–Muy bien, alumnes… Buenos días–dijo el Profesor, frotándose las manos, visiblemente entusiasmado.
–Buenos días.
–Tengo noticias importantes para ustedes, que seguro les van a sorprender. Como saben, esta es la primera clase de nuestra materia: “Introducción a la Filosofía”. Y quiero decirles, desde el vamos, que no voy a enseñar como se enseñaba antes. Antes, el profesor decidía lo que se le antojaba y los alumnes obedecían ciegamente, imponía su punto de vista al alumnado como ‘verdad absoluta’, no escuchaba a los chiques ni le interesaba su opinión.
Los alumnos escuchaban, algunos visiblemente descolocados de que el primer acto del docente sea criticar a otro docente hipotético, ausente en ese lugar. A Inés se le retorcían los oídos por el mal uso del castellano.
–Pero ahora –continuó– todo va a cambiar: en nuestra clase, ¡sólo será válido lo que se decida por mayoría! ¡Este es el nuevo principio! Basta de las imposiciones de uno sobre todos… Estamos por una nueva educación. Una nueva escuela, una escuela del siglo XXI, del cambio, moderna, inclusiva. En una palabra –¡y miren qué palabra, chicos!– democrática. ¿Por qué tema les gustaría empezar? Vamos, votemos todos.
Desgraciadamente había un aguafiestas en ese aula.
–Disculpe profesor, ¿cómo… cómo podríamos llamar a este principio?–dijo un alumno, levantando la mano.
–No hace falta que levantes la mano –repuso el Profesor guiñando el ojo, con tono cómplice–, como si estuviésemos en el Liceo Militar… Simplemente hablá, fluí. ¿Qué decías?
–Pregunté cómo podríamos llamar a este principio.
–Eh… llamémoslo… ¡Principio Mayoritario! ¿Te gusta? Yo siempre tuve a los nombres de las cosas un poco como fajas que restringen la vitalidad del pensamiento, que es un río, pero si querés podríamos llamarle así.
–Mmmm… ¿y a quiénes se le aplica?– continuó el alumno.
–¿A quiénes, m’ hijo? Ahora, en este momento, se aplica a ustedes… ¡a esta misma aula de la facultad de Buenos Aires! A todes nosotres, yo también me someto a este criterio, yo el primero, por supuesto.
–Profesor…–volvió a la carga el alumno, sintiendo repugnancia por el martirio que estaba sufriendo el idioma castellano, pero no obstante levantó nuevamente la mano.
–Sí… ¡decime!–respondió el docente, notando que el alumno de nuevo recaía en costumbres arcaicas.
–Usted dice que quiere aplicar el Principio Mayoritario…
–¡Sí, así es!
–… que consiste en que sólo será válido lo que se decida por mayoría…
–¡Sí, eso mismo! Me alegra que lo recuerdes tal cual lo dije… ¡Eres bueno…!–Ok, gracias. Pero… en realidad, yo no quería hablar de mí. Yendo al punto…. Hay algo que me llama la atención… ¿sabe?
–Decilo ya, no temas, no des tantas vueltas, acá todos somos iguales, ¡ahora rige el Principio Mayoritario y tu opinión es MUY importante!–contestó el docente, y el rostro se le iluminó al pronunciar estas palabras.
Los demás alumnos se sentían halagados, aunque otros sospechaban. “Mucha miel, demasiada”, sentenció Inés para sus adentros. “El profesor se hace el buenito pero en cualquier momento muestra los dientes”. Sin embargo, luego se autocensuró: “No puedo ser taaan mal pensada. Esperemos a ver cómo le contesta a este chico”.
–Lo que me llama la atención –respondió el alumno– es que Usted nunca acordó con nosotros aplicar ese principio –dijo casi como suspirando ante el peso de tamaña obviedad.
A veces lo más sencillo de ver es lo más difícil de entender. Nunca sabremos si el docente se hizo el tonto o si realmente no captó el punto.
–¿Eh? No entiendo.
–Digo que, por un lado, Usted dijo recién que sólo será válida una decisión mayoritaria… pero, por otro lado, EL HECHO ES que los 30 alumnos de esta aula no hemos decidido mayoritariamente aplicar el Principio Mayoritario…
–Eh…
–Nunca preguntó al curso si queremos aplicar el Principio Mayoritario–repuso el muchacho, que comenzaba a envalentonarse, en tono más directo.
Inés, que no había perdido detalle de la conversación, sintió la frase como estocada en un torneo de justas del siglo XIV. O, si el lector lo prefiere, como Exocet sobre navío inglés en 1982. Nunca lo admitiría, pero en su interior saboreó el poder del argumento.
–Eh…
–Usted nunca preguntó si la mayoría del curso estaba de acuerdo con el Principio Mayoritario. Simplemente, ¡lo impuso!
–Querido, querido… no importa. ¿Sabés qué? –dijo, cambiando el tono. Estaba nervioso– Lo vamos a aplicar igual. A partir de ahora, rige el Principio Mayoritario. Rige la democracia. Se acabó la dictadura del docente, la dictadura “del que sabe más”. Todo por mayoría y…
Como quien suelta una frase imposible de postergar, desde el fondo del alma el aguafiestas dijo, “completando” la frase del profesor:
–Todo lo decidiremos, todo… ¡pero hay una cosa que no! ¡No decidiremos si queremos tomar todas las decisiones en base al Principio Mayoritario…!
El docente perdió la compostura y fuera de sí levantó la voz.
–Volvimos al Medioevo. ¡Esto es fascismo! ¿Lo ven? ¿Lo ven, chicos? Este alumno no quiere la democracia. ¡Nos quiere imponer sus ideas a nosotros! Este alumno es un retrógrado. ¡No quiere el Principio Mayoritario, quiere la escuela vieja!
Un incómodo silencio se apoderó de la clase. El hombre había perdido el control. Su mismo rostro se desfiguraba, airado por haber quedado al desnudo. Y finalmente arremetió.
–Este alumno quiere los métodos obsoletos del pasado. ¡Quiere el autoritarismo del docente! ¡Quiere la obediencia ciega del alumno! Eso ya se acabó. Ahora, todos debemos manejarnos en la escuela moderna con principios de mayoría. Basta de imposiciones del docente, hay que dar lugar al alumno. Quiero que votemos el tema a desarrollar. Había dejado de mirar al aguafiestas, y posaba su mirada en el resto.
–Chicos, ¿se dan cuenta? ¿Se dan cuenta?
Inés se había dado cuenta.
***
Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
Las causas de la Legalización del aborto en la Argentina
Por Juan Carlos Monedero (h)
La sanción de la ley de aborto durante los 9 meses de embarazo (y no 14 semanas, como dicen tantos periodistas) tiene sus causas, antecedentes y explicaciones profundas.
¿Por qué se sancionó esta ley en la Argentina?
En primer lugar, por la tenacidad de los alfiles del abortismo. Estos agentes de la iniquidad merecerán tenebrosos puestos en el Infierno, pero no el sector reservado a los tibios. Estos, como dice el Dante, ocupan el “lugar más oscuro” en el Hades por no haber tomado parte en las contiendas decisivas. Enumeremos algunas de las acciones más conocidas de esta nefasta militancia: los aborteros vienen realizando encuentros nacionales de “mujeres” autoconvocadas hace 35 años. Hace décadas que organizan ateneos, cenáculos, conferencias, escriben artículos, publican libros, organizan y van a marchas, asisten a los debates en radio, televisión, etc. No tenemos ninguna duda de que es una militancia antipatria y anticristiana. Pero militancia al fin y al cabo, Dios no le niega al impío el fruto de su propio trabajo como dice Jean Ousset en su libro La Acción.
Los enemigos del Orden Natural se han estructurado en distintas facciones, han sacrificado parte de su tiempo personal para la conquista de sus objetivos ideológicos. Aunque una gran parte de la masa crítica feminista-abortera-progre no lea ni estudie (Malena Pichot decía no tener tiempo para estudiar…), es evidente que los principales agentes aborteros estudian, leen, asisten a distintas conferencias, se la pasan informándose en el tema, discuten, debaten, se empapan. Las trayectorias de Paola Bergallo, Andrés Gil Domínguez, Aída K. de Carlucci, Marisa Herrera, Alberto Kornblihtt y otros no se explican de otra manera, más allá de lo oscuridad que reina en sus inteligencias. Lo mismo se diga de otros agentes de la subversión mental, cultural y jurídica, como Eugenio Raúl Zaffaroni en el campo del Derecho, Darío Sztajnszrajber en el área de Filosofía, e incluso un Jorge Lanata o Luis Novaresio en el periodismo. Pacientemente nos han metido en la Ventana de Overton.
En segundo lugar, la legalización se explica por el apoyo sostenido de poderosísimos empresarios y entidades internacionales globalistas, como también de algunos gobiernos. El Fondo Monetario Internacional, la Banca Mundial, la Organización de las Naciones Unidas y su brazo, la Organización Mundial de la Salud; la UNFPA, Amnisty International, IPPF, UNICEF, Open Society (Soros), Fundación Ford, Fundación Rockefeller, Fundación Gates, etc.
Como bien hacía notar el blog Kontrainfo, inmediatamente después de la legalización IPPF salió a festejar, reconociendo al menos 15 años de financiación suya de los grupos aborteros[1]. Viene bien recordar que, como también informó Kontrainfo, la IPPF recibe dinero del Gobierno Británico[2]. En otro orden de cosas, vale la pena apuntar que el principal contribuyente de la OMS es Bill Gates como explicó Eduardo Peralta[3]. En la Argentina, distintas sucursales con otro nombre actúan en nuestro país, como por ejemplo CASA FUSA, Católicas por el Derecho a Decidir, CELS, Universidad de Palermo, Centro de Estudio de Estado y Sociedad (CEDES), Fundación Huésped, FEIM Argentina. Millones y millones de dólares, provenientes de las altas finanzas así como también de los tributos que los gobiernos de distintas naciones manejan. Según el diario La Nación, al menos Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Australia e incluso EEUU[4].
