabía más y mejor de la Criollidad, que muchos “gauchudos”, como decía con sorna Calderón Bouchet. A la tardecita, un grupo de amigos nos llevó a conocer el Museo de Estanislao López. Jorge –a pesar de que no funcionaba sin siesta– fue sobrepasado emocionalmente por el paisaje, por la historia, por la evocación de los paradigmas, por las resonancias telúricas del pasado. Y a hurtadillas dejó rodar unas lágrimas viriles. Era imposible no asociar la escena con el Cantar del Cid o con Eneas.

Recuerdo, para finalizar, los años del Don Jaime. Algún día, alguien deberá escribir la historia de este colegio impar, y de su fundador, El Flaco Montiel. Pero lo que traigo a colación ahora sucedió un primer viernes de mes. Tras la misa de rigor, Jorge se quedaba rezando un rato a solas. Y con redonda sencillez me dijo, en ronda de confidencias, que lo hacía por los alumnos. Era la antítesis de ese Normalismo laico que nos trajo Sarmiento y contra el cual Castellani escribió punitivas páginas justicieras. Jorge parecía querer dejar un Avemaría en el pupitre de cada chico. Quería persignarlos, para prevenirlos de los males futuros. Como hacía Chesterton con la venia de Frances en el teatrito que habían montado en el jardín de su propia casa, y al que asistían los niños de la zona.

Por todo esto y tantísimo más, creo que a Jorge le debemos una restitución patronímica. Durante años lo llamamos invariablemente “El felón”. El origen del apodo, hasta donde sé, reconoce por lo menos dos versiones. No importa. Todavía no se habían inventados los Protocolos del Bullying, y el designado reía a dos carrillos con la ocurrencia. Chacoteaba sobre el mismo con su persistente y sutil sentido del humor. Capítulo aparte para cuando se escriba sobre él.

Pero el Domingo de Laetare, al ver su cuerpo yacente, en su cama y en su casa; rodeado de familiares, amigos, camaradas, discípulos y un universo de chiquillos cuanto de viejos, lo que vi en su semblante y en el hieratismo anejo a la muerte, fue el retrato de un caballero fiel y leal. Lo vi porque eso fue en vida, y no por el afán panegírico que suelen contener los obituarios.

Ha muerto Jorge Ferro, El leal. Lo despido con gratitud y admiración.

Sí; ha muerto Jorge Ferro, El leal. Cruzo espadas para que su memoria nos acompañe siempre, hasta que podamos encontrarnos, jarra al viento, en la Hostería Celeste.