Sobre la prohibición del llamado Lenguaje Inclusivo en la Ciudad de Buenos Aires – Escaramuzas de la Guerra Semántica

Sobre la prohibición del llamado Lenguaje Inclusivo en la Ciudad de Buenos Aires – Escaramuzas de la Guerra Semántica

 

Juan Carlos Monedero (h)

Lic. en Filosofía UNSTA

Con una medida que tiene más de oportunismo que de verdadera defensa del Castellano, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ha prohibido (los más prudentes dicen “regulado”) la utilización de esa jerga ideológica que algunos insisten en denominar “lenguaje inclusivo”. La medida abarca a las instituciones educativas de los tres niveles de aquello que se llamó enseñanza, y habrá sanciones para quienes incumplan la norma.

Por supuesto, la progresía bienpensante (desde la ultraizquierda trotskista hasta cierto periodismo antikirchnerista) salió a poner el grito en el cielo ante semejante “atropello a la libertad”: ¿cómo vamos a prohibir algo? La consigna parece ser Prohibido prohibir, como en el Mayo Francés del ‘68. Sin embargo, se trata simplemente de un palabrerío vacuo con el cual pretenden lanzar arena a los ojos.

En primer lugar, el progresismo no tiene ningún problema en exigir cierto modo de hablar: en la comunicación pública quieren imponer los términos interrupción del embarazo. En los profesorados, fuerzan el vocablo construcción del conocimiento. Al hablar de la reciente Historia Argentina, los investigadores no pueden no utilizar el vocablo dictadura. Tampoco están en contra de las sanciones en sí: penalizan a los médicos que se nieguen a ejecutar abortos, a los padres que protejan a sus hijos de la ESI, a los docentes que nieguen espacio a la anticoncepción o a la ideología de género en el aula, etc. Sus declaraciones de ayer, bien observadas, desmienten sus palabras de hoy.

Esto es lo primero que hay que decir. Asistimos a una polémica hipócrita, al menos de un lado, ya que quienes se alarman porque “se va a imponer un modo de hablar” no tienen problemas en obligar a los demás a hablar de otro modo. También resulta cínico que nos quieran hacer creer que “el lenguaje inclusivo” está logrando naturalmente un consenso, en especial entre los jóvenes, cuando es lo más forzado y artificial que pueda haber. Se pretende volver moda obligatoria. Lo fuerzan en los trabajos prácticos de algunos profesorados. Lo deslizan a través de sentencias judiciales, programas de televisión. Lo dicen los políticos, hasta el Presidente.

Es claro que estamos ante una escaramuza de la guerra cultural. Por eso no debe ser tomada en solfa. Al instalar el sonido “lenguaje inclusivo”, nos están forzando a discutir lo obvio.

En efecto, con el mismo desparpajo con que los agentes del despotismo de género dicen “La biología no nos va a determinar”, Axel Kicillof dijo “Desde España no nos van a decir cómo tenemos que hablar” (tratándose de él, se nota). Paradójicamente, mientras dice esto, acepta las imposiciones de escritoras feministas lesboaborteras.

El mexicano Miguel Ángel González[1] –magister en Filosofía– explica de forma brillante que el llamado lenguaje inclusivo ni es lenguaje ni es inclusivo. Es una provocación, es una declaración de guerra al buen hablar como parte de un discurso político e ideológico. Se trata de presentar el orden gramatical, la coordinación de tiempos y modos verbales, el correcto articulado y el uso racional de los sustantivos como “fascismo”. Se trata de una estrategia inspirada en Cortázar, quien pedía crear numerosos Vietnam en la ciudadela del pensamiento; es decir, una suerte de guerrilleros lingüísticos que –al escribir y pronunciar sonidos desagradables para “los burgueses”– realicen una revolución política desde el lenguaje:

“Seguimos hablando de hoy y mañana con la lengua de ayer. Hay que crear la lengua de la revolución, hay que batallar contra las formas lingüísticas y estéticas que impiden a las nuevas generaciones captar en toda su fuerza y belleza esta tentativa global para crear una América Latina enteramente nueva, desde las raíces hasta la última hoja. En alguna parte he dicho que todavía nos faltan los Che Guevara de la literatura. Sí; hay que crear cuatro, cinco, diez Vietnam en la ciudad de la inteligencia. Hay que ser desmesuradamente revolucionarios en la creación, y quizá pagar el precio de esa desmesura. Sé que vale la pena”[2].

Se trata no sólo de hablar y escribir para fomentar una revolución sino de hablar y escribir revolucionariamente. Cambiar el lenguaje para controlar a la gente.

En efecto, esta jerga “inclusiva” es algo vinculado al poder. Lo dicen ellos: “El lenguaje inclusivo es profundamente político”[3]. Es una pieza de ajedrez, y sabemos que todas las piezas tienen para el buen jugador una estrategia. Ciertamente no es una Torre o una Dama pero el lenguaje inclusivo no deja de ser un Peón: introduce rápidamente esquemas de pensamiento ideológicos, que desarman al oyente. Es artillería de bajo calibre para quienes procuran cambios culturales. Ellos conocen la sentencia de Wittgenstein: “Los límites del lenguaje son los límites de mi mente” pero la aplican al revés ya que quieren borrar las diferencias sexuales, pretenden suprimir los sexos, en un auténtico atentado contra el orden creado. Lo dijo claramente el Presidente Alberto Fernández, al defender el uso del lenguaje inclusivo:

“¿Al estado le importa el sexo de la gente? (…) Lo que al estado le interesa es registrarlo (sic) a Alberto Fernández. Saber si Alberto Fernández cumple sus compromisos impositivos. Eso es lo que le importa. ¿Por qué le importa el sexo? (…) Esto (el “lenguaje inclusivo”), que algunos ven críticamente, es un paso que estamos dando que espero que termine el día en que en el DNI a nadie le pregunten si es hombre, mujer o lo que sea. (aplausos) ¡Es eso! ¡Es eso! Es eso lo que tenemos que conseguir, es eso lo que tenemos que lograr. ¡Es eso! ¿Qué le importa al estado? No es lo que necesita saber de sus ciudadanos. Necesita saber que si son chicos, estudian (…), que tengan un CUIL, que tengan un CUIT, que paguen sus impuestos. (…) Vamos poquito a poquito, haciendo posible lo que parecía imposible. El ideal va a ser cuando todos y todas seamos todes, y a nadie le importe el sexo de la gente”[4].

Nos preguntamos: ¿de dónde sale esta idea?

Posiblemente de la feminista francesa Monique Wittig que planteaba que las sociedades deberían eliminar la categoría ‘hombre’ y ‘mujer’. En el retorcido y macabro planteo de Wittig, “nuestra supervivencia exige que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a destruir esa clase –las mujeres– con la cual los hombres se apropian de las mujeres. Y esto sólo puede lograrse por medio de la destrucción de la heterosexualidad como un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los hombres, un sistema que produce el cuerpo de doctrinas de la diferencia entre los sexos para justificar esa opresión”[5].

Para esta Wittig, las categorías hombre-mujer son políticas y económicas pero no naturales: “no sólo no existe el grupo natural ‘mujeres’ (nosotras las lesbianas somos la prueba de ello), sino que, como individuos, también cuestionamos ‘la-mujer’, algo que, para nosotras –como para Simone de Beauvoir– es sólo un mito” dado que “lo que creemos que es una percepción directa y física, no es más que una construcción sofisticada y mítica”.

Más aún, Wittig propone una conciencia lesbiana: “Tener una conciencia lesbiana supone no olvidar nunca hasta qué punto ser ‘la-mujer’ era para nosotras algo ‘contra natura’…”. Por eso, “Nos levantamos para luchar por una sociedad sin sexos; ahora nos encontramos presas en la trampa familiar de que ‘ser mujer es maravilloso’” (…) Utilizar eso de que ‘es maravilloso ser mujer’, supone asumir, para definir a las mujeres, los mejores rasgos (¿mejores respecto a quién?) que la opresión nos ha asignado, y supone no cuestionar radicalmente las categorías ‘hombre’ y ‘mujer’, que son categorías políticas (y no datos naturales)”. Wittig lo dice con toda claridad: “Nuestra lucha intenta hacer desaparecer a los hombres como clase, no con un genocidio, sino con una lucha política. Cuando la clase de los ‘hombres’ haya desaparecido, las mujeres como clase desaparecerán también…”.

La feminista francesa reproduce una cita de T. G. Atkinson, según la cual “Si el feminismo quiere ser lógico, debe trabajar para obtener una sociedad sin sexos”. Y remata finalmente: “el surgimiento de sujetos individuales exige destruir primero las categorías de sexo, eliminando su uso, y rechazando todas las ciencias que aún las utilizan como sus fundamentos (prácticamente todas las ciencias humanas)”. Con el uso del llamado lenguaje inclusivo se niega lo real para dar lugar a lo que no existe: supuestas identidades de género.

Lo que se busca con el “lenguaje inclusivo” es justamente –en el parpadeo que tarda escuchar un sonido o leer una palabra– impulsar la ideología de género con toda su lista interminable de seudo identidades sexuales, binarias, etc. Sin embargo, puesto que no existen “personas no-binarias” no hay nada que visualizar. El “lenguaje inclusivo” no tiene objeto, no remite a nada real.

Labvrenti Beria –formador de comunistas desenmascarado por Kenneth Goff en los años 50’– decía claramente que los agentes del socialismo en Occidente tenían un Objetivo Número Uno: “Producir el caos máximo en la cultura enemiga es nuestro primer paso más importante”[6]. Al corromper las entrañas del idioma, se rompe la comunicación con los demás y se levanta una barrera que dificulta el acceso al patrimonio histórico y cultural. Si las sociedades ignoran su pasado, también desconocen quiénes son. Al atentar contra el lenguaje, por tanto, se quebranta la identidad de la población.

Estamos ante una herramienta más dentro de la Revolución Mundial Anticristiana: así como en la novela “1984” de Orwell, se desea imponer un nuevo vocabulario para dominar la mente.

No es una broma. Sus difusores lo presentan como algo necesario “para construir sociedades más justas”. Por supuesto que también es una frivolidad e incluso es una forma de trepar en una sociedad donde se puede escalar rápidamente si uno se muestra pro-gay, se rasga las vestiduras por los derechos humanos, emite proclamas a favor de los mapuches, entre otras maneras de ganarse el pan. En efecto, el progresismo juega con la cancha inclinada, los oportunistas lo saben y se aprovechan. Pero tiene raíces más profundas.

En esta época en que nos intentan convencer, generalmente a palos, de que la maternidad es “una construcción cultural”, de que ser esposo, amar a una mujer, andar bien vestido y no como un desarrapado, procurar formar una familia, amar la patria y adorar a Dios son “construcciones culturales”, dejemos estampado que lo que realmente es una construcción cultural es esta superchería de género.

En efecto, como dice González, citado más arriba, el llamado lenguaje inclusivo “no es otra cosa que la alteración gráfica y fonética de la terminación de algunas palabras de nuestro idioma español”. Y sentencia: “A lo mucho se trata de unas 20 pseudopalabras: no pueden hacer en conjunto un sistema capaz de servir para una comunicación humana adecuada y efectiva”.

A fin de volver al sentido común y salir del pantano de las ideologías, reiteremos algo elemental pero olvidado: sólo las personas pueden “incluir”. Los lenguajes no incluyen. Ser inclusivo corresponde a las personas que usan lenguajes y no a los lenguajes mismos. Por otro lado, también cabe preguntarse si todo acto de inclusión es per se bueno. Suena bien –porque es demagógico– cubrirse con el agua bendita de la inclusión, pero no deja de ser una palabra talismán que no tiene ningún significado hasta que se defina concretamente qué es lo que se quiere incluir.

Por eso, sostener que al pronunciar “hombre” se oculta, se invisibiliza o se descalifica la realidad “mujer” resulta totalmente absurdo. El desprecio a la mujer tiene mucho más que ver con prácticas habituales, y hasta rentables hoy día, como la mercantilización de su cuerpo, el alquiler de vientres, el genocidio del aborto, el desprecio a su femineidad, el hacerla trabajar para que no pasen tiempo con sus hijos, la sociedad de consumo que utiliza su imagen para vender un producto, etc. Si antes la mujer tenía un valor, hoy tiene un precio. Pero de esto no habla casi nadie.

Cabe decir, además, que los agentes del género se escandalizan por las supuestas invisibilizaciones de la mujer mientras hacen desaparecer (y no sólo en el discurso) a la persona por nacer. Por eso IPPF ha recomendado[7] no utilizar la palabra “bebé”, “niño”. Tampoco “padre, madre, hijo”. Se prefiere feto, embrión, pre embrión, producto de la concepción, bolsa de células.

Los agentes de la ideología también invisibilizan a los defensores de la vida por nacer, a los críticos de la “moral progre”, a las personas que se ofrecen a adoptar para evitar abortos, a los católicos que realizan obras de caridad con los pobres, a los jueces y abogados provida, a los sacerdotes decentes, a los obispos combativos, a los cardenales recios.

