¿Unirnos bajo el término “derecha”?: Respuesta contrarrevolucionaria a Agustín Laje

¿Unirnos bajo el término “derecha”?: Respuesta contrarrevolucionaria a Agustín Laje

 

Por Juan Carlos Monedero (h)

Lic. en Filosofía UNSTA

 

         En una entrevista reciente, Agustín Laje propuso que todas las personas que seamos contrarias al progresismo –hoy dominante en los medios de comunicación, en las leyes, en las cátedras universitarias– nos unifiquemos bajo el término “derecha” para mejor librar el combate.

En efecto, desde un nuevo video[1] sostuvo ciertos conceptos y propuestas en torno al lenguaje que debe utilizarse en la batalla cultural. Por habernos ocupado de estos temas en “Lenguaje, Ideología y Poder. La palabra como arma de persuasión ideológica: cultura y legislación” (ediciones 2015, 2016 y 2019), tomamos el guante que nos ofrece.

         El objetivo de Laje es reunir a una mayor cantidad de personas contrarias al progresismo (o sea: aborto, ideología de género, eutanasia, legalización de la drogas, lobby gay, etc.) bajo el mote de “derecha”, y así poder plantear una mejor batalla a esas nefastas prácticas e ideas.

Respondemos que el fin buscado conspira contra el medio elegido, y por tanto no estamos de acuerdo con esta propuesta de Agustín Laje. Pasamos a detallar.

 

El planteo de Agustín Laje: unirnos en la categoría “derecha”

El punto de apoyo de esta propuesta es una descripción que Laje hace ya al principio del video. Él retrata los distintos grupos “anti progresistas” y explica el origen de sus diferencias de una forma un tanto odiosa y hasta injusta. Según él, se trata de diferencias que califica de “menores” porque a él le parecen menores, a fin de invitarnos luego a dejarlas de lado en aras de un “objetivo común”. ¿Por qué? Porque, según sus palabras, la política sería el arte de “acercar a los similares” y no a los idénticos.

Este es el punto de partida del análisis de Laje.

Así, parecería que tener principios innegociables y buscar asociarse con quienes los sostienen, sería una búsqueda cuasi sectaria “de los idénticos”. Parecería que estos grupos convierten causas opinables en absolutas, parecería que son ellos los grandes culpables de la falta de unidad. Parecería que somos los responsables, por no unirnos, de que el enemigo avance (¡!). Parecería que deberíamos dejarnos de jorobar con diferencias teóricas y allanarnos, unificándonos bajo el paraguas del término DERECHA.

 

¿Cantidad vs. Calidad?

Laje dice que “la política es el arte de acercar a los similares y no a los idénticos”. Pero la política no es esto, no es ni una cosa ni la otra. La política se define por la búsqueda del bien común. Así lo dijo Benedicto XVI: La justicia es el objeto y, por tanto, también la medida intrínseca de toda política. La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y su meta están precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética”.

Es un concepto cualitativo, y no cuantitativo. Siendo este el punto de partida de Laje, todo el resto del planteo queda fuertemente afectado por el sesgo de la premisa inicial. El abordaje está herido, desde el vamos, por una análisis cuantitativo del asunto.

Él propone y reivindica la dicotomía “derecha-izquierda”; probablemente sea cierto que la suma de todas las personas anti progresistas bajo el término DERECHA desemboque en una cantidad mayor que esas mismas fuerzas por separado. Sí. ¿Y? La cantidad no es la que dirige el mundo. Adoptar esta dicotomía traería, además, otros problemas. La disyuntiva “derecha vs. izquierda” simplifica los complejos problemas sociales, económicos y políticos. Es un esquema reduccionista, maniqueo, el cual –independientemente de su nacimiento en la sangrienta y criminal Revolución Francesa–, hoy sirve a la causa de la confusión mental. En otras palabras: sería una ventaja desde el punto de vista de la cantidad pero un salvavidas de plomo desde la calidad.

 

¿Hacernos cargo de “la derecha”?

Por otro lado, si nos llevamos de la propuesta de Agustín Laje estaríamos “haciéndonos cargo” de todo el contenido del término Derecha, indiscriminadamente. La confusión sería aún mayor.

Con “hacernos cargo” no nos referimos al contenido que el periodismo progremarxista le asigna a la palabra “derecha”. No: nos referimos al contenido que los propios derechistas reivindican. ¿Por qué tenemos que asumir como propias decisiones del Gobierno de los Estados Unidos respecto de las Guerras en el Medio Oriente? ¿Por qué tendríamos los argentinos que incorporar a Ronald Reagan o a la cínica Margaret Thatcher, a quien no le tembló el pulso para hundir al Crucero General Belgrano, aquel 2 de mayo de 1982, donde perdieron la vida 323 tripulantes argentinos? ¿Por qué debemos hacernos cargo de las decisiones de la Administración Bush y el apoyo norteamericano a Israel? ¿Por qué tenemos que hacernos cargo de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, o la masacre de las ciudades alemanas de Hamburgo y Dresde, donde murieron decenas de civiles en una noche? ¿Por qué debemos entregarnos maniatados a la tiranía de un término en nombre del cual el Gobierno Militar, en la Argentina de 1976-1983, desfinanció las empresas nacionales, hostigó publicaciones verdaderamente patriotas como Cabildo, y entregó el capital nacional a empresas extranjeras?

¿Tenemos que hacer este “harakiri mental”, pasando por alto todo esto, porque el progresismo hoy prevalece en los medios de comunicación? Más que una propuesta, parece un chantaje: suena a como estamos perdiendo y estamos de rodillas, no les queda otra que aceptar lo que sin duda no aceptarían si estuvieran de pie.

Es un hecho que los que somos adversarios del progresismo estamos desunidos y dispersos; es un hecho que tenemos enemigos comunes, rechazos en común y pocos principios positivos compartidos. Pero el remedio no puede ser peor que la enfermedad.

Si borramos todas las denominaciones y nos quedamos con “Somos de Derecha, ¿y qué? ¿Qué problema tenés?” nos estaríamos haciendo cargo de muchas injusticias (presentes y actuales) y de muchas ideas equivocadas. No sólo personajes y hechos históricos.

