Soy provida y te cuento tres falacias habituales sobre el aborto

Soy provida y te cuento tres falacias habituales sobre el aborto

 

El diario Clarín del día de ayer contaba de la preocupación, materializada en el Congreso de la Lengua, en Córdoba, de uno de los alfiles culturales que milita por el aborto. Nos referimos a Soledad Gallego Díaz, quien –según interpretación del periodista Ezequiel Viéitez– habría conjeturado en voz alta: “¿Qué se está diciendo cuando a un grupo se lo define como ‘provida’? (…) ¿Que quiénes están en la vereda de enfrente rechazan la vida?”. Y luego, citándola textualmente a Gallego-Díaz, concluye: “Hay una especie de guerra de las palabras, por eso las palabras son más importantes que nunca”.

 

 

Es muy relevante que desde un prestigioso congreso se baje esta línea, dando a entender a todos los oyentes cómo deben hablar. Se trata de la misma reunión en donde se deslizó como tema el “lenguaje inclusivo”. La conclusión emana fácilmente: cuidado con decir los provida somos “provida” (porque eso implicaría deslizar la gran verdad de que los pro-aborto desean la muerte, oh) pero no hay problema con darle a los términos chiques, todes el status suficiente como para discutirlo nada menos que en el Congreso de la Lengua.

El tema del aborto vuelve, por tanto, a recrudecer, y desde una esfera pretendidamente cultural. La confusión terminológica –efecto del llamado lenguaje inclusivo– es parte de la agenda feminista-abortista, está planificada, en sorprendente coincidencia con los manuales de lavado de cerebro soviéticos, donde se puede leer frases como: “Producir un máximo de caos en la cultura del enemigo es nuestro primer paso más importante”. Por eso, la tarea del escritor hoy en día –de aquel que no quiera ser ni un genuflexo ni un prostituto mental ante lo políticamente correcto– es afirmar la verdad y luchar contra el error, como decía Santo Tomás de Aquino en el comienzo de su Suma contra gentiles. De ahí que se vuelve perentorio rebatir las “razones” de los pañuelos verdes.

Una de las falacias más repetidas es: “en la Argentina tienen lugar 500.000 abortos por año”. Esta falacia es especialmente peligrosa por dos razones: primero, porque apela a la cantidad. Parece como si mientras más abortos tuviesen lugar, más cerca nos hallaríamos del deber de legalizarlo. Como si destruirle la cabeza a un bebé en el vientre de su madre fuese un poco más legítimo por un aborto más, uno menos. Oiga, se hicieron 50 abortos. “No, es poco”. Oiga, se hicieron 250 abortos. “Ah, bueno, vamos a considerar el tema”. Esto es lo que casi nunca se dice. Puede haber millones de aborto o uno sólo, pero siempre estamos ante un asesinato. Rebatir la cifra es importante sin embargo porque la extrema falsedad del número prueba que la mentira es arma habitual de la propaganda verde. Así, el año pasado, quedó en evidencia el Ministro de Salud de CAMBIEMOS –Adolfo Rubinstein– quien expresó tres cifras distintas, y muy dispares, respecto de la cantidad de abortos en la Argentina. Ya decía Bernard Nathanson que los impulsores de estas sangrientas políticas inflaban los números como técnica de manipulación de la opinión pública.

            El recurso tramposo a la violación constituye la falacia Nº 2. “Niñas, no madres” dicen los pañuelos verdes luego de haber estimulado la precocidad sexual en la infancia a través de sus programitas de “Educación Sexual”. ¿Raro, no? Durante décadas, promovieron el libertinaje sexual. No les molesta esas nenas en distintos programas de televisión como Lolitas ni que una preadolescente esté en una descontrolada matiné con sus amigas. No, todo eso está buenísimo. Los ‘conservadores’, los ‘tradicionalistas’, los ‘nostálgicos del pasado’, los que coartan la libertad, se oponen a estas cosas. Crearon o al menos alimentaron el problema y ahora los embarazos adolescentes les explotan en la cara. Y cuando todo falla, cuando van perdiendo los debates, sacan de la galera el tema de la violación. Pero es absurdo que la persona por nacer pague por este crimen ¡cuando ni siquiera existía en el momento en que tuvo lugar! “La pornografía es la teoría, la violación es la práctica”. Y nosotros seguimos alimentando, al amparo de la Sacrosanta Libertad de Expresión –principio sostenido por los pañuelos verdes–, la industria pornográfica: caldo de cultivo de los violadores, como lo prueban numerosos estudios psicológicos. Los pañuelos verdes estimulan los tempranos intercambios sexuales de preadolescentes y luego ponen el grito en el cielo –aunque el cielo no sea lugar de su agrado– cuando tienen lugares estos embarazos. Los pañuelos verdes aplauden la Libertad de Expresión, respaldo legal de la pornografía, y luego gimotean cuando un consumidor de porno quiere llevar a la práctica lo que vio en una película. Sin contar con que invocan “un caso” de violación cuando están a favor del aborto “en todos los casos”, haya o no violación: nueva muestra de su deshonestidad. El aborto no la solución, es parte del problema: colofón de este círculo infernal, que tiene a la Infancia como rehén.

En tercer lugar, se dice que “nadie” cree en la Argentina que el aborto deba ser penalizado, y como prueba se muestra el bajo índice de prisiones efectivas al respecto. Pero todos los delitos –en todos los países– tienen un bajo índice de prisión. ¿Cuántos celulares se roban por día en la Capital Federal? Sin embargo, sólo hay prisión efectiva si 1) se atrapa a la persona; 2) se prueba que esa persona lo robó; 3) si el juez se ve persuadido de su culpabilidad; 4) si el acusado no apela a una instancia superior. Por otra parte, algunos abortos suceden sin que nos enteremos y obviamente no son siquiera denunciados. En ciertas etapas del embarazo, el aborto químico es indistinguible del aborto espontáneo. La baja tasa de condenas sobre el aborto no prueba que las personas ya nacidas no lo consideren un crimen, como tampoco prueba algo la baja tasa de condenas sobre el resto de delitos del código penal –robo, estafa, violación– que tienen condena efectiva en la Argentina en menos del 1% de los casos. El bien jurídico a proteger es la vida de la persona y el Derecho Penal protege esta vida con la persecución de esta práctica. Desproteger a uno sentaría las bases para desproteger a todos.

En su novela El hombre que fue jueves, Gilbert K. Chesterton pone en boca de uno de sus personajes la descripción del policía filósofo. Dos personajes se encuentran en un muelle y uno le revela el gran secreto que motiva todas sus acciones: “nuestra civilización está amenazada por una conspiración de orden puramente intelectual… el mundo científico y el mundo artístico conspiran, sordamente, contra la Familia y El Estado”. El protagonista, Gabriel Syme, escucha atónito a este integrante de la fuerza del orden, quien le explica su diferencia respecto del policía convencional: mientras el policía común investiga los crímenes pasados, el policía filósofo –haciendo uso de sus razonamientos e inferencias– adivina los crímenes futuros.