Por este tipo de paradojas, es que González rebate: ¿cómo se puede decir que el lenguaje “normal” invisibiliza a la mujer si justamente el lenguaje normal se usa para visibilizar la supuesta invisibilización de la mujer? El lenguaje inclusivo no nos ha dado la palabra “mujer” ni el neologismo “invisibilizar”.

En el colmo de la demencia, si decir “sean todos bienvenidos” invisibiliza a la mujer, entonces (disparate por disparate) cuando se dice “todos, todas y todes sean bienvenidos”, una persona podría decir que se siente invisibilizada porque no se ha pronunciado su nombre personal. Introducir una “x” donde debería ir una vocal es tan arbitrario como introducir un “?” –o cualquier otro signo– donde debería ir una consonante. Si es posible “nosotrxs”, también sería posible “no?o%)os”. Más aún, dice González: si una consonante puede sustituir una vocal, ¿por qué una vocal no podrá sustituir una consonante? Si puede escribirse “nosotrxs”, también sería válido “onosrtsx” o “pkrtyhsl”.

Por eso, concluye el mexicano, el llamado lenguaje inclusivo “no es realmente una propuesta digna de tenerse en cuenta: para que un discurso sea serio ha de tener que definir los propios términos como un prerrequisito metodológico mínimo, mientras que estos ideólogos no dan definiciones claras y precisas de sus propios términos”. Y no las tienen porque justamente estos sonidos (nos resistimos a darles la entidad de palabras) carecen de propósito semántico. Son provocaciones. No se busca decir algo. Se busca una reacción en el oyente. De hecho, “todes” o “todxs” no significan nada: en efecto, si significaran algo distinto de “todos” no servirían para remplazar la palabra “todos”. Si su significado no es el mismo que el de “todos”, no pueden sustituir a “todos”.

El lenguaje inclusivo no es otra cosa –como bien dice González– que “la violación deliberada y a propósito de una norma”. Sencillamente, es como querer comer tallarines con las manos “para no cumplir con la norma urbana de comerlo con cubiertos”. Luego viene la justificación para cometer la falta.

No pensemos que se trata de algo cómico. Es subversivo, como los hábitos del Che Guevara que permanecía sin bañarse durante semanas –fue apodado como el chancho– para no mantener la higiene propia de “los burgueses y capitalistas”.

Del mismo modo que destruir una pintura no es hacer arte, desfigurar una palabra no es crear un nuevo lenguaje. No existe el lenguaje inclusivo, existe un grupo de palabras distorsionadas y mal empleadas. Porque el inglés –para definir sus palabras– usa del inglés; el español –para definir sus palabras– usa del español. Pero el supuesto lenguaje inclusivo recurre al idioma español para expresar sus seudodefiniciones contra el idioma español. Al igual que los intelectuales que, para atacar la filosofía, tienen que filosofar.

Ahora bien, si todo esto es tan falso, absurdo, incongruente, ridículo y hasta patético, ¿de dónde viene su fuerza?

Creemos que su energía le viene del poder discursivo que posee cualquiera que se autodenomine “defensor de las minorías sexuales”. Atropella porque hay muchos que no tienen la valentía, el ánimo o el interés en discutirlo y poner un freno. Avanza también porque esta jerga actúa como contenidos de forma subliminal, enmascarados, de contrabando. Según González, “los ideólogos del género distorsionan el lenguaje normal y modifican los significados de sus términos para sostener discursivamente lo que repugna al buen sentido común”.

Son palabras que no existen que pretenden remitir a cosas que en realidad tampoco existen. Por eso, no es que la sociedad, como dicen algunos, “va hacia el lenguaje inclusivo”. A la sociedad la llevan con la presión de los medios de comunicación: se viene desatando una auténtica guerra psicológica. Han logrado imponer el tema en la agenda pública. No es siquiera debatible: no es que deberíamos estar en contra. Es algo de lo que no se debería siquiera hablar. Y evidentemente, al hacerlo se tapan muchos otros asuntos.

Está demostrado que esta jerga constituye un verdadero obstáculo para el aprendizaje, es una traba para la lectoescritura. Los últimos resultados de lectura comprensiva para alumnos de la Ciudad de Buenos Aires fueron desastrosos[8]. Por otro lado, en Francia está prohibido el uso del lenguaje inclusivo[9].

Entendamos que esta forma de hablar y escribir no garantiza ningún derecho, no es ninguna defensa de las minorías sino pura gimnasia ideológica revolucionaria.

Quizás lo más dramático de todo esto es el insulto a la inteligencia que supone problematizar lo obvio. A decir verdad, no necesitamos un largo análisis para darnos cuenta de que “el lenguaje inclusivo” no merece otro calificativo que el de escoria ideológica.

Finalmente, estas estrategias se pueden detener si se tiene conciencia de las mismas. La primera condición para librar una guerra es saber que se está produciendo. Por eso, en nosotros está poner un freno. ¿De qué modo? Ante todo, conociendo y estudiando en profundidad la riqueza de nuestro idioma castellano. Refinemos el lenguaje utilizando vocablos que correspondan a un registro más alto: textos litúrgicos, manuales escolares, discursos, etc. Evitar no sólo el lenguaje soez sino también la pauperización de las palabras. No consentir en nuestra presencia el “lenguaje inclusivo”. Difundir las denuncias porque la información que no se reproduce, no genera impacto.

Hay que fomentar los buenos libros, los buenos docentes, comunicadores, novelistas, artistas y los periodistas que hablen correctamente. Recomendar las obras inmortales del pensamiento, como Apología de Sócrates, Ética a Nicómaco, Confesiones, La Divina Comedia, Don Quijote, Pensamientos. Los poetas como Lugones, Marechal, Bernárdez, Pemán; escritores como Shakespeare, Donoso Cortés, Hello, Thibon, Chesterton, el Padre Castellani, Anzoátegui; cuentos policiales de Agatha Christie, personajes literarios como Don Camilo, el Padre Brown; músicos como Figueroa Reyes, Chabuca Granda, conjuntos folklóricos como Los Paz, Los puesteros, Los del Portezuelo.

Es fundamental prepararse para resistir la tiranía del lenguaje inclusivo, organizar esta resistencia, plantear un contraataque cultural, difundir jornadas, cursos y eventos culturales. Fomentar los buenos colegios, escuelas, universidades e instituciones pedagógicas. Ya hay miles de personas haciendo esto. Ahora hay que sumarse a estas iniciativas, por el bien del país y de nuestros hijos.

[1] Cfr. ¿Lenguaje Inclusivo o Jerga Ideológica? – Ensayo de Miguel Ángel González, Magister en Filosofía (México). Ver link aquí: https://www.academia.edu/54944444/Lenguaje_Inclusivo_o_jerga_ideol%C3%B3gica

[2] Cfr. https://bit.ly/3A5Zr0o, pág. 3

[3] Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=QsdhDnu6Kbg (minuto 2:50 a 3:27)

[4] Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=YVP94Bkhp00

[5] Todas las citas que siguen de Monique Wittig son extraídas de su trabajo No se nace mujer, que puede leerse en línea aquí: https://produccioneslesbofeministas.files.wordpress.com/2011/10/no_se_nace_mujer.pdf

[6] Kenneth Goff. Psicopolítica. Técnica del lavado de cerebro, Editorial Nuevo Orden, Buenos Aires, 1966, pág. 29.

[7] Cfr. http://www.notivida.com.ar/boletines/1137_.html

[8] Cfr. https://www.clarin.com/sociedad/educacion-primeros-resultados-muestran-mayor-dano-pandemia-chicos_0_9fiESRiQpC.html; https://elpais.com/argentina/2022-06-10/la-ciudad-de-buenos-aires-prohibe-el-lenguaje-inclusivo-en-las-escuelas.html; https://www.rionegro.com.ar/sociedad/la-ciudad-de-buenos-aires-prohibio-el-lenguaje-inclusivo-en-las-escuelas-2341458/

[9] Cfr. https://www.diarioconstitucional.cl/2021/05/09/francia-prohibe-oficialmente-el-lenguaje-inclusivo-en-la-educacion-nacional/

 

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Reseña – “El libro negro de la Nueva Izquierda” (Agustín Laje–Nicolás Márquez)

“El libro negro de la Nueva Izquierda”

(Laje–Márquez) – Reseña

Lic. Juan Carlos Monedero (h)

              Cuando estas líneas estén en poder del lector, sepa que primero han sido leídas por los autores del libro reseñado, esto es, los Sres. Agustín Laje y Nicolás Márquez, a quienes fueron remitidas en primer lugar. La intención es la de que este gesto, propio de quienes debemos mantener un trato de caballeros, precediese a todo análisis discursivo.

Se trata de un trabajo con notables virtudes, tanto en la parte escrita por Laje como en la de Márquez; virtudes y méritos que, en nuestra opinión, coexisten con lo que parecen ser errores graves de juicio y colisión directa con el Magisterio de la Iglesia, delicado punto que se aprecia en la posición favorable al liberalismo, admitida expresamente por los autores del libro.

Empecemos con la enumeración de las virtudes. En la línea de los trabajos del Dr. Enrique Díaz Araujo, es evidente que El libro negro de la Nueva Izquierda no sólo contiene interesantes argumentos que rebaten algunos de los pilares de la ideología del género, el feminismo y el marxismo; también describe el derrotero vivido por los principales ideólogos de estas corrientes. El denominador común de sus vidas es la enfermedad, la adicción, la locura y la muerte. Así, por ejemplo, quedan debidamente señalados los padecimientos, vicios y conductas de los conocidos Reich, Marcuse y otros; también se menciona la prematura muerte de Foucault, fallecido a los 58 años a causa del VIH. A pesar de las iniciales apariencias, este recurso no puede considerarse un mero argumento ad hominem. No constituye un desvío el hecho de sacar a la luz los “trapitos” de la vida íntima de estos ideólogos, dado que estas revelaciones permiten apreciar una gran verdad: personas trastornadas generaron filosofías enfermizas, con la misma naturalidad con que el modo de ser de los efectos es indicativo del modo de ser de la causa.

La segunda virtud del libro es hacer patente el vínculo entre ideología homosexualista y pedofilia, por lo general desconocido. En efecto, así como la revolución sexual de los 60’ –retratada en propuestas tales como “amor libre” y claramente ligada a la mentalidad anticonceptiva– fue sólo la punta de lanza del homosexualismo, parece que hoy en día, a caballo de la naturalización de la homosexualidad, la pedofilia no tardará en ingresar en el espectro público como objeto de discusión mediática. Los ideólogos citados por Agustín Laje y Nicolás Márquez no permiten engañarse: puesto que no existe ni puede existir una norma objetiva sobre la sexualidad, es evidente que no sólo las prácticas homosexuales son una opción válida. También lo son las relaciones carnales entre niños y adultos, como acertadamente documenta el libro. No será extraño que, en pocos años, panelistas televisivos hablen de ella siquiera como “posibilidad”. En Europa este tema ya está en discusión. Como se ve, esta cólera anti-tradición y, por lo mismo, anti-vida, mancilla la misma inocencia de los infantes. Y más aún: en el horizonte de estos ideólogos yacen –todavía ocultas al gran público– pretensiones de legitimar la zoofilia, el incesto y la necrofilia, y El libro negro de la Nueva Izquierda las destapa.

En tercer lugar, a lo largo de estas páginas queda desplegada con toda claridad la presente estrategia de estos movimientos. En la actualidad, el punto de ignición lo constituye, sin dudas, la sexualidad. Si en el pasado la dialéctica marxista tomó como blancos privilegiados la historia, la economía y la política, hoy es la sexualidad humana la repetidamente atacada por este sofístico ariete. Se martilla una y otra vez sobre ella, promoviendo la coexistencia de formas antinaturales con la práctica normal de la sexualidad: “Nos da risa cuando vemos el cabreo que se han pillado los fachos porque les hemos reventado hasta hacerlos trizas su significante tan querido ‘matrimonio’. Yo los comprendo. Tienen toda la razón. Si dos lesbianas se pueden casar lo mismo que el hijo de la marquesa con la hija del empresario entonces es que el matrimonio ha dejado de tener significado, ya no tiene ningún sentido para los que lo inventaron” sostiene el desdichado Paco Vidarte, homosexual español. Otras citas –también extraídas de las publicaciones de ideólogos y activistas– son muy explícitas y eximen de todo comentario. Su nivel de frontalidad es de tal magnitud que seguramente muchos se verán conmovidos: son una auténtica escritura pornográfica, claro indicio de lo que –a la luz de la fe– podemos considerar como una influencia propiamente demoníaca. Se observa cómo la pretensión de posicionar la homosexualidad y otras desviaciones en la agenda pública es una clara maniobra subversiva, dado que el orden natural reclama la heterosexualidad. Los autores dejan muy claro que la práctica homosexual es concebida por estos propagandistas como una herramienta ideológico-política.

