Durísima confesión en “Intratables”: el establishment progresista domina el 95% de la audiencia nacional

Durísima confesión en “Intratables”:

el establishment progresista domina

el 95% de la audiencia nacional

 

            Hace muy poco, desde la cuenta de Revolución Popular 2, YouTube alumbró un video titulado “Ceferino Reato destrozó a Clarín y se trenzó duro con Vilouta”[1], donde se exhiben algunos minutos de la discusión entre dos panelistas de Intratables: Ceferino Reato y Pablo Vilouta.

            Mientras discutían temas vinculados al periodismo y la política, Reato sostuvo que Marcelo Longobardi era un periodista “militante” –y no un periodista independiente, se entiende– porque nunca realizaba una crítica al Presidente Macri ni al macrismo en su programa de radio y sólo decía de los kirchneristas cosas negativas. Reato llegó incluso a espetarle a sus compañeros, además, su incapacidad para criticar a “ningún periodista importante” a causa del “miedo” como también de las posibles complicaciones laborales que les podría suponer esa crítica.

           Griterío, bullicio, pase de facturas mutuas, etc.

           La discusión en el video está abreviada (no tiene más de 5 minutos, editados) pero se puede escuchar con toda claridad cómo Vilouta –a fin de equilibrar lo dicho sobre Longobardi– enumera una cantidad de medios “ultrakirchneristas”: Página/12, Ámbito Financiero, Crónica, Bae (sic), Tiempo Argentino, Minuto Uno, Caras y Caretas, C5N, Radio del Plata, AM 750. A esto responde Reato hábilmente: “Son el 20% de la audiencia”. Para luego agregar que el grupo Clarín y La Nación tienen “el 75% de la audiencia nacional”.

           No sabemos, ni importa ahora, cómo siguió el resto del programa. Pero mastiquemos un poco estos datos: en términos generales, el 75% de la audiencia nacional escucha una campana antikirchnerista y el 20% restante de esta misma audiencia una campana antimacrista. Por lo tanto, el 95% de la audiencia en la Argentina está influenciada, irreductiblemente, por periodistas que discuten encarnizadamente por el partido político X o Z al calor de un mismo y nefasto horizonte cultural: el progresismo, el liberalismo de izquierda, la ideología de género, la cultura de la muerte, la Revolución Mundial Anticristiana. Llámelo como quiera, estimado lector, pero usted me entiende. La única diferencia apreciable sería el tono menos belicoso de algunos periodistas de La Nación, medio que igualmente no logra disimular su simpatía por las aberraciones modernas (cosa que se aprecia tanto en el espacio que les brinda como en la benévola cobertura que les suele dar). En definitiva, el diario de Mitre seduce con la sensación de que “al menos ahí” es posible disentir respecto de las ideas en boga. Pero en el fondo, lo que los asusta de la revolución cultural es su brusquedad.

            Noventa y cinco por ciento: número que no fue cuestionado por ningún periodista de todo el panel, y revelado en uno de los programas de mayor rating del país.

            La cultura y el pensamiento están, por tanto, secuestrados por un nutrido ejército de sofistas. Poco importa si son sofistas M o K. Lo decisivo es su adhesión –salvo honrosas y limitadísimas excepciones– al sistemático programa gramsciano de sabotear el sentido común. ¿Cómo? Mediante la promoción indiscriminada del aborto, la anticoncepción, el consumo de drogas, el homosexualismo, la eutanasia y, ahora también, la pedofilia y el veganismo.

            Cualquier análisis de cómo se viene induciendo a la opinión pública a aceptar estas prácticas no puede descuidar estos datos objetivos e incontrovertibles. Ya es evidente que no tienen más razón sino sólo más poder: la aparente uniformidad de tantas cabezas progresistas es, simplemente, el resultado de la presión psicológica que se ejerce sobre oyentes y televidentes; ese “todos piensan así”, tan repetido, no es más que el resultado de debates tendenciosos y livianos, donde todo está preparado para que la ideología y la confusión prevalezcan; no hay casi descripción de hechos sino que –básicamente– el espectador está ante un teatro. Lo estamos viendo, por ejemplo, en el tratamiento mediático de los gauchos que, a rebencazo limpio, hicieron correr a quienes pretendieron boicotear su acto: la gente común, sencilla, espontáneamente aplaude esta acción gauchesca mientras la KGB progresista llora, se rasga las vestiduras y aprovecha para bajar línea.