El conjunto de pretextos, recursos y mentiras abortistas no son simplemente “una postura”, no son “opiniones” a favor del aborto. Son el caldo de cultivo de futuros crímenes e incluso de genocidios. Tenemos el deber, y usted también estimado lector, de oponernos firmemente a este discurso, a estas políticas y a estos personajes, por el bien de la familia, de la patria, de la Argentina en pleno.

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Sobre el 24 de marzo de 1976: ¿qué es lo más verdadero y menos sesgado que podemos decir?

Sobre el 24 de marzo de 1976: ¿qué es lo más verdadero y menos sesgado que podemos decir?

 

Es difícil condensar lo esencial en un apretado artículo.

Una parte importante de la población está condicionada para interpretar de manera torcida cualquier cosa sobre los años 70’ que se salga del guión de lo políticamente correcto. Es como si las versiones alternativas gatillasen en la mente de estas personas –quizás en la de vos mismo, que me estás leyendo, sí, ahora– una reacción (prefabricada) cristalizada en pensamientos tales como “si hablan de las bombas de los montoneros, justifican a los militares”. ¿O me vas a decir que no? Ey, los desaparecidos eran guerrilleros, leemos o escuchamos, y de inmediato algunos dirán “¡Estás queriendo legitimar la Dictadura!”.

Lo primero que tengo que pedirte es que entiendas que si vos llegás a estos pensamientos de manera espontánea –casi automática–, es porque te vienen manipulando. Como a los perros de Pavlov, te han acondicionado para ese reflejo. Porque en realidad, el tema es mucho más complejo.

 

Controla el pasado y controlarás el presente

 

No cabe duda de que una porción considerable de la población argentina suscribe un determinado relato en torno a los años 70’ que, prácticamente, no se distingue de la narración que el kirchnerismo –con todo el peso del poder del estado– impuso, bajando línea a sangre y fuego. Una cantidad significativa de argentinos ha aceptado esa visión sin pretender cotejarla con las otras partes involucradas. Acríticamente. No conocen las publicaciones de otro signo; no tienen un real interés en conocerlas (eso es peor) y son alarmantemente ignorantes de los puntos débiles de sus propias versiones.

La versión predominante –que ya existía desde los 80’ pero que con el kirchnerismo cobró patente oficial– va mucho más allá del simple repudio a los procedimientos inmorales en la guerra contra el terrorismo por parte de las Fuerzas Armadas. Según esta visión, directamente, “no hubo guerra” (aunque quienes fueron protagonistas afirman que la hubo). Las cosas se dan de tal manera en nuestro país que unos intelectuales ideologizados –10, 20, 30 y hasta 40 años después– pueden decir tranquilamente en todos los medios, revistas, libros, que lo que pasó “no fue una guerra”, cuando los montoneros y erpianos escribían en sus manifiestos “guerra popular revolucionaria”, “lucha armada”, etc.

El escenario de guerra como telón de fondo lo cambia todo, y muchos intereses corren peligro si los hechos históricos se interpretan así.

El segundo recorte lo constituye la calculada y sistemática omisión –por simple que fuese– de los nombres de las víctimas civiles, asesinadas en manos de la subversión. Durante décadas, no se los podía mencionar. ¿No tenían madres esas personas?

Las víctimas civiles de la subversión fueron confinadas al olvido, porque su memoria –¡su simple existencia!– era incómoda para la versión kirchnerista, que elevó a “verdad histórica oficial” la distorsión ya presente en la mente de los militantes de derechos humanos. Amparado en ese escudo de legitimidad moral que le daba enfrentar a “los militares genocidas” (y del que hicieron uso, abuso, y con el que también se enriquecieron), el oficialismo K hizo y deshizo. ¿Estás en contra? Sos un golpista. ¿No apoyás las medidas del gobierno que juzgó a los militares? Sos la derecha. ¿Querés que no le cobremos más impuestos al campo? Escondés tus planteos genocidas detrás de una cuestión económica. El discurso estaba armado para eso (una estructura muy bien pensada de falsas disyuntivas), y muchos cayeron en la trampa.

Mientras muchos temían ser tildados de golpistas, derecha y genocidas, las víctimas civiles cayeron en el olvido. Asesinadas dos veces. Olvidada quedó Paula Lambruschini, también la hija de tres años del Capitán Viola, David Kraiselburd (bebé de meses), María G. Cabrera Rojo (3 años), Juan Barrios (3 años), Guillermo Capogrossi (6 años), Claudio Yanotti (9 años), Gladys Medina (13 años), Laura Ferrari (18 años), y tantos otros desaparecidos de los discursos oficiales.

También fueron suprimidos los soldados argentinos –no meras “víctimas civiles” sino guerreros de la Patria– que cayeron en combate contra el terrorismo. Formosa (1975), Monte Chingolo (1975) y Tucumán (1975). No se podía hablar de ellos sin ser tildado de “sospechoso”. Se condicionó a la población, durante años y por todos los medios, para que toda acción militar contra la guerrilla marxista oliese mal a priori, con independencia de un balance histórico equilibrado. Así, operaciones militares en los montes tucumanos como el Operativo Independencia eran demonizadas. ¿Que hubo abatidos y no desaparecidos? No importa: “no podemos decir nada bueno del adversario y no podemos decir nada malo de nuestro propio bando”. Esta era la consigna implícita, hilo conductor en todos los ideólogos y militantes de la izquierda: como no podían festejar los asesinatos cometidos, señalaban –mintiendo, exagerando, diciendo la verdad, quién sabe– lo malo que habrían hecho sus adversarios, las Fuerzas Armadas.

En su mentalidad y en sus actos, “el delito del oponente extinguía el propio”. Es decir: yo maté, fui montonero o erpiano, yo puse una bomba, yo pasé información para que mataran al Coronel Tal. Yo le pegué un disparo a traición a un cabo de la Policía, yo metí un explosivo en un edificio. Pero como luego vinieron los milicos y me torturaron para que diga dónde estaba la bomba o para que denuncie a mis otros compañeros terroristas, listo. Como luego los milicos me hicieron desaparecer, ya está, yo automáticamente quedo blanqueado y soy un joven idealista.

Esta técnica de lavado de cerebro se describe como la habilidad de esconder una verdad detrás de otra. Escondieron los asesinatos y operaciones terroristas detrás de la desaparición de personas. En el discurso de la izquierda y los organismos de derechos humanos primero, y en el kirchnerismo después, los integrantes del ERP y Montoneros fueron reducidos discursivamente a la condición de simples desaparecidos. Pero, ¿de dónde saca este articulista semejante cosa? ¿Cómo va a decir que los desaparecidos eran parte de estructuras terroristas?, puede pensar algún lector. Pues bien: lo saco del propio Mario Firmenich, cabecilla de Montoneros: “Habrá alguno que otro desaparecido que no tenía nada que ver, pero la inmensa mayoría eran militantes y la inmensa mayoría eran montoneros (…) A mí me hubiera molestado muchísimo que mi muerte fuera utilizada en el sentido de que un pobrecito dirigente fue llevado a la muerte”[1] (1991).

