El lenguaje pro-aborto y la agenda de género como el nuevo «Caballo de Troya»
Según la literatura universal, cuando los griegos luchaban contra los troyanos en una guerra frontal y abierta, no podían vencerlos. Esta forma de guerrear no les daba los resultados deseados; no podían tomar Troya, por lo que apelaron a otro tipo de estratagema: construyeron un enorme caballo de madera e introdujeron a varios soldados dentro de él. Dejaron la estructura cerca de la ciudad de sus adversarios y se dedicaron a esperar. En el flanco izquierdo del «caballo» estaba grabada una frase en homenaje a la diosa Atena, lo que despistó a los troyanos, al punto que ellos mismos terminaron introduciéndolo a su propia fortaleza. Los soldados griegos escondidos salieron por la noche, abrieron desde dentro la puerta a sus compañeros que afuera los esperaban y así obtuvieron la victoria sobre sus enemigos.
Sin lugar a dudas estamos ante una situación muy semejante en la actualidad, por lo menos en lo que respecta a la comunicación –y especialmente la comunicación política– en la Argentina. Los ideólogos y militantes por el aborto legal (a decir verdad, ni es seguro ni es gratuito) son incapaces de lograr la legitimación social de esta práctica si vienen de frente. No pueden mostrar una ecografía y decirnos que no estamos viendo un bebé. No pueden decir la palabra “hijo” o “niño” –léase las propias recomendaciones de CASA FUSA para la cobertura periodística sobre el aborto[1]–, no pueden confesar abiertamente sus vínculos con los poderosos organismos internacionales que les dispensan toneladas de dólares. No pueden mostrar en primer plano cómo se realiza un aborto –cosa que pasó en el Senado el año pasado, para escándalo de los presentes– porque tales imágenes tal terror que el tiro les terminaría saliendo “por la culata”. No pueden decir ni una palabra sobre el uso de los órganos de los bebés abortados en el proyecto de ley porque ahí aparece la sigla I.P.P.F. y todo el mundo pierde la cabeza.
Así las cosas, iniciando este 2019, parece ser que los griegos no pueden derrotar a los troyanos sin recurrir a las artes del engaño y la simulación; por eso los pañuelos verdes prefieren decir “interrupción” en vez de destrucción del embarazo. Por eso prefieren llamar “producto de la concepción” a la persona por nacer. Por eso mienten con las cifras de cantidad de abortos por año (el mismo Rubinstein pasó de medio millón a 400.000, para terminar diciendo 47 mil, ¿no eran sostenibles los 500.000 por año?). Por eso llaman “práctica médica” al abuso de la medicina. ¿Nos damos cuenta de que la comunicación social y política está atravesada por estas palabras-talismán?
La defensa de la familia no es otra cosa que la defensa de la Argentina, y para llevarla a cabo lúcida y eficazmente debemos estar con los ojos bien abiertos. No podemos dejar que nos contrabandeen criminales legitimaciones bajo el ropaje de estas palabras.
Por el mismo motivo, tampoco podemos ver como fenómenos separados la promoción del aborto y la agenda de género. Son parte de la misma maniobra. Porque la agenda de género no procura el respeto por las personas homosexuales: eso es la pantalla. Quienes están detrás de esta agenda aspiran a trastocar el sentido común de los argentinos a través de maniobras periodísticas y políticas, cuyo centro es el manejo de la palabra, la imagen y la provocación de conflictos. Porque la agenda de género no busca otra cosa que instalar y volver aceptable la famosa ideología de género.
La familia, los instintos y tendencias naturales –como la maternidad y la paternidad–, la voluntad de los padres de sacrificarse por sus hijos, son los adversarios de estos militantes de la muerte. Por eso reaccionaron enérgicamente contra el editorial del diario La Nación de este 1° de febrero[2], que resaltaba a esas adolescentes que –contra la opinión de sus propias madres– llevaban adelante sus embarazos. El stablishment no perdonó y –desde UNICEF hasta Amnistía Internacional, pasando por la Asesora General de la ciudad de Buenos Aires– realizaron su inapelable condena social. No le perdonan que recuerde que esas madres siquiera existen, que hay chicas de 14 años que no abortan; no quieren reconocer –como dice el editorial– que la actitud de aquellas valientes chicas “despedaza el pañuelo verde”.
En los últimos meses, los esfuerzos comunicacionales de quienes promueven el pseudoderecho al aborto están concentrados en la palabra “vida”. Se dieron cuenta un poco tarde que si quienes se oponen a este crimen se autodenominan “provida”, por consecuencia lógica quienes propicien la práctica serán relacionados con la muerte. No lo pueden permitir. Por eso, esta batalla por la vida de los indefensos es inseparable de una controversia comunicacional, periodística, lingüística. Y la arena de combate, la mente, el alma, nuestra voluntad. Que no nos metan el Caballo de Troya a través de las palabras.
Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
Alumna–––Buen día, Juan Carlos. Estuve leyendo y deseo hacerte esta pregunta, en base a lo visto en clase: ¿Por qué afirmarla finitud del conocimiento humano no implica adoptar la postura del relativismo?
RESPUESTA: Primero que nada, hay que definir qué es el relativismo.
El relativismo es una postura filosófica que sostiene que no es posible llegar a la verdad objetiva, absoluta; no es posible arribar a lo que las cosas son en sí; ¿Por qué? Porque (según esta postura) la mente humana no puede superar ni colocarse por encima de sí misma e ir al objeto tal como es en sí. Siempre que la mente vaya al objeto, dice el relativismo, lo hace determinada por el modo de ser del sujeto observador. Por poner un ejemplo, vos, Magdalena, no podés jamás saber lo que es la verdad en sí de nada porque siempre vas a estar viendo lo que es “para vos”, “en relación a vos”, lo que es “relativo a vos” pero nunca lo que es en sí mismo, lo que la cosa substancialmente es.