Así, por ejemplo, estaríamos asumiendo (implícita o explícitamente) que la intervención del Estado es siempre nefasta, que el mercado no puede jamás ser regulado sin injusticia moral –por mencionar algunas– y asumir esto sería contrario a la Doctrina Social de la Iglesia. En la Argentina, concretamente, consideramos que sería un suicidio intelectual asumir como propias las críticas (menores, accidentales o circunstanciales) del “gorilismo de derecha” al peronismo, por ejemplo.

No se puede enfrentar el error del progresismo lesbomarxista abortero desde el error de la derecha liberal pro-norteamericana. En otras palabras, unirnos para mejor luchar contra un enemigo común pero abandonando otras verdades no es honorable. Y a la larga, ni siquiera será práctico.

 

Hablarle “al taxista”

 Laje sostiene que no podemos usar –o que, al menos, sería tonto hacerlo– un lenguaje más elevado, y que “tenemos que hablarle al taxista”; o sea, al hombre común. Esta suposición que él desliza no está comprobada: ¿de dónde saca que “la causa” de que el hombre común, el taxista como él le dice, no se suma a la lucha contra el progresismo por culpa del lenguaje con que se le habla del tema? ¿No puede haber acaso otros motivos? ¿No puede existir un conjunto de motivos? ¿Cómo saberlo? ¿Por qué dar por sentado que el problema es ese? ¿A título de qué?

Al ser una presuposición gratuita, puede ser gratuitamente rechazada.

En este punto, esta idea de bajar el lenguaje para hablarle “al taxista” hace acordar precisamente al planteo católico-progresista de los años 60’: “bajemos el lenguaje para que la gente nos entienda y retorne a la Iglesia”. Lo hicieron: bajaron el nivel del lenguaje pero la gente se siguió yendo de los templos.

Ahora bien, primero tenemos que deshacer el equívoco. ¿A qué se refiere Laje cuando dice “su lenguaje”? Si por “el lenguaje del taxista” nos referimos al sentido común, estamos de acuerdo. Pero si en cambio nos referimos a las palabras desgastadas y engañosas de los medios de comunicación, mil veces no. Esto no queda claro en la entrevista.

Ahora bien, en última instancia lo que tenemos que hacer, en realidad, no es hablarle “al taxista” en su lenguaje sino elevar al hombre. Darle la oportunidad. Darle la oportunidad de descubrir por sí mismo todas las grandes mentiras del mundo moderno, confiando en que la inteligencia del taxista ES CAPAZ de comprender; confiando que en última instancia lo mejor de ese taxista está secreta pero indudablemente hermanado con la verdad de las cosas.

No podemos subestimar al taxista. Al contrario: tenemos que elevarlo, y considerar que SÍ ESTÁ capacitado para entender cuestiones complejas, propias de las Humanidades, y que si no las conoce será por falta de tiempo pero no por falta de capacidad. Tenemos que elevar al taxista, no achatar el discurso.

 

Más problemas del término “la derecha”

En recta filosofía, el pensamiento humano se define por su relación con la verdad, no por una posición locativa.

El discernimiento político se vuelve imposible con las palabras derecha e izquierda: en efecto, es fácil cuando hablamos de Stalin y Franco. Claro: Franco está a la derecha y Stalin a la izquierda. Pero el que no es tan marxista como Stalin, está a la derecha de Stalin, aunque siga siendo marxista. ¡Esto históricamente ocurrió, señores! El que es menos derechista que Franco, está a la izquierda de Franco, aunque sea de derecha. ¡También tuvo lugar! ¿Nos damos cuenta? Son categorías que no resuelven ni aclaran, al contrario. Confunden.

En ese sentido, ¿cómo no recordar aquella frase joseantoniana, según la cual la izquierda es nefasta porque quiere cambiarlo todo, incluso lo bueno, pero la derecha tampoco es una opción válida, porque quiere dejar todo como está, incluso lo malo?

 

No queremos ser “la derecha”, queremos ser fieles a la verdad

El criterio cuantitativo que Laje propone para la formación y unificación de los sectores anti progresistas es contrario no sólo a la mentalidad metafísica –que juzga las cosas según el paradigma de verdad vs. falsedad, bien vs. mal– sino contraria… ¡al mismo Laje!

En efecto, en TODOS los debates que Laje ha librado –generalmente acompañado por Nicolás Márquez– él apela a una mentalidad muy diferente a la del video que comentamos. En este video que habla de la organización del sector antiprogresista, Laje sostiene criterios utilitaristas. Pero en sus debates invoca argumentos propios de una visión metafísica de la realidad:

  • cuestiona a la ideología de género por anticientífica;
  • cuestiona el aborto como algo inmoral;
  • señala el feminismo como una falsedad,
  • critica el lobby gay como sostenedores de mentiras, etc.

 

En suma, utiliza palabras propias de la mentalidad metafísica.

Inexplicablemente, a la hora de procurar estrategias de asociación y unificación entre quienes resistimos el progresismo, Agustín Laje muta de criterio y abraza opciones utilitaristas.

Si es verdad, como lo es, que tenemos que luchar por imponer una categoría en los debates –o al menos popularizarla–, debemos restaurar el binomio verdad-falsedad, bien-mal.

Esto es auténticamente CONTRARREVOLUCIONARIO.

Son estos los términos que deben primar en toda conversación o discusión pública: restaurar las categorías propias del hombre metafísico. Recomponer estas categorías es la tarea que debemos hacer. Por eso, el gran ideólogo marxista Mao Tsé Tung –en su ensayo Sobre la contradicción– escribió:

“Es tarea de los comunistas denunciar esta falacia de los reaccionarios y de la metafísica, divulgar la dialéctica inherente a las cosas y acelerar la transformación de las cosas, a fin de alcanzar los objetivos de la revolución”.

 

También lo dijo uno de los intelectuales y referentes del abortismo, Darío Sztajnszrajber, al defender en el 2018 la práctica infame del aborto:

“Política, no metafísica”.