En tercer lugar, ha sido determinante el poder de los medios de comunicación. Solemos hablar de “los medios” cuando deberíamos en realidad personificar y decir los periodistas, los articulistas, los editores del diario, las personas que pagan propagandas en ellos, los dueños de los medios. Porque, en efecto, lo que ocurre en los medios no ocurre “por necesidad física” o fatalismo alguno, ocurre por voluntad libre de alguien con poder. En ese sentido, los kirchneristas tienen razón y por eso se han esforzado al máximo al enfatizar que detrás de Clarín está Magnetto. Es un hecho indiscutible que la casi unanimidad que se pudo apreciar entre los comunicadores sociales ha sido una de las principales causas de que los slogans pro aborto hayan calado hondo en una gran porción de personas. Asimismo, quedó probado que no hay ninguna correlación entre el pensamiento dominante en los MMCC y el resto de la población, ni siquiera si tomamos los dos distritos más progresistas: Provincia de Buenos Aires y Ciudad de Buenos Aires. La sensación de mayoría progresista-abortera en TV, radio, etc. solamente es eso: una sensación artificial.
Otro factor de peso que podemos señalar fue la presión del Presidente de la Nación. En efecto, Alberto Fernández tomó este tema como una bandera de su campaña, lo dijo en sus debates presidenciales previos a las elecciones, todos sus aliados políticos eran pro aborto, su segunda línea lo es también (Vilma Ibarra, su ex novia, por ejemplo) y en su militancia de base predomina el apoyo al aborto. Sólo un sector peronista se mantuvo celeste –con José Mayans a la cabeza–, no obstante este sector trabajó para que Alberto llegara al poder (por eso hablamos de la perversión democrática). Por otro lado, entre estos peronistas celestes parece que habría senadores (Sergio Leavy, Tucumán, y Silvina García Larraburu, Río Negro) que fueron “persuadidos” por el Presidente; al menos, según lo que dice La Nación. ¿Bajo qué argumento? Según Clarín, Alberto habría apelado a esta razón: Si no sale la ley, el gobierno cae. Tanta fue la presión del Presidente que la propia senadora Silvia Elías de Pérez lo acusó de presionar como nunca se vio en el Senado[5].
En quinto lugar, la legalización del aborto está íntimamente conectada al papel deshonroso de la jerarquía católica, tanto por acción como por omisión. Excede el espacio de este artículo un análisis completo al respecto, pero lo mínimo que se debe decir es que la ley del aborto pudo ser aprobada porque los mandatarios católicos hace décadas vienen entregando a sus ovejas. El Presidente y todo el gobierno encabezó un frontal ataque contra la vida humana y los pastores sólo manifestaron tibias reacciones, semejantes a aquellas que tuvieron lugar cuando Mauricio Macri lanzó el proyecto de ley en 2018; un lenguaje vacuo, un discurso light, sin aceros, sin referencia al asesinato ni al genocidio, muy políticamente correcto. Una conducta anticristiana, característica del Episcopado por lo menos desde el 2003 cuando –habiendo chocado Mons. Basseotto y Ginés González García por el tema del aborto– este ilustre prelado quedó prácticamente solo, sin apoyo de sus pares, especialmente del entonces Cardenal Primado Jorge Mario Bergoglio.
Asimismo, predominaron vergonzosas omisiones: no recordar que el aborto es un pecado que tiene pena de excomunión, no levantar al pueblo contra esta ley anticristiana, no llamar a la resistencia, no denunciar que la Salud Pública se está poniendo al servicio de la matanza de inocentes. Los obispos tampoco cruzaron frontalmente a los senadores que –diciéndose católicos– votaron a favor del aborto, no cruzaron al Presidente cuando sostuvo ser “un católico que no considera el aborto un pecado”, no se pusieron al frente del combate.
También tomamos conocimiento de acciones inicuas: la línea de obispos –a lo largo de varias décadas– viene obstaculizando a los católicos que intentamos proponer una buena formación. Han removido a los párrocos de buena doctrina sustituyéndolos por los famosos curas pasteleros, más propensos al diálogo que a la lucha por la verdad y la justicia; primero con Mons. Zecca y luego con Víctor Manuel Fernández, han hecho de la UCA una universidad cada vez menos confesional; no sólo la UCA sino también la USAL se han convertido en universidades en donde no se forma en la recta doctrina, antes bien, los buenos profesores fueron paulatinamente siendo reducidos, siendo sustituidos por otros de pésima formación, sin dogma, sin coraje, sin hambre de gloria, sin vocación de heroísmo. Y ellos han formado generaciones de alumnos y egresados, muchos de ellos absolutamente ausentes en la lucha contra el aborto.
Los obispos pusieron más empeño en exterminar la tradición católica que en combatir a los aborteros. Lo prueba el cierre ominoso y criminal del seminario diocesano de San Rafael (Mendoza), el más fecundo de todo el país.
Han utilizado constantemente el lenguaje del enemigo; el último ejemplo lo constituye la propia declaración de la CEA, en la que simplemente “lamenta” el aborto, utiliza el término interrupción del embarazo además de adoptar el llamado lenguaje inclusivo. Se ha legalizado formalmente, con aprobación de las dos cámaras, el crimen abominable del aborto –tal como lo llama el Concilio Vaticano II, al que supuestamente los obispos valoran–, se ha establecido el “derecho al aborto”, imponiendo la práctica como parte “del orden público” y lo que tenemos es un comunicado miserable.
Militantes celestes nos han contado cómo levantaron un programa en una radio de cierto obispo “por no estar en comunión” con el Santo Padre. Se lo dieron al Chino Navarro del Movimiento Evita, el mismo que dice que el aborto es un tema de salud pública.
Por otro lado, lamentablemente es cierto que el Episcopado colaboró con la victoria electoral de Alberto y Cristina en el 2019 (en un país con enorme cantidad de bautizados, el Frente de Todos sacó más de 12.000.000 mientras que Cambiemos sacó más de 8.000.000 de votos). ¿Dónde está la Iglesia Católica? Como católicos nos duele constatar que innumerables bautizados e incluso practicantes apoyan agendas políticas contrarias al Evangelio, como lo son tanto la de Alberto-CFK como la de Macri.
La victoria de Alberto responde a una férrea estrategia que viene obviamente de mucho más arriba, esto es, del propio Papa Francisco. Su segunda línea dice lo que él no puede aparecer diciendo, pero que quiere que se deslice. Por ejemplo, decir –como sostuvo Mons. Sánchez Sorondo en febrero del 2018– que la China Comunista es “la mejor realizadora de la Doctrina Social de la Iglesia”[6]. Recordemos que Sánchez Sorondo ostenta el cargo de Canciller de la Pontificia Academia de las Ciencias, como también recordemos que China actualmente fuerza los abortos para impedir que su propia población se reproduzca, habilitando sólo 2 hijos por familia[7]. En la lógica de la geopolítica mundial, Alberto y Cristina son aliados del Papa Francisco. No en vano, el brillante escritor uruguayo Daniel Iglesias Grézes (InfoCatólica) ha rastreado los vínculos de Francisco con la izquierda a nivel mundial, resumiéndolo en su artículo: “El Papa Francisco y la Izquierda internacional”[8]. A principios del año pasado, este mismo Sánchez Sorondo les “organizó una Misa” al Presidente de la Nación y a su concubina, dándoles de comulgar la Sagrada Comunión en el Vaticano, a pesar de que varias veces había declarado su postura pro aborto[9]. Creemos que está claro el asunto.
El aborto se legalizó porque tenemos un sistema político que hace posible la sanción de leyes en base al totalitarismo de las mayorías, relegando a un último plano las verdades de fondo, sean científicas, médicas, jurídicas o morales. En honor a la verdad, desde el Nacionalismo Católico –con la Revista Cabildo y Antonio Caponnetto a la cabeza– se ha venido diciendo “oportuna e inoportunamente” esta verdad hace décadas. Nosotros mismos, allá por 2011, escribimos un artículo[10] en esa línea el cual hoy resulta tristemente profético, del cual repetiremos algunos conceptos clave: el sistema democrático hace posible que una decisión mayoritaria, aunque injusta, se convierta en ley. En este sistema, las mayorías determinan el contenido de leyes, algo que –desde el lado del adversario– han reconocido los propios Juan Jacobo Rousseau, Hans Kelsen, Gianni Vattimo y hasta el mismo Darío Z.
Hans Kelsen, el famoso jurista judío austríaco (paradigma del positivismo en el siglo XX) sostuvo que el relativismo está detrás del sistema democrático. En su libro Esencia y valor de la democracia, estampa lo siguiente: “en efecto, si se cree en la existencia de lo absoluto –de lo absolutamente bueno, en primer término–, ¿puede haber nada más absurdo que provocar una votación para que decida la mayoría sobre ese absoluto en que se cree?”.
El nervio del asunto yace en el mismo punto de partida: “La cuestión decisiva es si se cree en un valor y, consiguientemente, en una verdad y una realidad absolutas, o si se piensa que al conocimiento humano no son accesibles más que valores, verdades y realidades relativas”. Kelsen remite a los pensadores que han defendido la democracia y a quienes la han rechazado: “En efecto, todos los grandes metafísicos se han decidido por la autocracia y contra la democracia; y los filósofos que han hablado la palabra de la democracia, se han inclinado casi siempre al relativismo empírico”.
La cita continúa: “Así vemos en la Antigüedad a los sofistas que, apoyados en los progresos de las ciencias empíricas de la Naturaleza, unieron una filosofía radicalmente relativista en el dominio de la ciencia social con una mentalidad democrática. El fundador de la sofística, Protágoras, enseña que el hombre es la medida de todas las cosas, y su poeta Eurípides ensalza la democracia y la paz”.
¿Y los tradicionales enemigos de la democracia?: “A su vez, Platón, en quien renace la metafísica religiosa contra el racionalismo de la ilustración, declarando contra Protágoras que la medida de todas las cosas es Dios, es el mayor enemigo de la democracia y un admirador y aún propugnado de la dictadura. En la Edad Media, la metafísica del Cristianismo va unida, naturalmente, a la convicción de que la mejor forma política es la Monarquía, como imagen del gobierno divino del universo. Santo Tomás constituye un testimonio culminante en este sentido”.
