Sobre la profanación de la Catedral en Salta:

no fue un hecho puntual

Por Juan Carlos Monedero (h)

 

No fue un hecho puntual ocurrido en nuestra querida provincia de Salta. También pasó en México en el día de ayer. Y viene pasando hace muchos años, siendo denunciado y resistido particularmente por los fieles de a pié. En efecto, este 8 de marzo un grupo de militantes feministas atacó la catedral de Salta. Justamente, en el llamado “Día de la Mujer”.

 

Con consignas abortistas, docena de mujeres –en un espectáculo vergonzoso y abominable– coparon la plaza 9 de Julio y atacaron el mayor templo de la ciudad. No es algo nuevo, el año pasado para la misma fecha habían marchado y se habían manifestado públicamente en las calles de la ciudad con sus consignas ideológicas.

 

Sin embargo, para entender lo que pasó ayer hay que verlo de una forma diferente a la que el común de la gente –incluso, el común de los comunicadores sociales– lo ve. En efecto, la mayoría de ellos lo ve como una “excepción”. Atacar el templo de Salta fue “un desborde”, una acción realizada “por una minoría” que por supuesto estaría lejos de empañar el espíritu del día en general. En realidad, es todo lo contrario.

 

Esto no fue un accidente: hace años que –desde talleres, textos universitarios, radios, medios de comunicación, etc.– a estas chicas se le machacan todo el día, todos los días, que la Iglesia Católica es “La Gran Culpable”. Lo dijo en su momento la infame Malena Pichot: la catedral es “el símbolo del mal”. Hace décadas que viene creciendo (con apoyo estatal, con apoyo internacional pero también con un trabajo propio) el sector feminista-lesbo-izquierdista-abortero.

 

El ataque a la Catedral de Salta no es más que la punta del iceberg de toda una campaña ideológica para desnaturalizar a la mujer y a la maternidad. Y, si lo analizamos, en esencia no es menos horroroso que la legalización del aborto que tuvo lugar a fin del año pasado. ¿Por qué no vandalizarían los templos quienes están dispuestos a descuartizar a los bebés? ¿Por qué no gritarían frente a una catedral quienes no tienen problema en sofocar los gritos de los niños en el vientre materno?

 

Las grabaciones de los hechos circularon en redes sociales: qué ridículo. Qué ridículo ver gente con barbijo “para cuidarse del COVID” mientras observan impávidos la destrucción del orden público en manos del feminismo-lesbo-abortero. Qué ridículo ver policías con barbijo, que deben cumplir mandamientos sanitarios ilógicos –inclusive, estúpidos– mientras las delincuentes feministas pueden incumplir todas las leyes, desde las humanas hasta las divinas. Es una doble vara: muy alta para unos, muy baja para otros. Pero ese mundo hemos venido aceptando hace años. La pregunta es: ¿hasta cuándo lo vamos a aceptar?

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