 

Agustín Laje, lamentablemente, en este punto al menos está diciendo lo mismo. Sólo que Darío es un zurdo desarreglado y Agustín es un hombre higiénico de derecha. Pero veamos lo que dice Darío: según él, no sirve discutir metafísica “ya que nunca nos vamos a poner de acuerdo”. Otra: “Saquemos a la verdad de la cuestión pública, pongámosla entre paréntesis”. Pero Laje también plantea este agnosticismo al menos en el nivel de organización del movimiento para combatir la progresía; por eso nos urge a que todos los anti progresistas nos unifiquemos –dejando de lado las diferencias teóricas y de principios– por un motivo de fuerza mayor: “enfrente tenemos al marxismo, al lobby gay, al feminismo, al abortismo”, o sea, a los orcos de Tolkien.

No dudamos de que enfrente estén esos orcos repugnantes, pero preferiríamos que nos urja a procurar conocer la verdad sobre los principios y sobre los temas que generan discusión, para librar así el buen combate. No a dejar de lado los principios en pos de la unidad. Se trata de algo parecido a lo que les decían los embajadores de Estados Unidos a los países no comunistas durante la Guerra Fría: “somos diferentes pero tenemos un enemigo en común: los soviéticos. Dejemos de lado las diferencias menores frente al enemigo mayor”. ¿Recordamos cómo terminó esa historia?

Y entonces, para Laje, “hay que unirse” porque eso es lo más práctico; estar discutiendo para llegar a la verdad sería como debatir el sexo de los ángeles mientras el Titanic se hunde. Esto es lo que parece decirnos en el video.

Pero no es así. Primero, porque debatir si vamos o no aceptar todas las injusticias históricas realizadas por personajes reivindicados por la derecha –y las ideas erróneas de la derecha– no es “debatir el sexo de los ángeles”. Es ser coherentes, es procurar la verdad y la justicia.

Y en segundo lugar, tengamos presente las palabras de Gilbert K. Chesterton: lo más práctico y útil es empezar discutiendo los principios, lo más operativo es empezar por los principios. Porque las preguntas mal contestadas no se esfuman. Porque lo que se patea para adelante, termina apareciendo después y es peor. Y porque, como dejó escrito Sun Tzú, el primer factor para valorar en una guerra es “la doctrina”[2].

Por tanto, aunque la actitud contestataria de Agustín Laje –cristalizada en “Soy de Derecha, no tengo miedo a que me lo digan, me la banco”– nos guste, y nos parezca necesaria como correctivo del complejo de inferioridad frente al progresismo, lo cierto es que tenemos que reunirnos en la Verdad. No en la Derecha.

Tenemos que sentir el orgullo de poder auto-afirmarnos como hijos y fieles custodios de la verdad, y no como derechistas.

Tenemos que salir de la dialéctica izquierda-derecha, no formar parte activa y gustosa de uno de sus elementos.

 

Objeciones al planteo contrarrevolucionario

Se podrá objetar a nuestra contra-propuesta –que quiere ser contrarrevolucionaria– que luchar por hacer prevalecer la disyuntiva “verdad vs. falsedad” y “bien vs. mal” es cándida e inconducente.

Se podrá objetar también que “es muy fácil decir: nos reunimos en la Verdad”, pero puesto que la Verdad no está tan clara en todos los temas, las discusiones seguirán indefinidamente.

Respondemos diciendo que esta contra-propuesta no es más cándida que la propuesta de Agustín Laje. Pero tiene esta diferencia esencial: no es utilitarista. Está basada en una posición, si se quiere, idealista, pero que intenta ser fiel a las esencias y a todas (no algunas) de las verdades en juego. En ese sentido es superadora porque no pretende ignorar las consecuencias injustas que, en la actividad económica, acarrea la primacía del capital por sobre la dignidad humana. Es superadora porque pretende salir de la dialéctica “liberalismo vs. colectivismo”, “derecha vs. izquierda”, y resolver las injusticias que el predominio del dinero ha traído al mundo. No resolverlas con una injusticia de signo contrario –como hace el marxismo– sino con la justicia propia que debe reinar en la política, cuyo objetivo es el bien común completo.

Y en su favor, esta propuesta se encuentra también apoyada por la experiencia histórica de los fracasos que fueron producto de dejar de lado la doctrina para concentrarse en la pura cantidad. Cuando los hombres dejaron de lado la teoría para unificarse, terminaron perdiendo no sólo la teoría sino también la unidad:

 

  • Así ocurrió en 1891, cuando León XIII decidió habilitar la formación de partidos políticos de católicos. Fracturó la resistencia a la democracia masónica y laicista. ¿Logró la unidad entre los católicos? No.
  • Así también pasó con algunos documentos del Vaticano II (1962-1965), que fueron redactados en forma deliberadamente ambigua (lo reconoce el cardenal Walter Kasper[3]), buscando soluciones de compromiso verbales, porque el deseo de Pablo VI era no presentar ante el mundo a una Iglesia dividida[4]. Los textos se aprobaron así, y luego los católicos se sacaron los ojos los unos a los otros, intentado determinar el significado de esos textos. Una batalla campal que dura hasta el día de hoy. Se prefirió la unidad a las definiciones doctrinales, y se terminaron perdiendo las dos.
  • Así ocurrió también en la Argentina con el peronismo a comienzos de los 70’. La derecha peronista, el peronismo de izquierda y el peronismo sindical se unificaron en el FREJULI. Sí, ganaron las elecciones de 1973 con el 63% de los votos. Sí, ganaron con la mayor ventaja numérica de la historia argentina. Pero el gobierno fue un caos, un caos político, social y económico. La etiqueta del peronismo los había unificado pero eso dejó de servir un minuto después de ganar las elecciones presidenciales.

 

Conclusiones

 La propuesta de Agustín Laje, más allá de sus intenciones, responde a un esquema pensado en términos de poder y eficacia. Entendámonos: no está mal buscar la eficacia. Es un deber pretender ser eficaces. No está mal tener o buscar poder. Está bien buscar poder para hacer el bien, y es un deber hacer un buen uso del poder que se tiene.

Pero no a cualquier precio. No al precio de sepultar la teoría para alcanzar la unidad. Porque vamos a perder la teoría y, tarde o temprano, perderemos también la unidad. De ahí que sea un deber para todos los contrarrevolucionarios procurar la unidad en la Verdad, y no sólo hacer la cómoda: plantear reparos al planteo derechista de Agustín Laje.