La democracia tiene lugar cuando la razón como conocedora de la verdad es cuestionada, relegando los grandes temas al terreno de lo irresoluble. Cuando el ocaso de la razón es un hecho, entonces se alza el sistema que pone como categoría fundamental al número: “si se declara que la verdad y los valores absolutos son inaccesibles al conocimiento humano, ha de considerarse posible al menos no sólo la propia opinión sino también la ajena y aún la contraria. Por eso, la concepción filosófica que presupone la democracia es el relativismo”.
Si “ha de considerarse posible al menos” no sólo la propia opinión sino también la contraria, en Democracia no nos queda otra salida que aceptar como posible que un partido se presente como partidario del crimen silencioso del aborto. Debemos admitirlo y, con lógica democrática, no podemos negarle derecho a existir a esa posición. Por eso todos los políticos bien pensantes y periodistas bien pensantes celebraron la existencia del debate democrático sobre el aborto: porque el sólo hecho de debatir ya era, en sí mismo, el comienzo de su victoria. Por eso también los mejores provida repudiaron la existencia misma de esta falsa discusión.
Ahora bien, si no podemos negarle derecho a existir a la postura pro aborto dentro de la democracia, entonces estamos nivelando a la verdad con el error, a lo bueno con lo malo. Estamos nivelando el derramamiento de sangre inocente –que clama al cielo por justicia– con el derecho del niño a nacer, como si fueran ambas posiciones igualmente admisibles.
Intentar ganarles la votación sobre leyes injustas termina consolidando la legalidad que permite estas atrocidades.Perdida la votación sobre el aborto, estaremos obligados en virtud del principio democrático a admitir como válida dentro del sistema la postura pro abortista. De nada servirá la apelación al derecho natural, a los principios no negociables: su mención no podrá pasar de un intento verbal, en el contexto de un sistema que se desentiende por principio de la verdad y del bien objetivos. La última ratio de las decisiones no es la realidad sino el número, la mayoría. Esta ley ni siquiera respeta las propias constituciones provinciales o al mismo Código Civil, que reconocen a la persona humana desde la concepción. La mayoría parlamentaria no respeta ni la ley no escrita ni la propia ley escrita.
Nivelar la verdad con el error no es, como puede pensarse, algo accidental al sistema. Es de su misma esencia: esta nivelación está fundada en la reducción de todo lo que se discute a su condición numérica. Si el escepticismo y el relativismo mandan, como admite con honestidad intelectual Kelsen, entonces ninguna opinión es más verdadera que otra. Ninguna opinión es más falsa que otra. Sólo queda guiarse por la mayoría.
“La democracia concede igual estima a la voluntad política de cada uno, porque todas las opiniones y doctrinas políticas son iguales para ella, por lo cual les concede idéntica posibilidad de manifestarse y de conquistar las inteligencias y voluntades humanas en régimen de libre concurrencia. Tal es la razón del carácter democrático del procedimiento dialéctico de la discusión, con el que funcionan los Parlamentos y Asambleas populares”.
Lo dice Kelsen, nada menos que en un libro que lleva por nombre Esencia y valor de la democracia. Quien quiera defender la vida desde la concepción, el derecho a la educación de los hijos, el bien común, el matrimonio, etc., en primer lugar debe rechazar de plano el sistema político que hace posible la legalización del aborto, que hace posible el totalitarismo educativo, que hace imposible el ordenamiento al bien común, que hizo posible la ley del divorcio. ¿Cuántas leyes abominables fueron promulgadas por vía del sufragio? Estas fueron votadas y sancionadas a través de la voluntad de la mayoría de Diputados y Senadores. Así, en Diputados hubo 131 votos a favor, 117 en contra y 6 abstenciones. Mientras que en Senadores, hubo 38 votos a favor, 29 en contra y 1 abstención.
Hacia el final de su propio libro, Kelsen explica: “En el capítulo XVIII del Evangelio de San Juan se describe un episodio de la vida de Jesús. El relato sencillo, pero lapidario por su ingenuidad, pertenece a lo más grandioso que haya producido la literatura universal, y, sin intentarlo, simboliza de modo dramático el relativismo y la democracia”.
No perdamos el detalle: “Es el tiempo de la Pascua, cuando Jesús, acusado de titularse hijo de Dios y rey de los judíos, comparece ante Pilato, el gobernador romano. Pilato pregunta irónicamente a aquel que ante los ojos de un romano sólo podía ser un pobre loco: ‘¿Eres tú, pues, el rey de los judíos?’. Y Jesús contesta con profunda convicción e iluminado por su misión divina: ‘Tú lo has dicho. Yo soy rey, nacido y venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que siga a la verdad oye mi voz’. Entonces Pilato, aquel hombre de cultura vieja, agotada, y por esto escéptica, vuelve a preguntar: ‘¿Qué es la verdad?’. Y como no sabe lo que es la verdad, y como romano está acostumbrado a pensar democráticamente, se dirige al pueblo y celebra un plebiscito”.
Se cosechó lo que se sembró. Mientras los adversarios aborteros y feministas bebían la ideología por todos sus poros, no faltaron integrantes del sector provida que decían que “el tema doctrinario era secundario”. Mientras ellos leían a Foucault, Marx, Engels, Gramsci, muchos católicos provida postergaban la lectura del Padre Castellani, Julio Meinvielle, Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri. Ellos primero trabajaron “ad intra” y luego salieron a buscar apoyos “ad extra”. Nuestro sector, salvo honrosas excepciones, en la Ciudad de Buenos Aires hizo exactamente lo contrario y así fuimos objeto de la propaganda conductista celeste: movimientos bienintencionados pero de nula formación. Se agitaba una banderita celeste mientras deliberadamente se silenciaba la fundamentación política, ideológica y religiosa que explica a fondo este tipo de leyes. Nos consta que en el interior del país hubo marchas y movilizaciones donde los oradores tuvieron mejor doctrina, pero lamentablemente en Provincia de Buenos Aires y en la capital federal predominó otra cosa.
Mientras ellos militaban con agresividad las peores causas, desde el sector celeste se bailaba cumbia frente al Congreso. Mientras ellos invocaban explícitamente al demonio[11], desde nuestro sector algunos decían: “No hablemos de Dios”. Mientras ellos forjaban militantes con un claro perfil ideológico, muchos actos provida se caracterizado por animadores repletos de slogans vacíos.
El colmo de esta negligencia tuvo lugar el 28 de noviembre, acto provida desperdiciado, en el que los animadores se limitaron a repetir ad nauseam la consigna de “Somos la mayoría celeste”, en una orfandad de contenidos que resultó lamentable. Eso sí: no faltaron las reconvenciones sanitarias de barbijo y aislamiento social[12]. Hasta eso hicieron.
Jamás procedió así el enemigo: antes bien, nutre a sus núcleo duro de una robusta ideología, y luego sale a la conquista de la opinión pública. En nuestro sector, por el contrario, aquellos que una y otra vez intentaron relanzar la poderosa doctrina católica y provida fueron constantemente discriminados, dejados de lado, su influencia fue eclipsada. Sólo a regañadientes –y por pocos minutos– se aceptó en ocasiones que hablase personajes como Chinda Brandolino o Roberto Castellano, puesto que su influencia era innegable. El despotismo de “yo pagué el escenario, yo elijo quién sube” fue indisimulado. Los que tenían dinero para la logística hacían subir a ignorantes del Derecho a hablar de leyes. ¡Macristas como Rodrigo Fernández Madero, al frente del movimiento provida! Los que realmente saben y vienen militando hace décadas, al margen. Los sacerdotes católicos de visible sotana, evitados como si tuviesen sarna.
Fuimos testigos del surgimiento de incontables líderes cayendo del cielo con un paracaídas celeste; referentes tan vacuos como poco profundos, que habían estado callados hasta el 2018 y el 2019 y que –de repente– querían capitanear un ejército al cual nunca habían apoyado. Sólo eso explica que intelectuales serios de la causa provida como Mónica del Río, Ricardo Bach, Héctor Hernández, Jorge Scala y Tomás González Pondal –entre otros– sean menos conocidos que Alfredo Olmedo, Amalia Granata, Cynthia Hotton, J.J. Gómez Centurión, Mariano Obarrio o Guillermo Moreno.
Atrapados en un infantilismo espiritual, cientos de miles de católicos provida siguen sin poder ver cómo los propios descendientes de los Apóstoles los han entregado al enemigo. Así, se han puesto en contra de los católicos tradicionales, que denuncian la cobardía y complicidad del clero, y han terminado por apoyar a quienes han entablado indigna alianza con los poderes públicos anticristianos. Salvo honrosas excepciones –como Mons. Aguer–, los obispos han estupidizado a sus diócesis, les han castrado su vocación militante, suprimido a los buenos maestros y colocado al frente de sus parroquias a auténticos improvisados, cuando no payasos que denigran la doctrina y la liturgia.
Cientos de miles de católicos, a lo largo de décadas, fueron entrenados para dialogar y fraternizar con el enemigo, para tender la mano al adversario que destruía iglesias. Se los ha educado para la esclavitud y la humillación, y ahora muchos tienen mermadas sus fuerzas intelectuales y espirituales. ¿Tendrá esta pastoral de la obsecuencia buenos frutos? Llegó la hora de oponerse a una ley visiblemente inmoral. Ley injusta no obliga, dice Santo Tomás de Aquino. ¿Habrá la fuerza interior para la desobediencia? De quienes tienen lavado el cerebro por los malos pastores, poco se puede esperar.
Los efectos de esta mala catequesis también se dejan ver en el quietismo de tantos que –incluso desde el sector provida– apoyan la falsa disyuntiva oración vs. acción: “hay que rezar y ayunar más” pero la sola idea de plantar cara al adversario los aterroriza. No podemos ser tan voluntaristas, y no podemos suscribir una espiritualidad basada en ilusión y romanticismo.
Por otro lado, tampoco podemos dejar pasar la falta de organización de muchísimos católicos bien formados pero que no quieren o no logran estructurarse.