El relativismo es una vieja postura que ya estaba presente en los sofistas de la Antigüedad; Protágoras y Gorgias, por ejemplo. Y fue parejamente combatida por los más grandes filósofos de la Grecia Clásica: Sócrates, Platón y Aristóteles. Obvio que podemos ver esos argumentos en detalle más adelante, si te interesa.
Tras una apariencia de astucia y de prudencia, el relativismo implica clausurar toda ética y toda moral. Porque toda moral se fundamenta en el ser: de acuerdo a lo que las cosas son, según lo que las cosas son, es como yo debo actuar. Pero si no puedo conocer cómo son las cosas, ¿cómo debo actuar? ¿Qué es lo correcto y lo incorrecto si estoy atrapado en una cárcel donde todo está oscuro y no puedo palpar nada? Asimismo, si no hay una verdad objetiva y un bien objetivo, ¿qué es la belleza? ¿Existe algo que no sea bello y algo que lo sea?
Hay una suerte de triple unidad entre verdad-bien-belleza. Si afirmás la posibilidad de conocer la verdad, la lógica te lleva a aceptar un bien y una belleza. Pero si negás que la verdad sea cognoscible, entonces tampoco podés hablar de un obrar correcto o incorrecto. También se volvería resbaladizo el terreno del arte y de la belleza.
Si hasta acá se entiende, avisame y seguimos.
Alumna–Sí, entendí muy bien lo del relativismo. ¡Podemos seguir!
RESPUESTA:Bien, volviendo al punto: ¿Por qué afirmar la finitud del conocimiento humano no implica adoptarla postura del relativismo? Porque afirmar el carácter ‘finito’ (o limitado) del conocimiento humano no es negar que el hombre alcanza verdades. El hombre puede alcanzar verdades. Sí, puede. Pero no puede agotar completamente todas las verdades posibles del universo, no puede comprenderlo todo. Puede llegar a verdades absolutas pero no puede conocer todo lo que existe, no puede acabar ni esfumar ni hacer desaparecer el misterio de la realidad aunque sí puede beber algo de esa fuente… Dice bellamente San Agustín:
‘Es la Verdad sin cambio ninguno. La Verdad es Pan; da sustento a lasalmas, sin menguarse; renueva al que lo come; ella no sufre transformación’.
Alumna–Muchas gracias. Sólo me queda esta duda; si no es posible (según el relativismo) alcanzar la verdad absoluta, la verdad absoluta para un relativista no debería existir. No tiene sentido mantener que existe la verdad en sí pero que no se puede conocer, dado que cada uno tiene su propia versión de ella. ¿No?
RESPUESTA: Exacto. No tiene sentido mantener que la verdad “existe” pero “no se puede conocer”. De hecho hay algunos que dan un paso más allá y dicen eso mismo. Uno de los sofistas antiguos, Gorgias de Leontino, decía “la verdad no existe. Si existe, no se puede conocer. Si se puede conocer, no se puede comunicar”.
Existen relativistas absolutos: “Nada existe”. Y existen relativistas moderados: “Algo existe, existe la verdad, pero no se puede conocer”. En la práctica, relativistas ‘absolutos’ y ‘moderados’ acaban en lo mismo.
El tema es que el relativista moderado tiene una fuerte contradicción, que si te interesa la charlamos. ¡El otro está en contradicción las 24 hs. del día!
Alumna– Perfecto, entendido. Y una última duda –así ya no molesto más–; entiendo que se necesite el diálogo para que la verdad humana progrese, pero “la colaboración”, ¿qué función tiene en todo esto? Es que en la última parte del texto se habla del “diálogo y colaboración”. Y dice: “sin diálogo y sin colaboración no podrá crecer ni progresar la verdad humana”. Yo no logro entender mucho qué tiene que ver la colaboración en esto, ni de qué ni quién.
RESPUESTA: Por la misma razón que es fructífero el diálogo entre dos personas, poniendo en común las verdades que ambos conozcan, es fructífera también la colaboración que se da como consecuencia del diálogo. Es decir, en la conversación entre dos o más seres humanos se busca un fin común (la verdad de las cosas), meta a la que no se puede llegar en soledad.
Se entiende “colaboración” en sentido amplio: cuando vos tomás un libro de un autor al que ni siquiera conocés y lo lees, él está colaborando con tu mente, justamente, para que vos descubras la verdad. Es decir, el diálogo NO ES un fin en sí mismo sino que es UN MEDIO para llegar a la verdad de las cosas. El diálogo es en sí mismo una colaboración.
“Diálogo” tiene dentro el término logos, un término muy importante en la Filosofía. No hay diálogo sin logos. Hoy en día, muchos se llenan la boca de la palabra “diálogo” pero en realidad traicionan ese término, dado que no se ejercitan en la búsqueda de la verdad (del logos) y por lo tanto su acción oculta –y no revela– esas verdades.
La fe católica, el ateísmo y la teoría del Big Bang
¿Qué creemos que significa la frase “existió el Big Bang”?