Porque Laje señala algo que indudablemente es cierto: el fraccionamiento de los grupos anti progresistas. Si los que somos partidarios de la contrarrevolución no nos unimos ACTIVA Y ORGANIZADAMENTE en los ideales contrarrevolucionarios, tarde o temprano los antiprogresistas van a confluir (de buena o mala gana) hacia la derecha. Y no los podremos culpar, máxime cuando el enemigo rabiosamente progresista no deja de crecer. Será inevitable que eso pase, será lógico que eso pase y en un sentido será culpa nuestra, por la falta de unidad en el campo contrarrevolucionario. El momento de actuar es hoy.

 

Más para leer sobre el tema:

Entrevista a Juan Carlos Monedero sobre el verdadero rostro de la nueva derecha liberal. Por Carlos Quequesana

 

NOTAS AL PIÉ DE PÁGINA

[1] Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=AxOTz08hW_4

[2] Cfr. https://www.biblioteca.org.ar/libros/656228.pdf

[3] Cfr. https://infovaticana.com/blogs/info-caotica/conversion-de-kasper-al-filo-lefebvrismo/

[4] Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=1-oYVgTnRvs (minutos 4 y ss.)

 

 

 

 

Guerrilleros del lenguaje, corruptores de la gente

Guerrilleros del lenguaje,

corruptores de la gente

 

Deploramos al murmurador, al que habla mal de otro a sus espaldas, al que difunde versiones no confirmadas, al que revela lo privado sin necesidad pública. Pero hay otro cáncer de la sociedad que es el profesor, el periodista, el abogado, el docente cuando hablan desde un lenguaje contaminado e intoxicado por la ideología. Incluso el médico.

La pragmática es aquella rama de la lingüística que estudia el significado de las palabras, los textos, discursos y argumentaciones, en un contexto determinado, considerando sobre todo cómo los elementos extralingüísticos y “las situaciones comunicativas” determinan o influyen notoriamente sobre la interpretación de esas palabras.

Así, por ejemplo, desde la pragmática se puede analizar el efecto que –dado determinado contexto– los vocablos tienen en las personas.

Ese efecto puede ser en la mente (moviendo a quien lee o escucha a incorporar determinada afirmación) o en la conducta, moviendo al otro a realizar una acción.

Pongamos el caso de lo que pasa con la locución Muerte Digna. El impacto que tenga estas palabras en nuestros oídos será muy distinto según el contexto: si tenemos un familiar postrado muy probablemente  no sentiremos ni entenderemos las mismas cosas. Por supuesto, a pesar de todo, “muerte digna” suena mejor que “eutanasia”, y escuchar la primera opción de boca de un médico –nada menos–  es más tranquilizante para la pobre familia que hace meses, quizá años, tiene postrado a un ser querido, amigo o pariente.

“Creo en la calidad de vida y no en la extensión” puede decir el doctor, y no yerra al pronunciar esas palabras. No al menos si se las toma literalmente. En efecto, hay que tener mucha maldad para desear a alguien una muerte sin dignidad. Pero lo cierto es que, en la actualidad, hay que tener cuidado con estos “buenos deseos”, hay que filtrarlos, hacerlos pasar por un examen. Porque de lo que se trata no es sólo “de las palabras” en su comprensión literal e inmediata sino de aquello a lo que estas remiten; de lo que se trata sobre todo es de aquellas acciones a donde –por poner un ejemplo– quien pronuncia “muerte digna” nos quiere llevar.

El indicio más claro de que algo huele mal con “muerte digna” es que médicos y abogados no explican casi nunca las cosas con claridad, y apelan a frases o giros que, cual anestesias morales, simplemente consuelan a la familia –ya de por sí vulnerable ante una situación extrema– de que así será mejor para que la persona “no sufra más”. Por eso al toro hay que tomarlo por las astas mucho antes, cuando no estamos todavía en esa situación dramática, e informarnos debidamente.

Vayamos a eso, y el lector mismo podrá comparar este artículo con lo que haya oído por parte de los médicos o del abogado que le contó que hoy, por fortuna, en la Argentina existe “la muerte digna”.

Empecemos definiendo con claridad las palabras.

Provocar la muerte de una persona inocente es un asesinato, y los dolores extremos que pueda estar sufriendo –dolores que no le deseamos a nadie– no cambian esta verdad, dura como la piedra. Ahora bien, tampoco negaremos que vivir postrados por una enfermedad durante meses es algo espantoso para la persona y, sobre todo, para la familia y sus amigos. Cuando las perspectivas de recuperación son tan escasas, cuando el tiempo de internación no deja de extenderse, cuando el desgaste del cuerpo de nuestro ser querido y el impacto de la enfermedad o malestar lo resiente tanto, por la cabeza de cualquiera puede pasar el pensamiento de que Dios se lo lleve en paz y cuanto antes.

Pero por otro lado está el valor de la vida, no somos los dueños de ella, ni de la propia ni de la ajena. No podemos matar, mucho menos el médico quien expresamente juró abstenerse de utilizar su ciencia para provocar la muerte: acabar con su sufrimiento acabando con la persona no es una alternativa, dado que un fin bueno no justifica el uso de medios criminales.

Estos casos límite, sin embargo, pueden ser resueltos a la luz de otro principio –propio de la ética y, concretamente, de la ética médica– que permite vislumbrar la salida a este atolladero: el principio de la proporcionalidad. En efecto, si para alargarle la vida apenas unas semanas a mi abuelo, que ya tiene varios meses de internación, debo consentir que se le realice un tratamiento que lo hará sufrir indescriptiblemente y que arrojará una pequeña extensión de la vida, ¿no estaremos acaso fallando con los medios? El medio es muy cruento y el fin que se obtendrá es, con toda probabilidad, magro. En circunstancias así, desde la ética médica se considera lícito no procurar el sostenimiento de la vida más allá de sus posibilidades naturales que el propio cuerpo pueda ofrecer. Como consecuencia, no es obligatorio procurar el mantenimiento de la vida más allá de sostener las funciones vitales.