             La homogeneidad en cierta clase intelectual, periodística y cultural no es, de ninguna manera, el fruto de un convencimiento auténtico. Antes bien, es la condición para el éxito, la fama y la notoriedad pública: un gigante con pies de barro, que se desmoronaría ante el interrogatorio riguroso de los auténticos guerreros de la palabra.

            Esta íntima convicción de la extrema debilidad intelectual del establishment nos debe dar fuerzas para seguir sosteniendo, en este mundo tan enfermo, que 2 + 2 siguen siendo 4. Ser cristiano hoy en día es creer que, a pesar de todo esto, la Verdad terminará por triunfar ante el poder de la Mentira. Dios y la Virgen nos asistan.

 

[1] Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=jJlPYzEBuR8

 

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Argumentos para defender al doctor Rodríguez Lastra, perseguido por las pandillas promuerte

Argumentos para defender al doctor Rodríguez Lastra, perseguido por las pandillas promuerte

 

Los hechos y el objetivo del caso: escarmentar la defensa de la vida

 

La vida del médico ginecólogo Leandro Rodríguez Lastra cambió inesperadamente cuando –en el mes de abril de 2017, en la ciudad de Cipolletti, Río Negro– recibió a una joven embarazada de 5 meses que se había intentado practicar un aborto usando un fármaco que le había dado clandestinamente una persona perteneciente a una agrupación verde. Llegó al hospital con riesgo de morir, como relató el Dr. Rodríguez Lastra en una entrevista reciente que le hizo Eduardo Feinmann[1]. La joven peticiona el aborto, y la junta directiva del hospital decide que lo mejor para ella y para su bebé es continuar el embarazo. Hoy, tanto la mujer como el niño están sanos pero el Dr. Rodríguez Lastra será llevado a juicio oral a partir del 13 de mayo.

Ni la chica ni su familia sino la legisladora Marta Milesi impulsa la demanda contra Rodríguez Lastra, acusado de “incumplimiento de los deberes del funcionario público”, como si matar a un inocente pudiese ser un deber. “Lo volvería a hacer… sobre mí no pesa la muerte de ningún chico” fueron las palabras de este hombre en la entrevista.

Se trata de un caso que se pone en la palestra pública procurando seguramente escarmentar a todo aquel médico que quiera cumplir su juramento hipocrático. Están en juego muchas cosas, y tanto los medios como los activistas políticos necesitan de un castigo ejemplarizador. Necesitan condicionar a la gente, al mejor estilo Pavlov, para que a nadie se le ocurra salvar vidas. Meter miedo a uno para que todos los demás se vean aterrorizados: por eso cabe decir que vivimos tiempos de terrorismo.

 

Declaraciones de la Academia Nacional de Medicina

 

La Academia Nacional de Medicina ha repetido en numerosas ocasiones su posición contraria al crimen del aborto. Lo dijo ya en 1994, lo ratificó en el 2010 y el año pasado, ni bien comenzó el absurdo y criminal debate sobre si podemos matar a un inocente –y cómo lo haríamos–, sostuvo categóricamente que “destruir a un embrión humano significa impedir el nacimiento de un ser humano”[2]. Entre otras declaraciones, también cabe mencionar aquella sobre las prácticas que “deshumanizan” en Medicina, donde entre otras incluyó el aborto provocado[3].

 

La acusación contra Rodríguez Lastra

 

Pero el cuadro es aún más espinoso. Según informaron los medios, “Con su accionar, el médico habría incumplido con lo normado por la Ley Provincial 4796 y el decreto provincial 182/2016, entre otras normativas que regulan el derecho de las víctimas de abusos sexuales que resultaran embarazadas producto de la violación a acceder a la interrupción legal de su embarazo…” fueron las palabras de los fiscales Santiago Márquez Gauna, Rita Lucía y Anabella Camporessi ante el juez Julio Sueldo, según informó un medio de la propia ciudad de Cipolletti[4]. En efecto, la ley 4796 de la provincia de Río Negro sostiene en su art. 3:

Pero ¿y si la resolución no existiera? A veces, los mitos cobran la fuerza de las verdades de puño. Son muchos los que creen –tanto celestes como verdes– en la existencia de una resolución, emanada por el Ministerio de Salud de la Nación en el 2010, que daría vía libre a la práctica del aborto no punible en los hospitales. Se cree que Juan Luis Manzur activó en julio de ese año la Guía Técnica para la Atención Integral de los Abortos no punibles, cuando ejercía el cargo de Ministro de Salud, designado por el kirchnerismo. Es cierto que se realizaron todos los pasos administrativos previos a la creación de la resolución pero también lo es que la guía técnica para matar (colgada en internet) no tiene resolución ministerial. Esto significa que la resolución 1184/2010 del Ministerio de Salud no existe. No está y nunca estuvo en el boletín oficial.