Desde numerosas revistas, publicaciones y e incluso documentales que versan sobre la ciencia se suele enunciar y presentar el Big Bang –esto es, “una gran explosión hace millones de años”, que según los científicos habría originado el mundo– como una teoría científica alternativa o incluso excluyente a la creencia en un Ser Superior y Personal, que desde la fe católica llamamos Dios. Sus promotores son renombrados científicos, se dice, asomando así el argumento de autoridad cuyo núcleo lo constituye el prestigio del investigador. Amparados en esta plataforma, se suele resaltar que estos investigadores son en su mayoría ateos (niegan la existencia de Dios) o agnósticos (consideran que no hay pruebas concluyentes, ni a favor ni en contra). En una palabra, el mensaje generalmente implícito es que la ciencia ha demostrado que la creencia en Dios –a la que muchos hombres adhieren– es falsa.
Ante esta presentación, muchas veces agresiva, cualquier alma creyente genera –por la virtud de la Fe– una especie de escudo, no se conmueve, no abandona su postura ni sus convicciones pero es cierto que, sin embargo, al menos de momento no puede rebatir ni oponerse a esa presentación. Seguramente se sentirá sin razones ni argumentos. Una primera luz en este camino podría tenerla si mira atentamente otras publicaciones, advirtiendo que existen efectivamente otros científicos que admiten “el Big Bang” y, sin embargo, no son ateos o incluso aceptan la existencia de Dios. Es un primer dato, elemental si se quiere pero real. Sin embargo, se puede profundizar más el asunto.
En cuanto se ahonda el mismo, lo que se descubre es muy distinto a lo que los titulares de las noticias o los divulgadores de la ciencia nos dicen.
¿Qué es lo que está detrás de las palabras “Big Bang”? ¿Qué se quiere dar a entender? El sonido “Big Bang” se pronuncia con el fin de explicar el desplazamiento –esto es, la expansión– del universo a partir de un punto de origen. Ese es el hecho observable y, como tal, incontrovertible: el Universo se expande. Cada segundo se va haciendo de mayor tamaño.
Luego viene, en el mismo “paquete” digamos, la explicación de este dato: y allí entran los científicos o, al menos, algunos de ellos que efectivamente postulan una primera y originaria explosión. Según ellos, hace millones de años habría ocurrido una gigantesca explosión cuya fuerza esté, aún en la actualidad, obrando como causa de este desplazamiento que vemos desde nuestros telescopios.
¿Qué lleva a pensar en el término Bang (en inglés, explosión) para designar esta expansión?
En la experiencia de los científicos –es decir, hasta donde ellos ven y pueden juzgar– las explosiones que conocemos, liberando toda su energía al principio, provocan la expansión de los objetos a su alrededor; los cuales se desplazan aceleradamente primero para luego desacelerar, hasta terminar en la quietud. Por tanto, sostienen algunos, en el principio fue la Explosión. En el principio fue el Caos. Ahora bien –y este es el corazón del asunto–, la Revelación Sobrenatural enseña que el origen de universo está en un Ser Personal, Inteligente, un Creador del mundo que ha hecho las cosas no por azar sino inteligentemente, con un diseño y una planificación. Pero si ahora los científicos –haciendo uso del prestigio de sus disciplinas– sostienen que el mundo se originó a partir de una gran explosión, entonces algunas personas son llevadas a pensar que no es necesario admitir un Creador. De ahí al ateísmo, no hay más que un paso. No un Pensamiento sino una suerte de anarquía originaria sería la explicación –científica, nada menos– del universo.
Estos motivos explican que, en la literatura científica, se sostenga prácticamente como “un hecho establecido e indudable” el Big Bang. Algunos, los más audaces, dan un paso más y explicitan su ateísmo.
Hechos e interpretaciones
Antes de juzgar si esta explicaciónatea es válida, cabe decir que más allá de la opinión que se tenga, no es un “hecho”.
Para entender el punto, hay que comprender el preciso sentido que esta palabra tiene para los científicos. ¿Qué es un hecho? ¿Qué es una interpretación?
La explicación es una entidad mental: en efecto, es una realidad psicológica que depende de la mente de una persona para existir. Será verdadera o falsa, correcta o incorrecta, pero no se la puede identificar con un hecho, que es observable, medible, cuantificable. No son lo mismo.
En este caso, el “hecho” observable, medible, no es otro que la expansión del Universo: puede verificarse mediante telescopio y es así como se supo de su existencia.
Por lo tanto, la explicación que –por lo general– se encuentra ligada al vocablo Big Bang no es un dato científico sino UNA INTERPRETACIÓN de ciertos datos científicos (y, al menos en algunos casos, una interpretación materialista[1]). Sostener o divulgar que “está comprobado científicamente que una explosión es el origen del universo, por lo tanto Dios no existe” es una simplificación burda, una caricatura del conocimiento científico mezclada con mala filosofía materialista.
Podrá discutirse si la conclusión es correcta o no, pero sólo en el campo filosófico. Lo que nunca se puede hacer –la honestidad intelectual así lo exige– es contrabandear el ateísmo haciéndolo pasar como un hecho, por sí mismo incontrovertible y tan fuera de discusión como lo que se puede ver gracias a un telescopio. No existe la ciencia atea, existen los científicos ateos. Veamos si no lo que dice el científico Richard Lewontin, de la Universidad de Hardvard:
“No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos obliguen a aceptar una explicación materialista del mundo fenomenológico, sino, por el contrario, que nosotros estamos forzados por nuestra adherencia a priori a las causas materiales para crear un aparato de investigación y una serie de conceptos que producen explicaciones materialistas sin importar qué tanto vayan en contra de la intuición, sin importar qué tan místicas sean para el que no ha sido iniciado. Más allá de eso, el materialismo es un absoluto, pues no podemos permitir un Pie Divino en el umbral de la puerta”[2].
