MANIPULACIÓN DEL LENGUAJE Y ABORTO – Entrevista conjunta con el Prof. Lucas Carena

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Lenguaje, Ideología y Poder. Psicopolítica y Guerra Semántica

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Teísmo, Deísmo y Ateísmo. ¿La ciencia es contraria a la fe?

El punto en cuestión es la existencia de Dios.

El teísta responde que sí, el ateo responde que no.

El deísta responde afirmativamente pero ese Dios al que reconoce no es “Alguien” sino “Algo”. Una fuerza, impersonal, un impulso, una energía, que ha generado todas las cosas.

Y por otro lado, está la ciencia.

Y la fe.

Las contradicciones nunca son entre “ciencia y fe” sino entre los científicos y los creyentes. Entre algunos científicos, debo decir. Pues hay científicos que no sólo no vieron contradicción ni incompatibilidad entre la ciencia y la existencia de Dios –una verdad capital de la fe– sino que, más aún, esa aceptación de la divinidad los impulsaba a investigar más y más. Antonio Fernández-Rañada, catedrático de la facultad de Física de la Universidad Complutense de Madrid y físico, sostiene: “Para una parte de la opinión pública y del mundo intelectual la Ciencia se opone necesariamente a la fe en Dios y los científicos son todos necesariamente ateos. Pero hay quien lo ve de otra manera, asegurando que la Ciencia puede acercar al hombre a Dios pues le permite comprender mejor su obra, del mismo modo que quienes tienen educación musical aprecian mejor un cuarteto de Beethoven”.

Max Planck, padre de la Teoría Cuántica y Premio Nobel de Física en 1918, sostuvo: “a partir de lo que la Ciencia nos enseña, en la naturaleza hay un orden independiente de la existencia del hombre, un fin al que la naturaleza y el hombre están subordinados. Tanto la religión como la Ciencia requieren la fe en Dios. Para los creyentes, Dios está al principio y para los científicos al final… Entre Dios y la Ciencia no encontramos jamás una contradicción”.

Por otra parte, la dificultad principal para el ateo –quien afirma que Dios no existe– es precisamente que, al afirmarlo, está diciendo que SABE que Dios no existe. ¿Cómo puede saberlo? Es mucho más lógico sostener que ignora su existencia.

El deísta no está en mejor posición porque –si bien admite la divinidad– incurre en una contradicción con el principio de causalidad. En efecto, en la visión deísta, el universo es producido por algo. Sin embargo, dentro de este universo, hay personas. Nosotros. Hay alguien, no solamente existen “cosas”. No sólo hay objetos, hay personas. Hay un yo–tú. ¿Cómo podría un proceso impersonal generar seres personales?

El teísta, finalmente, al inferir la existencia de una Mente Inteligente a partir de la inteligencia que observa en la realidad –la naturaleza, en efecto, está inteligentemente diseñada–, infiere asimismo que esta Mente es una Persona. Y resuelve el dilema del deísta: porque no es contradictorio que un ser personal genere seres personales.

Las certezas racionales del teísta son perfectamente congruentes con las verdades de la fe, la cual –rectamente entendida– no humilla la razón del hombre ni compromete en nada la actividad de la inteligencia, que (en esencia) sigue siendo la contemplación desinteresada de la verdad de las cosas, la admiración por el ser, el deleite por saborear la racionalidad ínsita en el universo. Antes bien, la fe –que llega a la persona por el oído– purifica y eleva la razón natural del hombre.