Esto ya había sido dicho por el propio Manzur el 21 de julio del 2010, 24 horas después de que el protocolo para matar inocentes fuese colgado en la página de la cartera del Ministerio de Salud. La portada del sitio, informó Página/12, rezaba: “Los procedimientos previstos por esta Guía son de aplicación establecida por Resolución Ministerial N° 1184 del 12 de julio de 2010”. Pero desde el Ministerio se sostuvo públicamente que tal resolución no había sido firmada, que sólo se había “actualizado” una guía ya existente. Por lo tanto, la guía sigue vigente y la resolución no ha sido ni fue nunca firmada.

El 31 de julio de ese mismo año, Página/12 visibilizó otro reclamo de las verdes, que exigían la firma de la resolución por parte del ministro a fin de obtener el respaldo definitivo:

Sin embargo, Manzur fue denunciado penalmente bajo la acusación de “apología del delito, incumplimiento de los deberes de funcionario público e instigación a cometer delitos”[5], dado que el protocolo instiga a que los profesionales de la salud cometan delitos.

Hasta tal punto subsiste el equívoco (algunos creen que deliberado[6]) en gran parte de la opinión pública –tanto celeste como verde– que la misma ley 4796 de la provincia de Río Negro adhiere a esta guía alegando en su art. 3 la vigencia de una resolución que nunca se firmó, como vimos al comienzo. Ahora bien, la ciudad de Cipolletti está en Río Negro. ¿Se puede creer que es la misma provincia donde el médico Leandro Rodríguez Lastra está siendo procesado por no haber ejecutado a un bebé mediante un aborto?

Rodríguez Lastra será llevado a juicio oral en una semana… por no haber realizado una práctica que el sentido común reprueba como asesinato, que la Academia Nacional de Medicina condena como anti médica, que la ley Argentina castiga como delito, en el marco de una situación que no provocó él sino la propia mujer, cuando intentó abortar… ¡Acusado de violentar una ley provincial cuyo art. 3 invoca una resolución que jamás fue firmada!

[1] https://www.youtube.com/watch?v=2SWrlwdKgsI

[2] https://anm.edu.ar/wp-content/uploads/2018/07/1.pdf

[3] https://anm.edu.ar/wp-content/uploads/2018/07/Deshumanizaci%C3%B3n-en-la-medicina.pdf

[4] https://www.lmcipolletti.com/fiscalia-pide-mano-dura-medico-y-quiere-juzgarlo-n609745

[5] https://www.cij.gov.ar/nota-4559-Denuncian-al-ministro-de-Salud-por-apolog-a-del-delito.html

[6] https://www.lapoliticaonline.com/nota/nota-66895/

 

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El debate ideológico y político, un tablero de Ajedrez. Verdad y Poder

Los debates y controversias ideológicas nunca son ideológicas. Quienes nos aproximamos a la filosofía, quienes nos animamos a filosofar, sabemos de la mano de Santo Tomás de Aquino que la razón nunca actúa sola, que los sentidos, las pasiones, los impulsos e inclusos los instintos no son autónomos, y que todo en el hombre es “humano”. Esto quiere decir, ni más ni menos, que el mismo aprendizaje -que tiene su centro en la inteligencia, que es inmaterial- es un suceso emocional. Aprendemos más fácilmente cuando tenemos la disposición emocional de aprender (todos recordamos a esas señoritas encantadoras de la Primaria que nos hacían sentir como coches de Fórmula Uno). Los debates y controversias también participan de este carácter humano: no son dos fríos intelectos los que discuten ni son dos puras animalidades las que entran en pugna. Son dos hombres, con su inteligencia, su razón pero también sus emociones, sus pasiones y hasta sus miedos.

Como en el Ajedrez.