El caso del Big Bang es sumamente ilustrativo: los científicos hablan de explosión del universo cuando en realidad sólo pueden observar una expansión. Aunque sea verdad que toda explosión conocida expande los objetos circundantes, ésto no implica que toda expansión tenga forzosamente su origen en una explosión previa: también los seres inteligentes pueden expandir, mover y trasladar los objetos, posibilidad que el materialista y ateo –arropado de científico– se niega a considerar.
Veámoslo en un ejemplo:
Razonamiento:
Siempre que llueva, el suelo estará mojado.
El suelo está mojado.
Luego, ha llovido.
El argumento es incorrecto dado que el suelo puede estar mojado por muchos otros motivos. Lo mismo pasa con el razonamiento que sustenta la teoría del Big Bang en su conclusión atea. Es por eso que muchos la califican de cientificista (y no científica). Su estructura es la misma:
Siempre que ocurre una explosión, lo que está a su alrededor se expande.
El Universo se expande.
Luego, ha ocurrido una explosión.
Es imposible no advertir la estrechez intelectual o incluso la marcada impronta materialista en aquellos científicos –o meros divulgadores de segunda mano– que presentan el dato objetivo del desplazamiento del universo como una “prueba” de que el orden del cosmos tiene su origen en un caos o, más aún, como una prueba de que Dios no existe. Agitando el telescopio, parecen decirnos “Si aceptas la expansión del universo, aceptas la explosión originaria”.
Volvamos a las verdades eternas: es evidente que el orden no vino ni puede venir del caos. La filosofía perenne puede ofrecer solución al argumento, como también se aclara el panorama cuando se distingue entre un hecho y una interpretación. Este uso de la razón brindará herramientas a la persona y así no correrá peligro su fe, ni pensará que se mueve al margen de la ciencia. Aunque por el momento el creyente no conozca la respuesta a estas objeciones antirreligiosas presentadas con la cobertura de la ciencia, es importante que la virtud de la fe lo mantenga en la certeza de que esa solución debe existir: es cuestión de que estudie y la busque. Es por eso que la persona, al rechazar la conclusión materialista –“Dios no existe” o “No hay pruebas de la existencia de Dios, la misma ciencia te lo dice”– no debería caer en el error opuesto: aceptar la declamada contraposición entre ciencia y fe, pero quedándose cómodamente con esta última. No sería racional que, amparándose en la verdad de la Revelación, declarase falso el hecho objetivo y observable (el desplazamiento del universo, en el ejemplo comentado). Por estos motivos, el gran Blas Pascal decía que “Si se somete todo a la razón, nuestra religión no tendrá nada de misterio ni de sobrenatural. Si se choca contra los principios de la razón, nuestra religión sería absurda y ridícula”.
Conclusión
La tarea de la filosofía cristiana parece punto menos que indispensable para cualquier fiel que, hoy en día, quiera mantener los ojos y los oídos bien atentos. Los ojos, ante las verdades de la ciencia. El oído, ante la Revelación Sobrenatural por la cual aceptamos –sin ver– que Dios ha creado el Universo; esto es, no que ha transformado una materia preexistente sino que lo ha hecho de la nada. Que ha diseñado, pensado, planificado el sistema solar, nuestro planeta, el ecosistema, cada planta, cada insecto, cada mamífero, dirigiendo cada cosa hacia su fin. Muchos, observando la naturaleza, llegaron a descubrir así a su Autor: “lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad…” (Romanos 1, 20).
Evidentemente, el origen del mundo es dificultoso. Hay límites para el entendimiento de la creación: ella es un acto infinito. No tenemos ningún ejemplo de ella, ya que toda la actividad del hombre se reduce a transformar la materia ya existente.
La ciencia auténtica –no la pseudociencia– es más cauta y humilde. La razón natural nos muestra un camino y la fe es la que de alguna manera corona y valida todas esas verdades, elevándolas por encima de nuestra razón. Y así llegamos al misterio, que nunca contradice otras verdades conocidas pero que, ciertamente, excede completamente el intelecto humano. Por eso es que el entendimiento del hombre no puede menos que cantarle –como se lee en la siguiente oración– a ese Otro Entendimiento que ha diseñado tan perfectamente todo:
“Creador inefable, que de los tesoros de tu sabiduría formaste tres jerarquías de Ángeles y con maravilloso orden las colocaste sobre el cielo empíreo, y distribuiste las partes del universo con suma elegancia. Tú que eres la verdadera fuente de luz y sabiduría, y el soberano principio…”.
Santo Tomás de Aquino, ora pro nobis.
[1] El materialismo es una posición filosófica cuyo punto de partida es “Todo lo que existe es materia, sólo existe la materia, lo espiritual no existe. Lo que llamamos espiritual, en última instancia, se puede reducir a la materia”.
[2] Lewontin es biólogo y genetista por la Universidad de Hardvard. Es considerado un filósofo de la Ciencia, de procedencia estadounidense. Aquí en Wikipedia hay una reseña del mismo: https://es.wikipedia.org/wiki/Richard_Lewontin . En inglés, sus palabras: It is not that the methods and institutions of science somehow compel us to accept a material explanation of the phenomenal world, but, on the contrary, that we are forced by our a priori adherence to material causes to create an apparatus of investigation and a set of concepts that produce material explanations, no matter how counter-intuitive, no matter how mystifying to the uninitiated. Moreover, that materialism is absolute, for we cannot allow a Divine Foot in the door. Cfr. http://www.nybooks.com/articles/1997/01/09/billions-and-billions-of-demons/
“A ver, yo he dicho toda la vida que hubo acá 30 mil desaparecidos sabiendo que no hubo 30 mil.