Conclusión
El combate sigue, la lucha continúa. Acá nadie se rinde, esto recién empieza. Pero no podemos darnos el lujo de cometer los mismos errores. La legalización del aborto nos tiene que servir para no volver a tropezar con la misma piedra.
La historia demuestra que los Imperios del Mal han caído: más poderosa que la coalición de Alberto y Cristina era la URSS, y en 1989 comenzó a resquebrajarse por sus profundas heridas internas. Dejemos de pensar lo que hace el enemigo, y comencemos a pensar cómo nos vamos a organizar nosotros para vencerlo. Quiera Dios que –luego de la legalización– muchos se despierten y así procuren formarse, organizarse, y salir al combate. Empezar a hacer justicia en nombre de tantos inocentes sin voz y de todos los que fueron pisoteados y maltratados. Desobediencia y levantamiento civil. Las FFAA de la Nación deben cooperar para la restauración de un orden social cristiano. Lo juramos cuando hicimos el Juramento a la bandera: la resistencia legal está agotada. Tengamos el coraje de ser argentinos y católicos. Eso, o la nada misma.
[4] Cfr. diario La Nación, Los intereses económicos detrás del aborto (10.07.2018): “Según surge de sus últimos balances a 2017, publicados en su página oficial (www.ippfwhr.org), IPPF se financia con 84 millones de dólares provenientes de gobiernos de distintos países, sobre todo de Estados Unidos, el Reino Unido, Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda y Australia, y 19 millones provenientes de fundaciones como las mencionadas”. Es llamativo que el autor del artículo, cuyo nombre no aparece al menos en la edición virtual, incluye al Gobierno de EEUU entre los financistas de IPPF, cuando hacia 2018 gobernaba Donald Trump.
Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
Patriotas en Córdoba queman la bandera de la ideología de género
En la madrugada de este viernes 20 de noviembre, aniversario de la Batalla de la Vuelta de Obligado, unos patriotas que no se rinden atacaron –otra vez– la bandera de la ideología de género, izada en las inmediaciones del Parque Sarmiento.
El aniversario de esta batalla nos remonta a 1845, cuando los argentinos –comandados por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas, a la cabeza de la Confederación– resistieron el doble ataque de navíos ingleses y franceses. El combate fue heroico y sistemático, y la agresión anglofrancesa –aunque prevaleció militarmente– terminó por desistir de sus intentos, rindiéndose, a causa del enorme costo. En reconocimiento a sus enemigos, tanto los británicos como los franchutes se alejaron disparando balas de cañón, tal como lo habían pactado. Por esta acción, el Libertador de América legó a Juan Manuel nada menos que su propio Sable.
Por otro lado, la bandera multicolor que fue quemada esta madrugada es la insignia de la ideología de género, la cual está detrás de la corrupción de menores a través de la ESI, además lavar el cerebro de tantas personas en temas de sexualidad humana y realidad biológica.
Aplaudimos la labor de estos patriotas y estimulamos a que muchos otros se alcen en distintos puntos del país a repetir este tipo de acciones. La memoria de San Martín y Rosas así lo exige.
SI ALGO HA DEMOSTRADO el reciente debate entre Lucía Ezcurra y Manuel Jorge Gorostiaga (alias ‘Danann’) es la enorme confusión que puede traer al mundo provida las personas influyentes pero con insuficiente o directamente mala formación, más allá de sus méritos o cualidades, que –personalmente– deseamos se pongan al servicio del testimonio de la verdad completa.
Cuando el criterio de “lo sigo porque es famoso y porque tiene más likes” termina prevaleciendo por sobre el criterio doctrinario-militante, no hay restauración posible de la Argentina. Lucía Ezcurra tiene en su canal de Youtube 1170 suscriptores, Danann tiene casi un millón. Ahora bien, estimado lector, lo invito a leer los argumentos de uno y otro. Lo invito a escuchar el debate completo; evalúe usted mismo si la mayor influencia mediática tiene correlación con la mayor potencia argumentativa. Esta tensión entre calidad vs. calidad se vio ayer, clarísimamente, en el debate. El análisis más equilibrado del mismo coloca –en nuestra opinión– los argumentos de Ezcurra en una situación de clara superioridad por sobre los de Danann.
¿Qué planteó Ezcurra? Que todos los agentes aborteros están a favor de la despenalización del aborto, como por ejemplo el propio Presidente Alberto Fernández, quien sostuvo que mandaría una ley “para terminar con la penalización”, consigna que en boca de todos los abortistas, de todos los pañuelos verde. Por tanto, planteó que Danann –quien está a favor de la despenalización– secunda los planes de los abortistas. Ese fue uno de los puntos de Lucía: es contradictorio estar en contra del aborto, como lo está Danann, y expresarse a favor de la despenalización.
¿Qué más planteó Ezcurra? Que la penalización tiene una función pedagógica, dado que el castigo enseña a los demás que el aborto es malo. Si despenalizamos, le restamos gravedad al asesinato del no nacido. A esto, Danann respondía que la pena llega cuando el aborto ya ocurrió, y que él quiere evitar que ocurra proponiendo desviar los fondos que se asignan a la persecución del crimen del aborto y destinarlos a fortalecer la educación, para que la gente no aborte. Danann, en definitiva, proponía disuadir el aborto desde la educación; pero Ezcurra le respondió que la pena “es parte” de esta disuasión. Y que, si se le quita la pena, “la gente pensará que no es tan grave como robar, que sí tiene pena”. Claro que es cierto que “se debe educar para prevenir el aborto”, como dice Danann. Ahora bien, contraargumentó Ezcurra, “¿qué haces con los abortos ya cometidos? ¿Los castigas o no?”. Y remató diciendo que no castigarlos es incoherente con la enseñanza de que el aborto es malo, a semejanza de un padre que –luego de haber enseñado al hijo una norma– no imparte un límite cuando éste la ha quebrantado. En definitiva, en palabras de la propia Ezcurra, “si vos querés que la gente entienda que el aborto es un delito grave, la penalización es una herramienta”. Danann sostiene que la pena “llega tarde, porque llega cuando el aborto ya ocurrió” pero lo cierto es que la pena llega tarde en el mismo sentido en que la educación llega tarde.
En efecto, cualquier pena respecto de cualquier acción antijurídica tiene dos efectos: Uno, respecto del aborto ya cometido (provocarle un mal físico a quien provocó un mal moral). Otro efecto, respecto del aborto por cometer, en cuanto disuade a otros para que –a la vista del daño sufrido por el delincuente– se abstengan de realizar ese acto en el futuro. Por tanto, la penalización evita abortos, desalienta que se mate a los bebés aún no nacidos.
Ezcurra también planteó que la despenalización dejaría impune también a los médicos asesinos, los cuales –sin el temor de ir a prisión– verían facilitados sus planes de seguir matando y cobrando por eso.
Danann argumentaba que la promoción del aborto era un asunto cultural, en el sentido de ser una práctica que –a diferencia de otros homicidios, del robo, etc.– se legitima desde la cátedra, desde los medios de comunicación, desde las universidades, los colegios, etc. Y que, por tanto, era allí –en lo que genéricamente llamamos “cultura”– donde debía ser combatida la mentalidad pro aborto. Allí y no con el Derecho Penal, decía Danann. Sin mengua de este combate cultural, que Ezcurra también lleva a cabo, no hay duda de que (siendo verdad que el aborto se estimula desde la cultura) la penalización también es una cuestión cultural. Amén de eso, conviene tener presente el trabajo del Dr. Héctor Hernández al respecto, titulado “Salvar vidas con el Derecho Penal”. En este libro el autor narra, entre otras cosas, las secuencias prejudiciales, judiciales y postjudiciales de una denuncia por aborto que él mismo presentó cuando se desempañaba como Defensor Público Oficial, que afortunadamente acabó en la salvación de varias vidas humanas. En efecto, “nunca sabemos cuántas personas no cometen ciertos delitos al saber que se amenaza el castigo porque lo temen, y esto refuerza la conciencia de lo que está mal. Ahí aparecen la función disuasoria del derecho penal y la función pedagógica del mismo”. Palabras textuales de Hernández, doctor en Filosofía y en Derecho.
Ezcurra mostró también datos estadísticos de España, en donde el aborto no se legalizó –al menos desde el comienzo– sino que se despenalizó (ya en los 80’). Y, en efecto, mostró que el índice de abortos aumentó después de la despenalización.
También presentó datos estadísticos de Chile, donde se logró bajar la tasa de abortos sin despenalizar. A ambas estadísticas, en cuanto tales, nada rebatió Danann sino que intentó cuestionar la interpretación que se hacía de los datos duros presentados por Ezcurra. Su argumento fue que esos países no habían hecho lo que él proponía (despenalizar y educar) sino solamente despenalizar, y remató con la frase: “Mi propuesta nunca ha sido puesto en práctica”. Sin embargo, consideramos que este argumento no es concluyente, dado que Ezcurra plantea hechos que sí ocurrieron y Danann plantea hechos que podrían ocurrir. Como lo fáctico siempre prevalece por sobre lo hipotético, nosotros consideramos que el que se equivoca es Danann. Y que la licitud de la propuesta de educar no salva la ilicitud de la propuesta de despenalizar.
Ezcurra explicó también que el índice de abortos, en la propia Argentina, está relacionado con una suerte de “despenalización de hecho”, producto de fiscales que ya no persiguen los abortos, producto del fallo FAL de la Corte Suprema –el cual exhorta a que las 24 jurisdicciones implementen protocolos para abortos no punibles–, etc. En suma, mientras que Danann hipotetiza que “la despenalización, unida a una política educativa, bajaría el índice de abortos”, se observa en la Argentina que la vigente despenalización de factoguarda correlación con el aumento de abortos. Por otro lado, en todos los países donde se ha despenalizado, el Estado nunca desvió los fondos hacia una educación que desalentara el aborto. Antes bien, la despenalización fue un elemento dentro de la propaganda cultural “pro choice” y una victoria –en el terreno penal– de los movimientos abortistas.