 

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  • La fe católica, el ateísmo y la teoría del Big Bang
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·        La teoría evolucionista y la creación del hombre – Análisis del conocido fragmento 29 de la encíclica Humani Generis de Pío XII
https://apologetica-argentina.blogspot.com/2016/05/la-teoria-evolucionista-y-la-creacion.html
  • Ciencia, Filosofía y Fe

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El debate ideológico y político, un tablero de Ajedrez. Verdad y Poder

Los debates y controversias ideológicas nunca son ideológicas. Quienes nos aproximamos a la filosofía, quienes nos animamos a filosofar, sabemos de la mano de Santo Tomás de Aquino que la razón nunca actúa sola, que los sentidos, las pasiones, los impulsos e inclusos los instintos no son autónomos, y que todo en el hombre es “humano”. Esto quiere decir, ni más ni menos, que el mismo aprendizaje -que tiene su centro en la inteligencia, que es inmaterial- es un suceso emocional. Aprendemos más fácilmente cuando tenemos la disposición emocional de aprender (todos recordamos a esas señoritas encantadoras de la Primaria que nos hacían sentir como coches de Fórmula Uno). Los debates y controversias también participan de este carácter humano: no son dos fríos intelectos los que discuten ni son dos puras animalidades las que entran en pugna. Son dos hombres, con su inteligencia, su razón pero también sus emociones, sus pasiones y hasta sus miedos.

Como en el Ajedrez.

En el juego-ciencia, la práctica, la habilidad, la inteligencia aplicada, el manejo de las estrategias es determinante. Pero no es lo único. Porque uno juega al Ajedrez y ahí refleja quién es; primero por el Ajedrez mismo, pero también porque en todos los juegos de alguna manera nos revelamos. En los juegos nos mostramos como somos, y es quizás el Ajedrez uno de los que nos permita entender mejor la compleja realidad social y política en nuestro país. Porque la Argentina está atravesada por varios discursos, por complejas ideologías y por robustas doctrinas. Todas ellas tienen un elemento teórico, sincero o no, realista o no, pero al ser encarnadas por personas de carne y hueso, cada uno de ellos le imprime a estas ideas la marca especial de su propia individualidad. Al igual que cuando movemos los peones. De la misma manera que cuando adelantamos un alfil blanco para amenazar el campo de las negras. ¡Cuántas veces, envalentonados por una buena jugada, nos confiamos, nos desbocamos en el ataque y terminamos perdiendo una buena posición o fichas clave! Como dice mi santa madre, menos es más.

También pasa lo mismo en la política y en las controversias ideológicas. No son robots los que discuten, los que tejen alianzas partidarias, los que se asocian para lograr sus propios fines. Son personas, somos personas que al tomar una decisión involucramos elementos tanto conscientes como ocultos. Como dice Jürgen Klaric, especialista mundial en ventas, la acción de vender debe apuntar a cubrir -para ser eficaz- “la necesidad antropológica inconsciente” de una persona. ¿Y no es verdad que nosotros “compramos” una idea, una ideología, un discurso?

Hasta aquí, creo que todos podemos estar de acuerdo en el 100% de lo anterior. Pero trascendamos el plano psicológico. Porque la salud de la persona no se define por la alineación de sus actos con sus ideas, lo cual es condición necesaria pero no suficiente. Porque esas ideas deben estar alineadas con la verdad de las cosas, con la veritas rerum, como dice la tradición filosófica realista. Porque digamos algo con todas las letras, aunque pueda sonar antipático para los oídos píos de cierta gente. Antonio Machado podrá ser muy eufónico con su “Caminante, no hay camino”, podemos sentirnos gigantes escuchando a Serrat interpretando estos versos, pero estos versos no nos inspiran a ser mejores. Si se sabe ver, nos transmiten desesperación, indiferencia doctrinal; nos transmiten un espíritu resabiado de relativismo, con dosis calculadas de escepticismo. Porque si no hay un camino mejor que otro, un camino preferible a otro, un camino objetivamente bueno, no hay verdad. Y estaríamos en el Reino de la Opinión donde las ideas y posiciones no valen en función de su correspondencia con la realidad sino en virtud del poder que me den. Pero eso, ¿no establece el despotismo más abyecto? Amparados en el puro ejercicio poder, sin norte ni brújulas éticas objetivas, ¿qué lugar queda para la Justicia?