Pero, podría algún lector dudar y preguntarnos: ¿es cierto que los organismos de derechos humanos primero y el oficialismo después, tanto durante el período de Néstor como el de Cristina Kirchner, fueron mucho más allá de la condena de la desaparición de personas? ¡Porque yo no estoy a favor de la guerrilla pero tampoco de que hubiese desaparecidos! Respondo con hechos: el gobierno contaba entre sus aliados a piqueteros como Luis D’ Elia, quien justificó –en el programa de Jorge Lanata[2]– el asesinato del ex presidente Aramburu, diciendo que su familia “brindó” con “asado y con vino” cuando lo mataron. Por la responsabilidad de Aramburu en los fusilamientos de José León Suárez, todo el peronismo (no sólo el peronismo de izquierda) odiaba a Aramburu y una parte sustancial de él pensaba que debía ser castigado. Otra de sus aliadas fundamentales fue Hebe de Bonafini, quien siempre alentó la ejecución de actos subversión –antes, durante y después del apoyo que recibió del kirchnerismo–, promoviendo que se tomen las armas y fomentando la lucha armada y la guerrilla[3].

Más datos: hasta julio del 2012, una placa colocada al frente del edificio de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional en Buenos Aires, recordaba el nombre del juez Jorge Quiroga, quien había condenado a guerrilleros, siendo más tarde asesinado por el ERP el 28 de abril de 1974. En julio de 2012, esta placa fue retirada por orden del camarista Gustavo Bruzzone. ¿Qué tenía que ver el juez Quiroga con la desaparición de personas? ¿Por qué removieron su placa? El oficialismo kirchnerista aplaudió la medida, como así también los organismos de derechos humanos. Si te mató una bomba montonera o si fuiste abatido por una bala erpiana, no podés ser recordado en este país.

Este tema presenta, sin dudas, graves dificultades. La historiografía de los años 70’ está signada por muchas, y entre ellas puntualizaré como primordial el hecho de que la mayor parte de lo que circula a través de los MMCC manifiesta única y exclusivamente lo que dicen los críticos de la acción de las Fuerzas Armadas. Pero la credibilidad de estos críticos está muy desgastada a causa de sus habituales mentiras en torno a la cifra de los desaparecidos (ya todo el mundo sabe que no fueron 30.000) y un observador imparcial no puede aceptar su visión interesada de los hechos.

Se olvida asimismo una distinción clave. La distinción entre “subversión” y “terrorismo”. En los años 70’, en efecto, grupos guerrilleros desencadenaron en nuestro país el fenómeno terrorista. Varias siglas y nombres circularon en su momento, pero los más representativos fueron sin dudas las organizaciones denominadas ERP y Montoneros.

En nuestro país, la mayoría de las personas solamente advierten –y con horror– el terrorismo: bombas, asesinatos, secuestros, extorsiones, torturas, despliegues armados, etc., pero ignoran lo que se conoce como “subversión”. La subversión no pertenece al orden físico sino al campo de la inteligencia y la psique: el terrorista que jala el gatillo o coloca el explosivo en la casa de un general es el último eslabón de la gran cadena revolucionaria. Pero hay muchos otros eslabones anteriores que cooperaron con ese acto, desde el vendedor de diarios que informaba los horarios en que generales y coroneles salían de sus hogares hasta el docente universitario que fomentaba resentimiento clasista en sus alumnos y era integrante de células guerrilleras, como Silvio Frondizi. Desde los dueños de departamentos en donde estaban guardadas las armas hasta los periodistas que escribían benévolas coberturas de los atentados. Como ocurrió en Argelia con el FLN, miles de personas colaboraban con la guerrilla en tareas de superficie. Todas estas acciones (incruentas) formaban de la subversión y no propiamente del terrorismo, siendo apoyadas y financiadas –entre otros– por el Estado Cubano.

Tampoco se entienden los años 70’ sin una dramática y criminal contradicción: por un lado, las fuerzas del orden reaccionan contra el terrorismo (muchos guerrilleros eran apresados o abatidos) y por otro, desde otras esferas oficiales, se alentaba y establecía una complicidad con el terrorismo. Sólo esta ecuación explica que –habiendo ganado las elecciones el FREJULI– el primer día del entonces presidente de la nación, Héctor Cámpora, el Congreso de la Nación aprobase una amplia amnistía liberando a todos los “presos políticos”, lo que sucedió el 25 de mayo de 1973 (El Devotazo). 276 detenidos, procesados o condenados por acciones terroristas fueron puestos en libertad: en un abrir y cerrar de ojos, las fuerzas de seguridad y los jueces vieron desvanecerse sus esfuerzos.

Con la amnistía, la carcajada guerrillera volvió a resonar y, por supuesto, los primeros que tenían que temer eran los mismos policías y jueces que los habían mandado a la cárcel. Asimismo, la puja entre la izquierda y la derecha peronista llegaba a su clímax el 20 de junio del 73’, con la Masacre de Ezeiza. Violencia política, derramamiento de sangre, contexto que explica frases como: “Rucci, traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor” (amenaza materializada el 25 de septiembre del mismo año). El asesinato de José Ignacio Rucci –referido como alfil del peronismo de derecha– es otro botón de muestra de esta lógica de violencia inaudita pero también de cinismo: tomando la propaganda de unas famosas galletitas, con sus “23 agujeritos”, se denominó Operación Traviata a la maniobra guerrillera que tuvo por objeto su asesinato, dado que el sindicalista había recibido 23 tiros. Según algunos, precisamente en el entierro de Rucci habría tenido lugar la petición del ya presidente Perón de acabar con la guerrilla usando todos los medios (“Somatén”), y algunos piensan que es aquí donde surgen los grupos para-policiales que, por izquierda, salen a “ajusticiar” a los subversivos. Como ya lo había hecho años anteriores, Perón ponía varios huevos en distintas canastas.

El 28 de abril de 1974 es asesinado el precitado juez Quiroga, que había impuesto la prisión para algunos terroristas. Su sangre rubrica una certeza que la sociedad argentina percibió de inmediato: su propio estado de indefensión.

El 1° de mayo del 74’ tenía lugar el célebre discurso de Perón, ese famoso y repetido discurso donde llama “imberbes” a los Montoneros, probablemente en respuesta a unos cánticos críticos. El 11 de mayo es asesinado el padre Carlos Mugica, sacerdote que formó parte del MSTM (Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo), quien había influido notoriamente en Montoneros, muerte cuya responsabilidad es discutida hasta el día de hoy. El padre Mugica encabezaba un importante sector, dentro del peronismo de izquierda, que había decidido no seguir promoviendo la “lucha armada” (o sea, el asesinato) dado que el gobierno militar (1966-1973) había llegado a su fin. Había ganado Perón con el 62% de los votos y, por tanto, “ya no había razón” para oponerse. Pero los peronistas de izquierda más revolucionarios no pensaban lo mismo, actitud que se cristalizaba en acciones políticas, declaraciones públicas y hasta en cánticos que seguían repitiendo como “FAR, FAP y Montoneros son nuestros compañeros” o también “Duro, duro, duro, vivan los Montoneros que mataron a Aramburu”.