En cuarto lugar, leyendo el libro se evidencia –y aquí arriesgamos una opinión propia, quizás no suscripta por sus autores– que la presente batalla cultural no es desplegada por intelectuales sinceros, cuyos principios estuviesen sostenidos honorablemente. ¿Cómo se llega a esta conclusión? Es evidente que una persona honesta estaría dispuesta a conceder a su adversario aquellos derechos y atribuciones que, en tanto persona, pretende para sí. Quienes arguyen con recta conciencia no sólo declaman respeto para sí mismos sino que, principalmente, lo brindan al prójimo. Asimismo, tienen cierto pudor por la contradicción y no habitan conscientemente en ella. Una vez más, todo lo contrario sucede con estos personajes: son auténticos saboteadores del sentido común, terroristas del alma, duros adjetivos ganados a fuerza de demostrar que no los detienen sus innumerables contradicciones e inconsistencias. Todo eso no tiene importancia alguna para ellos, que sólo tienen objetivos que cumplir. Su mensaje no pretende ni aspira al deleite de la mente, bañada por la luz de la verdad. Es pura praxis, y no logos.

Salvadas las virtudes de El libro negro de la Nueva Izquierda, ¿qué observaciones críticas se pueden realizar?

En primer lugar, una de las tesis de la obra es que el actual feminismo –difundido a través del lenguaje de género, propulsado por el uso del término femicidio y expandido gracias a consignas tales como Ni Una Menos– sería malo porque es de izquierda. El feminismo “de la primera ola”, valorado positivamente en este trabajo, se habría desvinculado de su fuente –el liberalismo, como lo explica Laje–, hallándose hoy en día bajo el secuestro del marxismo. De esta manera, el feminismo liberal es bueno mientras que el feminismo marxista es malo. La segunda observación no tiene menor importancia: puesto que las corrientes ideológicas criticadas duramente en el libro cuestionan el capitalismo liberal al mismo tiempo que arrojan dardos a la familia y al orden natural, los autores de la obra también rompen lanzas en su defensa. Entre otros argumentos, quedan enumeradas una serie de bondades propias de la tecnología, exhibidas como bondades del liberalismo.

El Magisterio de la Iglesia ha condenado, sin embargo, la ideología liberal; condena que pesa y se extiende no sólo respecto del liberalismo filosófico sino también del político, el moral y el económico. Muy conocida entre nosotros es la obra del gran Félix Sardá y Salvany, titulada El liberalismo es pecado. Más cerca en el tiempo, el querido Padre Horacio Bojorge ha escrito El Liberalismo es la iniquidad, la rebelión contra Dios Padre. El recientemente fallecido Alberto Caturelli publicó en la Revista Gladius varios artículos en donde critica duramente al Liberalismo y, en particular, al Liberalismo Católico. Y son innumerables las leyes, tanto en la Argentina como en el resto del mundo, provenientes de la matriz ideológica liberal; leyes que propiciaron la desacralización, la mentalidad naturalista e incluso actitudes anticristianas. De ahí que, como adelantásemos al inicio de esta reseña, los juicios favorables de los autores del libro con respecto a esta ideología no pueden menos que entrar en contradicción con la doctrina católica. Por la misma razón, está ausente en el libro uno de los puntos capitales de la filosofía de la historia, ilustrado novelescamente por Dostoievski y enseñado repetidas veces por el R.P. Alfredo Sáenz: liberalismo y socialismo son dos caras de la misma moneda, hijos de la misma Revolución del 89’, ambas tenazas de la Masonería.

En ese sentido, es entendible desde lo humano pero no doctrinariamente justificable una actitud acrítica respecto del libro, reconociendo las legítimas virtudes del mismo, salvando las buenas intenciones de sus autores –como, con justicia, hemos intentado hacer– pero sin señalar limitaciones de la obra o incluso ciertos errores. La actitud que nos mueve al hacer una cosa pero también la otra no proviene de ninguna “pose” de supremacía intelectual. Simplemente, en atención a la notable difusión –justificada, nos parece, en atención a su calidad– que ha tenido esta obra, se pretende puntualizar ambos aspectos, y hasta por la misma caridad con los autores, a quienes en primer lugar se ha dado conocimiento de esta reseña. En ese sentido, creemos que es posible bautizar los importantes datos y análisis vertidos en este libro, tanto por parte de Agustín Laje como de Nicolás Márquez, separando los valiosos elementos que nos aportan –a fin de continuar librando, con más fuerza aún, esta batalla cultural– respecto de ciertos juicios que se encuentran salpicados de una visión benévola respecto del liberalismo y del capitalismo.

 

Publicado el 15 de enero de 2017 en

https://apologetica-argentina.blogspot.com/2017/01/el-libro-negro-de-la-nueva-izquierda.html

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Las causas de la legalización del aborto en la Argentina – Poder Mundial, Iglesia, Frente interno

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El progresismo eclesial hoy (respuesta a una amiga)

El progresismo eclesial hoy (respuesta a una amiga)

Por Juan Carlos Monedero (h)

La tarde de un sábado otoñal caía cuando una amiga preguntó qué significa ser progresista.

El sentido del término no es tan sencillo como puede parecer a primera vista. Lo primero que nos vino a la mente es que “progresismo” puede querer decir distintas cosas, según se utilice en el campo de la Iglesia Católica o en terreno de la cultura y el periodismo en general. Puesto que nuestra amiga buscaba conocer el significado en el primer caso, le dimos la siguiente respuesta que compartimos aquí con el lector.

Pablo VI fue uno de los primeros en usar el término progresismo[1], caracterizándolo como una amenaza presente en las entrañas mismas de la Iglesia. Por tanto, se refería a un mal que sin dudas estaba relacionado con la esfera eclesiástica. O como dicen hoy algunos, eclesial.

Dado que los progresistas son más bien huidizos en sus afirmaciones, mejor que una definición vale una caracterización: sus ideas no se dejan atrapar en conceptos claros y definidos. Son el resultado de prácticas que se incorporan mas bien por costumbre y por imitación.

El progresismo es la continuación de la herejía modernista, condenada por San Pío X a comienzos del siglo XX en su famoso documento llamado Pascendi. Y al igual que en aquellos días, existen en la actualidad victimarios y víctimas. En efecto, abundan personas formadas o deformadas por años de conductas de marcado talante antropocéntrico que les han impuesto desde arriba, como pasaremos a detallar enseguida.

Entre los victimarios, las reglas no escritas constituyen consignas claras e innegociables, transmitidas en las parroquias y en los seminarios de generación en generación: rendición incondicional para la Tradición Católica.

Los progresistas, a quienes también llamaremos “progres”, se caracterizan por combatir la sotana. No incentivan el rezo del Rosario, ni el estudio del Catecismo, ni las devociones. Rechazan el órgano de tubos en la liturgia –el instrumento propio del culto cristiano en Occidente[2]– mientras imponen despóticamente la guitarra, la pandereta, entre otros instrumentos profanos. Odian el latín y buscan expulsarlo de la liturgia, así como fomentan los aplausos en Misa (desconociendo la clarísima advertencia del entonces Cardenal Ratzinger al respecto).

Propician un falso ecumenismo, que no procura la conversión. No distinguen entre un espacio sacro y un espacio profano. Reniegan de todo contenido bélico en la doctrina católica: no hay enemigos, sólo personas de buena intención equivocadas. Intentan mitigar la resistencia frente a las leyes anticristianas.  Otorgan poca importancia a la misa individual y diaria, y tienen una preferencia por lo comunitario. Por lo general, desprecian agriamente y con marcada aversión las formas tradicionales.

CruxSancta: Sobre los aplausos en la liturgia

En los años 60’, los progres combatían el pensamiento aristotélico tomista, dando preferencia a la pseudo teología de Teilhard de Chardin[3]. Los progresistas odian a los fieles que se apegan a la ortodoxia católica. En aquellas décadas, el teólogo progre promedio oponía dialécticamente la Patrística con la Escolástica. En la actualidad son más astutos: repiten la letra de Santo Tomás de Aquino pero distorsionan su espíritu.

Los progres inflan las excepciones para hacer caer las reglas, pretenden disolver las afirmaciones absolutas invocando ejemplos extremos y retorcidos. Celebran la liturgia como si no hubiese instrumentos propiamente sagrados. Convierten la misa en un carnaval, sin seriedad. Los catequistas progres hablan de Cristo como “el flaco”, “uno más, como cualquiera”, “uno como nosotros”. Hablan sin expresar la reverencia debida y son reacios a enfatizar Su Divinidad. El mismo trato recibe la Virgen María. Las imágenes que un progresista prefiere para las estampitas son melifluas: hay que desdramatizar –dicen– la fe católica, por eso pretenden remover del alma del fiel cualquier vestigio de marcialidad. Se alimenta una psicología religiosa infantil en los adultos.

Cuando tiene autoridad, el progre presiona psicológicamente a los fieles para no rezar en latín, para no comulgar de rodillas, forzando la comunión en la mano; detesta las oraciones que habla del Triunfo de Cristo sobre el mundo. Este tipo de oraciones que consagran la Victoria Final de Nuestro Señor son tildadas con el mote de ‘triunfalismo’, y las desprecia profundamente.

El progre resta importancia a la contemplación, prefiere la acción. A veces, invoca la oración pero sólo para desmovilizar acciones contundentes de sus hermanos católicos, a los que no teme en calificar de “integristas” y con los cuales practica una intolerancia digna de mejor causa. Es abierto, paciente y componedor con cualquier idea anticristiana pero amargo, duro y hasta cruel con los católicos (a los que él llama) tradicionalistas. Distorsiona la pastoral hasta hacerle decir lo contrario a la doctrina: sin cuestionarla abiertamente, la socava con conductas. Invoca la caridad siempre, pero no actúa como si amara la verdad. Es mucho peor que un enemigo declarado.

El progre es obsecuente con la jerarquía, aunque evita seguir sus pasos cuando las autoridades eclesiásticas proponen, indican o mandan algo en línea con la ortodoxia católica. No le gusta actuar abiertamente, se esconde detrás de pretextos o dilaciones porque en el fondo tiene conciencia del mal que está haciendo: atenúa la doctrina “para que la gente no se vaya de la Iglesia”, suaviza los conceptos “para que no choque” y evita calificar el aborto como asesinato “para no ser negativo y que la gente deje de escucharnos”.

Los progresistas no hablan del Infierno y en los casos más extremos lo minimizan o incluso algunos de sus “teólogos” lo niegan, al igual que la existencia del demonio. Los milagros de Cristo no son milagros, el progre por lo general es racionalista y –en ambientes donde no teme ser cuestionado– reconoce que pretende desmitificar el Evangelio de supuestos añadidos legendarios.

Los progres forjan sin escrúpulos alianzas con izquierdistas y, en los últimos años, con abiertos promotores de la ideología de género (por ejemplo, el Padre James Martin SJ); los menos comprometidos les manifiestan una tímida simpatía pero nunca fallan en obstaculizar a los católicos que se oponen a las agendas anticristianas. Los más cómodos simplemente hacen de cuenta que estas ideologías no existen, favoreciendo su avance. En los años 70’, Carlos Alberto Sacheri denunció –a través del libro “La Iglesia Clandestina”– los elementos progresistas dentro del clero, con nombre y apellido. Muchos estudiosos creen que Sacheri fue asesinado por el terrorismo marxista a causa de este libro.

En una palabra, el resultado de la pastoral progresista está a la vista: bautizados de inteligencias extraviadas y sensibilidades sin quicio.

Sin embargo, la descripción del progresista no se agota aquí puesto que el progresismo no es una doctrina nítidamente definida y compacta. Hay progres que tienen algunas y no otras características, a veces en franca contradicción. Hay progres abiertamente provida pero engañados por décadas de manipulación de los sentimientos. Conocemos sacerdotes progres que, paradójicamente, son devotos de la Virgen María. Sin embargo, en general, suelen ser anti marianos. Y tampoco son simpatizantes de las imágenes: en los años 60’ las destruían sin titubear. Hoy promueven iconos dulzones, aptos para hombres y mujeres light.

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El Padre Castellani decía que se podía reconocer al progresista porque éste nunca hablaba del Fin del Mundo o del Juicio Final de Cristo: como si fueran asuntos respecto de los cuales nada tiene para decir. Finalmente, el Padre Meinvielle –en su libro “El progresismo cristiano”– amplía esta descripción de manera notable, y señala el error fundamental del Progresismo: rechazar el concepto de Ciudad Católica. Al hacerlo, se ven obligados a aceptar la ciudad laicista, liberal, socialista o comunista de la Modernidad, a la que intentan volver aceptable rociándola con agua bendita.

 

[1] “las riquezas de las tradiciones religiosas se hallan amenazadas de disminución y de ruina, amenazadas no sólo del exterior sino también del interior; en la conciencia del pueblo se modifica y se disuelve la sana mentalidad religiosa y la tradicional fidelidad a la Iglesia… La fe de San Ambrosio, la herencia de San Carlos, el esfuerzo apostólico de los últimos Arzobispos, aparecen comprometidos, no tanto por la usura natural del tiempo, cuanto por algún cambio radical e irresistible que sustituye a la concepción de la vida de nuestro pueblo, otra concepción que no se puede definir, sino con el término ambiguo de progresista; ella no es ya ni cristiana ni católica”. Mensaje a los católicos de Milán, 15 de agosto de 1963.

[2] Cfr. https://bit.ly/3u40TwF

[3] Para una crítica de Teilhard, recomendamos el comentario del Padre Olivera Ravasi al trabajo del Padre Julio Meinvielle. Cfr. https://bit.ly/3uUMNwK

“Neodarwinismo y Evolucionismo Cristiano. Fisuras e incongruencias”. Reseña del libro de Juan Carlos Monedero – Por el Dr. Carlos Andrés Gómez Rodas

Neodarwinismo y Evolucionismo Cristiano. Fisuras e incongruencias”.

