Los debates y controversias ideológicas nunca son ideológicas. Quienes nos aproximamos a la filosofía, quienes nos animamos a filosofar, sabemos de la mano de Santo Tomás de Aquino que la razón nunca actúa sola, que los sentidos, las pasiones, los impulsos e inclusos los instintos no son autónomos, y que todo en el hombre es “humano”. Esto quiere decir, ni más ni menos, que el mismo aprendizaje -que tiene su centro en la inteligencia, que es inmaterial- es un suceso emocional. Aprendemos más fácilmente cuando tenemos la disposición emocional de aprender (todos recordamos a esas señoritas encantadoras de la Primaria que nos hacían sentir como coches de Fórmula Uno). Los debates y controversias también participan de este carácter humano: no son dos fríos intelectos los que discuten ni son dos puras animalidades las que entran en pugna. Son dos hombres, con su inteligencia, su razón pero también sus emociones, sus pasiones y hasta sus miedos.

Como en el Ajedrez.

En el juego-ciencia, la práctica, la habilidad, la inteligencia aplicada, el manejo de las estrategias es determinante. Pero no es lo único. Porque uno juega al Ajedrez y ahí refleja quién es; primero por el Ajedrez mismo, pero también porque en todos los juegos de alguna manera nos revelamos. En los juegos nos mostramos como somos, y es quizás el Ajedrez uno de los que nos permita entender mejor la compleja realidad social y política en nuestro país. Porque la Argentina está atravesada por varios discursos, por complejas ideologías y por robustas doctrinas. Todas ellas tienen un elemento teórico, sincero o no, realista o no, pero al ser encarnadas por personas de carne y hueso, cada uno de ellos le imprime a estas ideas la marca especial de su propia individualidad. Al igual que cuando movemos los peones. De la misma manera que cuando adelantamos un alfil blanco para amenazar el campo de las negras. ¡Cuántas veces, envalentonados por una buena jugada, nos confiamos, nos desbocamos en el ataque y terminamos perdiendo una buena posición o fichas clave! Como dice mi santa madre, menos es más.

También pasa lo mismo en la política y en las controversias ideológicas. No son robots los que discuten, los que tejen alianzas partidarias, los que se asocian para lograr sus propios fines. Son personas, somos personas que al tomar una decisión involucramos elementos tanto conscientes como ocultos. Como dice Jürgen Klaric, especialista mundial en ventas, la acción de vender debe apuntar a cubrir -para ser eficaz- “la necesidad antropológica inconsciente” de una persona. ¿Y no es verdad que nosotros “compramos” una idea, una ideología, un discurso?

Hasta aquí, creo que todos podemos estar de acuerdo en el 100% de lo anterior. Pero trascendamos el plano psicológico. Porque la salud de la persona no se define por la alineación de sus actos con sus ideas, lo cual es condición necesaria pero no suficiente. Porque esas ideas deben estar alineadas con la verdad de las cosas, con la veritas rerum, como dice la tradición filosófica realista. Porque digamos algo con todas las letras, aunque pueda sonar antipático para los oídos píos de cierta gente. Antonio Machado podrá ser muy eufónico con su “Caminante, no hay camino”, podemos sentirnos gigantes escuchando a Serrat interpretando estos versos, pero estos versos no nos inspiran a ser mejores. Si se sabe ver, nos transmiten desesperación, indiferencia doctrinal; nos transmiten un espíritu resabiado de relativismo, con dosis calculadas de escepticismo. Porque si no hay un camino mejor que otro, un camino preferible a otro, un camino objetivamente bueno, no hay verdad. Y estaríamos en el Reino de la Opinión donde las ideas y posiciones no valen en función de su correspondencia con la realidad sino en virtud del poder que me den. Pero eso, ¿no establece el despotismo más abyecto? Amparados en el puro ejercicio poder, sin norte ni brújulas éticas objetivas, ¿qué lugar queda para la Justicia?

¿Dónde está más protegido el débil? ¿En la Ciudadela de la Verdad y la Justicia absolutas (así, con mayúscula) o en el Reinado de la Mayoría, donde predomina la Sacrosanta Cantidad?

Una posición cómoda para los libros pero impracticable en la realidad: ¿o acaso aceptaríamos que nuestro jefe no nos pague nuestro sueldo? Si nuestro empleador se negase a hacerlo, seguramente le diríamos que debe abonar los honorarios de nuestro trabajo “porque es lo que corresponde”. Ahora bien, lo que corresponde es lo justo. ¿Y si nuestro jefe nos escupe en la cara la perversa filosofía de Machado, según la cual no hay justicia verdadera sino puntos de vista? ¿Qué le impide decirnos “Lo que corresponde está sujeto a cambios y pautas culturales, válidas para ciertas épocas y ciertos lugares de la humanidad, y casualmente mi empresa no es uno de ellos”? ¿Por qué debería pagarnos si la verdad no existe, si la justicia es una convención, si no hay “un camino” éticamente bueno?

El debate sobre el aborto, impulsado por el oficialismo a principios del año pasado, es el escenario más descarnado de este Relativismo. El débil es el niño por nacer, el máximamente desprotegido, ni gritar puede. Los números deciden si es legal o no descuartizarlo: las cantidades. Las cifras. Diputados y senadores falibles por separado que, por arte de magia, se vuelven infalibles en conjunto, como agudamente señaló esa gran cabeza que fue Juan Donoso Cortés. Y los políticos, del otro lado, contando cuántos porotos les reditúa presentarse de tal o cual manera. Cristina Fernández de Kirchner “descubriendo” que estaba a favor del aborto; Juan Manuel Urtubey apostando al progresismo luego de varios años de administración conservadora; Sergio Massa tejiendo alianzas políticas donde las ideas, los conceptos, los principios se subordinan a la acumulación de capital político. Mauricio Macri habilitando -al mejor estilo Poncio Pilatos- debatir sobre si el bebé en el vientre materno puede ser asesinado (o no), luego de haber sostenido -durante el Congreso Eucarístico Nacional, en Tucumán, junio 2016- las siguientes palabras: “Defiendo la vida desde la concepción hasta la muerte”.

La Verdad, la Justicia y el Poder parecen ir por caminos distintos. La pregunta es qué camino va a tomar usted, lector. ¿Se va a convertir en parte de la solución o en cómplice del problema?

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