El 1º de junio, las exportaciones argentinas a los países de la órbita socialista se incrementaron de 60 a 475 millones de dólares. El 8 de junio asume como diputado suplente Rodolfo Ortega Peña, famoso intelectual de Montoneros. El 12 de junio, último acto peronista con Perón presente, una multitud se convocó en Plaza de Mayo y estaba presente los Montoneros. Todo esto, luego del cortocircuito donde “los echó de la plaza”. Apoyos, gestos y guiños para la izquierda, convalidación tácita de los atentados. Y muchos pensaban: si el mismo presidente Perón, si el mismo poder político recibe y está aliado con los guerrilleros, ¿quién nos va a proteger? Los montoneros también estuvieron presentes en su despedida final, ante el féretro.

Muerto Perón el 1° de julio de 1974 –quien primero alentó la guerrilla y luego intentó frenarla– y gobernando “Isabelita”, era evidente que la victoria contra el terrorismo no estaba cerca: moría gente todos los días, la policía estaba sobrepasada, los terroristas se mimetizaban entre la población, la sensación de “desgobierno” era total, y las bandas para-policiales seguían “ajusticiando” supuestos o reales agentes del marxismo. Así, el 27 de septiembre de 1974, es asesinado Silvio Frondizi, ideólogo del PRT-ERP, en una acción realizada por lo que se conoce como “Triple A” (Acción Anticomunista Argentina). Más tarde, el 27 de octubre y el 22 de diciembre respectivamente, los erpianos toman la vida de dos profesores católicos y nacionalistas de enorme influencia: Jordán Bruno Genta (de indudable influjo en las Fuerzas Armadas, especialmente en Fuerza Aérea) y Carlos Alberto Sacheri.

El país entero seguía bajo el permanente hostigamiento de células guerrilleras. Los mismos líderes de los partidos políticos reconocían puertas adentro su impotencia: el Estado de Derecho era impotente, había fracasado. Y uno de los responsables de este caos era, sin dudas, el propio Perón, que había fomentado a la guerrilla desde España, pensando que podía controlarla una vez que se hiciera del poder en las elecciones. Muchos piensan que Montoneros ya había advertido la traición de “El General”, cristalizada en el mencionado Somatén. En efecto, no parecía el mismo Perón que, enterado de la muerte del Che Guevara, había escrito el 24 de octubre de 1967: “Hoy ha caído en esa lucha, como un héroe, la figura joven más extraordinaria que ha dado la revolución en Latinoamérica: ha muerto el Comandante Ernesto Che Guevara. (…) El peronismo, consecuente con su tradición y con su lucha, como Movimiento Nacional, Popular y Revolucionario, rinde su homenaje emocionado al idealista, al revolucionario, al Comandante Ernesto “Che” Guevara, guerrillero argentino muerto en acción empuñando las armas en pos del triunfo de las revoluciones nacionales en Latinoamérica”.

Los testimonios de quienes vivieron esa época –personas de distintas posiciones políticas– confluyen en una sola cosa: la situación del país era un caos total. En los 70’, el cuadro era el siguiente:

 

–una Argentina debilitada económicamente;

–una insurgencia revolucionaria–terrorista, dispuesta a derrocar el malhadado orden democrático vigente;

–una contrainsurgencia que, desde el campo policial y militar, luchaba contra el terrorismo (pero que no veía la acción psicológica de la subversión, o que al menos la subestimaba).

 

Como parte de su enfrentamiento con la URSS, Estados Unidos fogoneó los golpes militares cuidándose muy bien de apoyar a los sectores nacionalistas en las Fuerzas Armadas. ¿Por qué motivo? Los nacionalistas rechazaban toda injerencia extranjera en nuestro país, no sólo la soviética sino también la representada por los imperialismos financieros. Resultado: los militares de perfil profesionalista, generalmente cercanos a cierta derecha liberal, fueron los que efectivamente recibieron el apoyo norteamericano para conducir la nación en 1976, continuando –con todo el poder del estado– la guerra contra el terrorismo marxista.

La formación liberal de las Fuerzas Armadas a lo largo de generaciones dificultó que fuesen plenamente conscientes del sometimiento económico–político de la Argentina. Atrapados, como lo estaban, dentro del esquema de la Guerra Fría, muchos creían que para salvar a la Patria del Comunismo había que pactar con los Estados Unidos, y que volviera “la Santa Democracia”.

La suma de todas estas circunstancias explica que, a mediados de los 70’, la sociedad argentina entera haya pedido a gritos “Que vuelvan los militares y hagan algo”. Los días de 1975 y principios del 76’ fueron muy intensos, recrudecieron los operativos guerrilleros y era prácticamente cuestión de tiempo para que las Fuerzas Armadas se hicieran del gobierno. Son meses de enérgicas discusiones en los que los militares debatían los pasos a seguir, una vez que se tomara el poder político. Isabel Perón es derrocada sin resistencia alguna y el Gobierno Militar que viese la luz el 24 de marzo de 1976 es recibido con entusiasmo. Radicales y hasta los mismos peronistas –volteados– prestaron numerosos intendentes, ya desde el inicio del golpe: 310 y 192 respectivamente. El mismo 24 a la mañana los rumores corrían por todas partes y mucha gente susurraba “hoy no salgas, los militares van al tomar el poder”.

La mayor parte de la población repudiaba el terrorismo y festejó el golpe de estado. Los mismos diarios saludaron a las nuevas autoridades[4]. Otra porción, sin duda menor, repudiaba el accionar terrorista pero no desconocía ni la importancia de los temas económicos ni lo que hemos ya caracterizado como subversión. Una inmensa mayoría, sin embargo, advertía solamente la acción terrorista pero subestimaba o sencillamente desconocía la enorme influencia del imperialismo norteamericano en nuestro país. Estimaban suficiente que el Proceso Militar acabase con los guerrilleros, “llamaran a elecciones democráticas y ya está”. Carecían por completo de sensibilidad alguna por cualquier ideal de justicia social.

No es cierto (pero te lo quieren hacer creer) que la totalidad de las voces fueran complacientes con el Proceso. Muy por el contrario, tanto sus políticas económicas anti-argentinas –la toma de deuda externa, por ejemplo– como sus métodos para combatir la subversión fueron duramente criticados y denunciados en el mismo momento en que ocurrían. El tiempo reveló lo desastroso de sus consecuencias: se cerraron fábricas, se endeudó aún más el país, regalándose la soberanía económica. La Revista Cabildo, pero también otras voces nacionalistas, no dejaron de criticar las políticas del Proceso Militar. Mientras tanto, otros actores políticos que tampoco eran de izquierda aplaudían y celebraban que las FFAA hubieran tomado el poder para así librar, de manera más eficaz, el combate contra el terrorismo erpiano–montonero, sin entender, sin apreciar o peor aún convalidando que el gobierno militar estuviese debilitando –en el plano económico– al país cuando el efecto de estas medidas empezó a hacerse sentir.