Reseña al nuevo libro de Juan Carlos Monedero

Por el Dr. Carlos Andrés Gómez Rodas

 

Tras una larga espera, fue publicado por Ediciones Del Alcázar el libro titulado Neodarwinismo y Evolucionismo Cristiano. Fisuras e incongruencias (Ediciones Del Alcázar, 2021), que recoge la tesis de licenciatura en Filosofía de Juan Carlos Monedero tras varios años de investigación y está prologado por Juan Manuel Torres, Doctor en Filosofía y Profesor en la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina).

Este tema se debatió públicamente entre el Lic. Juan Carlos Monedero y el Dr. Oscar Beltrán en septiembre de2019, en el Aula Magna de la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (U.N.S.T.A.), que es la casa de estudios donde se recibió el autor. Si bien el secretario académico de la institución, José María Tejedor, católico y evolucionista, se negó a entregar la grabación del debate durante dos años (tal como lo sostiene públicamente el autor del libro[1]), el debate fue rescatado por un anónimo y se encuentra presente en el canal de Youtube de Monedero[2].

El libro relata cómo, en la inmensa mayoría de los casos, la teoría se presenta como absolutamente corroborada.Es un dogma de fe, no se puede discutir y quien la cuestione es tenido por un cavernícola o, peor aún, condenado al silencio, como si no valiese la pena refutar sus argumentos. En cuanto al bienestar de la teoría, a lo sumo se reconoce a regañadientes que no hay consenso en torno a los mecanismos de la supuesta evolución, pero, rápidamente, se añade que, para el establishment científico, la evolución “es un hecho comprobado” y del cual sólo faltaría “explicar algunos detalles”.

El autor exhibe gran cantidad de elementos que ponen de manifiesto cómo plantear críticas racionales a la teoría evolutiva pone en riesgo la carrera académica, las posibilidades de ascenso laboral y la fama pública de los investigadores, de suerte que el tan mentado “consenso” en torno a la evolución sería el resultado de una silenciosa presión psicológica y moral, mas no el resultado de la fuerza de la evidencia. Ben Stein, el periodista judío estadounidense, documentó esta suerte de “Gulag Cientificista” en su famoso video Expelled: no inteligence allowed[3].

Juan Carlos Monedero explica que la férrea defensa de la teoría evolutiva como único marco posible contrasta llamativamente con una idea propia del paradigma científico actual, según la cual las explicaciones científicas siempre son provisorias, y esto porque el conocimiento científico está sujeto a permanente revisión. Esta postura, que ganó terreno a partir de la famosa obra de Tomas Kuhn a mediados del siglo XX, es hoy dominante y, sin embargo, coexiste inexplicablemente con una enfática afirmación del evolucionismo por parte de ateos militantes tales como Richard Dawkins, Daniel Dennet, entre otros.

Desde la mitad del siglo XIX hasta la actualidad, sin intervalos, la teoría de la evolución es presentada como arma de secularización, de forma tal que sus consecuencias provocan, o bien el ateísmo, o bien el deísmo. Monedero lo documenta de manera fehaciente y no hay mucho lugar a dudas después de leer al insigne evolucionista Jacques Monod o, incluso, al biólogo evolucionista Richard Lewontin, en una cita demoledora que el autor de Neodarwinismo y Evolucionismo Cristiano. Fisuras e incongruencias ha sabido recopilar. A la par de esto, el autor también toma nota de una tendencia que parece ganar adeptos en otros espacios del campo científico: sostener verbalmente la teoría de la evolución sin que, al mismo tiempo, se realicen declaraciones filosóficas o religiosas. El libro analiza esta corriente.

Para llevar a cabo este trabajo, Juan Carlos se ha basado fundamentalmente en los trabajos de Raúl Leguizamón (QEPD), el pre-citado Doctor Juan Manuel Torres, el sacerdote y físico Carlos Baliña, el intelectual Horacio Boló y, ya fuera de la Argentina, en el brillante y delicioso trabajo de Phillip E. Johnson, Michael Behe, William Demsbki, Giusseppe Sermonti, Roberto Fondi, así como también en científicos que –aunque adhieren a alguna forma de la evolución– cuestionan la idea de un origen gradual de los seres vivos. En este grupoel autor ha recopilado citas de Richard Goldschmidt, Stephen Jay Gould, Niles Eldredge, Máximo Sandín, entre otros.

Pero el sector en donde el autor ha puesto verdaderamente la lupa es el de las autoridades eclesiásticas e intelectuales cristianos evolucionistas, católicos y no católicos. Desde Pío XII hasta el Papa Francisco, pasando por Juan Pablo II y Benedicto XVI, e incluyendo a Mariano Artigas, Miguel de Asúa, el padre Guillermo Jorge Cambiasso, el padre Santiago Collado González, Nicolás Jouve de la Barreda, y el propio Oscar Beltrán –que fue docente de Monedero en la UNSTA–, todos están comentados y sus argumentos reciben una fuerte réplica que no participa del estilo muchas veces sinuoso que caracteriza al mundo académico. También están abundantemente citados los aportes de Daniel Iglesias Grézes, intelectual uruguayo y bloggero de InfoCatólica, quien –a pesar de sostener la compatibilidad entre evolución no darwinista y fe cristiana– ha escrito distintos artículos que Juan Carlos Monedero supo consultar para escribir su investigación, tal como lo documenta al final del mismo.

La tesis final de la Licenciatura de Monedero es original: no afirma la falsedad del Evolucionismo Cristiano y mucho menos la verdad del mismo. Para el autor del libro, el planteo de compatibilidad entre evolución y creación (o teísmo) está atravesado por numerosas dificultades y debe ser descartado “por falta de mérito”, para usar un lenguaje judicial. En ese sentido, Collin Patterson –citado por Monedero– afirma que el evolucionismo es una suerte de “anti conocimiento”, una “anti teoría” porque sus afirmaciones constituyen “un vacío” que, aunque tienen la función de conocimiento, en realidad no comunican ninguno. Por eso Patterson ha preguntado en público a sus colegas evolucionistas qué saben realmente de la Evolución, y la respuesta fue el silencio.

No se puede abordar este libro sin alguna noción básica de Epistemología y Lógica, e incluso de Retórica y Persuasión. En efecto, Monedero explica cómo, cada vez que la teoría está a punto de colisionar con la evidencia, es reformulada para evitar su refutación. A pesar de esta resignificación, la teoría se sigue presentando con la misma supuesta “certeza absoluta” de siempre, y el autor muestra cómo esto ocurrió una y otra vez. En esta línea argumentativa, el autor incorpora los aportes epistemológicos de Popper, Lakatos y Kuhn.

Hagamos una breve enumeración de los argumentos contrarios a la teoría neodarwinista: ausencia de eslabones intermedios, estasis, apariciones, desapariciones repentinas, “complejidad irreductible”, violación del principio de la uniformidad de la naturaleza, sesgo de confirmación, falacia de petición de principio, argumento circular, etc. Esto lleva al Lic. Monedero a concluir que el motor de la teoría evolutiva es ideológico:“no se trata de ver que ocurrió sino de querer que haya ocurrido”.

[1]Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=t5sf0z29JsY

[2]Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=7BBtxlCRgTg

[3] Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=V5EPymcWp-g

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CON LA DEMOCRACIA SE COME…

Raúl Alfonsín decía que con la democracia se come, se educa y se cura. Sin embargo, la situación en la Argentina hoy es la siguiente: tenemos 52% de la población en condiciones de pobreza, inflación, políticos corruptos impunes, la justicia paralizada (las causas avanzan cuando los políticos denunciados pierden poder), jubilaciones insuficientes, hace un año o más que muchos alumnos no tienen clases de manera continua y completa, los programas educativos debieron mutilarse, miles de pymes quebradas, la decencia pública quedó por el suelo, los adolescentes son pervertidos en asignaturas tales como Educación Sexual Integral y, finalmente, son asesinadas miles de personas por la inseguridad, la droga, el narcotráfico y especialmente el aborto.

A lo largo de los años se ha convencido a millones de que la democracia es la única manera de participar políticamente para el ciudadano: votar cada 2 o cada 4 años. No obstante, los bancos, los comercios votan todos los días, Magnetto, Cristina, Massa, Macri, los mandatarios de la Administración Pública votan todos los días, es decir, toman decisiones diariamente. Y esas decisiones son las que producen un impacto.

El voto del ciudadano no cambia nada, es un grano de arena en el medio de la playa. El núcleo de este engaño es una población sugestionada con participar democráticamente pero reacia a formas eficaces de participación política. Así, en innumerables casos, votar no pasa de una mera forma para ser socialmente aceptado: la gente se saca una foto metiendo un sobre en la urna, demostrando ser un buen ciudadano, “queda bien” y listo.

Lo cierto es, sin embargo, que elegimos dentro de un menú que el dueño del restaurant ha pensado y filtrado previamente, y no podemos elegir nada que esté fuera del menú.

Más aún: supuestamente en la democracia se gobierna según la opinión pública, y esta opinión se expresa a través de partidos políticos. Pero los mass-media son los artífices de esta opinión. Entonces, ¿quién modela la opinión pública? La modelan los dueños de los medios de comunicación. Por tanto, tiene lugar la consecuencia ya prevista por Rafael Gambra: “las técnicas de publicidad y de influencia subliminal gobiernan los pueblos”.

La democracia es un sistema que no representa al pueblo. La fuerza del ciudadano no está en la urna sino en otro lugar. Permítanme decirlo en voz alta: la representación democrática es una mentira cochina.

 

PARTIDOCRACIA CORRUPTA

Analicemos esto yendo al caso de Tucumán: los punteros de los políticos les prometieron un dinero a los votantes para que pongan un sobre para Manzur. Pero ahora los cabecillas no quieren pagar y el puntero está siendo “apretado” por los votantes que cumplieron y a quienes se les prometió un dinero que todavía no fue entregado[1].

Por otro lado, integrantes de los partidos de Biondini, Gómez Centurión y Moreno han asegurado que en muchas mesas las boletas de ambos no habían llegado: les robaron votos. ¿Puede quedar más al descubierto la corrupción y la mentira de la partidocracia? Los mismos que idolatran la voluntad popular son los que hacen trampa en las elecciones.

EL SISTEMA: ¿UNA MENTIRA?

Los datos oficiales[2] arrojan la cifra de un 67-68% de votos del padrón para las PASO 2021, lo cual significa que nada menos que el 33% del electorado no fue a votar. Así como hay millones que votan para quedar bien, por cuestiones circunstanciales o por voto ideológico, millones de personas ni siquiera se presentaron: desde 1983, es la votación en la que votó menor cantidad de gente. Si sumamos esto al 5% de votos blancos e impugnados, casi el 40% del padrón no votó a ninguna persona.

Estos datos muestran el cansancio del país respecto del sistema. El sistema no da para más, la población sabe que estamos ante una suerte de “ciclo suicida” de la política argentina, como ha dicho recientemente Pablo Muñoz Iturrieta.

Incluso, mucha gente aplicó el “voto bronca”: el voto castigo a Cristina, Alberto y a Macri. Millones de personas ya no votan porque estén de acuerdo con las plataformas del kirchnerismo o el macrismo, el voto termina siendo un acto de venganza contra estos líderes políticos.

 

DEMOCRACIA SHOW: ¿QUÉ OCULTA EL CIRCO ELECTORAL?

Todo ocurre como si los políticos y los dueños de los medios de comunicación conspiraran para frivolizar la realidad: Cintia Fernández baila cuasi desnuda frente al Congreso, Victoria Tolosa Paz habla del coito en el peronismo, Gabriel Levinas en Intratables polemiza con Manuela Castañeira sobre si puede comprar un Iphone militando contra el capitalismo. Todos nos desvían de los temas verdaderamente claves.

El show de la democracia no puede ser más patético: Cintia Fernández obtuvo casi 92 mil votos a partir de un spot que duró menos de 5 minutos –no entremos a calificar el asunto de sus glúteos– a pocos días de las votaciones; superó en cantidad de votos a Guillermo Moreno, el cual (se piense lo que se piense) paseó por innumerables canales de televisión, dictó charlas, conferencias, debates, polémicas, argumentos, cifras, etc.: y Moreno obtuvo 80 mil. ¿Alguien piensa que esto no es absurdo? Sin embargo, es el sistema que tenemos, es el veredicto de las urnas. Y la gente sigue pidiendo Democracia, como si fuesen focas amaestradas.

La distracción y el circo evitan que nos enfoquemos en las cosas importantes: pongamos un ejemplo de incuestionable actualidad. Nadie quiere reflexionar sobre esto: para lograr estabilidad económica, una de las medidas debería ser reducir los gastos superfluos del estado. Esto se lograría eliminando los planes sociales de los punteros políticos, erradicando la corrupción en la obra pública y promoviendo un desarrollo de los trenes en detrimento de los camiones.