Pero atención: esto no es eutanasia. Porque eutanasia es matar, y matar es una acción positiva contra la vida de un individuo, es hacer algo para que muera. Ahora bien, no procurar el mantenimiento de la vida con instrumentos excesivos es una cosa; realizar una acción positiva contra la vida es otra. La primera es un “no hacer”, la segunda es un “hacer”. Cuando el médico deja a Dios ser Dios, entonces simplemente procura sostener las funciones vitales de la persona, sin lo cual moriría irremediablemente. Quitar lo vital es el equivalente a matar (porque el nexo es necesario), pero no procurar aquello que sobrepasa lo vital no es matar aunque se pueda prever un desenlace fatal que, sin ser buscado, es tolerado en atención a las circunstancias extraordinarias. Pero tampoco es eutanasia, no es un asesinato. Es dejar que la naturaleza siga su curso, luego –por supuesto– de que se hayan agotado todos los medios lícitos y proporcionadamente eficaces.

Pero a los guerrilleros del lenguaje no les importa esto.

No les importa entenderlo, ni explicarlo, ni traer a las familias la paz de la verdad en la justicia.

Actúan, y se nota, como simples repartidores de anestesias: venga, pase, y le doy gratuitamente un comprimido de retórica vacía sobre muerte digna, para que yo pueda matar a su familiar, usar la cama para otra persona y usted se vaya tranquilo a su casa creyendo que es bueno.

Cuando no explican claramente, atención, porque es muy posible que estén engañando.

El complejo drama moral que acabamos de describir es barrido de un plumazo por el uso sistemático y a-lógico de la palabra “muerte digna”. Queremos que los pacientes no sufran, queremos que mueran dignamente. Nobles palabras que pueden esconder una oscura intención: la de convertir al médico en un dios, con potestad suficiente para decidir sobre cuánto debe vivir esa madre, ese abuelo, ese joven. Con el Poder sobre la Vida y la Muerte, sustrayendo –una vez más– el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal.

Así, deificados ya el médico asesino y el abogado sofista, uno puede aplicar la eutanasia y quitarle la vida a una persona en estado terminal, indefensa. El abogado, por su lado, invoca el nuevo Código Civil y Comercial, etiqueta esta acción con el molde de “muerte digna” en vez de “eutanasia” para –conocedor de la pragmática– suprimir las dudas de conciencia y que no suene mal. Las películas o series de Netflix hacen el resto, y entonces tenemos un asesinato que se realiza en nombre de la misericordia. Se ha manipulado la culpa de esa hija doliente, de ese hermano que sufría por ver a su hermano en coma, y se la ha asestado el golpe mortal al enfermo. Se ha adelantado la muerte de un inocente, y las perversas racionalizaciones están a la orden del día.

Ese es el poder de la palabra cuando obedece al Reino de las Tinieblas.

Afortunadamente, la Iglesia misma definió –con autoridad infalible– que la eutanasia es un pecado mortal, y basta. Así consta en el documento Evangelium Vitae, de Juan Pablo II, n° 57 y, especialmente, en el n° 65: “de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana”. Los fieles ya tienen la respuesta por adelantado, por fe en Dios –el único Infalible– pero luego deben ejercitar su razón, estudiar, para llegar a la misma conclusión pero por el laborioso camino del raciocinio. Porque lo que Dios revela a través del Magisterio de la Iglesia nunca contradice –no puede contradecir– aquellas verdades racionales.

La realidad del dolor, consecuencia del pecado, por momentos desafía ciertamente nuestra razón porque la inteligencia humana tiene por objeto el bien, el ser. Pero el pecado, el mal y en cierta medida también el dolor son un no-ser, reacios a la captación intelectual directa. Sin embargo, Nuestro Señor con su Dolor le da sentido al dolor humano. Esta es la salida a las encrucijadas en las que la falsa ciencia médica o jurídica nos ha colocado: aceptar el dolor como voluntad de Dios, y entender que éste no tiene la última palabra.

 

***

Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.

Conseguilo en Amazon:

https://amzn.to/3FKFVHm

Adquirí el tomo II también en Amazon:

https://amzn.to/3PknkXd

El tomo I contiene trabajos publicados entre 2010-2015, mientras que el tomo II incluye aquellos entre los años 2016-2019.

Familia y Cultura frente a la manipulación del lenguaje

Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.

Conseguilo en Amazon:

https://amzn.to/3FKFVHm

Adquirí el tomo II también en Amazon:

https://amzn.to/3PknkXd

El tomo I contiene trabajos publicados entre 2010-2015, mientras que el tomo II incluye aquellos entre los años 2016-2019.

La propaganda abortista y la psicología: tapar la culpa con slogans verdes

La propaganda abortista y la psicología: tapar la culpa con slogans verdes

El corazón de la propaganda pro aborto aspira a la justificación de los abortos ya realizados.

La pura verdad es que la postura sobre el aborto se define mucho más en el corazón que en el cerebro, y por eso hay personas brillantes que están a favor así como también quienes –no habiendo tenido acceso a una gran formación académica– tienen un instinto y un sentido común provida, que resiste todo slogan ideológico.

En ese sentido, la propaganda verde no escapa a las leyes de toda racionalización humana; se trata de un fenómeno psicológico que puede ser visto en el contexto más amplio del acomodo de datos para justificar una acción del pasado o del presente. O más simplemente, se trata de no querer ver –o de ver sólo lo que se quiere– para no sufrir, para no hacerse cargo de una realidad que se vislumbra como demasiado dura, demasiado insoportable. En este sentido, muchas de las verdes no quieren –efectivamente– que haya más abortos. Antes bien, quieren tapar, disimular, esconder los que ya hicieron. Ellas o sus amigas, sus conocidas, alguien de su familia por quien guarden afecto.

Por su finalidad práctica-emocional, la batería de argumentos verdes presenta –y seguirá presentando– una enorme cantidad de incongruencias y absurdos. Justamente porque no pretende ser un cuerpo teórico sino una pátina relativamente defendible (mientras el adversario no las arrincone)  en la arena pública. El objetivo no es convencer la inteligencia, es doblegar la voluntad: ¡venceréis pero no convenceréis! Se trata de anestesiar las conciencias, haciendo creer a los demás –y a ellas mismas, sobre todo– que no mataron a sus hijos y suprimir claro está las voces disidentes que desde el llano siguen martillando con la odiosa verdad. ¡Callen a los celestes, tápenle la boca a los provida, no nos dejan dormir en paz con nuestro error!