La guerra antisubversiva fue la respuesta a la guerra revolucionaria. El apoyo del imperialismo norteamericano no cambia esto: el hecho de que Estados Unidos apoyase el Proceso Militar no extingue nuestro derecho a defendernos del terrorismo. Más allá de esta influencia, está fuera de toda discusión que estas fuerzas tenían el deber de defender a la Nación. Ahora bien, en honor a la verdad, pocos hombres de guerra advirtieron que el peligro no sólo estaba en La Habana o en Moscú sino también en Washington.

La observación y el análisis de este contexto arrojan varios resultados. En efecto, no cabe duda de que el discurso atravesado por los vocablos “terrorismo de estado”, “genocidio”, “dictadura”, “plan sistemático”, simplifica de manera arbitraria e irracional un conjunto de hechos históricos que –de conocerse en su totalidad– resisten cualquier reducción. Es, por otro lado, absolutamente inaceptable reducir la legítima defensa de la nación respecto de la guerrilla a las acciones injustas que los militares hayan cometido contra los subversivos.

Ningún argentino de bien, que realmente ame la verdad histórica y la justicia, justifica procedimientos inmorales en la lucha contra el terrorismo. Y así como no lo justifica, precisamente porque quiere la justicia –que es inseparable de la verdad– tampoco acepta la novela rosa de los desaparecidos. Un relato que, por otra parte, fue resistido por Martín Caparrós y Eduardo Anguita, dos integrantes de relieve de ERP y Montoneros.

Develar la verdad sobre este tema no lava las políticas liberales del Proceso, ni blanquea el procedimiento de desaparición de personas. Destapar la verdad, por el contrario, desenmascara las mentiras que se vienen diciendo. Lo cierto, lo dramáticamente cierto, es que fue una guerra.

Fue una guerra. Ahora bien, ¿es necesario decir que, sobre todo durante una guerra, no vale todo? ¿Es necesario decir que no existe luz verde para cualquier acción en épocas de guerra? La moral de los guerrilleros, la moral marxista, obedece a este principio: “Todo su ser tiene que estar dominado por una meta, un pensamiento, una pasión: la revolución… Debe romper, con cuerpo y alma, de palabra y por el acto, toda relación con el orden existente, e incluso con el mundo civilizado y sus leyes, sus buenos modales, sus convenciones y su moral. Es su enemigo despiadado y vive en él con el único fin de destruirlo. Odia y desprecia la moral social de su época. Todo lo que favorezca la revolución es moral…, todo lo que la impida, es inmoral”[5]. El Che Guevara lo dijo bien claro: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría  máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así[6]. Es, por el contrario, la moral católica la que enseña que el fin no justifica los medios.

Quienes no quieren hacer las necesarias precisiones son sospechosos de arbitrariedad y parcialidad ideológica. En el Evangelio de San Juan leemos que Cristo dijo: “la verdad os hará libres”. Abracemos definidamente la Verdad y todo lo demás se dará por añadidura.

 

 

[1] Cfr. Página/12, 17 de marzo de 1991, entrevista a Mario Firmenich por parte del periodista Jesús Quinteros.

[2] Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=fX6yrg0DX_k (minutos 8 y ss.).

[3] Como botón de muestra, ver: Discurso de Hebe de Bonafini, en el acto por los 49 años del asalto al Cuartel Moncada (Cuba), realizado en la Facultad de Medicina, el 26 de Julio de 2002. Link: http://www.madres.org/navegar/nav.php?idsitio=5&idcat=96&idindex=173

[4] Cfr. http://www.infobae.com/2009/03/24/438267-que-decian-los-diarios-del-24-marzo-1976/

[5] Cfr. Catecismo del revolucionario, Bakunin.

[6] Mensaje a la Tricontinental. Bolivia, mayo de 1967.

Comenzaron las clases… ¿qué tengo que hacer por el bien de mis hijos?

Porque esa es la pregunta que todo buen padre se hace. ¿Qué tengo que hacer por el bien de mis hijos? Personalmente, dudo de que un padre ame realmente a sus hijos si no está pensando en esto varias veces al día. Hay algunos criterios básicos que los padres no pueden ignorar y considero que, habiendo formado parte del cuerpo docente–tanto en Primaria como en Secundaria–, puedo compartirles. Así que, ¡adelante!

En primer lugar, los chicos tienen que tender hacia una creciente autonomía. No haga usted por su hijo lo que él está en condiciones de hacer, porque ahí está inoculando el germen del asistencialismo. Si su hijo no lee Ciencias Sociales, si no lee el manual de Historia, no tiene “un problema de lectura comprensiva”. Su problema es no leer. Es otra cosa. ¡Cuántas veces nos ha tocado alumnos en clases particulares que no tienen absolutamente ninguna dificultad de comprensión! Suelen experimentar (aunque no siempre) cierta falta de voluntad, y esto no puede confundirse con un desorden psicopedagógico.

En segundo lugar, los chicos –y a cualquier edad– deben saber que los actos traen aparejadas sus consecuencias. Un acto bueno debe venir acompañado de consecuencias positivas, y a un acto malo debe seguir una consecuencia negativa. No hay otra forma. ¿Que protestan los demagogos de la pedagogía? Que protesten. ¿Qué alguien por allí diga que se está deslizando el castigo como posibilidad? Pues tiene razón. El castigo y el premio. Los padres deben premiar y castigar, deben con claridad dejar establecido a sus hijos que todos sus actos –y también, la ausencia de ellos– tienen consecuencias. Que quede firme que no da lo mismo todo; cuando no se educa así, se entrena –quieras que no– al hijo en el relativismo. No en el relativismo ideológico, de corte intelectual, claramente. Pero sí en un relativismo conductual al menos, en donde las cosas dejan de tener sentido porque todo da lo mismo. Si su hijo le gana la pulseada a los 10 años, usted tiene un problema como padre. No puede ser, algo no está haciendo bien y lo tiene que corregir. Por el bien suyo, pero especialmente por el de su hijo.