En ese sentido, redonda fue la intervención de Ezcurra al sostener: “Cuando está penado, menos abortos. Cuando se despenaliza, más abortos”.
En todo momento, apreciamos en Danann una suerte de visión utópica de la educación, como si ella pudiera –en el mejor de los casos– eliminar o frustrar la realización del aborto. Tal cosa no ha ocurrido nunca, en ninguna parte del mundo, en ninguna época, donde –por más elevada que sea la calidad educativa– jamás las personas dejaron de cometer algún tipo de delitos o injusticias. Desde ya que una buena educación ordena la persona así como frena, restringe y desalienta el mal. Pero también es cierto que hay personas que sólo pueden ser detenidas con amenazas, y otros a los que sólo los frena la fuerza. El utopismo de Emanuel Danann contrasta con el sobrio realismo de Lucía Ezcurra. Su imposibilidad para superar la falsa dialéctica entre “Educación y Penalización” es realmente llamativa. Asimismo, la calidad educativa no mejora “desviando fondos” asignados a la penalización sino, sencillamente, con mejores docentes, con honorarios decentes, no sobrecargados y con una estructura colegial y familiar que los apoye. No es un problema de más dinero sino de mejor educación.
Pero luego hubo otro debate. O, si ustedes quieren, otra dimensión del debate, que estuvo cargada de manifestaciones y alusiones directamente personales, en la que se dejó entrever –por parte de Danann– cuál es “su juego”, quiénes son “sus aliados”. En efecto, una de las cosas que primero llamó la atención fue que –apenas al principio– sostuviera que él, “junto con Agustín Laje y Nicolás Márquez” fueron los primeros en salir a la palestra contra el aborto. ¿Qué tenía que ver esto con la despenalización SÍ, despenalización NO? Parece como si Danann hubiese querido meterse a los seguidores de Laje y Márquez en el bolsillo, los cuales con toda probabilidad fueron espectadores del debate, y así predisponerlos favorablemente a su propia postura.
Si la afirmación fuese verdadera podríamos discutir si es prudente o modesto decirla o no, pero resulta que es falsa. En efecto, los propios Laje y Márquez reconocen –en el inicio de su libro conjunto, El libro negro de La Nueva Izquierda– a las personas que les han brindado información sobre los temas de batalla y guerra cultural. Entre otros mencionan a Jorge Scala, Roberto Castellano, Gerardo Palacios Hardy, Cristian Rodrigo Iturralde, etc. Asimismo, también se cita nuestro trabajo “Lenguaje, Ideología y Poder” (2016), en apoyo de ciertos conceptos relativos a la guerra semántica. Danann dice que “Laje, Márquez” y él mismo fueron “los primeros” en luchar públicamente contra el aborto, pero los propios Laje y Márquez remiten a otros referentes anteriores a ellos mismos. En ese sentido, hizo bien Ezcurra en recordar a otros referentes provida, como Mónica del Río, quien viene trabajando públicamente por la causa desde mucho antes que Danann. No fue el único derrape de este hombre; otro fue asumir una defensa tácita de Gloria Álvarez, furibunda defensora del aborto, cuyo única cualidad rescatable no responde al orden espiritual precisamente.
Ad Hominem. Danann aduce haber salido a cuestionar el aborto mientras no teme sostener que, cuando él sale, “Lucía estaba escondida debajo de las baldosas”. ¿En qué Tribunal cree Danann que está actuando como juez? ¿Qué importancia tiene, a los efectos de la despenalización, si Danann o Ezcurra estaban escondidos? La prueba fulminante de la enorme cobardía de su adversaria sería la fecha del primer video del canal de Ezcurra, situado en mayo del 2019. Creemos que es aquí donde Danann cae en su propia trampa, creyéndose su propia mentira: el alcance en los medios de comunicación. ¿Tener fama es ser mejor? ¿Tener más likes es más militancia? ¿Dice la verdad porque lo escucha mucha gente? ¿Estar en muchos medios es la señal? Son preguntas que quedan en el aire, pero que Danann parece responder de forma rotundamente afirmativa.
Una tercera dimensión del debate fue la cantidad exorbitante de insultos, descalificaciones y guarangadas emitidas por Manuel Jorge Gorostiaga, quien –entendemos– considera “canchero” y “descontracturado” decir –entre otras cosas– delante de dos mujeres, y al aire, que va a echarse un polvo y vuelve. Dejamos a consideración del lector el grado de educación y buen gusto de Gorostiaga. Antes de educar mujeres para que no aborten, habría que educarlo a él.
El penúltimo punto a considerar es el vínculo entre Danann y la Masonería, otro de los temas que generó enormes fricciones en el debate, que empezó por la despenalización y que luego se precipitó en asuntos personales. En los días anteriores, Ezcurra había sostenido públicamente que Danann era abortista y masón, en base a ciertas placas y capturas de imagen, que –entre enérgicas protestas e insultos de su oponente– ella fue desplegando. Danann acusó a Ezcurra de haberle acusado a su vez de “satanismo”. Hemos revisado los tuits y nos hemos comunicado con Lucía Ezcurra, y ella misma nos ha confirmado que nunca le dijo “satanista” a Danann.
El calificativo de “abortista”, en palabras de Ezcurra, lo infiere ella del hecho de que Danann está a favor de la despenalización.
Por otro lado, Ezcurra le adjudica a Danann difundir información falsa sobre la Masonería, puesto que él le había restado poder e influencia en algunos de sus videos. Es ahí cuando Ezcurra despliega una gran cantidad de imágenes que prueban la vigencia de la Masonería en la actualidad. Finalmente, aunque Ezcurra alteró la adjetivación que hizo de Danann –a quien primero llamó “masón” y, luego de las explicaciones que él dio de sus placas, corrigió su rótulo y lo llamó “servil a la Masonería”–, no se entiende la indignación de Danann. En efecto, si la Masonería “no es hoy como era antes” (Danann sic), ¿a qué viene tanta irritación de su parte? ¿Por qué lo ofendería a Danann ser tildado de “masón” si la Masonería no es algo malo?
Finalmente, Ezcurra calificó ciertas publicaciones de Danann como “blasfemias”, en alusión a una captura de imagen que muestra dos manos sosteniendo una hostia, con el sello de “Misa Danann”. El nombre de fantasía elegido también es llamativo, dado que Emanuel significa –como todos saben– “Dios con nosotros”. Llamativo en una persona que dice ser deísta. Ezcurra pudo haber agregado imágenes subidas a la red por el propio Danann, disfrazado como Jesucristo (pelo largo y corona de espinas). O también su video “Yo soy Cristo”, en donde ridiculiza a Nuestro Señor y al mensaje evangélico. ¿Qué respondió Danann a Ezcurra, quien lo confrontó con esta evidencia? Sencillamente invocó “la libertad de expresión”, la cual –en línea con el estilo León Ferrari– se menciona cada vez que alguien desea ofender a Cristo, burlarse del cristianismo o provocar a los católicos.
En definitiva, anoche Danann confirmó que es un blasfemo, y que además es impenitente, porque lejos de importarle ofender o incomodar, prefiere regodearse en provocaciones a los cristianos. Además, está claro que desinforma sobre la Masonería. Por la vía de la fama, del humor o de la influencia mediática, ha ganado un espacio desde el cual no sólo refuta las contradicciones más groseras del progresismo (lo cual bienvenido sea) sino también difunde peligrosas confusiones: no sólo la idea de despenalizar el aborto sino también, como lo dijo anoche, las drogas.
¿Qué hay detrás de la bandera feminista: “Separación del Estado y la Iglesia”?
ENTREVISTA DE LEANDRO HILARIÓN FURQUE
RESPONDE JUAN CARLOS MONEDERO (H)
¿Qué es lo primero que tenemos que saber sobre el tema?
Primero y ante todo, ¿es una bandera “feminista”? Vamos a dejar en suspenso este punto para abordar lo primero que tenemos que saber sobre el tema: ¿Qué entendemos cuando decimos “Separación entre Iglesia y Estado”? ¿Qué entiende la doctrina católica cuando enseña que “deben estar unidos”? ¿Están, hoy, el Estado y la Iglesia unidos, y los feministas intentan separarlos?
¿Qué dice la doctrina católica sobre el tema?
Según la doctrina católica, hay unidad entre la Iglesia y el Estado cuando las leyes, normativas y reglamentos de una nación tienen por parámetro el Evangelio de Cristo, con todas las verdades que este Evangelio supone en el orden religioso, moral, político, económico, social y cultural, materializadas en el pensamiento católico.
Entonces, ¿qué entiende la doctrina católica cuando dice “la Iglesia” debe estar unida al Estado?
“La Iglesia” no se refiere a las personas determinadas, a tal o cual Cardenal o Papa; se refiere a los principios católicos, a los principios intelectuales y morales del pensamiento cristiano. La unidad entre Iglesia y Estado –a la que aspira la doctrina católica– no constituye una subordinación de los mandatarios políticos a los deseos de tal o cual jerarquía, por buena o mala que sea. Que la Iglesia esté unida al Estado no significa que Alberto Fernández le haga caso a todo lo que diga el Cardenal Poli o el Papa Francisco. Es algo mucho más profundo. Los papas han comparado esta unidad entre la Iglesia y el Estado como la unidad entre el alma y el cuerpo: cuando el alma abandona el cuerpo, se produce la muerte; cuando los principios religiosos dejan de influir en la sociedad, la nación comienza a parecerse a un cadáver. Por eso, es bueno que la Iglesia esté unida al Estado.
¿Qué significa, por contraste, esta separación?
Cuando los mandatarios de la cosa pública rechazan al Evangelio –de palabra, a través de reglamentos, leyes, normativas, actos de gobierno, etc.– como norma y punto de referencia de la sociedad, entonces tiene lugar la separación de la Iglesia y el Estado. El Estado ya no reconoce una ley superior a sí misma. Antes bien, se autoproclama Origen y Referencia de todas las demás leyes. Dios ya no es considerado como la Fuente del Poder: ahora es el Pueblo (así, con mayúscula, deificado) el origen y la fuente de la legitimidad política.