¿Dónde está más protegido el débil? ¿En la Ciudadela de la Verdad y la Justicia absolutas (así, con mayúscula) o en el Reinado de la Mayoría, donde predomina la Sacrosanta Cantidad?

Una posición cómoda para los libros pero impracticable en la realidad: ¿o acaso aceptaríamos que nuestro jefe no nos pague nuestro sueldo? Si nuestro empleador se negase a hacerlo, seguramente le diríamos que debe abonar los honorarios de nuestro trabajo “porque es lo que corresponde”. Ahora bien, lo que corresponde es lo justo. ¿Y si nuestro jefe nos escupe en la cara la perversa filosofía de Machado, según la cual no hay justicia verdadera sino puntos de vista? ¿Qué le impide decirnos “Lo que corresponde está sujeto a cambios y pautas culturales, válidas para ciertas épocas y ciertos lugares de la humanidad, y casualmente mi empresa no es uno de ellos”? ¿Por qué debería pagarnos si la verdad no existe, si la justicia es una convención, si no hay “un camino” éticamente bueno?

El debate sobre el aborto, impulsado por el oficialismo a principios del año pasado, es el escenario más descarnado de este Relativismo. El débil es el niño por nacer, el máximamente desprotegido, ni gritar puede. Los números deciden si es legal o no descuartizarlo: las cantidades. Las cifras. Diputados y senadores falibles por separado que, por arte de magia, se vuelven infalibles en conjunto, como agudamente señaló esa gran cabeza que fue Juan Donoso Cortés. Y los políticos, del otro lado, contando cuántos porotos les reditúa presentarse de tal o cual manera. Cristina Fernández de Kirchner “descubriendo” que estaba a favor del aborto; Juan Manuel Urtubey apostando al progresismo luego de varios años de administración conservadora; Sergio Massa tejiendo alianzas políticas donde las ideas, los conceptos, los principios se subordinan a la acumulación de capital político. Mauricio Macri habilitando -al mejor estilo Poncio Pilatos- debatir sobre si el bebé en el vientre materno puede ser asesinado (o no), luego de haber sostenido -durante el Congreso Eucarístico Nacional, en Tucumán, junio 2016- las siguientes palabras: “Defiendo la vida desde la concepción hasta la muerte”.

La Verdad, la Justicia y el Poder parecen ir por caminos distintos. La pregunta es qué camino va a tomar usted, lector. ¿Se va a convertir en parte de la solución o en cómplice del problema?

Ciencia, Filosofía y Fe

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Neurociencias y dimensión sensitiva de la persona (colaboración para SITA Joven)

Neurociencias y dimensión sensitiva de la persona

 

Tomando prestado un término de otro contexto, esta dimensión es la primera que se advierte desde los primeros momentos de la vida de un niño, como se aprecia en las ecografías que las mujeres se practican: mientras que las características físicas se encuentran a flor de piel, la inteligencia del infante parece estar en un estado como de somnolencia. Con el despertar de la razón en torno a los 6 y 7 años, muchos admiten de forma inexcusable la aparición de la inteligencia humana. Sin embargo, un análisis más fino de este asunto revela que la sensibilidad –en ninguna etapa de la vida– tiene lugar sin conexión con el intelecto. Al contrario: ella está como transfigurada por la inteligencia, de forma tal que con el paso del tiempo el espíritu puede participar e influir de manera cada vez mayor en las potencias inferiores. Educar es, precisamente, fomentar, acompañar y propiciar una mayor presencia del alma en lo sensible, bañándolo con su luz.

La persona humana debe su dimensión sensitiva al cuerpo. Un cuerpo que está unido a su alma de manera substancial: no tiene lugar una yuxtaposición, como si se tratase de sustancias individuales distintas, sino única substancia. Si profundizamos este análisis, descubrimos dos co-principios en el hombre, esto es, en nosotros mismos: la materia prima y la forma sustancial. Ambos –MP y FS– no son “cosas” sino realidades que hacen posibles las cosas[1]. La materia prima como potencia, la forma sustancial como acto.