En tercer lugar, a la hora de ordenar la esfera del hogar, hay que tener en cuenta que los premios y los castigos deben ser mantenidos con consistencia en el tiempo. Las metas deben ser diseñadas con realismo, y entonces –permítame que me ponga en primera persona– tengo que saber si efectivamente puedo premiar y puedo castigar (de ahora en adelante) tal o cual conducta de mi hijo. Lo peor que me pueda pasar es plantearme un objetivo, comunicarlo a mi hijo y luego no poder cumplirlo. Asimismo, los premios y castigos deben ser calibrados teniendo en cuenta distintas variables: edad, personalidad, facilidades propias de mi hijo, dificultades…

Pero, ¿no íbamos a hablar de las clases? ¿No íbamos a hablar de qué puedo hacer para que mi hijo, en la escuela, en el colegio, esté bien? Lo cierto es que ambas cosas están conectadas: la persona es una unidad. Los niños, los pre-adolescentes y los adolescentes resienten su conducta y su rendimiento intelectual cuando HOGAR y ESCUELA no están alineados. Y lo determinante seguirá siendo el hogar. No se debe criticar al docente delante del hijo –salvo que esté enseñando algo verdaderamente escandaloso, como la ideología de género, por ejemplo– y si hay fundamento para creer que el docente se está equivocando (cosa que puede pasar) deben agotarse los cauces de acción privada, tratando de no mancillar la imagen del docente.

Los chicos están solos. No todos, por cierto, pero una porción cada vez mayor de niños y jóvenes experimentan ese alejamiento del adulto. El logos entra por el oído, dice Aristóteles. Logos, es decir, verdad, razón, discurso. Tenemos que hablar con nuestros hijos, tenemos que leerles cosas. Tienen que conocer ante todo las Sagradas Escrituras. Leerle el relato de la Creación del Mundo, palabras de Nuestro Señor Jesucristo. Ir acostumbrando su oído. Leerles literatura. Cuentos y narraciones clásicas: Narnia o El Principito, por ejemplo. Debemos fomentar la lectura y la conversación, dos habilidades fundamentales, que se ejercitan permanentemente en las escuelas y colegios. Los docentes transmiten hablando: ¿cómo puede captar mi hijo al docente si no sabe escuchar, si no sabe entender? Ustedes, los padres, deben fomentar que su hijo escuche, que piense, que razone.

Sin esta capacidad, sufrirá un Calvario –lo hemos visto en tantos alumnos, especialmente los que están en riesgo de repetir– y su autoestima se caerá a pedazos porque realmente la pasará mal en el colegio. Es realmente espantoso sentir que no se entiende lo que se debería entender, sentir que uno “no es lo suficientemente bueno”, sentirse “tonto”, y además –como esto se repite varias veces en el día– ir configurando un concepto negativo de uno mismo en relación al Conocimiento. Y luego, estas personas (¿cómo no?) quedan resentidas con el Conocimiento, con la Escuela, resentidas con el Aprendizaje. Esto no puede pasar, es inaceptable que mi hijo no ame saber. Porque la sabiduría debe ser amada, y conocer algo en sus causas –he aquí la gran enseñanza del mundo medieval– genera un deleite en la inteligencia de la persona. ¡Los colegios no fueron concebidos como cárceles! No son lugares de tortura para los chicos, no deben serlo, pero es imposible que nuestros hijos puedan disfrutar si no entienden. Y es imposible que entiendan si no han desarrollado el hábito auditivo –cuya raíz es el espíritu, por supuesto– de atender, escuchar, comprender.

Los padres me dirán que sus hijos deben poner también su parte en este proceso, y tienen toda la razón. Pero no nos equivoquemos: los padres deben mejorar para que el hijo mejore. Nadie influye en el hijo más que ellos.

Hablábamos del poder de la atención, y hay que subrayar que ese poder se ejercita. Por ejemplo, con la lectura, que fortalece la atención de la persona. Como en otros casos, aquí no hay vuelta de tuerca: debo ser un padre lector para inculcar hábitos de lectura en mis hijos. Traer el libro a la mesa: leer algo, comentarlo, pedir opinión a mis hijos, conversarlo entre todos mientras se almuerza o se cena. Soy de la opinión de que el celular es algo absolutamente nocivo para un pre-adolescente (no digamos ya un niño). La validación que se obtiene a través de los chats convierte a mis hijos en adictos a esa validación. La imagen, por otro lado, atrae de tal manera a la mente que los vuelve dependientes. Somos menos libres con esas pantallas.  “¡Pero todos sus compañeros lo usan!” ya puedo escuchar desde aquí a tantos padres angustiados, que en el fondo saben que algo de razón tengo. Sin embargo me permito contraargumentar: “¿Ustedes quieren que sus hijos sean como todos?”.

Debo ser un padre lector, porque de lo contrario mi hijo percibirá la contradicción. Y ocurrirá el fenómeno conocido como el “asco psíquico”, traducido en este pensamiento que martillará su cabecita una y otra vez: Mis padres me dicen que lea, pero no leen. Mis padres me dicen que la educación es lo más importante pero no siguen educándose. Usted no dejará de ser amado, dejará de ser respetado. Y su palabra valdrá cada vez menos. ¿Eso quiere? El futuro de sus hijos está en sus manos. Si cree que se ha equivocado, sepa también que aún está a tiempo de reconducirlo. Pero debe tener en claro la meta y los medios a utilizar. Según la experiencia, lo que otorga la fuerza interior para llevar a cabo esto es fundamentalmente el profundo convencimiento interno de que este tipo de cosas es lo que su hijo verdaderamente necesita.

Lea, estudie, profundice, para llegar a la posesión de este profundo convencimiento. Ame primero la sabiduría y podrá comunicar ese amor. Entusiásmese usted primero, y transmitirá entusiasmo. Le recuerdo que el origen de la sabiduría es Dios mismo.

 

***

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Todo lo que no se puede decir: terraplanistas, antivacunas, antijudíos, antibergoglianos y otras yerbas

 

Es muy útil cacarear en un lado para que no se sepa lo que realmente ocurre en el otro.

Les cuento que Infobae está muy enojado. O mejor dicho, un tal Nicolás Lucca: “una teoría estúpida” son las palabras que usó en su reciente artículo[1], donde empieza mofándose de los terraplanistas para luego dirigir sus dardos a lo que realmente le interesa. Que ya veremos qué es.

Decíamos que Lucca está muy, muy enojado. Está furioso con el canal TLV1, con la tarea historiográfica de Salvador Borrego (a quien le es más fácil descalificar que intentar rebatir intelectualmente), con el revisionismo histórico argentino… Repartió más tortazos que Sylvester Stallone en Rocky IV pero su agresividad tiene un límite y dentro de poco veremos cuál.

Empecemos por el título del artículo: “La tierra es plana, nacionalista y antisemita”. La estrategia es de cajón: vincular el terraplanismo a las denuncias del nacionalismo, condimentar con la palabra clave –antisemitismo– y así provocar miedo, susto. Pero, ¿a quiénes viene denunciando el nacionalismo?

Lucca–Infobae sabe de la mente, y por supuesto de los botones psicológicos que puede activar en los lectores: la gente tiene terror a quedar como “antisemita”. Estamos siendo condicionados para experimentar este miedo ante cualquier crítica (justa o no) de los judíos. Si usted quiere desprestigiar una idea, vincúlela al antisemitismo y listo. Son técnicas. Al igual que el título: desacreditar el nacionalismo asociándolo con la teoría fantástica de la Tierra Plana. En realidad, no interesa la Tierra Plana como tal. Interesa ensuciar la cancha.