¿Por qué? Porque era una consigna. Y como consigna soy libre de decir lo que tenga ganas.
A mí lo que me parece con ésto es que hacer una ley que obligue a la gente
a decir eso –y si no lo dice que la sancionen– es impedirle pensar en libertad”.
Jorge Lanata. PPT, 28-08-2016
Importa discutir la cifra. Sí, importa mucho. “No, no discutamos la cifra, estemos en paz, busquemos la reconciliación de la Argentina, la reconciliación entre los hermanos enemistados”. A ver, hablemos claro. No puede haber reconciliación donde no hubo nunca acuerdo. ¿Qué conciliación cabe entre quienes derramaron sangre inocente y quienes fueron injustas víctimas? ¿Qué conciliación cabe entre quienes reivindican y siguen reivindicando el accionar terrorista –denominado, diplomáticamente, lucha armada– y quienes lo combatieron, en el marco de la legítima defensa, más aún, en el marco de una guerra justa?
Importa discutir la cifra. Importa discutirla porque a esta cifra la sostuvo la credibilidad de muchos: hubo personas a las que les creímos cuando juraban que hubo 30.000 desaparecidos. Les creímos cuando afirmaban, vehementemente, que esa era la cantidad. Pero esas personas –ligadas a los organismos titulados de “Derechos Humanos”– no sólo afirmaban una cifra sino que también afirmaban otras cosas. Con no menor ímpetu, aseveraron cosas en base a las cuales los argentinos hemos “reconstruido” la historia. Multitud de juicios, opiniones, veredictos, sentencias, resoluciones, etc., se desprenden de personas que sostienen la cifra de “Los Treinta Mil”.
¿Y si es una mentira?: “yo he dicho toda la vida que hubo acá 30 mil desaparecidos sabiendo que no hubo 30 mil”. Entonces, forzosamente queda en jaque también la credibilidad de estos sujetos. Salvo aquellos hechos que pueden ser probados de forma independiente, necesariamente toda la reconstrucción de los años 70′ se halla bajo fuego. Se desplomó esta credibilidad y, con ella, una parte sustancial de la pseudo historia que –desde Alfonsín a Macri– predomina en las cátedras y en los medios de comunicación. Si cae la cifra, cae una pata de la mesa de esta historia distorsionada. Si cae la cifra, cae todo.
A eso le tienen miedo muchos. Exactamente por este motivo, nadie en el país desea discutir a fondo -y con todas sus consecuencias- la cifra de los desaparecidos.
Todo lo demás se puede discutir.
Se puede debatir el aborto en el Carlos Pellegrini. El número de los desaparecidos, no.
Se puede discutir si la defensa del médico fue –o no– excesiva. El número de los desaparecidos, no.
Puede haber una controversia respecto de si un hombre vestido de mujer puede competir en el Hockey con las mujeres o con los varones. Sobre el número de los desaparecidos, no, no puede haber controversia alguna.
Puede debatirse –y darse alternativamente espacio a unos y a otros– si el consumo de drogas puede ser despenalizado.
Todo, absolutamente todo se puede discutir; sobre infinidad de temas puede haber puntos de vistas distintos. Sobre el número de los desaparecidos, no.
¿Y qué hay de la inesperada confesión de Jorge Lanata? Es paradójico si no patético que se presente como un periodista preocupado porque la gente “piense en libertad”. Aceptar una cifra falsa, ¿no impide acaso “pensar en libertad”? Mentir descaradamente, ¿no impide “pensar en libertad”? Aceptar como verdadero algo que es falso, Lanata, ¿no impide “pensar en libertad”? Este cinismo se ha enquistado hasta tal punto que no hubo una sola persona del público que, poniéndose de pié, le espete al fundador de Página/12:
“Si Usted ha mentido descaradamente sobre la cifra de los 30 mil,
¿cómo podríamos creerle en otros temas?”.
En efecto, ¿por qué no pensar que al menos una parte de sus diatribas contra el kirchnerismo son, también, meras “consignas” que no tienen por qué estar sujetas a la realidad? ¿Por qué no pensar también que quienes han repetido la mentira de los treinta mil son “libres” de decir “lo que tengan ganas” en lo que a los resultados de sus investigaciones se refiere, en vez de presentar lo que rigurosa y concretamente ocurrió? ¿Qué credibilidad queda en un periodista cuando confiesa –y muy suelto de cuerpo– frente a una de las audiencias más importantes del país, que ha mentido políticamente?
Voltaire –ese espíritu desdichado que fuese tan bien retratado por el ilustre Hugo Wast– también usó la mentira como arma de combate ideológico. El “Mentid, mentid, que algo queda” es autoría suya. Pues bien, Voltaire hizo escuela y llegó a la Argentina.
Hay que extraer todas las consecuencias de esta auténtica “confesión de parte”. Porque no sólo fue Lanata. Hasta la misma Graciela Fernández Meijide sostuvo que la cifra de los 30 mil desaparecidos “es simbólica”[1], una “mentira” [2]. Y también Luis Labraña, que perteneció a la agrupación terrorista Montoneros, cuestionó la cifra en el marco del programa de Mauro Viale[3]:
Mauro Viale–¿Usted dijo que habían 30 mil desaparecidos y era mentira?
Luis Labraña–Sí. Recién decía “La leyenda de los 30 mil desaparecidos”. No fue una leyenda, fue una necesidad (…) Hacíamos lo imposible para apoyar a una resistencia que estaba en la Argentina contra el Proceso Militar y tratar de ayudar a las Madres de Plaza de Mayo (…) Una mentira política, si usted quiere.
