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“Lenguaje y Logomaquia”

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Gustavo Corbi

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(parte 1, 2 y 3)

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El debate ideológico y político, un tablero de Ajedrez. Verdad y Poder

El debate ideológico y político, un tablero de Ajedrez.

Verdad y Poder

 

Por Juan Carlos Monedero (h)

 

              Los debates y controversias ideológicas nunca son ideológicas. Quienes nos aproximamos a la filosofía sabemos -de la mano de Santo Tomás de Aquino- que la razón nunca actúa sola; sabemos que los sentidos, las pasiones, los impulsos e inclusos los instintos no son autónomos, y que todo en el hombre es “humano”. Esto quiere decir que el mismo aprendizaje -que tiene su centro en la inteligencia, que es inmaterial- es un suceso emocional. Aprendemos más fácilmente cuando tenemos la disposición emocional de aprender: todos recordamos a esas señoritas encantadoras de la Primaria que nos hacían sentir como coches de Fórmula Uno. Los debates participan de este carácter propiamente humano: no son dos fríos intelectos los que discuten ni son dos puras animalidades las que entran en pugna. Son dos hombres, con su inteligencia, su razón pero también sus emociones, sus pasiones y hasta sus miedos.

            Como en el Ajedrez.

             En el juego-ciencia, la práctica, la habilidad, la inteligencia aplicada, el manejo de las estrategias es determinante. Pero no es lo único. Porque en el Ajedrez se refleja quién es uno; primero por las características propias del Ajedrez en cuanto tal pero también porque en todos los juegos de alguna manera nos revelamos. En los juegos nos mostramos como somos.

             Asimismo, quizás el Ajedrez nos permita una aproximación a la compleja realidad social y política en nuestro país.

               La Argentina está atravesada por varios discursos, por complejas ideologías y por robustas doctrinas. Todas ellas tienen un elemento teórico, sincero o no, realista o no. Sin embargo, al ser éstas encarnadas por personas de carne y hueso, cada uno de ellas le imprime a estas ideas la marca especial de su propia individualidad. Al igual que cuando movemos los peones tosca o elegantemente. De la misma manera que cuando adelantamos un alfil blanco para amenazar el campo de las negras, las doctrinas tienen un planteo que consideran verdadero y repugnan lo que entienden falso. Ý en el día a día de la guerra ideológica, ¡cuántas veces, envalentonados por una buena jugada, nos confiamos, nos desbocamos en el ataque y terminamos perdiendo una buena posición o fichas clave!

              También pasa lo mismo en la política y en las controversias ideológicas. No son robots los que discuten, los que tejen alianzas partidarias, los que se asocian para lograr sus propios fines. Son personas, somos personas que al tomar una decisión involucramos elementos tanto conscientes como ocultos. Jürgen Klaric, uno de los especialistas mundiales en ventas, dice que la acción de vender -para ser eficaz- debe apuntar a cubrir “la necesidad antropológica inconsciente” de una persona. ¿Y no es verdad que nosotros “compramos” una idea, una ideología, un discurso, una doctrina? ¿No hay acaso algún tipo de alineación entre aquello que está en lo recóndito de nuestro corazón y la teoría que sostenemos?

              Hasta aquí, cualquier lector podría estar de acuerdo. Ahora bien, trascendamos el plano psicológico dado que la salud de la persona no se define por la alineación de sus actos con sus ideas, lo cual es condición necesaria pero no suficiente. Esas ideas deben estar alineadas con la verdad de las cosas, con la veritas rerum, como dice la tradición filosófica realista. Es el momento de decirlo con todas las letras, aunque pueda sonar antipático para los oídos de cierta gente intoxicada por el indiferentismo. Antonio Machado podrá ser muy eufónico con su “Caminante, no hay camino”, podemos sentirnos gigantes escuchando a Serrat interpretando estos versos, pero estos versos no nos inspiran a ser mejores. Si se sabe ver, estos versos nos transmiten desesperación, indiferencia doctrinal; nos transmiten un espíritu resabiado de relativismo, con dosis calculadas de escepticismo. Porque si no hay un camino mejor que otro, un camino preferible a otro, un camino objetivamente bueno, entonces no hay verdad. Y estaríamos en el Reino de la Opinión donde las ideas y posiciones no valen en función de su correspondencia con la realidad sino en virtud del poder que me den. 

              Lewis Carrol en Alicia en el País de las Maravillas lo retrata nítidamente:

 

–Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty con un tono burlón– significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos.

–El asunto es –dijo Alicia–  si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–El asunto es –dijo Humpty Dumpty– quién es el amo. Eso es todo.