Los gobernantes pretenden fundar una legitimidad política al margen y aún en contra de Jesucristo; al margen de los principios católicos.
Históricamente, ¿quiénes han venido impulsando esta separación o, si se quiere, divorcio?
Según los historiadores, este divorcio entre Estado e Iglesia fue impulsado (tanto en Europa como en América) por los integrantes de la Masonería, la cual –a pesar de las recientes y confusas declaraciones de Emanuel Danann, quien pretende defenderla– es una institución absolutamente anticristiana, demoníaca y con pretensiones de dominio internacional, contrarias a toda ética y justicia natural. Así, los masones impulsaron esta separación entre Iglesia y Estado, no sólo en Europa sino en toda América. Convergente con esta separación, no podemos desconocer el papel del liberalismo filosófico, que es la filosofía oficial de la Masonería. En territorio argentino, el primer gran avance de esta idea de separación lo constituye –como explica el Historiador Antonio Caponnetto– la llamada reforma eclesiástica de Bernardino Rivadavia (año 1822 en adelante). Aunque liberales y masones venían impulsando hace tiempo estas ideas, con Rivadavia se realiza el primer gran quiebre.
¿Qué consecuencias produjo en la sociedad y en la cultura el liberalismo filosófico?
Entre las consecuencias, la separación de la fe y la razón, y la separación de la naturaleza y la gracia, por ejemplo. En definitiva, el liberalismo filosófico propició el completo divorcio entre el orden natural y el orden sobrenatural. Cuando este divorcio se lleva al plano de las facultades intelectuales, se llama “racionalismo”. Cuando este divorcio se lleva a la cosa pública, se llama “liberalismo” o “laicismo”. Así, proyectado sobre el orden social, surge la idea separar el Estado de la Iglesia.
Para el liberal, el ser humano no tiene deberes públicos para con Dios. A lo sumo (dirá el católico liberal), tendrá deberes en el orden privado. A lo sumo, algunos liberales podrán llegar a tolerar o admitir una suerte de esfera privada y particular (la conciencia religiosa) en la que el Estado Liberal tolere que la persona, privadamente, rinda culto a lo que subjetivamente considere su divinidad, y siempre a la par de otras divinidades. Pero de ninguna manera ese culto debe ni puede traspasar la esfera privada; si el culto católico se proclama públicamente, se violentaría la ley.
Volvamos a la pregunta inicial. ¿Es o no es una bandera ‘feminista’?
A la luz de estos conceptos y en estricta verdad, nos vemos obligados a decir que la separación entre la Iglesia y el Estado no es sólo una “bandera feminista”. Es una bandera liberal, masónica, que ahora es levantada tácticamente por los feministas.
¿Qué sentido tiene, en la actualidad, la consigna “Separación entre Iglesia y el Estado”?
Para los agentes feministas –mimetizados con la izquierda y los aborteros, y al servicio de la Masonería– esto significa sólo una cosa: que el Estado deje de financiar los colegios católicos, que deje de asignar un dinero a los obispos diocesanos, obispos auxiliares, obispos eméritos, administradores apostólicos y administradores diocesanos, sacerdotes, parroquias de frontera, ciertos institutos de vida consagrada, etc. Asimismo, la Iglesia está exenta del pago de ciertos impuestos. Todo esto, en virtud del art. 2 de la Constitución Nacional, que es otro tema muy complejo en el que nos tendremos que meter. A todo esto se refieren con esa consigna. Pero en realidad, y en un sentido mucho más profundo, la Iglesia ya está separada del Estado. Y esto hace rato.
Por señalar un hito histórico, ¿cuándo comienza a separarse la Iglesia del Estado?
Habíamos hablado de Rivadavia, pero luego del largo gobierno rosista este daño que le hizo el liberalismo a la unidad entre Iglesia y Estado fue notoriamente reparado. El hito es Caseros, 1852. Sin lugar a dudas, a partir de la derrota de Juan Manuel de Rosas, los mandatarios triunfantes en esa guerra se hicieron de todos los resortes políticos de lo que hasta el momento se llamaba “La Confederación Argentina”. Y comenzaron a imponer una Nueva Legitimidad Política, distinta y aún contraria a todo lo anterior, a través de la ejecución, elaboración y dictado de una gran cantidad de leyes, códigos, normas y reglamentos contrarios al Evangelio y al pensamiento cristiano, alterando de ese modo la fisonomía de la población argentina en general con las consecuencias que todos tenemos a la vista. Los mandatarios vencedores en Caseros, liberales y masones, dieron inicio así a un proceso de secularización de la sociedad.
Esta secularización o, mejor aún, DESCRISTIANIZACIÓN de la sociedad viene ganando terreno, con sus más y con sus menos, con avances y retrocesos, desde 1852.
¿Tenemos un estado laicista desde 1852? ¿Es un estado semi confesional?
Hay que distinguir los elementos que configuran al Estado: las personas y los instrumentos (constituciones, leyes, reglamentos, protocolos, etc.).
A nivel de personas, no hay ninguna duda de que los vencedores de Caseros tenían una cabeza laicista, eran liberales, masones, antirosistas y, por tanto, derrocaron a Rosas para instalar otro tipo de gobierno. Ahora bien, entre la coalición victoriosa habían también católicos no rosistas o antirosistas. Había también algunos federales traidores a Rosas, como Urquiza. Todos tenían el mismo enemigo pero no pensaban todos igual, y esas diferencias salieron a la luz tan pronto fue derrotado Rosas.
Así, estas diferencias de concepción brotaron en la famosa discusión en torno al art. 2 de la Constitución Nacional.
Entonces, a nivel de personas, no hay ninguna duda de que históricamente prevaleció el sector liberal masónico por sobre el sector católico.
Y a nivel de instrumentos, terminó siendo aprobada la Constitución Nacional; un verdadero punto de equilibrio entre la posición extrema (Separación Completa y Total entre Iglesia y Estado) y la posición católica (Unidad entre Iglesia y Estado). El instrumento por supuesto perduró y ahí está, las personas cambian, pasan, mueren.
Ahora bien, existen muchos elementos de confesionalidad del estado que, sin embargo, los enemigos de la fe todavía no han podido remover: uno de ellos es el art. 2 de la Constitución. Asimismo, subsisten numerosos vestigios cristianos en nuestra fisonomía política y social, desde los nombres de algunas provincias (Santa Fe, Santa Cruz, San Juan, San Luis) a los nombres de calles, avenidas, algunos colegios públicos.
A modo de resumen, hoy en día tenemos un estado anticatólico –tanto a nivel de personas como de instrumentos– en COEXISTENCIA con vestigios de la Argentina como Nación Católica: la cizaña y el trigo. La substancia política del Estado no es confesional, está intoxicada por elementos ideológicos, artificiales y foráneos que son anti católicos y por tanto anti argentinos. Sin embargo, esos rastros de Nación Católica están ahí. A los masones, liberales, ateos, izquierdistas y feministas le molestan estos rastros, y operan para eliminarlos del mapa. En este contexto se entiende la consigna del pañuelo naranja.
Este proceso de secularización, o mejor dicho descristianización al que hoy asistimos, ¿cómo se dio? ¿Qué eslabones lo configuran?
Mencionemos algunos principales. Vayamos de 2020 para atrás: los protocolos ILE desvalorizan la vida humana del no nacido, otorgando un marco de legitimidad al horrendo crimen del aborto, que sólo en CABA se llevó el año pasado 8388 vidas. La sola propuesta parlamentaria de una ley de “interrupción” del embarazo, impulsada por el entonces Presidente Mauricio Macri en el 2018, también desvaloriza la vida. El Nuevo Código Civil y Comercial –que vio la luz durante el segundo gobierno de Cristina Kirchner– está plagado de ideas y conceptos contrarios no sólo a la fe sino también a la razón natural; como botón de muestra, se ha normalizado la práctica de la fecundación in vitro (personas concebidas fuera del vientre materno), que se venía realizando ya desde antes.
Vayamos más atrás: la ley de Identidad de Género, sancionada hace varios años, distorsiona la identidad de las personas. La ley del llamado Matrimonio Igualitario, año 2010, desfigura la institución matrimonial, creada por Dios. Las llamadas leyes “antidiscriminatorias” (año 1988) desalientan que las personas comuniquen públicamente la verdad. La Ley de Divorcio, durante el Alfonsinato, en 1987, fue otra estocada al bien del matrimonio. Hay muchas más leyes, normativas, reglamentos y códigos oficiales que se podrían citar, pero como botón de muestra es suficiente. En definitiva, cuando los agentes feministas piden por la “separación entre Iglesia y Estado” piden por algo que, de hecho, ya viene ocurriendo hace décadas. Lo que falta, afortunadamente, es que esta separación tenga lugar de forma completa y total dado que hay muchos elementos cristianos que subsisten en el cuerpo de la Nación.
Recién hablabas del art. 2 de la Constitución Nacional. Contanos un poco, decías que era un tema muy complejo.
El art. 2 de la Constitución Nacional dice así: ‘El gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano’. Este artículo, que parece excelente a muchos católicos hoy día y que parece abominable a la izquierda, la masonería, el liberalismo, los anticlericales, los evangelistas, los laicistas, etc., se juzga de manera muy diferente según el tipo de análisis que hagamos. Pues cabe aquí una dimensión del análisis a) histórica-doctrinaria; b) una dimensión actual. En resumen, diríamos que el art. 2 es insuficiente a los ojos de la recta doctrina católica.
Explicanos por favor el primer enfoque, el histórico-doctrinario del art. 2 de la CN
El art. 2 de la CN fue escrito en 1853, un año después de la derrota de Rosas en Caseros. Esta derrota militar tuvo enormes consecuencias políticas, sociales, económicas y culturales. Como vimos antes, la idea era formar una nueva fisonomía de la Nación, y para ello todos querían que el Acta de Nacimiento de ese nuevo país fuese la Constitución Nacional.