La tierra plana es una teoría estúpida, dice Lucca–Infobae. ¿Qué les pasó a los prudentes, mesurados y dialogantes periodistas? ¿Qué pasó con los elogios reiterados a la libertad de expresión, de pensamiento, propios de este glorioso mundo moderno? “Vos si querés no abortes, pero deja que otros piensen lo que quieran”. ¿Cómo que es una teoría estúpida? ¿Por qué no podemos dejar que los terraplanistas piensen “lo que quieran”? Si eso le hace daño a alguien, no me lo han dicho.

Personalmente no tengo idea del debate sobre la Tierra Plana, de cuya existencia me notifiqué hace menos de un año. Pero creo que tengo algo de idea de los debates en general, así como de las técnicas con las que se suele suprimir los debates incómodos. Hay ciertas palabras cuidadosamente elegidas. Ya vimos el término “antisemita”, fijémonos ahora en la palabra “estupidez”.

Al hablar de la Tierra Plana, Lucca-Infobae escribe que se trata de “teorías tan estúpidas como las que sostienen los antivacunas, los que creen que el hombre no llegó nunca a la Luna, que un líder de masas murió de forma extraña y sobrenatural, que las Torres Gemelas fueron volteadas por los propios Estados Unidos, etcétera”. Así, todo junto. Todo da lo mismo. Yo no sé de todos los temas que se mencionan aquí, ni tengo por qué saber. Pero si el mismo Bill Gates reconoció que las nuevas vacunas forman parte de su plan para hacer descender la población[2], al menos me pondría a leer, en vez de pontificar desde la arrogancia, ¿no?

Los periodistas suelen mostrar los dientes en el final del artículo (cuando ya tienen el terreno abonado). Fíjense cómo Lucca pregunta retóricamente a su público si van a seguir ignorando a estos “conspiranoicos” (o si van a hacer algo contra ellos, se supone), rematando con lo siguiente: “En Brasil hicieron lo mismo –mirar para otro lado– y hoy tienen 87 diputados articulados para combatir las políticas que contradigan cualquier igualdad de derechos en razón de orientación sexual”. ¡Al fin! Esto es lo que le preocupa. Ahora sí entendemos: Lucca-Infobae-Hadad (agreguemos) son agentes de la ideología de género (Si lo dudas, entra en este video y míralo a Lucca hablando de la ESI: https://www.infobae.com/deportes/bcf26524-2065-4332-a9d1-9081d0acdf55_video.html). Ahora cierra todo. Por eso, como dice el artículo, acusar a Soros y a la Masonería es de “conspiranoicos”, hábilmente emparentados con “los estúpidos” que sostienen que la Tierra es plana.

Pero parece que Lucca se siente obligado a explicar algo, por lo que plantea “¿Y por qué se ponen nerviosos de tener que explicarlo (que la tierra no es plana)?”. Y se contesta: “La respuesta es bastante simple: porque nada enoja más que la estupidez voluntaria”. ¡Epa! Pero sigamos leyendo: “No hay forma de no enojarse cuando vemos a personas con todos los recursos al alcance de la mano –literalmente, si es que tienen 4G o WiFi en sus casas– utilizan esos mismos recursos para cuestionar lo obvio”. Oh, Luquitas. Te cuento algunas cositas. Tenemos todos los recursos a mano y seguimos diciendo que el embrión humano no es persona, seguimos diciendo que es un conjunto de células, seguimos diciendo que si es producto de una violación se lo puede matar, etcétera. Vos mismo, de hecho, has saludado el debate sobre el aborto a pesar de ecografías que te desmienten una y otra vez. Tenemos todos los recursos para saberlo, y muchos siguen porfiando con que el aborto es un derecho. Si te vas a indignar, por favor no lo hagas al calor de lo políticamente correcto.

Pero Infobae–Hadad trae más cosas, y ya al final del artículo leemos: “La pregunta que más se escucha entre los conspiranoicos científicos es: ‘¿Por qué no se puede cuestionar que la Tierra es redonda?’. Por una sencilla razón: la ciencia y la humanidad ha avanzado sobre consensos alcanzados de manera empírica. Si hay que detenerse a revisar miles de años de historia científica para explicarle a cada vago con trastornos emocionales, la humanidad no estaría en este momento explorando Marte”. Es uno de los pocos momentos en que el artículo acaricia cierta racionalidad, por lo que emociona. Fue un buen intento, pero ineficaz.

En primer lugar, “la ciencia y la humanidad” son una generalización absolutamente gratuita. No existen. Existen los científicos y los seres humanos. Por otro lado –como explica acertadamente Thomas Kuhn en su libro La estructura de las revoluciones científicas–, los consensos de los científicos duran hasta que nuevos hechos provocan el quiebre del paradigma dominante. La ciencia –esta vez sí– avanza a caballo de una armoniosa síntesis de estabilidad y crítica, de verdades perennes e hipótesis que se suceden unas tras otras, y el consenso científico (muchas veces provocado y artificial) no pasa de ser un indicador.

En otro orden de cosas, la descalificación que Lucca utiliza llama la atención: “vago con trastornos emocionales”. ¿Por qué alguien usaría esta forma despreciativa? Muy científico, ¿no?

Pero el tema de la Tierra Plana, en sí, no parece interesarle mucho a Lucca-Infobae-Hadad: su único argumento es que si tenes 4G y WiFi, lo podes ver vos mismo. Pero entonces ¿a dónde apuntan en realidad sus dardos? “Lo que realmente ha vuelto preocupante el asunto es un hilo conductor que envuelve a casi todos los conspiranoicos, y ese es una exaltación nacionalista estupidizante”. Eureka. Esto es. A Infobae le preocupa que las personas estén dando un crédito cada vez mayor al discurso nacionalista. Por eso construye muñecos de paja para sus adversarios: argumentos ridículos o mal construidos, que nadie dice pero que son fáciles de voltear. Esta operación de discurso –realizada desde un medio tan poderoso como Infobae– constituye un auténtico lavado de cerebro.

Ahora bien, parece que a estos señores le preocupa en particular el nacionalismo católico, dado que hacia el final de su artículo comenta que todas estas personas (terraplanistas, nacionalistas, críticos del sionismo y del judaísmo)“se dicen defensores de la Fe católica, pero corren atrás de los evangelistas para llenar las calles porque Bergoglio les resulta un comunista, a pesar de que la defensa de la Fe católica incluye la creencia en el dogma de la infalibilidad del Papa”. Mala teología amigo, porque debo advertirle cortésmente que no existe el dogma católico de la infalibilidad del Papa (una persona humana). Si existiera, los católicos estaríamos creyendo en lo absurdo (no en el misterio). No es la persona del Papa la infalible sino la definición solemne que, en contadas ocasiones, el Sumo Pontífice ha realizado. ¿Es mucho pedir que Hadad se asesore bien? Parece que sí. Si no se me ofenden, los invito a leer el documento Pastor Aeternus (1870), art. 4, donde se explican las condiciones de la infalibilidad. Digo, para que no sigan diciendo sandeces.