Vivir con ese oscuro secreto es algo muy duro. Además, hace años que las personas respiran una moral líquida, incapaz de aceptar la reciedumbre de la realidad. La pared no se va a mover pero si cierro los ojos “al menos no la veo”. Sólo Dios y la confesión sacramental pueden dar las fuerzas para seguir adelante, y son muchos los arrepentidos a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI que recorren este camino.

Se ha analizado argumentativamente el discurso pro aborto, martillando sobre él desde todos los ángulos: científico, médico, filosófico, legal, moral… Innumerables veces. Por ejemplo, recientemente llegó a nuestras manos el libro Suma Elemental contra Abortistas, de Tomás González Pondal. A lo largo y ancho de la obra, el autor –pluma en ristre– desarma muchas de las falacias verdes. Otro ejemplo sería la argumentación de la Dra. Chinda Brandolino. También nosotros nos hemos ocupado de desmontar los errores, sofismas y mentiras de las verdes.

Hoy proponemos un enfoque no contrario pero sí distinto: el eslogan verde no como una idea a defender sino como una forma de eludir la responsabilidad ante el propio acto sexual. Separar el placer sexual de la reproducción, dijo textualmente Dora Barrancos (“historiadora” feminista, llegada al poder este domingo, al calor del kirchnerismo y el albertismo) en el Congreso. Antes del aborto, ahí tiene usted la anticoncepción para evitar las responsabilidades ligadas al ser padre y ser madre. Una vez embarazada, la propaganda verde operará despersonalizando al bebé; y un marco mental justificativo de la acción que se pretende realizar va cobrando viabilidad en la cabeza de esas mujeres. Después, y para sepultar a esa conciencia que todavía grita y se retuerce, una cantidad de “razones” que todos ya conocemos.

Este es el mecanismo oculto de la narrativa pro aborto, su ventaja competitiva. Es emocional, no racional. Es afectiva, no intelectiva. No busca ni le interesa “convencer” sino superar obstáculos: por eso, como dijo Sztajnszrajber en el Congreso el año pasado, saquemos a la verdad de la cuestión pública. Ellos quieren sacar a la verdad del medio porque la verdad es molesta, incomoda, estorba, jode.  La verdad de siempre es la pornografía de hoy. No puede IPPF ganar tanto dinero con la verdad, no pueden las personas desembarazarse  (nunca mejor usado el término) de la responsabilidad de ser padres  desde la verdad. Nosotros, al contrario, y por esto mismo, debemos apoyarnos en ella. Y la Verdad no es otra cosa que Dios mismo. Por eso debemos confiar y seguir dando testimonio de lo que es, de lo que las cosas son, dado que –como ha dicho el gran filósofo alemán Josef Pieper– “cada vez que decimos una verdad, el Reino de la Mentira retrocede”.

 

 

Guerra cultural provida en Suncho Corral (conferencia CIDEPROF) – PARTE 1

Fragmento de la conferencia titulada “Lenguaje, Ideología y Poder”, organizada por CIDEPROF el 24.08.2019 en Suncho Corral, Santiago del Estero.

Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.

Conseguilo en Amazon:

https://amzn.to/3FKFVHm

Adquirí el tomo II también en Amazon:

https://amzn.to/3PknkXd

El tomo I contiene trabajos publicados entre 2010-2015, mientras que el tomo II incluye aquellos entre los años 2016-2019.

La sanción social: cómo los ideólogos moldean a las masas

Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.

Conseguilo en Amazon:

https://amzn.to/3FKFVHm

Adquirí el tomo II también en Amazon:

https://amzn.to/3PknkXd

El tomo I contiene trabajos publicados entre 2010-2015, mientras que el tomo II incluye aquellos entre los años 2016-2019.

Arbitrariedad o verdades absolutas: ¿qué formación se imparte en las universidades y terciarios?

Arbitrariedad o verdades absolutas: ¿qué formación se imparte en las universidades y terciarios?

 

“pues para mí no hay música más alta que la filosofía”

Sócrates

 

Hay un denominador común en todas las carreras: las materias de Humanidades. Se llamen Filosofía, Sociología, Conocimiento Científico, hay un docente que imparte estos contenidos. No diremos –cayendo en actitudes facilistas y demagógicas– que estas carreras no son importantes. Lo son, y mucho. Pero por lo general, al menos según la experiencia propia y ajena, no siempre están bien llevadas. Hay muchos motivos por los que pasa esto, desde pedagógicos hasta falencias propias del alumno, pero en este artículo deseamos hacer foco en lo preocupante que es alentar desde la cátedra la mentalidad relativista en cuanto a las normas éticas. Porque el relativismo no es otra cosa que la arbitrariedad, pero bajo un nombre distinto.

Expliquémonos.

Por lo general, el docente que dicta los contenidos de filosofía, sociología o pensamiento, puntualiza que no existen verdades absolutas (o al menos, que no se pueden conocer). Escucharemos frases como “a partir del siglo XX se ha descubierto que todo conocimiento científico es provisorio”, “los valores éticos van cambiando”, “cada sociedad interpreta lo ético a su manera”, “no hay una única visión de la justicia”, “la moralidad va cambiando”, “las verdades no se pueden conocer, sólo conocemos ideas de la verdad pero no la verdad en sí”, etc. Son las frases de rigor.

La mayoría de los alumnos escucha, copia alguna que otra expresión, estudia para el parcial, luego para el final, reproduce estas afirmaciones y listo.

Sin embargo, poco a poco e imperceptiblemente, conceptos como estos van mellando nuestra capacidad de discernimiento moral. Nos vamos acostumbrando a una lenta pero inflexible erosión de la conciencia, con resultados que están a la vista.

Lo cierto es que el ser humano, desde tiempos inmemoriales, ha procurado siembre la justicia. La verdad, la justicia y el honor son los grandes motores de sus acciones. Incluso los mismos ladrones le rinden un involuntario homenaje cuando se enfurecen porque uno de ellos rompió el acuerdo y pretende llevarse una parte mayor del botín. Todos respondemos a la justicia, especialmente cuando nos sentimos objeto de injusticias.