Ahora bien, si se reducen los planes sociales de estos punteros, los movimientos piqueteros ocupan la calle, toman de rehenes a la población, se  prende fuego el país y así se pierde gobernabilidad. Si cuando el país está prendido fuego, la autoridad reprime y frena justamente el vandalismo, entonces los periodistas de los MMCC dirán a todas horas que “este gobierno es la dictadura”, y el periodismo mundial acusará al gobierno por violación de los derechos humanos.

Si los gobiernos erradican la corrupción en la obra pública, los políticos que se aprovechaban con ese dinero mal habido se lanzarán contra la autoridad que se los quitó, y armarán alguna operación política contra ellos (el famoso carpetazo).

Si el gobierno promueve un desarrollo de los trenes en detrimento de los camiones –aunque eso produzca una baja del precio final del producto (y por ende, una baja en la inflación)– se pone en contra del gremio de camioneros. En represalia, Hugo Moyano organiza un paro, los camioneros no trabajan y el país poco menos que se incendia. Si cuando prenden fuego el país, el estado cumple su deber y reprime, de nuevo: entonces los MMCC te dicen que sos la dictadura y los periodistas del mundo entero dirán que el gobierno viola los derechos humanos.

Estos son verdaderos dilemas: distraernos con temas tales como la actividad sexual de Tolosa Paz, el trasero de Cintia Fernández o el Iphone de Manuela Castañeira es perder el foco.

 

JUNTOS POR SOROS LE GANÓ AL FRENTE DE SOROS

Como en un péndulo, millones de personas oscilan entre los kirchneristas y Juntos por el Cambio. Aunque la tendencia va siendo cada vez menor, no baja de un 60% del padrón.

En efecto, el 48% de los votos válidos de la Capital Federal fueron a parar a Juntos por el Cambio (Vidal, López Murphy y el abortero Rubinstein). Casi un 25% votó por el kirchnerista Leandro Santoro. Es un hecho constatado que macristas y kirchneristas se han acusado de delitos e inmoralidades recíprocamente, pero a la hora de votar las leyes de género y de aborto, votan juntos y se abrazan en la contracultura. Kirchnerismo y macrismo: ambos antipatria, ambos anticristianos. Amarillo o celeste, son alternativas contrarias a la vida, a la familia, a la cultura, a la tradición y a la religión. Discuten detalles de política y economía, parados sobre sangrientos protocolos abortistas y convergiendo en el establecimiento de la cultura de la muerte.

 

EL IMPACTO DE LAS PASO 2021 EN EL KIRCHNERISMO

Es un hecho constatable que el kirchnerismo ha sido golpeado y castigado duramente: 4.800.000 de personas los votaron en 2019 y hoy no. Una parte significativa de los pobres no los votó (no hay otra explicación) a pesar de recibir subsidios del gobierno. Evidentemente, el kirchnerismo no va a ganar repartiendo documentos no binarios, hablando de la gestión menstrual, difundiendo penes de madera, o utilizando el mal llamado lenguaje inclusivo: todas estas medidas propias de la Agenda de Género no provocan que los vote más que en un sector ideologizado que afortunadamente no mueve la aguja. Pero como este gobierno está enfocado en la agenda globalista –y no en las necesidades de la nación–, han destinado como parte del presupuesto del año 2021 millones y millones de pesos a políticas públicas relacionadas con la llamada perspectiva de género.

Los kirchneristas sufrieron varios papelones: primero dijeron que ganaban, luego perdieron. Perdieron en 18 jurisdicciones. La cuarentena eterna, las restricciones absurdas y crueles, las PYMES quebradas, el Vacunatorio VIP, el Olivos Gate y tantas otras cosas mellaron el ánimo de su clientela política. El kirchnerismo tenía quórum y mayoría absoluta en el senado; de mantenerse esta tendencia en noviembre, perdería esto.

Para ver el panorama completo, agreguemos algunos puntos: existe un desgaste propio de la función de gobierno, el mismo que Juntos por el Cambio experimentó en la fuerte paliza electoral de las PASO 2019. Sería un error dar por muerto al perro tan rápido: Cristina gobernó 8 años con el poderoso multimedios Clarín en contra, Macri gobernó con ese mismo multimedios a favor y no pudo ser reelecto. A Cristina la dieron políticamente por muerta, pero resucitó.

Por otro lado, el votante del kirchnerismo es en la inmensa mayoría de los casos un militante del kirchnerismo y lo defiende en el colegio, en la universidad, en el club, en la Administración Pública, en el sindicato, en un asado con amigos, en los medios de comunicación, en su familia. El votante promedio de Juntos por el Cambio es muy inferior en capacidad argumentativa, entrega y militancia. Muchos de ellos dejan un voto cada 2 años, y nada más. El modelo de la militancia kirchnerista obedece al modelo soviético-alemán, como bien lo ha descripto el Dr. Ramón Carrillo en “La Guerra Psicológica”[3], y este tipo de militante es cien veces superior al votante promedio macrista.

En ese sentido, hagamos otro cumplido al kirchnerismo. En el fondo, ni ellos mismos se creen la inmaculada concepción de la mayoría. Lo demostró Fito Páez allá por el 2011, al decir que le daba “asco” la mitad de Buenos Aires que había elegido al macrismo. Lo demostró recientemente Úrsula Vargués: “Un asco de Capital, aguantadero de Cambiemos. Por suerte vivo en Provincia”[4]. Y lo demuestran los K en Tucumán pagando y/o robando votos.

Finalmente, la crisis interna al Frente de Todos (Alberto vs. Cristina) no hace otra que ilustrar una profunda verdad evangélica: “un reino dividido no podrá subsistir”. En ese sentido, 7 ministros pusieron su renuncia a disposición del Presidente. La crisis en el seno del gobierno es muy grave, y esto porque se aliaron para ganar las elecciones, porque les interesaba el poder, pero la tarea de gobernar no se puede llevar adelante con el enemigo en casa. Convendrá recordar, sin embargo, que estas luchas intestinas son peleas por aquella porción pequeña de poder que los organismos globalistas –que están por encima no sólo de los K sino también de Juntos por el Cambio– le permiten tener a ambos. Porque a la hora de votar la Agenda 2030, van a estar de acuerdo. Ahí no hay grieta.

 

EL FENÓMENO MILEI

Sus formas payasescas atrapan a muchos, quizás más que el contenido. Cabe reconocer que Milei está diciendo cosas coherentes a nivel ideológico. Ha logrado correr el eje de algunos debates. Prioriza hablar de los temas económicos porque son los que mejor maneja: concentra la artillería donde es más bueno.

Aún con sus graves errores (el liberalismo es pecado), está diciendo cosas que la partidocracia no se puede tragar: por ejemplo, plantea abiertamente que los políticos deben bajarse el sueldo a sí mismos. Muchos piensan si, a pesar de esto, Javier Milei constituye un elemento dentro de la llamada “Disidencia controlada”, siendo funcional a la partidocracia perversa. ¿Por qué? Porque Milei sería una voz canalizadora que descomprime la presión y eso al sistema le ayuda: gatopardismo, cambiar algo para que no cambie nada. El tiempo lo dirá.

Lo que no cabe dudas es que Milei es parte de un think tank con peso específico propio, cuyas afirmaciones no pueden ser ignoradas. Lo pueden criticar, objetar, rechazar, pero no pueden hacer de cuenta que no existe. Cabe subrayar también que, en su fama y en el alcance logrado, pesan sus conexiones y para quien trabaja: Milei está bien relacionado con célebres liberales, masones y sionistas. El poder de estos hace posible, en gran parte, su presencia mediática.

En cuanto a los votantes, y esto a partir de una conversación con nuestra amiga Lucía Ezcurra, entre los motivos que explican el éxito de Milei podemos mencionar:

– Un sector conservador cansado del progresismo de JxC, que –sin analizar ni conocer demasiado– lo votó a Milei porque se presenta como provida y porque se presentó junto a Victoria Villarruel, quien es conocida por hablar en los medios de comunicación de lo que nadie quiere hablar en la Argentina: las víctimas del terrorismo subversivo en los años 70’.

– Un sector que económicamente ve que el país se hunde igual con JxC o con los K, y apuesta al liberalismo, pero ve hipocresías en Espert.

– Jóvenes sin formación que ven en el liberalismo de Milei una alternativa al progresismo. En su mayoría desconocen que Milei está a favor de la eutanasia, del consumo de droga (“Si vos te querés suicidar, yo no tengo ningún problema. Drogarte es suicidarte en cuotas”), del laicismo, que  integra el Foro Económico Mundial y que fue Asesor del G-20 en el diseño de políticas económicas.

En cuanto a Milei y su entorno, aunque es fácil indicar estos elementos con los resultados en la mano, su éxito se explica por la combinación de estos factores:

– Coherencia con el personaje que interpreta. Directo en las formas de decir las cosas.

– Grupos de poder poniendo mucho dinero para difundir su candidatura y lograr sus apariciones en TV.

– Red de trolls pagos en redes sociales.

 

EL VOTO CATÓLICO Y EL VOTO PROVIDA: DIVISIONES

Analicemos ahora el voto de los sectores católicos y provida. Gómez Centurión obtuvo casi 80 mil votos. Puesto que su entrada en la política partidaria como candidato estuvo determinada por Cynthia Hotton, esta vez –sin la ayuda de Hotton y sin el apoyo del mundo evangélico– Centurión no pudo sacar más del 1,50% en las PASO, quedando fuera de la posibilidad de presentarse en noviembre para Provincia de Buenos Aires. Sin embargo, en el interior del país, Centurión consolidó una estructura y en varias provincias puede presentarse electoralmente en noviembre 2021.

A pesar de tener propuestas económicas, Centurión hizo hincapié en temas propios de la batalla cultural, en la lucha contra el globalismo y contra la vacunación COVID obligatoria –fue uno de los pocos, si no el único, de los políticos argentinos que habló contra ella–, en el aborto y en la ideología de género. Su pacto con liberales no cayó bien en sectores católicos nacionalistas. Por otro lado, no aplicó estrategias estridentes de comunicación, como sí lo hizo Milei; probablemente no tenga ni el estilo ni las ganas de hacer esas morisquetas.

En cuanto al campo provida, en muchas personas cundía una suerte de resignación: “el aborto ya salió”. Por tanto, votar al NOS no era útil. En efecto, en 2019, Centurión capitalizó un voto reaccionario a las propuestas de legalización del aborto que recrudecieron en el 2018. Es posible que al diluirse el tema, por la nefasta legalización del crimen, se fuera diluyendo también el voto por el NOS.

Los liberales progresistas ganaron mayor popularidad mientras los potenciales votantes de Gómez Centurión se encontraron con un panorama fragmentado: aparecieron otros partidos provida y los votos se dividieron. Así se dio una marcada división del votante católico como también del votante provida, aquellos a los que Centurión podía apelar. Veamos los números en Provincia de Bs. As.:

  • Hotton 1,45%
  • Guillermo Moreno 0,96%
  • Juan José G. Centurión: 0,95%
  • Alejandro Biondini: 0,60%
  • Partido Celeste 0,53%
  • Santiago Cúneo 0,41%

Todos los partidos con principios teóricos perdieron. Todos se eliminaron mutuamente. Lo que nos lleva al siguiente punto.

 

¿MOVIMIENTO O PARTIDO?

Hagamos un análisis de los partidos que sacaron menos de 1,5% y quedaron fuera de las PASO. Esta vez, el análisis será por cantidad de votantes, a partir de los datos oficiales[5]:

  • Cynthia Hotton: 120.690 personas
  • Guillermo Moreno: 80.006 personas
  • Juan José G. Centurión: 79.423 personas
  • Alejandro Biondini: 50.395 personas
  • Raúl Magnasco (Partido Celeste): 43.993 personas
  • Santiago Cúneo: 34.422 personas

¿Por qué nos enfocamos ahora en la cantidad de personas y no en los porcentajes? Porque quizás aquí está la resolución a nuestro problema. El problema no es sacar pocos votos, el problema es que le demos importancia a los votos y no a la militancia. El problema está en enfocarse en ganar elecciones cuando sería –a nuestro humilde modo de entender– mucho más provechoso enfocarse en la formación de militantes: ¿se imaginan lo que podrían lograr 30 mil personas organizadas? ¿ ¿50 mil personas actuando coordinadamente en las redes sociales, en la calle? ¿60 mil personas colaborando económicamente para la difusión de un periódico? ¿75 mil personas presionando en un hospital, denunciando un aborto? ¿100 mil personas llamando por teléfono al jefe de una empresa que obliga a sus empleados a vacunarse? ¿120 mil personas organizadas militando contra las clases de Educación Sexual? ¡Esto es participación! Miles de personas organizadas podrían impedir un aborto, bloquear los ataques feministas a las catedrales, presionar en los colegios para echar a los profesores que ideologizan, volver inútil el uso del barbijo; miles de familias organizadas podría generar un sistema educativo donde sus hijos fueran bien educados, o una cooperativa de alimentos… La fuerza no está en el voto, la fuerza está la acción inteligentemente coordinada.

Indudablemente, nuestros principios impactan mucho más fuera del sistema que dentro de él.