Concluyo. El problema de fondo es que estos periodistas forman opinión, nos guste o no, y el mensaje –subliminal, subterráneo– que comunican es el siguiente: ellos y sólo ellos son quienes deciden qué “puede” discutirse o no. Son ellos los que deciden el margen de “lo razonable”, quién está dentro y quién fuera. Porque no se trata aquí de “la verdad”. Se trata del status de discusión. ¿Vale la pena discutirlo o no? Ya no lo decidirán las pruebas, lo decidirá el termómetro de lo políticamente correcto, unidad de medida respecto de la cual periodistas serviles hincarán entusiasmados las rodillas. Así, estará dentro de lo políticamente correcto discutir si un bebé debe ser asesinado por el simple hecho de estar dentro del cuerpo de la madre. Estará dentro del margen de razonabilidad discutir el consumo de drogas, la legitimidad de la eutanasia, si Carlos y Rodolfo pueden ser una “familia” y adoptar niños. Sí, todo eso sí. Está “dentro”. Ahora bien… ¿Tierra plana? ¡Afuera! ¿Algunas vacunas pueden quizás ser lesivas para la salud? ¡Afuera! ¿Qué el sionismo y la Masoner…? ¡Fuera! Eh, pero mire que hay evidencia que… NO ME IMPORTA.

Y después, los nazis éramos nosotros.

Se dio vuelta la tortilla.

La única pregunta es si usted, estimado lector –usted que ve esto con claridad–, va a actuar dignamente o va a arrastrarse, colocándose como el tapete de estos déspotas de la palabra. O si va a empuñar la espada, saliendo a pelear por la Realidad.

 

[1] https://www.infobae.com/opinion/2019/03/06/la-tierra-es-plana-nacionalista-y-antisemita/

[2] https://www.youtube.com/watch?v=y0PcT1hPVcE (ver minutos 3,20 a 4,55).

MANIPULACIÓN DEL LENGUAJE Y ABORTO – Entrevista conjunta con el Prof. Lucas Carena

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Caso Tucumán: réplica al comunicado pro-aborto del Colegio de Abogados de San Isidro

Caso Tucumán: réplica al comunicado pro-aborto del Colegio de Abogados de San Isidro

 

Por Juan Carlos Monedero (h)

El documento emanado por el Colegio de Abogados de San Isidro este 1º de marzo del 2019[1] –con ocasión de la cesárea que le fuese hecha en Tucumán a una niña embarazada– está plagado de distorsiones y errores. Por ejemplo, se repudia “lo recientemente acontecido” en esa provincia, tildándolo de “burla a la ley” cuando es lisa y llanamente hablando una mentira que haya ley. No hay ley del aborto, el aborto en la Argentina no está legalizado, está penalizado (art. 85 del Código Penal). La resolución del Ministerio de Salud de la Nación que respaldaría supuestamente el protocolo ILE no existe (una artimaña cuya responsabilidad le cabe en primer lugar a Cristina Fernández de Kirchner y que, a partir de diciembre del 2015, continuó sostenida por Mauricio Macri). El protocolo no constituye más que un puro acto administrativo, carente de vigor para obligar a nada (desarrollado aquí[2]).

Es absurdo que el documento del Colegio de Abogados de San Isidro sostenga que se han vulnerado “derechos” de las mujeres: como todo abogado debería saber, puesto que el aborto está penalizado en nuestro país, no puede un comportamiento contrario al derecho ser “un derecho”. Es hipócrita, por otro lado, pretender que el acto de violación sobre la niña despoje al embrión de su carácter inviolable. ¿La injusticia del padre debe recaer en su hijo? No se quiere entender que, tan pronto una mujer queda embarazada, su cuerpo desencadena una serie de procesos fisiológicos que la Ciencia Jurídica está obligada a contemplar y a respetar. La Ciencia Jurídica no está por arriba de la realidad sino a su servicio, y los fallos judiciales –vengan de donde viniesen– no pueden hacer que lo blanco sea negro, ni lo negro blanco.

Por otro lado, los abogados de San Isidro invocan el fallo F.A.L. de la CSJN sin la necesaria crítica jurídica al respecto. Porque en F.A.L., los jueces de la Corte fallan en abstracto: en efecto, hacía dos años que el aborto en cuestión ya se había realizado. Más aún: con la misma composición de jueces, la Corte había establecido –caso Sánchez (2007)– la doble indemnización para la familia de Elvira Berta Sánchez, reconociendo no sólo la existencia de vida (y vida humana, sofistas) desde la concepción, sino afirmando que el derecho a la vida desde la concepción tenía rango constitucional. Exactamente lo contrario a F.A.L. ¿Estos son los apoyos de los abogados de San Isidro?

El discurso políticamente correcto que informa el comunicado de este Colegio de Abogados los mueve a decir que, como institución, abogan “por el cumplimiento real y efectivo de las leyes vigentes, como es el de la protección y garantía de los derechos de las personas y en particular de quienes son más vulnerables”. Poco les ha importado la vulnerabilidad de la persona humana en el vientre materno, como es evidente. Lo cierto es que no hay razón para creer en el interés por “los derechos de las mujeres” a nadie que no le interese el derecho de un bebé.

Con toda la tradición médica a cuestas, especialmente el Juramento Hipocrático, hay que decir, además, que el aborto –hábilmente denominado “interrupción”– no es un procedimiento médico, por lo que considerar “tortura” a su falta de realización no pasa de ser un artificio retórico de los firmantes del Colegio de Abogados de San Isidro, recurso impropio en quienes deberían trabajar por la vigencia de la justicia.

Por otro lado, escandalizarse ante la opinión pública porque en este caso particular de violación no se haya realizado el aborto cuando en realidad se persigue la liberación y legalización total del aborto por cualquier motivo –por eso apoyan el proyecto del año pasado– constituye un signo de clara deshonestidad.

No hay una sola línea de repudio al acto del violador en este comunicado, que es el verdadero y auténtico causante del drama que esta niña estuvo recorriendo. Pero esta omisión está calculada: hablar del violador enfurece al potencial lector que, naturalmente, es movido a pensar en las víctimas (la niña embarazada y su hijo), descargando su ira en el agresor.

Por último, la defensa de la vida de los inocentes no es un “supuesto imperativo moral” –como odiosamente la retrata el documento de los abogados de San Isidro–, es una exigencia evidente y contundente del carácter sagrado y único de la vida. Es evidente que quienes no tienen problema en matar no valoran ni pueden valorar lo bello que es vivir.

 

[1] http://www.casi.com.ar/content/otro-peligroso-antecedente-una-burla-la-ley

[2] https://jcmonedero.com/mitos-y-verdades-en-torno-al-debate-del-aborto-la-resolucion-inexistente/

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