El carácter “potencial” de la materia se verifica, por ejemplo, en el conocimiento que las personas tenemos del mundo. En efecto, en virtud de los cinco sentidos externos, el ser humano se pone en contacto con la realidad. Entre ellos, siguiendo el aserto de Aristóteles, destacamos el oído: “El logos entra por el oído”. De hecho, el primer órgano que el niño desarrolla –ya desde el seno materno– es precisamente el oído: los latidos del corazón y el fluir de la sangre de la propia madre son como los acordes de esa primera “composición musical” que perciben los infantes. Hay estudios científicos que revelan cómo toda música placentera para los padres estimula a su vez el cerebro del bebé, facilitándole adquirir el lenguaje más adelante[2]. Esto explica que la sordera, cuando tiene lugar en edades muy tempranas, constituya un serio obstáculo para desarrollar el habla. Las cosas reales nos “determinan”, nos hacen pasar de la potencia al acto por medio de esa suerte de ventanas que son los sentidos externos.

Sin embargo, en este primer nivel de captación, aún estamos “lejos” de un conocimiento universal, válido y posible de aplicar a muchas objetos. De ahí la mediación de otros sentidos, los sentidos internos. Gracias a ellos, lo recibido –en ese primer contacto con la realidad– comienza a “perder” las condiciones particulares e individuantes, impedimento para revelar su universalidad. Hay, es verdad, una real mediación de la sensibilidad y de las potencias humanas; hay un “camino”, un “recorrido” entre las primeras percepciones sensibles, particulares, y la “expresión” del verbo o concepto mental, cuya validez es universal.

Ahora bien, esta progresiva ‘desmaterialización’ de las primeras e iniciales percepciones no ocurre por la sola virtud de las mismas. Lo sensible –por sí mismo– no tiene la capacidad de llegar a lo espiritual (al igual que la pluma no puede, por sí sola y sin estar sujeta por una mano, escribir una canción o una poesía). Se arriba a lo espiritual en virtud del entendimiento humano: lo sensible –bajo la luz del llamado intelecto agente– es abstraído y despojado finalmente de sus condiciones materiales individuantes. Luego, el intelecto ‘paciente’ será “fecundado” por este fruto y, así, estará en condiciones de formular el concepto, que es como “el hijo” o “vástago” de la inteligencia. Concepto por el cual –y no “en el cual”– el hombre conoce la realidad.

La mediación entre las percepciones sensibles y el concepto podría llevarnos a pensar en una suerte de hiato. Se podría objetar que, si se dan escalonadamente estos pasos, el hombre entonces no conoce la verdad sino únicamente un pensamiento generado por él mismo. Mons. Derisi –desde las páginas de su Doctrina de la inteligencia: de Aristóteles a Santo Tomás– sale al paso de esta objeción. En efecto, Derisi reconoce una mediación psicológica: hay un tránsito entre la materialidad y el concepto. Sin embargo, distingue entre lo gnoseológicamente inmediato (salvando la veracidad de nuestros conceptos) y el carácter indirecto del conocimiento humano (en tanto extrae de los sentidos la verdad de las cosas). De esta manera, nada impide que nuestro conocimiento sea inmediato y, a la vez, indirecto. Es justamente en este cosmos semántico que no sólo es legítimo sino necesario incorporar todos los descubrimientos de la Neurociencia: la luz que esplende de estos principios aristotélico–tomistas hace posible que cada uno de estos avances científicos ocupe sobriamente su lugar, iluminando así una faceta más de ese misterio al que llamamos hombre, nosotros mismos.

 

[1] Es evidente que los principios de las cosas no pueden, a su vez, ser cosas. De lo contrario, nuestra explicación quedaría viciada en su raíz, pretendiendo explicar una cosa por ella misma.

[2] http://www.lanacion.com.ar/671610-escuchar-musica-ayuda-a-que-los-bebes-aprendan-mejor-a-hablar