¿Y entonces? Todo tiene que caer, todo tiene que ser revisado. Hay que replantearse la idea de que la autoridad se convierte en mala en la medida que se asemeje a los militares, esto es, en la medida en que “reprima”… Debe caer el mito de los jóvenes idealistas, “perseguidos” porque “luchaban por un boleto estudiantil”. Los mismos que nos decían aquéllo, nos mintieron sin vergüenza sobre la cifra. ¿Les vamos a creer en una cosa y en otra no?
¿Nos damos cuenta hasta qué punto nos vemos obligados a una crítica despiadada sobre los lugares comunes de muchos argentinos? ¿Podemos seguir creyéndonos que hubo “Terrorismo de Estado”, aceptando mansamente las “consignas políticas” de los mentirosos que nos dicen en la cara que son mentirosos? Ya es momento de hablar, apropiadamente, de una legítima defensa por parte del estado frente a la subversión homicida. Y distinguir entre cuán legítima fue esta defensa, apartándose claramente de sus excesos.
Nada sólido puede construirse en base a una mentira. Corresponde sacar todas las consecuencias de estas confesiones y volver a reconstruir o, mejor dicho, a redescubrir la historia. Afortunadamente, no estamos solos y tampoco necesitábamos de estos testimonios para saber de esta falsedad. Son muchos los que, antes y desde hace mucho, se han animado a cuestionar no sólo la falsedad de la cifra sino la totalidad del relato (un relato de los años de plomo que el kirchnerismo utilizó como escudo moral para justificar el sistemático saqueo de la Argentina). Son muchos los que han puntualizado, distinguido y explicado –tema por tema– la catarata de mentiras, engaños y falsedades presentes en la Historia Oficial. Bienvenido sea, sin embargo, esta confesión de parte, que nos permita renovar las fuerzas para el combate por la Verdad Histórica, la verdad de nuestra Patria, dado que sólo la Verdad nos hará libres.
Vamos a ver qué pasa con las palabras en la Argentina: ciertas cosas que se llamaban de una manera, hace tiempo algunos han comenzado a llamarla de otra.
Desde hace tiempo, dejar en libertad a ladrones y asesinos es considerado por ciertos abogadosun acto derespeto por las garantías judiciales.
La comisión de un delito con perjuicio de cientos de miles de personas –un piquete en Panamericana, por ejemplo–, es designada por algunos periodistas en sus noticieros como unamanifestación social.
En el primer caso, el delincuente termina siendo, en tanto delincuente, objeto de respeto. En el segundo caso, el delito, en tanto delito, acaba siendo considerado una manifestación. Abatira un malviviente, en cambio, de movida nos parece algo chocante: algunos periodistas –antes de averiguar si la Policía cometió exceso o no– llamarán a este abatimiento un caso de gatillo fácil. Los delincuentes son “inocentes” y las fuerzas de seguridad son “represoras”. Respiramos y vivimos esa atmósfera.
Un alumno –quizá nuestro sobrino, el hijo de un amigo, un conocido, el que sea– se lleva una materia o reprueba un examen. ¿Y qué piensa espontáneamente mucha gente? Sin conocer nada del caso, sentencian: el profesor abusó de su poder. Sólo después de varios filtros, a alguno se le ocurre que, quizás, Pedrito no estudió lo suficiente. Pero, ¿cuál es la primera reacción? Para muchos, considerar al docente una suerte de represor. He aquí la palabra mágica. Ponemos esa etiqueta y ya está: serruchamos una infinidad de posibilidades bajo la tiranía de un único caso.
En la Argentina de hoy y desde hace un par de años, todo lo que signifique limitar o tan siquiera demorar un aborto –es decir, el asesinato de un niño en el vientre de su madre– es astutamente denominado por los grupos feministas como violencia de género. Salvar una vida en estado prenatal es señalado por algunos como “violencia contra una mujer”.
Y la cosa sigue. Fijémonos:
Si amo a mis hijos y por eso los corrijo cuando se equivocan… soyautoritario.
Si admito el consumo de marihuana y, por supuesto, todas sus consecuencias sobre la conducta…soy abierto.
Si acepto que drogarse es un derecho… soy un tipo de menteamplia.
Si no quiero que se promocione la homosexualidad a mis hijos… soyintolerante.
Si creo íntimamente que la sexualidad no es una construcción social… soyhomofóbico.
Muchas de las cosas que nos pasan tienen lugar porque estamos fuera de la realidad. Y estamos fuera de la realidad porque pronunciamos palabras tramposas. Se trata de una cárcel pero no una cárcel física sino mental.
Nadie quiere respirar el aire carcelario ni formar parte de los destinados a prisión. Pero para poder respirar otro aire, no queda otro camino que decir las cosas como son. La pregunta es: ¿qué queremos? ¿Queremos ser libres? ¿O queremos seguir hablando mal y ser colonizados mentalmente? He aquí una decisión cuya responsabilidad no podemos eludir.
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Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
Tomando prestado un término de otro contexto, esta dimensión es la primera que se advierte desde los primeros momentos de la vida de un niño, como se aprecia en las ecografías que las mujeres se practican: mientras que las características físicas se encuentran a flor de piel, la inteligencia del infante parece estar en un estado como de somnolencia. Con el despertar de la razón en torno a los 6 y 7 años, muchos admiten de forma inexcusable la aparición de la inteligencia humana. Sin embargo, un análisis más fino de este asunto revela que la sensibilidad –en ninguna etapa de la vida– tiene lugar sin conexión con el intelecto. Al contrario: ella está como transfigurada por la inteligencia, de forma tal que con el paso del tiempo el espíritu puede participar e influir de manera cada vez mayor en las potencias inferiores. Educar es, precisamente, fomentar, acompañar y propiciar una mayor presencia del alma en lo sensible, bañándolo con su luz.