Por eso, es impostergable la conformación de una militancia que esté dirigida a formar un movimiento, dispuesta a realizar un trabajo público en la calle y redes sociales, bajo la consigna dogmática de “decir la verdad”, sin complejos de inferioridad, en el marco de un trabajo organizado y no anárquico. Debemos forjar un militante que acepte cumplir y formar parte de un sistema de trabajo, sin temor a ser llamado extremista, sin liberalismo apátrida y antinacional, que esté interesado en aprender, argumentar y contraatacar, que no se resigne a una mera resistencia pasiva, que no invoque el Apocalipsis como excusa para no hacer nada. El Padre Castellani decía que no debemos “poner los ojos en el Poder a corto plazo” sino ponerlos “en la Verdad a largo alcance”.

Así como parece prácticamente imposible hacer política partidaria sin dinero y sin un sector productor de dinero -con intereses- que apoye, que abra puertas, que financie y dote de equipos necesarios, es totalmente factible organizar un movimiento no partidocrático que –trabajando coordinadamente– vaya cumpliendo objetivos.

 

FRENTE DE TROSKOS

La izquierda siempre se mantiene fija, con sus votantes fijos. En las redes sociales, predomina cierta burla al respecto, propia de liberalotes que nunca en su vida militaron (y que probablemente no militarán): se ríen de los troskos porque Bodart, Del Caño, Castañeira y Bregman sacaron 5% o menos.

Mofarse de los resultados electorales de la izquierda revela un frágil análisis político. Nosotros, católicos y nacionalistas, combatimos la ideología marxista, que es anticristiana y antipatria. Pero no pensemos que esa militancia (aborto legal, separación iglesia estado, feminismo, ideología de género, legalización de las drogas, eutanasia, etc.) no tiene impacto en la realidad: claro que lo tiene. Lo que pasa es que el liberalote ve sólo números, y para él la realidad política se cristaliza en guarismos. La izquierda (tanto la K como la no K e incluso la anti K) ve más lejos, y sabe que ese 5%, 4%, 3%, 2% o 1 % son decenas de miles de militantes, organizados, estructurados, dispuestos a defender sus posiciones ideológicas en la calle, en el colegio, en el centro de estudiantes, en el sindicato, en el trabajo, en el poder judicial. Del Caño fue votado por 432.923 personas (5,22%), de las cuales la enorme mayoría son militantes organizados y estructurados. Comparemos esto con el 4,87% de Espert: prácticamente la misma cantidad de votos, pero el votante promedio del candidato liberal no saldría a marchar, a pintar, no participaría en actos, no bancaría una discusión política en las redes o en la calle.

Son la militancia del mal, la militancia del marxismo leninismo que asesinó a millones de personas, de acuerdo… pero militan. Si me perdonan el argentinismo, laburan. Y como dice Jean Ousset en su libro “La Acción”: Dios no niega al impío el fruto de su trabajo. Así que en vez de reírnos porque Castañeira no alcanzó el 1,5%, en vez de tomarle el pelo a Del Caño por llegar al 5%, nos vendría bien aprender de estos adversarios que –aún al servicio de sombrías causas– llevan adelante una militancia sostenida en el tiempo, sin bajar los brazos e inaccesibles al desaliento.

 

LO QUE NO SE DICE

“Los diarios comen con lo que dicen y engordan con lo que no dicen”, decía mi abuelo. De las elecciones podemos decir algo parecido: es más importante lo que ocultan que lo muestran. ¿Qué es lo que ocultan? ¿Qué temas son los que quedan fuera de foco? El análisis electoral lo ocupa todo. Por eso, nos preguntamos, ¿cuáles son los hechos verdaderamente determinantes que al gran público se le ocultan?

 

  • Un bebé de 6 meses de gestación acaba de ser asesinado en Tartagal, Salta, por una médica abortera.
  • Los kirchneristas realizaron un homenaje a la banda terrorista Montoneros dentro de la Casa de Tucumán.
  • La población viene siendo sistemáticamente engañada en base a falsas cifras de contagiados y muertos atribuidos al COVID;
  • No se cuestionan las medidas absurdas sanitarias, que todavía siguen vigentes, tales como el uso de barbijos. En pleno domingo electoral, se organizaban filas afuera de los colegios “por el covid”. Sin embargo, al mismo tiempo los bares llenos, los gimnasios y cines abiertos, los vuelos de cabotaje llenos.
  • No se cuestiona la aplicación de las vacunas contra el COVID: Un empresario fuerza a sus empleados a vacunarse. Uno de ellos muere a causa de la vacuna. ¿Cuál sería la responsabilidad legal y jurídica de este empresario?
  • Nadie critica los procedimientos y fines de la democracia: nadie critica la idea de que confiemos el interés público a quienes jamás confiaríamos nuestros intereses privados;
  • Nadie cuestiona que se utilice a la mayoría como criterio de elección;
  • Nadie cuestiona el sistema bancario y la producción de dinero de la nada;
  • Nadie cuestiona que la economía financiera esté prevaleciendo por sobre la economía real;
  • No se cuestiona el sometimiento del a Argentina al Nuevo Orden Mundial.

 

Como conclusión, es imperativo formar un movimiento que tenga como consigna decir la verdad. Si sólo unas pocas personas perdieran el temor a decir la verdad, el programa de intimidación cultural se volvería inútil en ese mismo instante. Digamos la Verdad, porque sólo Ella nos hará libres, y todo lo demás se dará por añadidura.

[1] Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=o1INFkqS1QI

[2] Cfr. https://www.cronista.com/economia-politica/paso-2021-voto-el-67-del-padron/

[3] Cfr. https://es.scribd.com/document/151906595/Ramon-Carrillo-La-Guerra-Psicologica

[4] Cfr. https://twitter.com/ursuvargues/status/1437207789357633539

[5] Cfr. https://www.lanacion.com.ar/politica/resultados-de-las-paso-2021-en-la-provincia-de-buenos-aires-municipio-por-municipio-nid12092021/

El enemigo no tiene piedad, es cínico – La necesaria respuesta

El enemigo no tiene piedad, es cínico – La necesaria respuesta

 

Por Juan Carlos Monedero (h)

 

Hace siglos está en marcha la Revolución Mundial Anticristiana. Sus agentes en todo el mundo actual, y sobre todo en Hispanoamérica, están atravesados por un odio implacable. Ese furor los lleva a alentar todo tipo de prácticas inhumanas, desde la pedofilia hasta el aborto, desde la naturalización de las drogas hasta la eutanasia, pasando por la manipulación de embriones: una Ciencia sin conciencia que, lejos de ser aliada del hombre, se ha vuelto contra el ser humano, una propaganda mundial en donde prevalece la desinformación, la distorsión, las verdades a medias, las mentiras grotescas y los engaños masivos. En una palabra, el progresismo cultural.

Sin embargo, mucha gente que no comulga con estas nefastas ideas y prácticas todavía no sabe que estos agentes odian de manera irreconciliable. Muchos creen aún que todos o al menos “la gran mayoría” de los periodistas, políticos, asesores, intelectuales, etc. del bando progresista son personas de buena voluntad “pero equivocadas”. Mucha gente salva, o intenta salvar, la honorabilidad de estas personas, y no pueden detectar el enorme cinismo de quienes –ya las cataloguemos como marxistas, progresistas o globalistas– se dedican sistemáticamente a boicotear las rudas certezas de un Orden Social Cristiano y, en los últimos años, hasta del mismo sentido común.

Hagamos un diagnóstico descarnado, para luego estar en condiciones de formular una respuesta. ¿Quiénes son estos agentes? ¿Qué piensan? ¿Cómo actúan?

 

(MIGUEL AYUSO) el designio constituyente de la revolución es aniquilar la Cristiandad o la civilización cristiana.

(PIERRE TROTIGNON) Rechazamos el mundo. Ya ni siquiera somos ‘traidores’, porque eso implicaría una afinidad con lo que estamos traicionando. Somos los vietcongs del pensamiento.

(PIERRE TROTIGNON) La filosofía del mañana será terrorista, no una filosofía del terrorismo, sino una filosofía terrorista aliada a una política activa de terrorismo.

(HELLO, ERNEST) Satán es aquél que no ama, decía Santa Teresa; y Santa Brígida oyó salir de la boca del maldito esta confesión terrible. Satán, hablando a Jesucristo, le dijo estas palabras: Oh Juez, soy la frialdad misma.

 

Frente a un enemigo implacable, que tiene por objetivo la destrucción de la Cristiandad, un enemigo que no ama nada –pues participa del odio satánico–, una resistencia de mínima, como “para cumplir”, es pura ingenuidad.

La mentalidad de estos alfiles de la Revolución Anticristiana, cuya meta no es otra que un Nuevo Orden Mundial, es la misma que la de los inescrupulosos marxistas: no hay límites morales para obtener sus objetivos.

 

(OUSSET) El verdadero marxista es un hombre que no cree en la verdad de nada, pero a quien le interesan únicamente la fuerza, la transformación, la puesta en acción de todo.

(OUSSET) Hay que haber oído la risa de los verdaderos marxistas, cuando se pretende que alguien ha “rebatido” el marxismo. “Puede ser, pero no nos conmueve”, contestó Cogniot.

(OUSSET) Si toda la verdad y todo el bien residen en el futuro, se justifican los peores horrores del presente.

(CAMUS) No siendo nada verdadero ni falso, bueno o malo, la regla será mostrarse como el más eficaz, es decir como el más fuerte.

(WEBER, J.) Llamamos “bien” a aquello que ha triunfado.

(WEBER, J.) El éxito, siempre que sea implacable y despiadado, siempre que el vencido sea totalmente vencido, destruido, abolido sin esperanzas, el éxito justifica todo.

(OUSSET) Si no hay verdad, si el verbo “ser” no tiene realmente sentido, nada puede obligarme a nada pues es materialmente imposible saber si hay un orden verdadero y, en consecuencia, un ordenador justo. Ninguna persona tiene, pues, el derecho de mandarme.

 

Se trata de nociones letales para la convivencia humana y social, ideas que se difunden casi inadvertidamente a través de programas de internet, de emisiones radiales, televisión, películas, revistas, proyectos políticos, etc. Se va erosionando el respeto debido a las cosas, a las personas, a las circunstancias. Y el resultado es un mundo desencantado.

 

(OUSSET) Universo que ya no es visto, pensado, juzgado en nociones de SER, en función de verdades por conocer, respetar o servir, sino un universo visto, pensado, juzgado en valores de FUERZA, valores de ACCIÓN, valores de EFICACIA, valores de MOVIMIENTO, sin referencia a verdad alguna.

(OUSSET) No hay verdades, sino fuerzas.

(OUSSET) el marxista ve contradicciones por todas partes y hasta busca hacerlas estallar donde no se manifiestan.

(BRECHT, BERTOLD) El que combate por el comunismo debe saber combatir y no combatir; decir la verdad y no decirla; hacer un favor y no hacerlo; mantener una promesa y no mantenerla; exponerse al peligro y evitarlo; hacerse reconocer y esconderse. El que combate por el comunismo, de todas las virtudes no posee sino una: la de combatir por el comunismo.

(BERIA, LAVRENTI) Debemos ser como la enredadera sobre el árbol. Usaremos al árbol para trepar y después, estrangulándolo, utilizaremos su savia para nutrirnos y crecer.

(BERIA, LAVRENTI) Estamos luchando en América desde principios de siglo para que desaparezca la influencia cristiana y ya lo estamos consiguiendo.

 

Las distintas escaramuzas de los últimos años (ley de aborto, eutanasia, “matrimonio homosexual”, Educación Sexual, Ley de Identidad de Género, etc.) no son batallas independientes. Son parte de una misma y gran estrategia:

 

(VEUILLOT) Siempre quieren (los enemigos) el abandono total de la verdad, aún en los momentos en que su política no ataca sino a una parte de ella.

(P. EZCURRA) Es una guerra disfrazada: total y permanente, pero no declarada. No respeta ninguna especie de pactos, convenios, leyes de guerra o reglas de juego, conforme a la moral marxista, para la que todos los medios son aceptables, supuesto que conduzcan al fin.

(P. EZCURRA) Es una guerra permanente (Marx dice: ‘revolución permanente’, ‘estrategia sin tiempo’). Con avances y retrocesos tácticos, sólo se detiene al llenar plenamente sus objetivos estratégicos, sin importar el tiempo de duración, ni de pérdidas materiales y humanas.

(MAO TSÉ TUNG) Algunos ironizan por nuestra cuenta tratándonos de partidarios de la omnipotencia de la guerra. Pues bien, sí. Nosotros estamos por la omnipotencia de la guerra revolucionaria.

 

El epicentro de la batalla es la cultura, y esto en todo sentido: religioso, intelectual, político e incluso psicológico. Comúnmente el adversario ataca a la Iglesia, a la Historia Patria o a alguna institución natural, pero por lo general hace algo mucho más inteligente: nos rodea, ocupa silenciosamente lugares y puestos de poder, esperando el momento indicado. Son fríos.

 

(LENIN) Dentro de cincuenta años los ejércitos no tendrán mucho sentido, pues nosotros habremos podrido lo suficientemente a nuestros enemigos antes de que estalle el conflicto, como para que el aparato militar de que disponen no pueda ser utilizado a la hora de la necesidad.