 

                Pero esto, ¿no establece el despotismo más abyecto? Amparados en el puro ejercicio poder, sin norte ni brújulas éticas objetivas, ¿qué lugar queda para la Justicia?

               ¿Dónde está más protegido el débil? ¿En la Ciudadela de la Verdad y la Justicia absolutas (así, con mayúscula) o en el Reino de la Utilidad, el Interés, donde predomina la cantidad como criterio de orden y la conveniencia como indicador del obrar?

                 Es esta, efectivamente, una posición cómoda para los libros pero impracticable en la realidad: ¿aceptaríamos acaso que nuestro jefe no nos pague nuestro sueldo? Si nuestro empleador se negase a hacerlo, seguramente le diríamos que debe abonar los honorarios “porque es lo que corresponde”. Ahora bien, lo que corresponde es lo justo. ¿Y si nuestro jefe nos escupe en la cara la perversa filosofía de Machado, según la cual no hay justicia verdadera sino puntos de vista? ¿Qué le impide decirnos “Lo que corresponde está sujeto a cambios y pautas culturales, válidas para ciertas épocas y ciertos lugares de la humanidad, y casualmente mi empresa no es uno de ellos”? ¿Por qué debería pagarnos si la verdad no existe, si la justicia es una convención, si no hay “un camino” éticamente bueno?

                  El debate sobre el aborto, impulsado por el oficialismo macrista en el 2018 y por el oficialismo kirchnerista en el 2020, es el escenario más descarnado de esta mentalidad. El débil es el niño por nacer, el máximamente desprotegido, ni gritar puede. Se decide -se decidió- su vida en base a criterios de interés, de utilidad: serán las cifras las que deciden si es legal o no descuartizarlo.

                 Este relativismo está en los tuétanos de nuestro sistema político: y ahí tenemos a diputados y senadores falibles por separado que, por arte de magia, se vuelven “infalibles” en las Cámaras del Congreso de la Democracia Argentina, argumento agudamente señalado por esa gran cabeza que fue Juan Donoso Cortés. Estos políticos sólo sirven para contar cuántos porotos les reditúa presentarse celeste o verdes. Así, Cristina Fernández de Kirchner “descubriendo” que estaba a favor del aborto en el 2018; Juan Manuel Urtubey apuesta al progresismo luego de varios años de administración conservadora; Sergio Massa tejiendo alianzas políticas donde las ideas, los conceptos, los principios se subordinan a la acumulación de capital político. Mauricio Macri habilitó en el 2018 -al mejor estilo Poncio Pilatos- debatir sobre si el bebé en el vientre materno puede ser asesinado (o no), luego de haber sostenido -durante el Congreso Eucarístico Nacional, en Tucumán, junio 2016- las siguientes palabras: “Defiendo la vida desde la concepción hasta la muerte”. El 10 de diciembre del 2019, Alberto Fernández pronunció estas palabras en solemne Juramento Presidencial:

 

“Yo, Alberto Ángel Fernández, juro por Dios, la Patria y sobre estos Santos Evangelios, desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de Presidente de la Nación. Y observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación argentina. Si así no lo hiciere, Dios y la Patria me lo demanden”.

 

                La Verdad, la Justicia y el Poder parecen ir por caminos distintos. La pregunta es qué camino va a tomar usted, lector. ¿Se va a convertir en parte de la solución o en cómplice del problema?

 

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Elecciones postergan legalización del aborto: “¡Por la vida de las pibas… Pero este año no, el año que viene”

Elecciones postergan legalización del aborto

“¡Por la vida de las pibas… Pero este año no, el año que viene”

 

Si su vida está en peligro, se supone que está en peligro ahora. Ya. Y que no se puede dar del lujo de esperar al año que viene, ¿no es así?

125 diputados y 38 senadores dijeron NO a la legalización el año pasado. Pero hubo 129 diputados y 31 senadores que dijeron Y este 28 de mayo se presentó por octava vez el proyecto para la legalización. Sin embargo, este año la mayor parte de los que fueron derrotados en su pretensión de legalizarlo no quieren discutirlo. Ni oficialistas ni oposición.
“La discusión se hará en el 2020”, se lee en las noticias.