Ahora bien, la justicia es lo justo en concreto. Y determinamos eso justo, en concreto, a partir de la realidad. ¿Cómo vamos a determinarlo si no conocemos la verdad (no la miía o tuya) sobre esta realidad? Por lo tanto, como ha escrito el gran filósofo alemán Josef Pieper, la verdad es inseparable de la justicia. Sin justicia no hay sueldos “justos”, y no puedo determinar lo que es justo si no conozco la veritas rerum: la verdad de las cosas. Necesito de la verdad hasta para protestar cuando no me pagan lo que me deben.

Por eso es que sin verdad estamos en el reino de la arbitrariedad. Que no es otra cosa que el despotismo del más fuerte. Si no hay verdad –porque no existe o no se puede conocer, da lo mismo–, no hay base para cumplir los contratos. No hay base para cumplir los pactos. No hay base para comprometerse. No hay “norma” desde el cual reprobar la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. No hay “criterio ético” para felicitar a mi hijo cuando estudia. No hay base para encarcelar al violador que abusa de una nena de 11 años. No hay base para nada. Necesitamos de la verdad como el agua.

Pero está el problema de las opiniones. Es evidente que las personas piensan muy distinto y en todos los temas: religión, política, economía, historia, moral… hay quienes aprueban tal práctica, hay quienes la condenan. Algunos están a favor de tal o cual idea, otros de la contraria… Y a veces, ante tal jungla de concepciones, opiniones y posiciones doctrinarias, es fácil verse desorientado y resentirse. Pero Sócrates, en el diálogo de Platón llamado El Fedón, ya nos prevenía de este problema, al que denominó “odio al logos”: desprecio por los razonamientos.

Si analizamos bien esta multiplicidad de juicios, de discrepancias y discusiones, podemos descubrir aquel substrato en el cual están todos de acuerdo. Pero, ¿cómo? ¿Qué puede haber en común entre posiciones tan antagónicas como por ejemplo aquellos que rechazan la Educación Sexual y quienes la promueven? Y la respuesta es muy simple: tienen en común que ambos saben que ambas posiciones no pueden ser simultáneamente verdaderas. O la educación sexual es dañina para los niños o no lo es. No hay término medio. La filosofía clásica ha acuñado un término para este descubrimiento. A este principio fundamental de la realidad, según el cual una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto, lo llama Principio de No Contradicción. Y en eso están todos de acuerdo –implícita o explícitamente– porque, de lo contrario, no discutirían. Así lo explica Aristóteles en su Metafísica.

Se puede llegar a una verdad, llegamos a este principio. Quizás no sepamos cuál es la religión verdadera, pero sabemos que si un abanderado de la religión x proclama que “Todas las religiones, aunque digan cosas opuestas, son aceptables” esa, al menos, esa religión no puede ser correcta… porque no pueden ser aceptables las afirmaciones contradictorias. No pueden, es algo que repugna la inteligencia.

Sin verdad no hay justicia. Sin justicia no hay sueldos justos, pero tampoco acciones justas. No hay héroes ni traidores. No hay buenos ni malos, no hay villanos ni virtuosos. Esas son las consecuencias finales del relativismo: como no hay verdad, sólo queda el poder. ¿Hacia ese mundo queremos caminar? Tenemos que darnos cuenta de la importancia de las palabras que se pronuncian en clase, de las afirmaciones cuyos apuntes tomamos en clase.

Los profesores que suscriban este pensamiento –mejor dicho: anti-pensamiento, porque no puede estar estimulado para el pensamiento quien lo crea impotente para conocer– deben revisar sus decisiones intelectuales. No pueden matar la sed de conocer la realidad en sus alumnos. No deben ultimar el hambre de todo ser humano por la posesión de la verdad. Quiera Dios que unos y otros tomen conciencia de las implicancias suicidas del relativismo, y que –con valentía y decisión– los docentes escépticos procuren la restauración de la inteligencia de aquellos alumnos que siguen esperando y anhelando, en su ser más íntimo, una verdad absoluta por la que luchar y una justicia que defender.

 

***

Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.

Conseguilo en Amazon:

https://amzn.to/3FKFVHm

Adquirí el tomo II también en Amazon:

https://amzn.to/3PknkXd

El tomo I contiene trabajos publicados entre 2010-2015, mientras que el tomo II incluye aquellos entre los años 2016-2019.

Comenzaron las clases… ¿qué tengo que hacer por el bien de mis hijos?

Porque esa es la pregunta que todo buen padre se hace. ¿Qué tengo que hacer por el bien de mis hijos? Personalmente, dudo de que un padre ame realmente a sus hijos si no está pensando en esto varias veces al día. Hay algunos criterios básicos que los padres no pueden ignorar y considero que, habiendo formado parte del cuerpo docente–tanto en Primaria como en Secundaria–, puedo compartirles. Así que, ¡adelante!

En primer lugar, los chicos tienen que tender hacia una creciente autonomía. No haga usted por su hijo lo que él está en condiciones de hacer, porque ahí está inoculando el germen del asistencialismo. Si su hijo no lee Ciencias Sociales, si no lee el manual de Historia, no tiene “un problema de lectura comprensiva”. Su problema es no leer. Es otra cosa. ¡Cuántas veces nos ha tocado alumnos en clases particulares que no tienen absolutamente ninguna dificultad de comprensión! Suelen experimentar (aunque no siempre) cierta falta de voluntad, y esto no puede confundirse con un desorden psicopedagógico.

En segundo lugar, los chicos –y a cualquier edad– deben saber que los actos traen aparejadas sus consecuencias. Un acto bueno debe venir acompañado de consecuencias positivas, y a un acto malo debe seguir una consecuencia negativa. No hay otra forma. ¿Que protestan los demagogos de la pedagogía? Que protesten. ¿Qué alguien por allí diga que se está deslizando el castigo como posibilidad? Pues tiene razón. El castigo y el premio. Los padres deben premiar y castigar, deben con claridad dejar establecido a sus hijos que todos sus actos –y también, la ausencia de ellos– tienen consecuencias. Que quede firme que no da lo mismo todo; cuando no se educa así, se entrena –quieras que no– al hijo en el relativismo. No en el relativismo ideológico, de corte intelectual, claramente. Pero sí en un relativismo conductual al menos, en donde las cosas dejan de tener sentido porque todo da lo mismo. Si su hijo le gana la pulseada a los 10 años, usted tiene un problema como padre. No puede ser, algo no está haciendo bien y lo tiene que corregir. Por el bien suyo, pero especialmente por el de su hijo.