Los elegidos para opinar, intervenir, redactar el texto de la Constitución fueron llamados “constituyentes”. Ahora bien, no todos pensaban igual. Para empezar, como dijimos, estaba la Masonería. Dentro de ella, había masones “ultra” y había masones moderados. Entre los constituyentes no masones pero que habían colaborado con la Masonería en la derrota de Rosas, había –como dijimos– un sector católico conformado por dos alas: el ala dura y el ala liberal.
Si bien el ala dura era antirrosista, procuraban la sanción de una Constitución en donde la religión católica fuese presentada como religión del estado. Hubo discusiones, y terminó ganando una fórmula que constituyó una suerte de “punto de equilibrio” entre las dos posturas más extremas: la masónica liberal (completa separación) y la católica (confesionalidad).
La fórmula es la que ya conocemos: “el Estado sostiene el culto católico”. Esta fórmula (el famoso sostiene) significó en los hechos un sostenimiento económico y, según la opinión de una escuela de juristas posteriores, alguna fórmula velada de confesionalidad.
Vayamos al segund enfoque, el actual, sobre el art. 2
Hoy, el feminismo marxista abortero va incluso por este último vestigio católico de la Constitución, y exige que el Estado Argentino –que en los hechos, y desde hace rato, viene descristianizando oficialmente la sociedad– avance un paso más, y retire la financiación estatal al culto católico, así como la exención del pago de ciertos tributos.
En síntesis, los grupos feministas –que también son aborteros, financiados y apoyados por magnates como George Soros, completamente alineados a la mentalidad de la OMS-ONU– pretenden acabar con uno de los últimos vestigios de la Argentina como Nación Católica: la financiación estatal.
Deploramos al murmurador, al que habla mal de otro a sus espaldas, al que difunde versiones no confirmadas, al que revela lo privado sin necesidad pública. Pero hay otro cáncer de la sociedad que es el profesor, el periodista, el abogado, el docente cuando hablan desde un lenguaje contaminado e intoxicado por la ideología. Incluso el médico.
La pragmática es aquella rama de la lingüística que estudia el significado de las palabras, los textos, discursos y argumentaciones, en un contexto determinado, considerando sobre todo cómo los elementos extralingüísticos y “las situaciones comunicativas” determinan o influyen notoriamente sobre la interpretación de esas palabras.
Así, por ejemplo, desde la pragmática se puede analizar el efecto que –dado determinado contexto– los vocablos tienen en las personas.
Ese efecto puede ser en la mente (moviendo a quien lee o escucha a incorporar determinada afirmación) o en la conducta, moviendo al otro a realizar una acción.
Pongamos el caso de lo que pasa con la locución Muerte Digna. El impacto que tenga estas palabras en nuestros oídos será muy distinto según el contexto: si tenemos un familiar postrado muy probablemente no sentiremos ni entenderemos las mismas cosas. Por supuesto, a pesar de todo, “muerte digna” suena mejor que “eutanasia”, y escuchar la primera opción de boca de un médico –nada menos– es más tranquilizante para la pobre familia que hace meses, quizá años, tiene postrado a un ser querido, amigo o pariente.
“Creo en la calidad de vida y no en la extensión” puede decir el doctor, y no yerra al pronunciar esas palabras. No al menos si se las toma literalmente. En efecto, hay que tener mucha maldad para desear a alguien una muerte sin dignidad. Pero lo cierto es que, en la actualidad, hay que tener cuidado con estos “buenos deseos”, hay que filtrarlos, hacerlos pasar por un examen. Porque de lo que se trata no es sólo “de las palabras” en su comprensión literal e inmediata sino de aquello a lo que estas remiten; de lo que se trata sobre todo es de aquellas acciones a donde –por poner un ejemplo– quien pronuncia “muerte digna” nos quiere llevar.
El indicio más claro de que algo huele mal con “muerte digna” es que médicos y abogados no explican casi nunca las cosas con claridad, y apelan a frases o giros que, cual anestesias morales, simplemente consuelan a la familia –ya de por sí vulnerable ante una situación extrema– de que así será mejor para que la persona “no sufra más”. Por eso al toro hay que tomarlo por las astas mucho antes, cuando no estamos todavía en esa situación dramática, e informarnos debidamente.
Vayamos a eso, y el lector mismo podrá comparar este artículo con lo que haya oído por parte de los médicos o del abogado que le contó que hoy, por fortuna, en la Argentina existe “la muerte digna”.
Empecemos definiendo con claridad las palabras.
Provocar la muerte de una persona inocente es un asesinato, y los dolores extremos que pueda estar sufriendo –dolores que no le deseamos a nadie– no cambian esta verdad, dura como la piedra. Ahora bien, tampoco negaremos que vivir postrados por una enfermedad durante meses es algo espantoso para la persona y, sobre todo, para la familia y sus amigos. Cuando las perspectivas de recuperación son tan escasas, cuando el tiempo de internación no deja de extenderse, cuando el desgaste del cuerpo de nuestro ser querido y el impacto de la enfermedad o malestar lo resiente tanto, por la cabeza de cualquiera puede pasar el pensamiento de que Dios se lo lleve en paz y cuanto antes.
Pero por otro lado está el valor de la vida, no somos los dueños de ella, ni de la propia ni de la ajena. No podemos matar, mucho menos el médico quien expresamente juró abstenerse de utilizar su ciencia para provocar la muerte: acabar con su sufrimiento acabando con la persona no es una alternativa, dado que un fin bueno no justifica el uso de medios criminales.
Estos casos límite, sin embargo, pueden ser resueltos a la luz de otro principio –propio de la ética y, concretamente, de la ética médica– que permite vislumbrar la salida a este atolladero: el principio de la proporcionalidad. En efecto, si para alargarle la vida apenas unas semanas a mi abuelo, que ya tiene varios meses de internación, debo consentir que se le realice un tratamiento que lo hará sufrir indescriptiblemente y que arrojará una pequeña extensión de la vida, ¿no estaremos acaso fallando con los medios? El medio es muy cruento y el fin que se obtendrá es, con toda probabilidad, magro. En circunstancias así, desde la ética médica se considera lícito no procurar el sostenimiento de la vida más allá de sus posibilidades naturales que el propio cuerpo pueda ofrecer. Como consecuencia, no es obligatorio procurar el mantenimiento de la vida más allá de sostener las funciones vitales.
Pero atención: esto no es eutanasia. Porque eutanasia es matar, y matar es una acción positiva contra la vida de un individuo, es hacer algo para que muera. Ahora bien, no procurar el mantenimiento de la vida con instrumentos excesivos es una cosa; realizar una acción positiva contra la vida es otra. La primera es un “no hacer”, la segunda es un “hacer”. Cuando el médico deja a Dios ser Dios, entonces simplemente procura sostener las funciones vitales de la persona, sin lo cual moriría irremediablemente. Quitar lo vital es el equivalente a matar (porque el nexo es necesario), pero no procurar aquello que sobrepasa lo vital no es matar aunque se pueda prever un desenlace fatal que, sin ser buscado, es tolerado en atención a las circunstancias extraordinarias. Pero tampoco es eutanasia, no es un asesinato. Es dejar que la naturaleza siga su curso, luego –por supuesto– de que se hayan agotado todos los medios lícitos y proporcionadamente eficaces.
Pero a los guerrilleros del lenguaje no les importa esto.
No les importa entenderlo, ni explicarlo, ni traer a las familias la paz de la verdad en la justicia.
Actúan, y se nota, como simples repartidores de anestesias: venga, pase, y le doy gratuitamente un comprimido de retórica vacía sobre muerte digna, para que yo pueda matar a su familiar, usar la cama para otra persona y usted se vaya tranquilo a su casa creyendo que es bueno.
Cuando no explican claramente, atención, porque es muy posible que estén engañando.
El complejo drama moral que acabamos de describir es barrido de un plumazo por el uso sistemático y a-lógico de la palabra “muerte digna”. Queremos que los pacientes no sufran, queremos que mueran dignamente. Nobles palabras que pueden esconder una oscura intención: la de convertir al médico en un dios, con potestad suficiente para decidir sobre cuánto debe vivir esa madre, ese abuelo, ese joven. Con el Poder sobre la Vida y la Muerte, sustrayendo –una vez más– el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal.
Así, deificados ya el médico asesino y el abogado sofista, uno puede aplicar la eutanasia y quitarle la vida a una persona en estado terminal, indefensa. El abogado, por su lado, invoca el nuevo Código Civil y Comercial, etiqueta esta acción con el molde de “muerte digna” en vez de “eutanasia” para –conocedor de la pragmática– suprimir las dudas de conciencia y que no suene mal. Las películas o series de Netflix hacen el resto, y entonces tenemos un asesinato que se realiza en nombre de la misericordia. Se ha manipulado la culpa de esa hija doliente, de ese hermano que sufría por ver a su hermano en coma, y se la ha asestado el golpe mortal al enfermo. Se ha adelantado la muerte de un inocente, y las perversas racionalizaciones están a la orden del día.
Ese es el poder de la palabra cuando obedece al Reino de las Tinieblas.
Afortunadamente, la Iglesia misma definió –con autoridad infalible– que la eutanasia es un pecado mortal, y basta. Así consta en el documento Evangelium Vitae, de Juan Pablo II, n° 57 y, especialmente, en el n° 65: “de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana”. Los fieles ya tienen la respuesta por adelantado, por fe en Dios –el único Infalible– pero luego deben ejercitar su razón, estudiar, para llegar a la misma conclusión pero por el laborioso camino del raciocinio. Porque lo que Dios revela a través del Magisterio de la Iglesia nunca contradice –no puede contradecir– aquellas verdades racionales.
La realidad del dolor, consecuencia del pecado, por momentos desafía ciertamente nuestra razón porque la inteligencia humana tiene por objeto el bien, el ser. Pero el pecado, el mal y en cierta medida también el dolor son un no-ser, reacios a la captación intelectual directa. Sin embargo, Nuestro Señor con su Dolor le da sentido al dolor humano. Esta es la salida a las encrucijadas en las que la falsa ciencia médica o jurídica nos ha colocado: aceptar el dolor como voluntad de Dios, y entender que éste no tiene la última palabra.
