El debate ideológico y político, un tablero de Ajedrez. Verdad y Poder

El debate ideológico y político, un tablero de Ajedrez.

Verdad y Poder

 

Por Juan Carlos Monedero (h)

 

              Los debates y controversias ideológicas nunca son ideológicas. Quienes nos aproximamos a la filosofía sabemos -de la mano de Santo Tomás de Aquino- que la razón nunca actúa sola; sabemos que los sentidos, las pasiones, los impulsos e inclusos los instintos no son autónomos, y que todo en el hombre es “humano”. Esto quiere decir que el mismo aprendizaje -que tiene su centro en la inteligencia, que es inmaterial- es un suceso emocional. Aprendemos más fácilmente cuando tenemos la disposición emocional de aprender: todos recordamos a esas señoritas encantadoras de la Primaria que nos hacían sentir como coches de Fórmula Uno. Los debates participan de este carácter propiamente humano: no son dos fríos intelectos los que discuten ni son dos puras animalidades las que entran en pugna. Son dos hombres, con su inteligencia, su razón pero también sus emociones, sus pasiones y hasta sus miedos.

            Como en el Ajedrez.

             En el juego-ciencia, la práctica, la habilidad, la inteligencia aplicada, el manejo de las estrategias es determinante. Pero no es lo único. Porque en el Ajedrez se refleja quién es uno; primero por las características propias del Ajedrez en cuanto tal pero también porque en todos los juegos de alguna manera nos revelamos. En los juegos nos mostramos como somos.

             Asimismo, quizás el Ajedrez nos permita una aproximación a la compleja realidad social y política en nuestro país.

               La Argentina está atravesada por varios discursos, por complejas ideologías y por robustas doctrinas. Todas ellas tienen un elemento teórico, sincero o no, realista o no. Sin embargo, al ser éstas encarnadas por personas de carne y hueso, cada uno de ellas le imprime a estas ideas la marca especial de su propia individualidad. Al igual que cuando movemos los peones tosca o elegantemente. De la misma manera que cuando adelantamos un alfil blanco para amenazar el campo de las negras, las doctrinas tienen un planteo que consideran verdadero y repugnan lo que entienden falso. Ý en el día a día de la guerra ideológica, ¡cuántas veces, envalentonados por una buena jugada, nos confiamos, nos desbocamos en el ataque y terminamos perdiendo una buena posición o fichas clave!

              También pasa lo mismo en la política y en las controversias ideológicas. No son robots los que discuten, los que tejen alianzas partidarias, los que se asocian para lograr sus propios fines. Son personas, somos personas que al tomar una decisión involucramos elementos tanto conscientes como ocultos. Jürgen Klaric, uno de los especialistas mundiales en ventas, dice que la acción de vender -para ser eficaz- debe apuntar a cubrir “la necesidad antropológica inconsciente” de una persona. ¿Y no es verdad que nosotros “compramos” una idea, una ideología, un discurso, una doctrina? ¿No hay acaso algún tipo de alineación entre aquello que está en lo recóndito de nuestro corazón y la teoría que sostenemos?

              Hasta aquí, cualquier lector podría estar de acuerdo. Ahora bien, trascendamos el plano psicológico dado que la salud de la persona no se define por la alineación de sus actos con sus ideas, lo cual es condición necesaria pero no suficiente. Esas ideas deben estar alineadas con la verdad de las cosas, con la veritas rerum, como dice la tradición filosófica realista. Es el momento de decirlo con todas las letras, aunque pueda sonar antipático para los oídos de cierta gente intoxicada por el indiferentismo. Antonio Machado podrá ser muy eufónico con su “Caminante, no hay camino”, podemos sentirnos gigantes escuchando a Serrat interpretando estos versos, pero estos versos no nos inspiran a ser mejores. Si se sabe ver, estos versos nos transmiten desesperación, indiferencia doctrinal; nos transmiten un espíritu resabiado de relativismo, con dosis calculadas de escepticismo. Porque si no hay un camino mejor que otro, un camino preferible a otro, un camino objetivamente bueno, entonces no hay verdad. Y estaríamos en el Reino de la Opinión donde las ideas y posiciones no valen en función de su correspondencia con la realidad sino en virtud del poder que me den. 

              Lewis Carrol en Alicia en el País de las Maravillas lo retrata nítidamente:

 

–Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty con un tono burlón– significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos.

–El asunto es –dijo Alicia–  si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–El asunto es –dijo Humpty Dumpty– quién es el amo. Eso es todo.

 

                Pero esto, ¿no establece el despotismo más abyecto? Amparados en el puro ejercicio poder, sin norte ni brújulas éticas objetivas, ¿qué lugar queda para la Justicia?

               ¿Dónde está más protegido el débil? ¿En la Ciudadela de la Verdad y la Justicia absolutas (así, con mayúscula) o en el Reino de la Utilidad, el Interés, donde predomina la cantidad como criterio de orden y la conveniencia como indicador del obrar?

