Israel también mata cristianos – Por Juan Manuel de Prada

Israel también mata cristianos

Juan Manuel de Prada

21 de julio de 2025

El pasado 17 de julio, un tanque israelí disparó contra la iglesia de la Sagrada Familia, único templo católico de Gaza, matando a tres personas e hiriendo a otras diez, entre ellas al párroco Gabriel Romanelli, un valeroso sacerdote argentino que ha decidido correr la misma suerte que sus feligreses; un auténtico testigo de Cristo a quien, si el periodismo no hubiese muerto, todos los medios españoles habrían entrevistado, para que contase de primera mano los horrores de las masacres israelíes contra población civil indefensa. Pero los medios españoles prefieren abastecernos con propaganda sionista.

No era la primera vez que la iglesia de la Sagrada Familia sufría ataques del ejército israelí. En la Navidad de 2023, un francotirador mató a dos mujeres cristianas, madre e hija, mientras rezaban. Y en julio de 2024, un bombardeo contra la escuela aneja a la parroquia asesinó a cuatro personas allí refugiadas. Entonces el sacamantecas Netanyahu justificó este crimen alevoso aduciendo que el lugar era utilizado como escondite por Hamás (algo que el Patriarcado Latino de Jerusalén negó); ahora, este criminal asegura que el proyectil de tanque que mato a tres personas e hirió a otras diez se trataba de «munición extraviada». El Patriarcado Latino lo ha desmentido, señalando que el tanque apuntó directamente a la iglesia, a sabiendas de que era un lugar sagrado que albergaba civiles inocentes. Y Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, ha declarado que estos hechos podrían interpretarse como un ataque intencionado y de «extrema gravedad» contra la comunidad cristiana.

No sólo en Gaza Israel mata cristianos palestinos. Los ataques de ‘colonos judíos’ (o sea, ocupantes ilegales) en connivencia con el ejército israelí contra cristianos en Cisjordania son constantes. El pasado 7 de julio, un grupo de ‘colonos’ incendió en Taybeh, localidad cisjordana enteramente cristiana, el cementerio bizantino y la iglesia de San Jorge, donde conviven los cultos greco-ortodoxo, latino y melquita. Antes, ya se habían producido todo tipo de agresiones en la localidad, incluida la quema de olivares y la matanza del ganado con el que los lugareños se ganan la vida. El patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, y el patriarca greco-ortodoxo, Teófilo III, han denunciado estas agresiones constantes y acusado a las autoridades israelíes de garantizar su impunidad. En general, allá donde existe presencia cristiana en Cisjordania, se prodigan asesinatos y vejaciones, amenazas y humillaciones por parte de los ‘colonos’ judíos, muchos de los cuales se justifican diciendo que no hacen sino seguir a rajatabla los mandatos del Talmud, que les exigen exterminar o someter a los cristianos.

Israel también está matando cristianos en Palestina. Y su sangre caerá sobre las cabezas llenas de serrín y propaganda sionista de ese catolicismo pompier que finge ignorarlo, justificando con su silencio el genocidio palestino.

Gentileza ABC Opinión

 

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El aberrante Milei – Por Juan Manuel de Prada

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El aberrante Milei

Por Juan Manuel de Prada

Con ese tonito orate y baladrón que lo caracteriza, Milei ha afirmado durante su visita reciente a España que «la idea de la justicia social es de resentidos, envidiosos, algo aberrante, porque implica un trato desigual ante la ley, porque implica violencia, porque para hacer una política redistributiva se lo tienen que robar a otro». Son afirmaciones repugnantes que, al parecer, triunfan entre la derechita valiente. Pero la justicia social es un instrumento necesario para alcanzar el bien común, que es el fin y la razón de ser de la política verdadera. Y el bien común –que no debe confundirse, por supuesto, con el bien de la mayoría, ni con el «interés general»– exige la conservación de la armonía social; exige la búsqueda constante del bien de los demás como si fuese el bien propio.

Por ello, como señala Pío XI en su encíclica Quadragesimo Anno, es «necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados». Y, por supuesto, cuando se dan circunstancias de injusticia, el Estado tiene la obligación de intervenir allá donde el principio de subsidiariedad no alcance, para asegurar una justa distribución de los recursos que atienda a los méritos y necesidades de cada uno, incluida la recaudación de impuestos, que debe regirse por los criterios de solidaridad, racionalidad y equidad, así como por el rigor e integridad en la administración y en el destino de los mismos (algo que, desde luego, en regímenes políticos inicuos como el que padecemos no está garantizado).

Naturalmente, la justicia social no justifica el intervencionismo enfermo del Estado, que disminuye la iniciativa creadora y, aunque pueda parecer favorable a la masa, es a la postre contrario al bien común, por condenar a la ruina a las generaciones venideras. La justicia social deja de serlo cuando pretende extender la igualdad en aquello que los hombres son naturalmente desiguales; pues, además de desanimar la iniciativa privada, produce una mentalidad mezquina y perezosa entre sus beneficiarios.

La justicia social, a la postre, sólo la pueden llevar a cabo gobernantes que dan ejemplo de justicia en todas sus actuaciones; pues de lo contrario se llega a esa situación propia de nuestro inicuo régimen político, en donde todos reclaman justicia sin que nadie tenga la obligación de ser justo (exactamente la situación que favorece a los demagogos).

Nada favorece tanto el ascenso de los demagogos, sin embargo, como estas machadas aberrantes de la derechita valiente. «Estamos incomodando a los rojitos de todo el mundo», ha aseverado petulantemente Milei; no, pobre bocazas, lo que estáis haciendo es fabricarlos en serie, lo mismo que a resentidos y envidiosos, con vuestras machadas.

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