Saquemos las conclusiones de esta jugarreta.
No quieren discutirlo porque pierden electoralmente.
Porque no les conviene a sus carreras políticas.
Porque evidentemente no existe un peligro real para la vida de las mujeres que abortan. De inmediato, surge la pregunta: ¿Se creen sus propias palabras? ¿Creen en los propios argumentos que vienen pronunciando?
No se discute este año porque la muerte de mujeres que abortan no es en efecto una emergencia social impostergable, dado que se posterga hasta el 2020.
Si yo fuese abortista (Dios me lo perdone) y creyese en ese discurso, estaría protestando y gritando para que el tema se debata cuanto antes… si es que realmente -como repitieron hasta la náusea- la vida de las mujeres que abortan están en peligro. ¿O no?
Quienes ayer presentaron el proyecto de ley tampoco están objetando públicamente a todos aquellos que no acompañaron el proyecto. ¿Dónde quedaron la vida de “las pibas que abortan”? ¿Pueden esperar esas vidas? ¿Mintieron antes o mintieron ahora? La población argentina tiene que ser conciente de la enorme manipulación de la que es objeto. Verdes por acomodo que este año no quieren discutirlo, porque no les conviene; verdes por ideología, odio y resentimiento, que este año consienten en no discutirlo para no dañar la imagen de sus futuros aliados políticos (a quienes no respetan pero usarán), que son a quienes en definitiva deberán visitar en el 2020 para intercambiar ayudas y favores mutuos. Unos y otros, por conveniencia política o ideológica, son convergentes en no discutirlo en el 2019. Aunque luego sostengan, con la cara dura como una piedra, que debe legalizarse “urgentemente” el aborto para salvar “la vida de las pibas”.

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MANIPULACIÓN DEL LENGUAJE Y ABORTO – Entrevista conjunta con el Prof. Lucas Carena

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Aborto, ideología de género y ESI. ¿Cómo hacerles frente?

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Las palabras en la Argentina

Las palabras en la Argentina

 

Vamos a ver qué pasa con las palabras en la Argentina: ciertas cosas que se llamaban de una manera, hace tiempo algunos han comenzado a llamarla de otra.

 

  • Desde hace tiempo, dejar en libertad a ladrones y asesinos es considerado por ciertos abogadosun acto de respeto por las garantías judiciales.
  • La comisión de un delito con perjuicio de cientos de miles de personas –un piquete en Panamericana, por ejemplo–, es designada por algunos periodistas en sus noticieros como unamanifestación social.

 

En el primer caso, el delincuente termina siendo, en tanto delincuente, objeto de respeto. En el segundo caso, el delito, en tanto delito, acaba siendo considerado una manifestación. Abatir a un malviviente, en cambio, de movida nos parece algo chocante: algunos periodistas –antes de averiguar si la Policía cometió exceso o no– llamarán a este abatimiento un caso de gatillo fácil. Los delincuentes son “inocentes” y las fuerzas de seguridad son “represoras”. Respiramos y vivimos esa atmósfera.

Un alumno –quizá nuestro sobrino, el hijo de un amigo, un conocido, el que sea– se lleva una materia o reprueba un examen. ¿Y qué piensa espontáneamente mucha gente? Sin conocer nada del caso, sentencian: el profesor abusó de su poder. Sólo después de varios filtros, a alguno se le ocurre que, quizás, Pedrito no estudió lo suficiente. Pero, ¿cuál es la primera reacción? Para muchos, considerar al docente una suerte de represor. He aquí la palabra mágica. Ponemos esa etiqueta y ya está: serruchamos una infinidad de posibilidades bajo la tiranía de un único caso.

En la Argentina de hoy y desde hace un par de años, todo lo que signifique limitar o tan siquiera demorar un aborto –es decir, el asesinato de un niño en el vientre de su madre– es astutamente denominado por los grupos feministas como violencia de género. Salvar una vida en estado prenatal es señalado por algunos como “violencia contra una mujer”.

Y la cosa sigue. Fijémonos:

 

  • Si amo a mis hijos y por eso los corrijo cuando se equivocan… soyautoritario.
  • Si admito el consumo de marihuana y, por supuesto, todas sus consecuencias sobre la conducta…soy abierto.
  • Si acepto que drogarse es un derecho… soy un tipo de menteamplia.
  • Si no quiero que se promocione la homosexualidad a mis hijos… soyintolerante.
  • Si creo íntimamente que la sexualidad no es una construcción social… soyhomofóbico.

 

Muchas de las cosas que nos pasan tienen lugar porque estamos fuera de la realidad. Y estamos fuera de la realidad porque pronunciamos palabras tramposas. Se trata de una cárcel pero no una cárcel física sino mental.

Nadie quiere respirar el aire carcelario ni formar parte de los destinados a prisión. Pero para poder respirar otro aire, no queda otro camino que decir las cosas como son. La pregunta es: ¿qué queremos? ¿Queremos ser libres? ¿O queremos seguir hablando mal y ser colonizados mentalmente? He aquí una decisión cuya responsabilidad no podemos eludir.

 

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