                 Es esta, efectivamente, una posición cómoda para los libros pero impracticable en la realidad: ¿aceptaríamos acaso que nuestro jefe no nos pague nuestro sueldo? Si nuestro empleador se negase a hacerlo, seguramente le diríamos que debe abonar los honorarios “porque es lo que corresponde”. Ahora bien, lo que corresponde es lo justo. ¿Y si nuestro jefe nos escupe en la cara la perversa filosofía de Machado, según la cual no hay justicia verdadera sino puntos de vista? ¿Qué le impide decirnos “Lo que corresponde está sujeto a cambios y pautas culturales, válidas para ciertas épocas y ciertos lugares de la humanidad, y casualmente mi empresa no es uno de ellos”? ¿Por qué debería pagarnos si la verdad no existe, si la justicia es una convención, si no hay “un camino” éticamente bueno?

                  El debate sobre el aborto, impulsado por el oficialismo macrista en el 2018 y por el oficialismo kirchnerista en el 2020, es el escenario más descarnado de esta mentalidad. El débil es el niño por nacer, el máximamente desprotegido, ni gritar puede. Se decide -se decidió- su vida en base a criterios de interés, de utilidad: serán las cifras las que deciden si es legal o no descuartizarlo.

                 Este relativismo está en los tuétanos de nuestro sistema político: y ahí tenemos a diputados y senadores falibles por separado que, por arte de magia, se vuelven “infalibles” en las Cámaras del Congreso de la Democracia Argentina, argumento agudamente señalado por esa gran cabeza que fue Juan Donoso Cortés. Estos políticos sólo sirven para contar cuántos porotos les reditúa presentarse celeste o verdes. Así, Cristina Fernández de Kirchner “descubriendo” que estaba a favor del aborto en el 2018; Juan Manuel Urtubey apuesta al progresismo luego de varios años de administración conservadora; Sergio Massa tejiendo alianzas políticas donde las ideas, los conceptos, los principios se subordinan a la acumulación de capital político. Mauricio Macri habilitó en el 2018 -al mejor estilo Poncio Pilatos- debatir sobre si el bebé en el vientre materno puede ser asesinado (o no), luego de haber sostenido -durante el Congreso Eucarístico Nacional, en Tucumán, junio 2016- las siguientes palabras: “Defiendo la vida desde la concepción hasta la muerte”. El 10 de diciembre del 2019, Alberto Fernández pronunció estas palabras en solemne Juramento Presidencial:

 

“Yo, Alberto Ángel Fernández, juro por Dios, la Patria y sobre estos Santos Evangelios, desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de Presidente de la Nación. Y observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación argentina. Si así no lo hiciere, Dios y la Patria me lo demanden”.

 

                La Verdad, la Justicia y el Poder parecen ir por caminos distintos. La pregunta es qué camino va a tomar usted, lector. ¿Se va a convertir en parte de la solución o en cómplice del problema?

 

***

 

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Diálogo entre docente y alumno en una facultad de la UBA

DIÁLOGO ENTRE DOCENTE Y ALUMNO EN UNA FACULTAD

DE LA UBA

 

Por Juan Carlos Monedero (h)

 

–Muy bien, alumnes… Buenos días–dijo el Profesor, frotándose las manos, visiblemente entusiasmado.

–Buenos días.

–Tengo noticias importantes para ustedes, que seguro les van a sorprender. Como saben, esta es la primera clase de nuestra materia: “Introducción a la Filosofía”. Y quiero decirles, desde el vamos, que no voy a enseñar como se enseñaba antes. Antes, el profesor decidía lo que se le antojaba y los alumnes obedecían ciegamente, imponía su punto de vista al alumnado como ‘verdad absoluta’, no escuchaba a los chiques ni le interesaba su opinión.

 

Los alumnos escuchaban, algunos visiblemente descolocados de que el primer acto del docente sea criticar a otro docente hipotético, ausente en ese lugar. A Inés se le retorcían los oídos por el mal uso del castellano.

 

–Pero ahora –continuó– todo va a cambiar: en nuestra clase, ¡sólo será válido lo que se decida por mayoría! ¡Este es el nuevo principio! Basta de las imposiciones de uno sobre todos… Estamos por una nueva educación. Una nueva escuela, una escuela del siglo XXI, del cambio, moderna, inclusiva. En una palabra –¡y miren qué palabra, chicos!– democrática. ¿Por qué tema les gustaría empezar? Vamos, votemos todos.

 

Desgraciadamente había un aguafiestas en ese aula.

 

–Disculpe profesor, ¿cómo… cómo podríamos llamar a este principio?–dijo un alumno, levantando la mano.

–No hace falta que levantes la mano –repuso el Profesor guiñando el ojo, con tono cómplice–, como si estuviésemos en el Liceo Militar… Simplemente hablá, fluí. ¿Qué decías?