En tercer lugar, a la hora de ordenar la esfera del hogar, hay que tener en cuenta que los premios y los castigos deben ser mantenidos con consistencia en el tiempo. Las metas deben ser diseñadas con realismo, y entonces –permítame que me ponga en primera persona– tengo que saber si efectivamente puedo premiar y puedo castigar (de ahora en adelante) tal o cual conducta de mi hijo. Lo peor que me pueda pasar es plantearme un objetivo, comunicarlo a mi hijo y luego no poder cumplirlo. Asimismo, los premios y castigos deben ser calibrados teniendo en cuenta distintas variables: edad, personalidad, facilidades propias de mi hijo, dificultades…

Pero, ¿no íbamos a hablar de las clases? ¿No íbamos a hablar de qué puedo hacer para que mi hijo, en la escuela, en el colegio, esté bien? Lo cierto es que ambas cosas están conectadas: la persona es una unidad. Los niños, los pre-adolescentes y los adolescentes resienten su conducta y su rendimiento intelectual cuando HOGAR y ESCUELA no están alineados. Y lo determinante seguirá siendo el hogar. No se debe criticar al docente delante del hijo –salvo que esté enseñando algo verdaderamente escandaloso, como la ideología de género, por ejemplo– y si hay fundamento para creer que el docente se está equivocando (cosa que puede pasar) deben agotarse los cauces de acción privada, tratando de no mancillar la imagen del docente.

Los chicos están solos. No todos, por cierto, pero una porción cada vez mayor de niños y jóvenes experimentan ese alejamiento del adulto. El logos entra por el oído, dice Aristóteles. Logos, es decir, verdad, razón, discurso. Tenemos que hablar con nuestros hijos, tenemos que leerles cosas. Tienen que conocer ante todo las Sagradas Escrituras. Leerle el relato de la Creación del Mundo, palabras de Nuestro Señor Jesucristo. Ir acostumbrando su oído. Leerles literatura. Cuentos y narraciones clásicas: Narnia o El Principito, por ejemplo. Debemos fomentar la lectura y la conversación, dos habilidades fundamentales, que se ejercitan permanentemente en las escuelas y colegios. Los docentes transmiten hablando: ¿cómo puede captar mi hijo al docente si no sabe escuchar, si no sabe entender? Ustedes, los padres, deben fomentar que su hijo escuche, que piense, que razone.

Sin esta capacidad, sufrirá un Calvario –lo hemos visto en tantos alumnos, especialmente los que están en riesgo de repetir– y su autoestima se caerá a pedazos porque realmente la pasará mal en el colegio. Es realmente espantoso sentir que no se entiende lo que se debería entender, sentir que uno “no es lo suficientemente bueno”, sentirse “tonto”, y además –como esto se repite varias veces en el día– ir configurando un concepto negativo de uno mismo en relación al Conocimiento. Y luego, estas personas (¿cómo no?) quedan resentidas con el Conocimiento, con la Escuela, resentidas con el Aprendizaje. Esto no puede pasar, es inaceptable que mi hijo no ame saber. Porque la sabiduría debe ser amada, y conocer algo en sus causas –he aquí la gran enseñanza del mundo medieval– genera un deleite en la inteligencia de la persona. ¡Los colegios no fueron concebidos como cárceles! No son lugares de tortura para los chicos, no deben serlo, pero es imposible que nuestros hijos puedan disfrutar si no entienden. Y es imposible que entiendan si no han desarrollado el hábito auditivo –cuya raíz es el espíritu, por supuesto– de atender, escuchar, comprender.

Los padres me dirán que sus hijos deben poner también su parte en este proceso, y tienen toda la razón. Pero no nos equivoquemos: los padres deben mejorar para que el hijo mejore. Nadie influye en el hijo más que ellos.

Hablábamos del poder de la atención, y hay que subrayar que ese poder se ejercita. Por ejemplo, con la lectura, que fortalece la atención de la persona. Como en otros casos, aquí no hay vuelta de tuerca: debo ser un padre lector para inculcar hábitos de lectura en mis hijos. Traer el libro a la mesa: leer algo, comentarlo, pedir opinión a mis hijos, conversarlo entre todos mientras se almuerza o se cena. Soy de la opinión de que el celular es algo absolutamente nocivo para un pre-adolescente (no digamos ya un niño). La validación que se obtiene a través de los chats convierte a mis hijos en adictos a esa validación. La imagen, por otro lado, atrae de tal manera a la mente que los vuelve dependientes. Somos menos libres con esas pantallas.  “¡Pero todos sus compañeros lo usan!” ya puedo escuchar desde aquí a tantos padres angustiados, que en el fondo saben que algo de razón tengo. Sin embargo me permito contraargumentar: “¿Ustedes quieren que sus hijos sean como todos?”.

Debo ser un padre lector, porque de lo contrario mi hijo percibirá la contradicción. Y ocurrirá el fenómeno conocido como el “asco psíquico”, traducido en este pensamiento que martillará su cabecita una y otra vez: Mis padres me dicen que lea, pero no leen. Mis padres me dicen que la educación es lo más importante pero no siguen educándose. Usted no dejará de ser amado, dejará de ser respetado. Y su palabra valdrá cada vez menos. ¿Eso quiere? El futuro de sus hijos está en sus manos. Si cree que se ha equivocado, sepa también que aún está a tiempo de reconducirlo. Pero debe tener en claro la meta y los medios a utilizar. Según la experiencia, lo que otorga la fuerza interior para llevar a cabo esto es fundamentalmente el profundo convencimiento interno de que este tipo de cosas es lo que su hijo verdaderamente necesita.

Lea, estudie, profundice, para llegar a la posesión de este profundo convencimiento. Ame primero la sabiduría y podrá comunicar ese amor. Entusiásmese usted primero, y transmitirá entusiasmo. Le recuerdo que el origen de la sabiduría es Dios mismo.

 

***

Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.

Conseguilo en Amazon:

https://amzn.to/3FKFVHm

Adquirí el tomo II también en Amazon:

https://amzn.to/3PknkXd

El tomo I contiene trabajos publicados entre 2010-2015, mientras que el tomo II incluye aquellos entre los años 2016-2019.