(FERNANDO GONZALO ELIZONDO) El éxito que hasta aquí han alcanzado esos conspiradores, y particularmente la masonería, se debe no sólo al hecho de que poseyeran una capacidad incontestable de articularse y conspirar, sino también a su lúcido conocimiento de lo que sea la esencia profunda de la Revolución, y de cómo utilizar las leyes naturales –hablamos de las de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la economía, etc.– para hacer progresar la realización de sus planes. En este sentido los agentes del caos y la subversión hacen como el científico que, en vez de actuar por sí solo, estudia y pone en acción las fuerzas, mil veces más poderosas, de la naturaleza.

 

La clave de bóveda de esta guerra cultural, ideológica –que ya es total e indisimulada– está en el intelecto; en la inteligencia humana, que es (en palabras de Santo Tomás de Aquino) “aquello que Dios más ama en el hombre”. Por eso hay que barrer las clasificaciones, demonizar toda discriminación, abolir las diferencias. Quien prenda la luz es un enemigo:

 

(FERNANDO GONZALO ELIZONDO) Todo aquello que distingue, que define, que establece o recuerda deberes, que reivindica los derechos de una Verdad absoluta, he ahí en realidad el enemigo contra el cual se torna militante y feroz…

 

(CHESTERTON) Hay gente que ha derribado la farola porque quería instalar luz eléctrica; otros porque prefieren las viejas, de hierro; otros porque desean que reine la oscuridad y poder, de ese modo, obrar mal.

 

En última instancia, el objetivo final de los titulares del Nuevo Orden Mundial no puede llevarse a cabo si la población –la de todos los continentes– se despierta, y sólo puede despertarse si un mensaje poderoso toca su inteligencia y su corazón. Aquellos que ya sienten en sus entrañas este fuego sagrado no pueden –no podemos– darnos el lujo de reacciones “conservadoras”, de defensas incompletas, de batallas a medias, de discursos pacifistas. La magnitud del ataque exige una respuesta del mismo calibre. Reaccionar menos de lo que se debería es, finalmente, ser parte del problema y no de la solución. Dios nos asista.

***

 

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El tomo I contiene trabajos publicados entre 2010-2015, mientras que el tomo II incluye aquellos entre los años 2016-2019.

La serie “Los favoritos de Midas”: ¿un argumento filosóficamente subversivo?

La serie “Los favoritos de Midas”: ¿un argumento filosóficamente subversivo?

 

Acabo de terminar de ver una serie de Netflix denominada “Los favoritos de Midas” con mi esposa. Hemos tenido acceso sin pagar un centavo –como debe ser– a la conocida productora anticristiana. En menos de una semana nos vimos los 6 capítulos, pensando que se venía una segunda temporada. Sin embargo, no fue así. ¿Qué es lo importante en esta serie? ¿Cuál es su mensaje? ¿Qué quiere comunicar el guionista?

A nosotros nos gustan las series policiales, y esto al principio parecía un argumento policial: un empresario llamado Víctor Genovés es chantajeado por una supuesta red de corrupción denominada “Los favoritos de Midas”, que amenaza con llevar a cabo distintos asesinatos si él no accede a entregar una gran suma de dinero. Inicialmente Genovés no cede al chantaje y empiezan a caer los muertos. La serie muestra que Los Favoritos de Midas evitan ser detectados por la policía porque hacen pasar esos asesinatos por “muertes accidentales”. Los fallecimientos no exhiben por tanto ningún cabo suelto y la policía deja de investigar. Hay, sin embargo, un policía –el personaje Alfredo Conte– que cree en Genovés y que da crédito a su denuncia de que él está siendo extorsionado. Sin embargo, aunque se esfuerza en encontrar un vínculo entre las muertes no logra nada. Finalmente, Conte detecta una posible filtración de los datos esenciales y el caso pasa a jurisdicción federal; a los pocos días, los responsables estatales deciden ignorar la investigación por falta de pruebas, y esperar a que Los Favoritos se cansen. Aunque Genovés y Conte rechazaran enérgicamente esta claudicación, legalmente no pueden hacer nada. En efecto, se había invertido mucho tiempo sin ningún avance. Ante la sorpresa de Genovés, Conte renuncia y de algún modo lo deja solo, quien suma –al abandono del Estado– el del detective.

Pasé por distintas opiniones de la serie a medida que la estábamos viendo: una cosa es que como espectador no encuentre indicios del asesino en el primer capítulo, en el segundo, el tercero. Pero a medida que van pasando los episodios, a medida que la serie no te muestra ningún rastro de los asesinos (ni para los personajes ni para el espectador omnisciente), uno comienza a conjeturar si quizás Los Favoritos de Midas no será, al fin y al cabo, una serie policial.

Como se ve en la segunda mitad de la serie, parece que ya no se trata de encontrar a alguien, con nombre y apellido. Sino que se trata de otra cosa, del mensaje que la serie quiere dar con el argumento mismo, y no tanto con las palabras de algún personaje. Se trata de que a quienes guionaron Los Favoritos de Midas no les interesa tanto presentar un culpable, una trama, pistas, posibles sospechosos que el detective a cargo va descartando hasta llegar a la verdad –al estilo Agatha Christie o Chesterton– sino que el objetivo es decir algo. Y el mensaje –dicho brutalmente– es que existe una red de gente mala, perfectamente organizada, que puede eludir la ley, pisotear la moral, matar sin dejar rastro y hasta dejar exhaustos a quienes pretenden ajusticiarla; pero sobre todo, comunicar que el máximo logro de esta gente mala no es obtener dinero simplemente sino volver corrupto a los buenos.

En efecto, la serie termina con un Víctor Genovés que habiendo sido chantajeado –víctima durante la mayor parte de la historia–, comienza a ser victimario. En lenguaje paulino, comienza a devolver mal con mal, empieza a dejarse vencer por el mal. Principia a ganar terreno la sombra en su corazón: lo primero que hace es romper con su propia humanidad, con su sentido de honestidad moral y así entonces ejecuta en una plaza a un transeúnte –un completo desconocido–; en otra escena, se lo verá arrojar con total frialdad un vaso de vidrio sobre las cabezas  de una muchedumbre desde la impunidad de estar ubicado en la terraza su edificio. Traiciona a un amigo que le había contado un secreto comprometedor, por el cual éste es arrestado y finalmente fusiona su empresa con otra más poderosa, dando muerte al histórico periódico de su propiedad, que en la ficción se llama ‘El Observador Nacional’: el arquetipo de los medios de comunicación en España, destacado por su sinceridad y valentía para las denuncias, caiga quien caiga.

Todos esos actos lo van perfilando a Genovés en una persona totalmente distinto al que era. Él había hecho lo posible para mantener la subsistencia ‘El Observador’, baluarte de la comunicación periodística al servicio de la verdad. Luego decreta su ejecución por motivos de política económica. Está caminando con paso firme el derrotero de la traición a sí mismo, y la serie nos lo muestra en un tránsito que lo va modernizando, en el peor sentido de la palabra: deja de hablar de principios éticos, utiliza el aberrante “lenguaje inclusivo” y, finalmente, remata uno de sus discursos con la frase “para seguir siendo, tenemos que dejar de ser”, ante un auditorio colmado que lo aplaude como hombre de negocios exitoso, en la cúspide una gloria que le acompaña luego de haber entregado el alma al Diablo.

Finalmente, el protagonista recibe la noticia por parte de Los Favoritos de que su actual amante y cuasi novia, Mónica –periodista estrella de ‘El Observador’, quien es como la reserva moral de la serie–, estaba investigando al propio Genovés y que, de conocerse los resultados de esta pesquisa, él podría ser destruido. Los chantajistas le dicen a Genovés que basta que él no oponga resistencia para que ellos “se encarguen” del problema. Finalmente, Mónica termina asesinada justo cuando estaba a punto de destapar la red de corrupción de Los Favoritos: tan bajo cayó Genovés que pudiendo salvarle la vida a la mujer que él decía que amaba, prefirió no perder poder. El capítulo 6, el último, concluye con un Genovés entrando en la limusina de Los Favoritos de Midas, donde lo recibe alguien cuyo rostro la cámara no enfoca. Así concluye la serie.

Pero entonces, ¿de qué se trata Los Favoritos? Arriesguemos algunas hipótesis, totalmente discutibles. En efecto, como toda serie, como toda obra literaria o cinematográfica, la misma está abierta a las interpretaciones.

La serie termina con un Víctor Genovés que se sube a una limusina negra que representa el poder malévolo de Los Favoritos de Midas; es recibido como uno más de esta la “hermandad” de Los Favoritos. El mensaje es desolador: una persona puede resistirse un poco pero al final termina siendo corrompido por esta red perversa y omnipotente. Aquellos que no se quieren corromper, mueren o se rinden, como el detective Conte que de alguna manera lo abandonó en su búsqueda de la justicia pero que –como no se lo podía tragar sin oponer ninguna resistencia– entregó los datos de la investigación y también las pruebas de la culpabilidad de Genovés a su propia amante, Mónica. Para que alguien en algún sitio, al menos, se aproximase a la verdad.

Los cuentos e historias tradicionales hablan de un bien, de un mal, nos colocan ante un drama moral. Conocemos cómo terminan: el malo es vencido, termina muerto o en prisión. En muchas historias algunos malos se redimen. El bueno suele ser impecable, aunque también son muchas las novelas en que algún personaje comete pecados pero luego se redime. La redención de Edmundo en Las crónicas de Narnia nos recuerda que todos caemos y caeremos, pero que podemos alcanzar el perdón de Aslan. La victoria alcanzada por la unidad de distintos reinos en El Señor de los Anillos nos invita a forjar alianzas con nuestros amigos para derrotar a los enemigos comunes. Con Tristán recuperamos el vigor para enfrentarnos a los déspotas. David y Goliat nos inspiran en los desafíos para los que no hay equivalencia.

Este tipo de relatos tenía la no pequeña virtud de estimular nuestro sentido del honor. Estas historias nos hacía mejores, nos dejaba un sabor a heroísmo, nos colocaba ante los dilemas éticos, nos situaba espiritualmente frente a las cuestiones decisivas: la verdad, la mentira, la vida, la muerte, el bien y el mal. Al mismo tiempo, estas historias tenían la cualidad de vituperar el mal, el pecado, el vicio.

En ese sentido, decimos que Los Favoritos de Midas es una serie que tiene algo de filosóficamente subversivo. El mensaje final que se ve –y no hay segunda temporada– es que el mal no puede ser vencido. Los buenos son destruidos, corrompidos, se cansan o simplemente dicen –como el compañero policía de Conte– que eso no es su trabajo.

Hay una frase del personaje del detective que quizás da en el clavo: “¿Y si ‘los favoritos de Midas’ fueran como un virus de la sociedad que puede contagiar a cualquiera, que se ha extendido por todos los órganos?”. En definitiva, estamos ante una serie que hace pensar, excelentemente producida y filmada, pero con un mensaje final bastante sombrío porque de alguna manera, en vez de invitarnos a luchar ante el mal nos disculpa de rendirnos ante él.

Practiquemos la cordura – Por Antonio Caponnetto

Reproducimos un artículo del Dr. Antonio Caponnetto.

PRACTIQUEMOS LA CORDURA

por Antonio Caponnetto

 

Bajo el lema, presuntamente ingenioso y humorístico, de “Practiquemos la CUIDAdanía, el Gobierno ha lanzado una campaña para prevenirnos de esta extraña pandemia. El propósito de la tal campaña es integrar a los “ciudadanos responsables y con conciencia social”, en su lucha denodada contra “los perejiles e ignorantes” (sic) que osan poner en duda, ya no el real alcance de la peste sino, y sobre todo, el de las medidas que se vienen tomando para combatirla. Medidas que, como todos sabemos empíricamente, han probado con amargas creces y espantosos efectos, la validez de dos dichos populares; que es peor el remedio que la enfermedad; y que no se puede rescatar a quien se está ahogando con un salvavidas de plomo.

Porque la verdad entera y completa sea dicha; si no hubiera, como hay, un cúmulo atendible de razones científicas para cuestionar tanto la etiología, como la naturaleza y los frutos del llamado coronavirus, es innegable por evidente, que hay sí un cúmulo inmenso de testimonios del estropicio descomunal que están provocando las políticas estatales pretendidamente sanitarias. Y decimos estropicio descomunal en homenaje a la síntesis, que a abundantoso análisis daría lugar tamaña atrocidad a la vista.

Pero volvamos a la publicidad precitada. La base de la misma es un sofisma que, en lógica, se conoce como “la falacia de pensamiento de grupo”. Consiste la misma en hacerle sentir orgullo a una persona por pertenecer a determinado sector, emparentado generalmente con alguna ideología. Tal “orgullo” lo habilita a priori y necesariamente a posicionarse en el bando de los despabilados y progresistas, quedando el resto descartado por negacionista, conspirativista, antiderechos, o cualquier voltereta semántica que se les ocurra. Maldito ardid sobre el cual se han expedido personajes insospechados de incorrección política, como el sociólogo Floy H. Allport, ya en 1923, desde The American Journal of Sociology.