En el juego-ciencia, la práctica, la habilidad, la inteligencia aplicada, el manejo de las estrategias es determinante. Pero no es lo único. Porque uno juega al Ajedrez y ahí refleja quién es; primero por el Ajedrez mismo, pero también porque en todos los juegos de alguna manera nos revelamos. En los juegos nos mostramos como somos, y es quizás el Ajedrez uno de los que nos permita entender mejor la compleja realidad social y política en nuestro país. Porque la Argentina está atravesada por varios discursos, por complejas ideologías y por robustas doctrinas. Todas ellas tienen un elemento teórico, sincero o no, realista o no, pero al ser encarnadas por personas de carne y hueso, cada uno de ellos le imprime a estas ideas la marca especial de su propia individualidad. Al igual que cuando movemos los peones. De la misma manera que cuando adelantamos un alfil blanco para amenazar el campo de las negras. ¡Cuántas veces, envalentonados por una buena jugada, nos confiamos, nos desbocamos en el ataque y terminamos perdiendo una buena posición o fichas clave! Como dice mi santa madre, menos es más.

También pasa lo mismo en la política y en las controversias ideológicas. No son robots los que discuten, los que tejen alianzas partidarias, los que se asocian para lograr sus propios fines. Son personas, somos personas que al tomar una decisión involucramos elementos tanto conscientes como ocultos. Como dice Jürgen Klaric, especialista mundial en ventas, la acción de vender debe apuntar a cubrir -para ser eficaz- “la necesidad antropológica inconsciente” de una persona. ¿Y no es verdad que nosotros “compramos” una idea, una ideología, un discurso?

Hasta aquí, creo que todos podemos estar de acuerdo en el 100% de lo anterior. Pero trascendamos el plano psicológico. Porque la salud de la persona no se define por la alineación de sus actos con sus ideas, lo cual es condición necesaria pero no suficiente. Porque esas ideas deben estar alineadas con la verdad de las cosas, con la veritas rerum, como dice la tradición filosófica realista. Porque digamos algo con todas las letras, aunque pueda sonar antipático para los oídos píos de cierta gente. Antonio Machado podrá ser muy eufónico con su “Caminante, no hay camino”, podemos sentirnos gigantes escuchando a Serrat interpretando estos versos, pero estos versos no nos inspiran a ser mejores. Si se sabe ver, nos transmiten desesperación, indiferencia doctrinal; nos transmiten un espíritu resabiado de relativismo, con dosis calculadas de escepticismo. Porque si no hay un camino mejor que otro, un camino preferible a otro, un camino objetivamente bueno, no hay verdad. Y estaríamos en el Reino de la Opinión donde las ideas y posiciones no valen en función de su correspondencia con la realidad sino en virtud del poder que me den. Pero eso, ¿no establece el despotismo más abyecto? Amparados en el puro ejercicio poder, sin norte ni brújulas éticas objetivas, ¿qué lugar queda para la Justicia?

¿Dónde está más protegido el débil? ¿En la Ciudadela de la Verdad y la Justicia absolutas (así, con mayúscula) o en el Reinado de la Mayoría, donde predomina la Sacrosanta Cantidad?

Una posición cómoda para los libros pero impracticable en la realidad: ¿o acaso aceptaríamos que nuestro jefe no nos pague nuestro sueldo? Si nuestro empleador se negase a hacerlo, seguramente le diríamos que debe abonar los honorarios de nuestro trabajo “porque es lo que corresponde”. Ahora bien, lo que corresponde es lo justo. ¿Y si nuestro jefe nos escupe en la cara la perversa filosofía de Machado, según la cual no hay justicia verdadera sino puntos de vista? ¿Qué le impide decirnos “Lo que corresponde está sujeto a cambios y pautas culturales, válidas para ciertas épocas y ciertos lugares de la humanidad, y casualmente mi empresa no es uno de ellos”? ¿Por qué debería pagarnos si la verdad no existe, si la justicia es una convención, si no hay “un camino” éticamente bueno?

El debate sobre el aborto, impulsado por el oficialismo a principios del año pasado, es el escenario más descarnado de este Relativismo. El débil es el niño por nacer, el máximamente desprotegido, ni gritar puede. Los números deciden si es legal o no descuartizarlo: las cantidades. Las cifras. Diputados y senadores falibles por separado que, por arte de magia, se vuelven infalibles en conjunto, como agudamente señaló esa gran cabeza que fue Juan Donoso Cortés. Y los políticos, del otro lado, contando cuántos porotos les reditúa presentarse de tal o cual manera. Cristina Fernández de Kirchner “descubriendo” que estaba a favor del aborto; Juan Manuel Urtubey apostando al progresismo luego de varios años de administración conservadora; Sergio Massa tejiendo alianzas políticas donde las ideas, los conceptos, los principios se subordinan a la acumulación de capital político. Mauricio Macri habilitando -al mejor estilo Poncio Pilatos- debatir sobre si el bebé en el vientre materno puede ser asesinado (o no), luego de haber sostenido -durante el Congreso Eucarístico Nacional, en Tucumán, junio 2016- las siguientes palabras: “Defiendo la vida desde la concepción hasta la muerte”.