–Pregunté cómo podríamos llamar a este principio.

–Eh… llamémoslo… ¡Principio Mayoritario! ¿Te gusta? Yo siempre tuve a los nombres de las cosas un poco como fajas que restringen la vitalidad del pensamiento, que es un río, pero si querés podríamos llamarle así.

–Mmmm… ¿y a quiénes se le aplica?– continuó el alumno.

–¿A quiénes, m’ hijo? Ahora, en este momento, se aplica a ustedes… ¡a esta misma aula de la facultad de Buenos Aires! A todes nosotres, yo también me someto a este criterio, yo el primero, por supuesto.

–Profesor…–volvió a la carga el alumno, sintiendo repugnancia por el martirio que estaba sufriendo el idioma castellano, pero no obstante levantó nuevamente la mano.

–Sí… ¡decime!–respondió el docente, notando que el alumno de nuevo recaía en costumbres arcaicas.

–Usted dice que quiere aplicar el Principio Mayoritario…

–¡Sí, así es!

–… que consiste en que sólo será válido lo que se decida por mayoría…

–¡Sí, eso mismo! Me alegra que lo recuerdes tal cual lo dije… ¡Eres bueno…!–Ok, gracias. Pero… en realidad, yo no quería hablar de mí. Yendo al punto…. Hay algo que me llama la atención… ¿sabe?

–Decilo ya, no temas, no des tantas vueltas, acá todos somos iguales, ¡ahora rige el Principio Mayoritario y tu opinión es MUY importante!–contestó el docente, y el rostro se le iluminó al pronunciar estas palabras.

 

Los demás alumnos se sentían halagados, aunque otros sospechaban. “Mucha miel, demasiada”, sentenció Inés para sus adentros. “El profesor se hace el buenito pero en cualquier momento muestra los dientes”. Sin embargo, luego se autocensuró: “No puedo ser taaan mal pensada. Esperemos a ver cómo le contesta a este chico”.

 

–Lo que me llama la atención –respondió el alumno– es que Usted nunca acordó con nosotros aplicar ese principio –dijo casi como suspirando ante el peso de tamaña obviedad.

 

A veces lo más sencillo de ver es lo más difícil de entender. Nunca sabremos si el docente se hizo el tonto o si realmente no captó el punto.

 

–¿Eh? No entiendo.

–Digo que, por un lado, Usted dijo recién que sólo será válida una decisión mayoritaria… pero, por otro lado, EL HECHO ES que los 30 alumnos de esta aula no hemos decidido mayoritariamente aplicar el Principio Mayoritario…

–Eh…

–Nunca preguntó al curso si queremos aplicar el Principio Mayoritario–repuso el muchacho, que comenzaba a envalentonarse, en tono más directo.

 

Inés, que no había perdido detalle de la conversación, sintió la frase como estocada en un torneo de justas del siglo XIV. O, si el lector lo prefiere, como Exocet sobre navío inglés en 1982. Nunca lo admitiría, pero en su interior saboreó el poder del argumento.

 

–Eh…

–Usted nunca preguntó si la mayoría del curso estaba de acuerdo con el Principio Mayoritario. Simplemente, ¡lo impuso!

–Querido, querido… no importa. ¿Sabés qué? –dijo, cambiando el tono. Estaba nervioso– Lo vamos a aplicar igual. A partir de ahora, rige el Principio Mayoritario. Rige la democracia. Se acabó la dictadura del docente, la dictadura “del que sabe más”. Todo por mayoría y…

 

Como quien suelta una frase imposible de postergar, desde el fondo del alma el aguafiestas dijo, “completando” la frase del profesor:

 

–Todo lo decidiremos, todo… ¡pero hay una cosa que no! ¡No decidiremos si queremos tomar todas las decisiones en base al Principio Mayoritario…!

 

El docente perdió la compostura y fuera de sí levantó la voz.

 

–Volvimos al Medioevo. ¡Esto es fascismo! ¿Lo ven? ¿Lo ven, chicos? Este alumno no quiere la democracia. ¡Nos quiere imponer sus ideas a nosotros! Este alumno es un retrógrado. ¡No quiere el Principio Mayoritario, quiere la escuela vieja!

 

Un incómodo silencio se apoderó de la clase. El hombre había perdido el control. Su mismo rostro se desfiguraba, airado por haber quedado al desnudo. Y finalmente arremetió.

 

–Este alumno quiere los métodos obsoletos del pasado. ¡Quiere el autoritarismo del docente! ¡Quiere la obediencia ciega del alumno! Eso ya se acabó. Ahora, todos debemos manejarnos en la escuela moderna con principios de mayoría. Basta de imposiciones del docente, hay que dar lugar al alumno. Quiero que votemos el tema a desarrollar. Había dejado de mirar al aguafiestas, y posaba su mirada en el resto.

–Chicos, ¿se dan cuenta? ¿Se dan cuenta?

 

Inés se había dado cuenta.

***

 

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