El “orgullo” de marras en este caso se retrata a través de dos ejemplos, uno de los cuales cobra significación especial para los argentinos. “Orgulloso de llevar mi barbijo”, dice una caripela anónima embozalada hasta los ojos. Y “orgulloso de no compartir mi mate”, regüelda otro infeliz manojo de soma, a quien se le ven apenas ciertos rasgos, otrora compatibles con lo que se llamaba frente. Se podían haber buscado otros términos más apacibles o afables. Por ejemplo: colaboro llevando el barbijo. Me aguanto el tapabocas por prevención. Lamento no poder compartirte el mate, etc., etc. Pero no; el sofisma reclama imperativamente la apelación al orgullo de la neonormalidad contra natura. Porque ese es el objetivo de fondo de la tiranía: abolir la normalidad e instaurar ya no su perversa contraria sino además la altivez y las ínfulas por perpetrar tamaña acometida. Fue el modus operandi de los sodomitas, que siguen “marchando” convencidos de que su vicio nefando les otorga un descuello tan especial que deben hacerlo público. Lejos todos, ¡ay!, del consejo del cura Castellani a los tanguistas: “¡vaya hombre, está bien que sea cornudo; pero no lo ande cantando!”.

Según la ilogicidad de este sofisma arrojado por el poder político, el número de situaciones de “orgullo” deberían multiplicarse, y en ningún caso se estaría faltando a la verdad. Orgulloso de abandonar a mis padres en el hospital. Orgulloso de que me entreguen sus cenizas en una bolsa de residuos. Orgulloso de no poder velar a mis seres queridos. Orgulloso de obligar a mis hijitos a no abrazar a sus amigos ni a compartir sus juguetes. Orgulloso de aislarme en una burbuja. Orgulloso de que me prohíban celebrar las fiestas de guardar; Orgulloso de que verifiquen mi salud con un estatizado y promiscuo tacto rectal; y la tristísima nómina sería interminable.

A los sofistas que orquestaron esta campaña vejatoria, en la que el vilipendio es el propósito y el cretinismo el instrumento, no les importa otra cosa que no sea doblegarnos colectivamente para ser protagonistas –también orgullosos– de ese programa endemoniado de reingeniería social que se ha dado en llamar “El Gran Reinicio”. Lo dijo desfachatada y literalmente Alberto Fernández, el pasado 29 de enero, en su Discurso ante el Foro de Davos. La meta gubernamental es “avanzar en el Gran Reinicio que tanto pregona Klaus Schwab”; o sea el Foro Económico Mundial, del que el payo Schwab es presidente, junto con el Príncipe Carlos de Inglaterra, que co-lanzó la propuesta en mayo de 2020, cabe la suntuosa oligarquía financiera de los países más poderosos del mundo.

Que sepamos y hasta hoy, los compañeros que combaten al capital (para lo cual lo acaparan como medida precautoria, claro), no le han dicho a Fernandezullón que lo que ha hecho se llama bruta dependencia al Imperialismo, ante el cual se suponía sólo podía tener lugar la liberación y la lucha armada. No le ha dicho nada Kicillof, natural de Stalintrópolis; ni Máximo, hijo de Bisojo y Jaca, ni Cafiero el de las liendres al viento, ni Trotta, el de la tremolante memez, ni Zaffaroni, de broncínea bujarronería. Todos a una callaron ante esta descomunal declaración de sometimiento a la poderosa intromisión imperialista. Sólo resta esperar un motu proprio bergogliano, titulado crípticamente: “Abbassiamo le nostre mutande”.

Hace rato que las cartas están echadas sobre la mesa. Pero tras el Foro de Davos y el nada imaginario próximo paso, cual sería adherir también a la Agenda 2030, nos urge reaccionar con los mejores medios de los que dispongamos. Hoy –contrariando una veintena de estudios académicos y científicos de primer nivel[1]– nos dicen que si no cubrimos bocas, manos y narices con mascarillas y guantes, incurrimos en delito de lesa covididad. Mañana nos dirán que los oídos y los ojos son otros tantos factores de contagio y deberemos andar ciegos y sordos.

A la inicua campaña del “Practicá la CUIDAdanía”, opongámonos con una activa y nunca desmayada campaña de la práctica de la cordura, de la caridad, del sentido común, de las obras de misericordia, de la normalidad. Sintámonos orgullosos de confiar en Dios, de ser virtuosamente prudentes, de saber cuáles son los límites entre el legítimo y necesario recaudo médico y el pánico colectivo. De saber cuál es la frontera que separa el respeto ante la enfermedad de la pusilanimidad mórbida. Sintámonos orgullosos de inspirar en el prójimo y en nosotros mismos un sentido de la responsabilidad terrena que no ahogue el leal abandono a la Divina Providencia. El mayor factor de riesgo que tenemos no es contagiranos, enfermar y morir. Que por supuesto, podemos padecer nosotros o nuestros seres queridos. Sino vivir como cobayos, arrasados por el despotismo pseudosanitarista que nos mata las almas antes que los cuerpos.

Tomo y doy ahora un consejo que me diera hace unos años don Enrique Prevedel: ¡Seamos criollos! Sí; lo seamos. El que tenga su mate, salga a la plaza más cercana, la cara limpia al sol, la palma al cielo, y júntese con los amigos a cebarles mates y Padrenuestros hasta el alba. Será nuestro toque de queda. Nuestro sencilla triunfo, prefiguración de la grande y postrimera victoria que se consumará cuando Él regrese. ¡Cristo Vence!

 

 

[1] cfr. http://syllabus-errorum.blogspot.com/2020/12/uso-de-mascarillas-18-estudios.html?m=1

El debate ideológico y político, un tablero de Ajedrez. Verdad y Poder

El debate ideológico y político, un tablero de Ajedrez.

Verdad y Poder

 

Por Juan Carlos Monedero (h)

 

              Los debates y controversias ideológicas nunca son ideológicas. Quienes nos aproximamos a la filosofía sabemos -de la mano de Santo Tomás de Aquino- que la razón nunca actúa sola; sabemos que los sentidos, las pasiones, los impulsos e inclusos los instintos no son autónomos, y que todo en el hombre es “humano”. Esto quiere decir que el mismo aprendizaje -que tiene su centro en la inteligencia, que es inmaterial- es un suceso emocional. Aprendemos más fácilmente cuando tenemos la disposición emocional de aprender: todos recordamos a esas señoritas encantadoras de la Primaria que nos hacían sentir como coches de Fórmula Uno. Los debates participan de este carácter propiamente humano: no son dos fríos intelectos los que discuten ni son dos puras animalidades las que entran en pugna. Son dos hombres, con su inteligencia, su razón pero también sus emociones, sus pasiones y hasta sus miedos.

            Como en el Ajedrez.

             En el juego-ciencia, la práctica, la habilidad, la inteligencia aplicada, el manejo de las estrategias es determinante. Pero no es lo único. Porque en el Ajedrez se refleja quién es uno; primero por las características propias del Ajedrez en cuanto tal pero también porque en todos los juegos de alguna manera nos revelamos. En los juegos nos mostramos como somos.

             Asimismo, quizás el Ajedrez nos permita una aproximación a la compleja realidad social y política en nuestro país.

               La Argentina está atravesada por varios discursos, por complejas ideologías y por robustas doctrinas. Todas ellas tienen un elemento teórico, sincero o no, realista o no. Sin embargo, al ser éstas encarnadas por personas de carne y hueso, cada uno de ellas le imprime a estas ideas la marca especial de su propia individualidad. Al igual que cuando movemos los peones tosca o elegantemente. De la misma manera que cuando adelantamos un alfil blanco para amenazar el campo de las negras, las doctrinas tienen un planteo que consideran verdadero y repugnan lo que entienden falso. Ý en el día a día de la guerra ideológica, ¡cuántas veces, envalentonados por una buena jugada, nos confiamos, nos desbocamos en el ataque y terminamos perdiendo una buena posición o fichas clave!

              También pasa lo mismo en la política y en las controversias ideológicas. No son robots los que discuten, los que tejen alianzas partidarias, los que se asocian para lograr sus propios fines. Son personas, somos personas que al tomar una decisión involucramos elementos tanto conscientes como ocultos. Jürgen Klaric, uno de los especialistas mundiales en ventas, dice que la acción de vender -para ser eficaz- debe apuntar a cubrir “la necesidad antropológica inconsciente” de una persona. ¿Y no es verdad que nosotros “compramos” una idea, una ideología, un discurso, una doctrina? ¿No hay acaso algún tipo de alineación entre aquello que está en lo recóndito de nuestro corazón y la teoría que sostenemos?

              Hasta aquí, cualquier lector podría estar de acuerdo. Ahora bien, trascendamos el plano psicológico dado que la salud de la persona no se define por la alineación de sus actos con sus ideas, lo cual es condición necesaria pero no suficiente. Esas ideas deben estar alineadas con la verdad de las cosas, con la veritas rerum, como dice la tradición filosófica realista. Es el momento de decirlo con todas las letras, aunque pueda sonar antipático para los oídos de cierta gente intoxicada por el indiferentismo. Antonio Machado podrá ser muy eufónico con su “Caminante, no hay camino”, podemos sentirnos gigantes escuchando a Serrat interpretando estos versos, pero estos versos no nos inspiran a ser mejores. Si se sabe ver, estos versos nos transmiten desesperación, indiferencia doctrinal; nos transmiten un espíritu resabiado de relativismo, con dosis calculadas de escepticismo. Porque si no hay un camino mejor que otro, un camino preferible a otro, un camino objetivamente bueno, entonces no hay verdad. Y estaríamos en el Reino de la Opinión donde las ideas y posiciones no valen en función de su correspondencia con la realidad sino en virtud del poder que me den. 

              Lewis Carrol en Alicia en el País de las Maravillas lo retrata nítidamente:

 

–Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty con un tono burlón– significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos.

–El asunto es –dijo Alicia–  si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–El asunto es –dijo Humpty Dumpty– quién es el amo. Eso es todo.

 

                Pero esto, ¿no establece el despotismo más abyecto? Amparados en el puro ejercicio poder, sin norte ni brújulas éticas objetivas, ¿qué lugar queda para la Justicia?

               ¿Dónde está más protegido el débil? ¿En la Ciudadela de la Verdad y la Justicia absolutas (así, con mayúscula) o en el Reino de la Utilidad, el Interés, donde predomina la cantidad como criterio de orden y la conveniencia como indicador del obrar?

                 Es esta, efectivamente, una posición cómoda para los libros pero impracticable en la realidad: ¿aceptaríamos acaso que nuestro jefe no nos pague nuestro sueldo? Si nuestro empleador se negase a hacerlo, seguramente le diríamos que debe abonar los honorarios “porque es lo que corresponde”. Ahora bien, lo que corresponde es lo justo. ¿Y si nuestro jefe nos escupe en la cara la perversa filosofía de Machado, según la cual no hay justicia verdadera sino puntos de vista? ¿Qué le impide decirnos “Lo que corresponde está sujeto a cambios y pautas culturales, válidas para ciertas épocas y ciertos lugares de la humanidad, y casualmente mi empresa no es uno de ellos”? ¿Por qué debería pagarnos si la verdad no existe, si la justicia es una convención, si no hay “un camino” éticamente bueno?

                  El debate sobre el aborto, impulsado por el oficialismo macrista en el 2018 y por el oficialismo kirchnerista en el 2020, es el escenario más descarnado de esta mentalidad. El débil es el niño por nacer, el máximamente desprotegido, ni gritar puede. Se decide -se decidió- su vida en base a criterios de interés, de utilidad: serán las cifras las que deciden si es legal o no descuartizarlo.

                 Este relativismo está en los tuétanos de nuestro sistema político: y ahí tenemos a diputados y senadores falibles por separado que, por arte de magia, se vuelven “infalibles” en las Cámaras del Congreso de la Democracia Argentina, argumento agudamente señalado por esa gran cabeza que fue Juan Donoso Cortés. Estos políticos sólo sirven para contar cuántos porotos les reditúa presentarse celeste o verdes. Así, Cristina Fernández de Kirchner “descubriendo” que estaba a favor del aborto en el 2018; Juan Manuel Urtubey apuesta al progresismo luego de varios años de administración conservadora; Sergio Massa tejiendo alianzas políticas donde las ideas, los conceptos, los principios se subordinan a la acumulación de capital político. Mauricio Macri habilitó en el 2018 -al mejor estilo Poncio Pilatos- debatir sobre si el bebé en el vientre materno puede ser asesinado (o no), luego de haber sostenido -durante el Congreso Eucarístico Nacional, en Tucumán, junio 2016- las siguientes palabras: “Defiendo la vida desde la concepción hasta la muerte”. El 10 de diciembre del 2019, Alberto Fernández pronunció estas palabras en solemne Juramento Presidencial:

 

“Yo, Alberto Ángel Fernández, juro por Dios, la Patria y sobre estos Santos Evangelios, desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de Presidente de la Nación. Y observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación argentina. Si así no lo hiciere, Dios y la Patria me lo demanden”.

 

                La Verdad, la Justicia y el Poder parecen ir por caminos distintos. La pregunta es qué camino va a tomar usted, lector. ¿Se va a convertir en parte de la solución o en cómplice del problema?

 

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