La Verdad, la Justicia y el Poder parecen ir por caminos distintos. La pregunta es qué camino va a tomar usted, lector. ¿Se va a convertir en parte de la solución o en cómplice del problema?

Educación, aprendizaje y aburrimiento – ¿Cómo evitar que los niños se aburran en la escuela?

Educación, aprendizaje y aburrimiento

¿Cómo evitar que los niños se aburran en la escuela?

 

El subtítulo de este artículo es un gancho, un anzuelo, porque deliberadamente plantea cómo evitar que los niños se aburran… cuando lo decisivo es entender por qué lo hacen.

Hace un tiempo, una educadora dijo “No existe el trastorno por déficit de atención, sólo niños aburridos”[1]. El niño se aburre por el mismo mecanismo, el mismo motivo, que el adulto. Se aburre cuando está sub-utilizado.

Como todas las actividades, el ser humano necesita realizarlas dentro de un abanico que va desde la sub-utilización hasta la sobre-utilización. Cuando realizamos una actividad muy por debajo de nuestras posibilidades, nos sentimos mental y físicamente infravalorados. Si ponemos a una persona normal a que haga picar en el suelo una pelota de básquet durante 2 minutos, como parte de una entrada en calor, y luego combinamos este ejercicio con otros, es una cosa. Si en cambio lo dejamos picando la pelota durante media hora, se morirá de aburrimiento y comenzará a odiar lo que está haciendo y por supuesto a sí mismo (si no abandona la actividad con desprecio mucho antes). Los entrenadores saben que tienen que incrementar la dificultad para mantener activa la atención, y entonces cambian de ejercicio o procuran que –por ejemplo– se arroje la pelota con cada vez más potencia, de modo de elevar el gasto de esfuerzo. Lo que sea, pero la monotonía tiene que tener un límite.

El mismo principio se aplica al campo del estudio y el conocimiento.

Muchos niños inteligentes, o al menos mejor preparados que sus compañeros, se aburren de manera trágica en las clases. Y uno de los motivos, no el único ciertamente, es que los contenidos no les son desafiantes ni estimulantes. Pero evitemos ante todo la demagogia muchachista: no queremos decir –como parecen insinuar un sinfín de “especialistas” en la educación– que el docente debe ponerse una nariz colorada y hacer el payaso, perdiendo el rabo por mantener los ojos de los chicos sobre sí. Lo que tiene que hacer el docente, muy por el contrario, es brindar un contenido más dificultoso para el intelecto, un objeto suficientemente provocativo para la inteligencia de aquellos niños que –por el motivo que sean– la han desarrollado más.

El problema es que, como una manta corta, al taparnos el pecho nos destapamos los pies. Y el docente, al brindar contenidos más complejos, quizás atraiga la atención de los alumnos más aventajados. Pero será entonces la otra porción de niños, la que no ha desarrollado por el momento tanta capacidad, la que quede rezagada. Y tendremos el problema inverso: sobreactividad. ¿Qué hormona se genera cuando nos situamos ante un desafío que supera las habilidades que sentimos que poseemos? Cortisol. O sea, generamos stress. Es decir, tendríamos a niños frente a un desafío que está por debajo de las propias habilidades que perciben tener, aunque efectivamente -y luego de una adecuada instrucción- puedan ellos llegar a superarlo.

Como docente, nuestro objetivo es calibrar el contenido para mantener a nuestros alumnos en cierto punto, equidistante tanto al stress como al aburrimiento. Los padres deben estar muy interesados en capacitar a sus hijos para que estos no se conviertan en lastres que demoren el aprendizaje de los demás. Asimismo, la experiencia atestigua que la mala conducta de algunos alumnos encuentra su explicación psicológica –no su justificación moral– en el aburrimiento.

 

[1] https://www.abc.es/familia-educacion/20131029/abci-maria-acaso-reduvolution-201310281621.html