La persona humana debe su dimensión sensitiva al cuerpo. Un cuerpo que está unido a su alma de manera substancial: no tiene lugar una yuxtaposición, como si se tratase de sustancias individuales distintas, sino única substancia. Si profundizamos este análisis, descubrimos dos co-principios en el hombre, esto es, en nosotros mismos: la materia prima y la forma sustancial. Ambos –MP y FS– no son “cosas” sino realidades que hacen posibles las cosas[1]. La materia prima como potencia, la forma sustancial como acto.
El carácter “potencial” de la materia se verifica, por ejemplo, en el conocimiento que las personas tenemos del mundo. En efecto, en virtud de los cinco sentidos externos, el ser humano se pone en contacto con la realidad. Entre ellos, siguiendo el aserto de Aristóteles, destacamos el oído: “El logos entra por el oído”. De hecho, el primer órgano que el niño desarrolla –ya desde el seno materno– es precisamente el oído: los latidos del corazón y el fluir de la sangre de la propia madre son como los acordes de esa primera “composición musical” que perciben los infantes. Hay estudios científicos que revelan cómo toda música placentera para los padres estimula a su vez el cerebro del bebé, facilitándole adquirir el lenguaje más adelante[2]. Esto explica que la sordera, cuando tiene lugar en edades muy tempranas, constituya un serio obstáculo para desarrollar el habla. Las cosas reales nos “determinan”, nos hacen pasar de la potencia al acto por medio de esa suerte de ventanas que son los sentidos externos.
Sin embargo, en este primer nivel de captación, aún estamos “lejos” de un conocimiento universal, válido y posible de aplicar a muchas objetos. De ahí la mediación de otros sentidos, los sentidos internos. Gracias a ellos, lo recibido –en ese primer contacto con la realidad– comienza a “perder” las condiciones particulares e individuantes, impedimento para revelar su universalidad. Hay, es verdad, una real mediación de la sensibilidad y de las potencias humanas; hay un “camino”, un “recorrido” entre las primeras percepciones sensibles, particulares, y la “expresión” del verbo o concepto mental, cuya validez es universal.
Ahora bien, esta progresiva ‘desmaterialización’ de las primeras e iniciales percepciones no ocurre por la sola virtud de las mismas. Lo sensible –por sí mismo– no tiene la capacidad de llegar a lo espiritual (al igual que la pluma no puede, por sí sola y sin estar sujeta por una mano, escribir una canción o una poesía). Se arriba a lo espiritual en virtud del entendimiento humano: lo sensible –bajo la luz del llamado intelecto agente– es abstraído y despojado finalmente de sus condiciones materiales individuantes. Luego, el intelecto ‘paciente’ será “fecundado” por este fruto y, así, estará en condiciones de formular el concepto, que es como “el hijo” o “vástago” de la inteligencia. Concepto por el cual –y no “en el cual”– el hombre conoce la realidad.
La mediación entre las percepciones sensibles y el concepto podría llevarnos a pensar en una suerte de hiato. Se podría objetar que, si se dan escalonadamente estos pasos, el hombre entonces no conoce la verdad sino únicamente un pensamiento generado por él mismo. Mons. Derisi –desde las páginas de su Doctrina de la inteligencia: de Aristóteles a Santo Tomás– sale al paso de esta objeción. En efecto, Derisi reconoce una mediación psicológica: hay un tránsito entre la materialidad y el concepto. Sin embargo, distingue entre lo gnoseológicamente inmediato (salvando la veracidad de nuestros conceptos) y el carácter indirecto del conocimiento humano (en tanto extrae de los sentidos la verdad de las cosas). De esta manera, nada impide que nuestro conocimiento sea inmediato y, a la vez, indirecto. Es justamente en este cosmos semántico que no sólo es legítimo sino necesario incorporar todos los descubrimientos de la Neurociencia: la luz que esplende de estos principios aristotélico–tomistas hace posible que cada uno de estos avances científicos ocupe sobriamente su lugar, iluminando así una faceta más de ese misterio al que llamamos hombre, nosotros mismos.
[1] Es evidente que los principios de las cosas no pueden, a su vez, ser cosas. De lo contrario, nuestra explicación quedaría viciada en su raíz, pretendiendo explicar una cosa por ella misma.
¿Cómo evitar que los niños se aburran en la escuela?
El subtítulo de este artículo es un gancho, un anzuelo, porque deliberadamente plantea cómo evitar que los niños se aburran… cuando lo decisivo es entender por qué lo hacen.
Hace un tiempo, una educadora dijo “No existe el trastorno por déficit de atención, sólo niños aburridos”[1]. El niño se aburre por el mismo mecanismo, el mismo motivo, que el adulto. Se aburre cuando está sub-utilizado.
