DIÁLOGO ENTRE DOCENTE Y ALUMNO EN UNA FACULTAD

DE LA UBA

 

Por Juan Carlos Monedero (h)

 

–Muy bien, alumnes… Buenos días–dijo el Profesor, frotándose las manos, visiblemente entusiasmado.

–Buenos días.

–Tengo noticias importantes para ustedes, que seguro les van a sorprender. Como saben, esta es la primera clase de nuestra materia: “Introducción a la Filosofía”. Y quiero decirles, desde el vamos, que no voy a enseñar como se enseñaba antes. Antes, el profesor decidía lo que se le antojaba y los alumnes obedecían ciegamente, imponía su punto de vista al alumnado como ‘verdad absoluta’, no escuchaba a los chiques ni le interesaba su opinión.

 

Los alumnos escuchaban, algunos visiblemente descolocados de que el primer acto del docente sea criticar a otro docente hipotético, ausente en ese lugar. A Inés se le retorcían los oídos por el mal uso del castellano.

 

–Pero ahora –continuó– todo va a cambiar: en nuestra clase, ¡sólo será válido lo que se decida por mayoría! ¡Este es el nuevo principio! Basta de las imposiciones de uno sobre todos… Estamos por una nueva educación. Una nueva escuela, una escuela del siglo XXI, del cambio, moderna, inclusiva. En una palabra –¡y miren qué palabra, chicos!– democrática. ¿Por qué tema les gustaría empezar? Vamos, votemos todos.

 

Desgraciadamente había un aguafiestas en ese aula.

 

–Disculpe profesor, ¿cómo… cómo podríamos llamar a este principio?–dijo un alumno, levantando la mano.

–No hace falta que levantes la mano –repuso el Profesor guiñando el ojo, con tono cómplice–, como si estuviésemos en el Liceo Militar… Simplemente hablá, fluí. ¿Qué decías?

–Pregunté cómo podríamos llamar a este principio.

–Eh… llamémoslo… ¡Principio Mayoritario! ¿Te gusta? Yo siempre tuve a los nombres de las cosas un poco como fajas que restringen la vitalidad del pensamiento, que es un río, pero si querés podríamos llamarle así.

–Mmmm… ¿y a quiénes se le aplica?– continuó el alumno.

–¿A quiénes, m’ hijo? Ahora, en este momento, se aplica a ustedes… ¡a esta misma aula de la facultad de Buenos Aires! A todes nosotres, yo también me someto a este criterio, yo el primero, por supuesto.

–Profesor…–volvió a la carga el alumno, sintiendo repugnancia por el martirio que estaba sufriendo el idioma castellano, pero no obstante levantó nuevamente la mano.

–Sí… ¡decime!–respondió el docente, notando que el alumno de nuevo recaía en costumbres arcaicas.

–Usted dice que quiere aplicar el Principio Mayoritario…

–¡Sí, así es!

–… que consiste en que sólo será válido lo que se decida por mayoría…

–¡Sí, eso mismo! Me alegra que lo recuerdes tal cual lo dije… ¡Eres bueno…!–Ok, gracias. Pero… en realidad, yo no quería hablar de mí. Yendo al punto…. Hay algo que me llama la atención… ¿sabe?

–Decilo ya, no temas, no des tantas vueltas, acá todos somos iguales, ¡ahora rige el Principio Mayoritario y tu opinión es MUY importante!–contestó el docente, y el rostro se le iluminó al pronunciar estas palabras.

 

Los demás alumnos se sentían halagados, aunque otros sospechaban. “Mucha miel, demasiada”, sentenció Inés para sus adentros. “El profesor se hace el buenito pero en cualquier momento muestra los dientes”. Sin embargo, luego se autocensuró: “No puedo ser taaan mal pensada. Esperemos a ver cómo le contesta a este chico”.

 

–Lo que me llama la atención –respondió el alumno– es que Usted nunca acordó con nosotros aplicar ese principio –dijo casi como suspirando ante el peso de tamaña obviedad.

 

A veces lo más sencillo de ver es lo más difícil de entender. Nunca sabremos si el docente se hizo el tonto o si realmente no captó el punto.

 

–¿Eh? No entiendo.

–Digo que, por un lado, Usted dijo recién que sólo será válida una decisión mayoritaria… pero, por otro lado, EL HECHO ES que los 30 alumnos de esta aula no hemos decidido mayoritariamente aplicar el Principio Mayoritario…

–Eh…

–Nunca preguntó al curso si queremos aplicar el Principio Mayoritario–repuso el muchacho, que comenzaba a envalentonarse, en tono más directo.

 

Inés, que no había perdido detalle de la conversación, sintió la frase como estocada en un torneo de justas del siglo XIV. O, si el lector lo prefiere, como Exocet sobre navío inglés en 1982. Nunca lo admitiría, pero en su interior saboreó el poder del argumento.

 

–Eh…

–Usted nunca preguntó si la mayoría del curso estaba de acuerdo con el Principio Mayoritario. Simplemente, ¡lo impuso!

–Querido, querido… no importa. ¿Sabés qué? –dijo, cambiando el tono. Estaba nervioso– Lo vamos a aplicar igual. A partir de ahora, rige el Principio Mayoritario. Rige la democracia. Se acabó la dictadura del docente, la dictadura “del que sabe más”. Todo por mayoría y…

 

Como quien suelta una frase imposible de postergar, desde el fondo del alma el aguafiestas dijo, “completando” la frase del profesor:

 

–Todo lo decidiremos, todo… ¡pero hay una cosa que no! ¡No decidiremos si queremos tomar todas las decisiones en base al Principio Mayoritario…!

 

El docente perdió la compostura y fuera de sí levantó la voz.

 

–Volvimos al Medioevo. ¡Esto es fascismo! ¿Lo ven? ¿Lo ven, chicos? Este alumno no quiere la democracia. ¡Nos quiere imponer sus ideas a nosotros! Este alumno es un retrógrado. ¡No quiere el Principio Mayoritario, quiere la escuela vieja!

 

Un incómodo silencio se apoderó de la clase. El hombre había perdido el control. Su mismo rostro se desfiguraba, airado por haber quedado al desnudo. Y finalmente arremetió.

 

–Este alumno quiere los métodos obsoletos del pasado. ¡Quiere el autoritarismo del docente! ¡Quiere la obediencia ciega del alumno! Eso ya se acabó. Ahora, todos debemos manejarnos en la escuela moderna con principios de mayoría. Basta de imposiciones del docente, hay que dar lugar al alumno. Quiero que votemos el tema a desarrollar. Había dejado de mirar al aguafiestas, y posaba su mirada en el resto.

–Chicos, ¿se dan cuenta? ¿Se dan cuenta?

 

Inés se había dado cuenta.

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