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Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
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Licenciado en Filosofía y escritor Abogado y escritor
Es sabido que un buen polemista no es el equivalente a un buen jefe de estado, sin embargo, escuchar a los candidatos y observar su lenguaje no verbal dice mucho de ellos.
Mientras la moderadora María Laura Santillán no sabía si los candidatos tenían 30 segundos o 30 minutos para hablar en cada bloque, Nicolás del Caño pedía “un minuto de silencio” cuando le faltaban 45 segundos para terminar su intervención. Algo raro estaba pasando con la percepción del tiempo en el recinto de este debate; los expertos en cambio climático están estudiando si la temperatura de Santa Fe ha tenido algún tipo de influencia al respecto.
Uno por uno, el balance de los candidatos, desde una óptica conceptual y técnica:
Mauricio Macri
Juan Carlos Monedero: a pesar de jugarse la Presidencia y de la derrota en las PASO, se mostró muy sólido desde las formas, jamás perdió el control y manejó muy bien los tiempos en general. Confrontó directamente con Alberto Fernández en varias ocasiones, se dirigió permanentemente a la gestión kirchnerista y describió los avances de su propia administración. Hizo hincapié en la lucha contra el narcotráfico, dejada de lado por la gestión de Cristina. Eludió olímpicamente hablar del aborto. Metió buenos golpes al kirchnerismo, a veces efectistas, y chicaneó a Kicillof cuando preguntó si acaso él propondría una narcocapacitación en las escuelas, en alusión a las recientes expresiones de Kicillof según las cuales “hay gente que vende droga porque se quedó sin laburo”.
Tomás González Pondal: Tal como quedo dicho, eludió tocar el tema ‘aborto’. No obstante ello, cuidado: hizo clara referencia a la “política exterior de Canadá”. Aunque parezca un tópico, conocemos su relación y simpatía con el perverso de Trudeau y sus ideologías; cuando se hizo el G20, Macri expresó su plan para inocular aún más en la Argentina el veneno de la ideología de género (lo que trae de la mano a la maniobra asesina del aborto). En la línea con lo políticamente correcto, no faltaron expresiones tales como hacer “eje en la diversidad”, respeto a “la pluralidad de ideas”, “terminar los femicidios” y “lo más importante es la libertad”. Son todos giros utilizados en el pasado por el Presidente para referirse a la apertura que hizo del aborto; se trata de justificaciones retóricas para apoyar prácticas asesinas en los llamados casos de “embarazos no deseados”. Anoche no se privó de decir “siempre defendí los derechos de todos”. Muchos, los más indefensos, los que que no nacieron, no sólo no fueron defendidos sino que son atacados por el propio aparato del Estado desde la administración de Macri. Es interesante observar que mientras el Presidente pidió no ser neutro en relación a Venezuela, alegando que la neutralidad (atribuida a Alberto) sería “avalar la dictadura”, desde las filas macristas se aplaude la “neutralidad” del Presidente en relación al aborto, cristalizada en la apertura del debate.
Alberto Fernández
TGP: quien descolló en el debate presidencial luciendo mitomanía y una descarada defensa del aborto ha sido Alberto Fernández. Ha dicho que no quiere caer en hipocresía, que hay que “tender a la legalización”. Hipocresía es pasar por alto con total obstinación que desde la concepción hay vida humana. Hipocresía es decir que se apoya el “colectivo feminista” mientras este “colectivo” –al mismo tiempo en que se pronunciaban estas palabras– destrozaba las inmediaciones de la Catedral de La Plata y confrontaba directamente con la policía femenina. Hipocresía es decir que “hay que cambiar las leyes”; claro, no quiere que las normativas le enrostren sus crímenes. Hipocresía es defender la subversión setentista diciendo “parece que hay quienes creen que el genocidio no existió”, al tiempo que no sólo tapa los crímenes de los terroristas sino que él mismo apoya ahora –como buen subversivo– el asesinato de quienes, aún no nacidos, no pueden defenderse.
JCM: premio al chicanero del debate (apeló demasiadas veces a giros tales como “el presidente no sabe que…”), en constante tira-afloje con Macri, como es lógico, acusándolo ya desde el principio de mentir. No parecía el candidato que va ganando: no exhibió la tranquilidad de la que supuestamente gozan los que llevan ventaja. Se lo vio menos sólido que en las innumerables entrevistas del último semestre. Cada vez que pudo, deslizó datos que desmentían las palabras vertidas por Macri segundos o minutos antes. El manejo de las cifras y porcentajes fue el punto más fuerte de la estrategia de Fernández. Los tópicos más difíciles para él –tema Venezuela y el aborto– fueron resueltos apelando a un “Todo el mundo sabe lo que pienso…”, lo que le permitía despachar el tema rápidamente y utilizar el poco tiempo disponible para hablar de otras cosas. Fue el candidato que más alusiones directas e indirectas recibió, dado que todos los demás cuestionaron de una forma u otra al kirchnerismo. Acusó a Macri de haber llevado el riesgo país a 2000 cuando ese riesgo estaba en 800 antes de su victoria en las PASO. Manejó muy bien los tiempos de intervenciones. Luego de que Nicolás del Caño se definiese a favor del aborto, él también lo hizo.
José Luis Espert
JCM y TGP: desde el punto de vista técnico, el más sólido de todos. Equilibrado, administró muy bien el tiempo y utilizó varias frases sólidas, concretas y contundentes: “Basta de paros, Baradel”. También atacó directamente a Moyano y destruyó la partidocracia, acusándola de subir los tributos a la población para engordar sus propias rentas. Le pegó bastante a los sindicatos, especialmente en temas de remedios para jubilados. No se privó de hablar, directamente y en dos ocasiones, de “el curro de los Derechos Humanos”. Sorprendió peticionando directamente que volviesen los exámenes de ingreso en las facultades públicas y defendió con toda racionalidad estas medidas. Es el único candidato que no viene de la Política. Sin embargo, evitó cuidadosamente hablar del aborto (se había declarado a favor), probablemente por la enorme cantidad de críticas que desde las redes sociales recibió al respecto. Sobre Malvinas, dijo que son argentinas, contrariando sus posiciones públicas del pasado.
Juan José Gómez Centurión
JCM y TGP: sostuvo con toda claridad la defensa de la vida del niño por nacer, y se tomó unos segundos para recordar al doctor Rodríguez Lastra, condenado judicialmente por haber salvado dos vidas. Al principio del debate dejó establecida una fuerte acusación a la gestión de Cristina Kirchner: un acuerdo con la República China que comprometería seriamente nuestra soberanía nacional. A pesar de las varias oportunidades que Alberto Fernández tuvo para responder a este punto, jamás lo hizo. En el plano técnico, por momentos le faltó tiempo para redondear la formulación de algunas de sus ideas y en otros momentos le sobró. Criticó alternativamente al kirchnerismo y al macrismo. Una de sus mejores frases, redonda, fue la que dirigió al kirchnerismo: “nadie dice la verdad (…) Mienten los que dicen que van a luchar contra la corrupción y tienen una candidata a vicepresidente con ocho procesamientos”. Hizo también una defensa del Estado Argentino, según la cual la política migratoria de nuestro país debía imitar a la de otros países de la región y del mundo. Sostuvo con toda claridad que la educación pública debía dejar de sufrir los embates de los paros docentes y ser llevada a un calendario no menor a los 190 días. En dos ocasiones dijo con toda claridad que desde los hospitales públicos se estaba entregando misoprostol como si fuesen caramelos, así como también sostuvo que los protocolos eran “atajos legales” para propiciar el aborto, delito en la Argentina. También habló de “las víctimas de la subversión” en los 70’ y de los “delincuentes terroristas”, en clara alusión a Montoneros y al ERP. En referencia a la palabra “hipocresía”, con la que había martillado una y otra vez Alberto Fernández unos minutos antes, Centurión dijo con toda claridad que la verdadera hipocresía era plantear que una mujer tiene “derecho a decidir” sobre la vida de otra persona, en clara alusión al aborto.
Nicolás Del Caño
JCM: el primer bloque sobre el debate de la situación política-económica-social en la Argentina no dejó de hablar de los trabajadores en Ecuador. Se notó que fue a sacarle votos a su principal adversario, que por supuesto es Alberto Fernández. Fue el candidato más claro en la apología del aborto. Por momentos, completó los ataques de Macri al kirchnerismo sumando más elementos confirmatorios y, en ese sentido, terminó por ayudar al macrismo. Todo lo dijo desde el punto de vista de los trabajadores y sin intentar, ni por un momento, un análisis o balance que también incluyese el interés de los jefes: o sea, dialéctica marxista de enfrentamiento puro. Entre los golpes más contundentes que le dio a Alberto, se destaca la crítica de Del Caño al peronismo de izquierda (kirchnerismo) dado que –según él– sus aliados impidieron la legalización del aborto el año pasado.
TGP: El impresentable de Del Caño sin rodeos y muy ufano ha dicho estar “100% a favor del aborto”. Habló contra toda verdad de “derecho al aborto legal”, de “derecho elemental” y de que es algo de “salud elemental”. Llevaba en su mano izquierda un pañuelo verde atado. Personalmente, en otras publicaciones ya hemos refutado todos los engaños argumentativos deslizados anoche sobre el aborto. Aconsejaríamos a Del Caño que lea los avances científicos y que mire muchos abortos por internet, pero parece empresa inútil cuando el verde enceguece tanto. En una de sus intervenciones televisivas, lanzó el siguiente epíteto contra Macri: “Lame botas de Trump”. Estamos frente al caso de un zurdo que hace gala de su zurdaje y no sólo lame sino que chupa y acaricia a la mega internacional del aborto, la IPPF: un fariseo, ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Lo más lúcido por parte de este presidenciable fue cuando se llamó al silencio.
Roberto Lavagna
JCM y TGP: de contenido interesante pero lento de respuestas, sin un completo dominio de los tiempos. Hizo hincapié en el tema del hambre. En todo momento evitó pelearse y entrar en la arena de la disputa ideológica. Premio al “pacifista” del debate. La dinámica del debate, que supone fuerte argumentación, dominio del lenguaje no verbal y algo de show, no le favoreció.