Como todas las actividades, el ser humano necesita realizarlas dentro de un abanico que va desde la sub-utilización hasta la sobre-utilización. Cuando realizamos una actividad muy por debajo de nuestras posibilidades, nos sentimos mental y físicamente infravalorados. Si ponemos a una persona normal a que haga picar en el suelo una pelota de básquet durante 2 minutos, como parte de una entrada en calor, y luego combinamos este ejercicio con otros, es una cosa. Si en cambio lo dejamos picando la pelota durante media hora, se morirá de aburrimiento y comenzará a odiar lo que está haciendo y por supuesto a sí mismo (si no abandona la actividad con desprecio mucho antes). Los entrenadores saben que tienen que incrementar la dificultad para mantener activa la atención, y entonces cambian de ejercicio o procuran que –por ejemplo– se arroje la pelota con cada vez más potencia, de modo de elevar el gasto de esfuerzo. Lo que sea, pero la monotonía tiene que tener un límite.
El mismo principio se aplica al campo del estudio y el conocimiento.
Muchos niños inteligentes, o al menos mejor preparados que sus compañeros, se aburren de manera trágica en las clases. Y uno de los motivos, no el único ciertamente, es que los contenidos no les son desafiantes ni estimulantes. Pero evitemos ante todo la demagogia muchachista: no queremos decir –como parecen insinuar un sinfín de “especialistas” en la educación– que el docente debe ponerse una nariz colorada y hacer el payaso, perdiendo el rabo por mantener los ojos de los chicos sobre sí. Lo que tiene que hacer el docente, muy por el contrario, es brindar un contenido más dificultoso para el intelecto, un objeto suficientemente provocativo para la inteligencia de aquellos niños que –por el motivo que sean– la han desarrollado más.
El problema es que, como una manta corta, al taparnos el pecho nos destapamos los pies. Y el docente, al brindar contenidos más complejos, quizás atraiga la atención de los alumnos más aventajados. Pero será entonces la otra porción de niños, la que no ha desarrollado por el momento tanta capacidad, la que quede rezagada. Y tendremos el problema inverso: sobreactividad. ¿Qué hormona se genera cuando nos situamos ante un desafío que supera las habilidades que sentimos que poseemos? Cortisol. O sea, generamos stress. Es decir, tendríamos a niños frente a un desafío que está por debajo de las propias habilidades que perciben tener, aunque efectivamente -y luego de una adecuada instrucción- puedan ellos llegar a superarlo.
Como docente, nuestro objetivo es calibrar el contenido para mantener a nuestros alumnos en cierto punto, equidistante tanto al stress como al aburrimiento. Los padres deben estar muy interesados en capacitar a sus hijos para que estos no se conviertan en lastres que demoren el aprendizaje de los demás. Asimismo, la experiencia atestigua que la mala conducta de algunos alumnos encuentra su explicación psicológica –no su justificación moral– en el aburrimiento.
Mitos y verdades en torno al debate del aborto – La resolución inexistente
Si hubo una cuestión que se discutió acalorada y permanentemente el pasado 2018, sin dudas fue el aborto. A lo largo y a lo ancho de este debate desigual –el apoyo de por lo menos ¾ de los titulares de los medios de comunicación al proyecto de legalización no permite engañarse– los argentinos escuchamos, entre atónitos e indignados, los más variados enunciados: que el feto no es persona, que la madre está esclavizada por su embrión, que las mujeres pobres también tienen “derecho” a matar a sus hijos sin correr riesgos, y un sinnúmero de recursos pretendidamente argumentativos. Pero los hechos son tozudos y la realidad no desaparece simplemente tapándose los ojos. Y así, casos como el de Concordia (Entre Ríos) y el reciente en Jujuy, ponen al desnudo la trama: en el altar de lo políticamente correcto, argentinos indefensos están siendo sacrificados.
En este contexto dramático, hay un mito particular sobre el cual deseamos hundir el bisturí. Nos referimos a la supuesta existencia de una resolución, emanada por el Ministerio de Salud de la Nación en el año 2010, que daría vía libre a la práctica del aborto no punible en los hospitales. Se cree que Juan Luis Manzur activó en julio de ese año la Guía Técnica para la Atención Integral de los Abortos no punibles, cuando ejercía el cargo de Ministro de Salud, designado por el kirchnerismo.
Lo cierto es que, a pesar de haberse realizado todos los pasos administrativos previos, la guía no tiene resolución ministerial. La resolución 1184/2010 –sobre la cual innumerables periodistas y militantes abortistas escriben y pronuncian latosos discursos– no existe. No está en el boletín oficial.
Esto ya había sido dicho por el propio Manzur el 21 de julio del 2010, 24 hs. después de que el protocolo para matar inocentes fuese colgado en la página de la cartera del Ministerio de Salud. La portada, informó Página/12, rezaba: “Los procedimientos previstos por esta Guía son de aplicación establecida por Resolución Ministerial N° 1184 del 12 de julio de 2010”[1]. Pero el entonces ministro sostuvo que tal resolución no existía, generando la cólera de los elementos abortistas. Y el 31 de julio de ese mismo año, Página/12 visibilizó otro reclamo de las verdes, que exigían la firma de la resolución por parte del ministro a fin de obtener ese aval político por el que tanto suspiran.
Hasta tal punto subsiste el equívoco en gran parte de la opinión pública –tanto celeste como verde– que la misma ley 4796 de la provincia de Río Negro adhiere a esta guía alegando en su art. 3 la vigencia de una resolución que nunca existió. Ahora bien, la ciudad de Cipolletti está en Río Negro. ¿Se puede creer que es la misma provincia donde el médico Leandro Rodríguez Lastra está siendo procesado por no haber ejecutado a un bebé mediante un aborto?
Sin lugar a dudas –y desgraciadamente para los inocentes que no pueden defenderse– este debate seguirá por algún tiempo en la opinión pública. Es de desear que la ideología ceda el paso a la evidencia científica, y que la justicia y el bien común no quede supeditada a los intereses personales.