La profunda falacia que esconde la palabra “homofobia”
(artículo publicado el 14 de enero de 2014)
La lectura de La Nación, el pasado domingo 12 de enero, provocó el título de este artículo puesto que fue demasiado notoria la utilización del término “homofobia” para respaldar inconfesables propósitos. Estamos hablando del suelto Disparen contra el anonimato online, página 2 (http://www.lanacion.com.ar/1654939-disparen-contra-el-anonimato-online). El periodista Carlos Guyot, entre otras cosas, se rasga las vestiduras diciendo que el anonimato cibernético sería la cobertura para una cantidad de personas que, ante la muerte de un homosexual, aprovecharon para emitir “comentarios homofóbicos”.
No queremos dejar pasar la oportunidad para señalar todo lo que hay detrás de este modo de hablar. No hay programa radial en que no se oigan estas cosas. No hay día en que los grandes diarios no utilicen, por lo menos en el copete de sus artículos, este vocablo mágico (“homofobia”) con la que pretenden desarmar a quienes emitimos un juicio de valor negativo respecto del comportamiento homosexual. No hay declaración pública relacionada con la sexualidad que no aspire a la eliminación de “todas las formas de homofobia”, y ya viene siendo hora de devolver estos golpes, porque las personas se forman en base a lo que oyen y lo que oyen se manifiesta en lenguaje, palabras, términos. ¿Cómo comienza a existir la palabra “homofobia”? ¿Tiene ella algún significado real?
La verdad es que no. “Homofobia” es un término acuñado por los propagandistas e ideólogos de los movimientos homosexualistas. ¿Y qué es un movimiento homosexualista? Es un grupo de personas que impulsan una verdadera revolución mental: pretenden destruir el concepto clásico y tradicional de sexualidad –según el cual existen comportamientos y tendencias naturales como también antinaturales–, introduciendo cueste lo que cueste una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta nueva filosofía, el ser humano no es ni espiritual ni genéticamente un varón o una mujer. Al contrario, “construye” su sexualidad con independencia de su fisiología. Hombre y mujer serían parámetros sociales, adquiridos y no innatos, sin base fija e inmutable en la naturaleza.
Pues bien, si es sencillo advertir que hombre y mujer no “construimos” nuestra sexualidad sino que ésta nos ha sido dada; si es evidente que nuestro comportamiento sexual es efecto y no causa de nuestra sexualidad, entonces “es realmente muy difícil” poder sostener lo contrario. Difícil porque se necesita mucha fuerza de voluntad para estar negando constantemente los hechos que tenemos en la nariz. Pensemos que estos ideólogos pronuncian todos los días su libreto. ¿No es terrible que así se abandone a los homosexuales a su propia suerte, existiendo los medios para ayudarlos? ¿No es grave que, una vez más, la ideología cierre el paso a la cristiana misericordia para quienes desean fervientemente la plena salud del alma y del cuerpo?
La misma ciencia forense revela que la autopsia de un cadáver calcinado permite conocer el sexo del difunto aunque el fuego haya eliminado la posibilidad de registrar otros datos (huellas digitales, color de los ojos y pelo, masa corporal). El efecto del fuego en el cuerpo también impide el análisis de los músculos; todas cosas que pueden observarse con facilidad en cadáveres bajo otras condiciones. ¡Cómo podría la libertad y unos pretendidos “derechos” modificar una realidad tan íntima a nosotros, si precisamente la sexualidad es una de las pocas cosas que resiste el fuego que todo lo quema!
Con la consigna fija de no entrar en este debate, ideólogos y propagandistas deslizan la palabra homofobia cual espantapájaros: “¡Cuidado que aquí hay homofóbicos!”. La verdad ya no importa, todo es propaganda. “La homofobia es una enfermedad, la homosexualidad no” rezan sus graffitis. Se pretende descalificarnos de antemano como si tuviésemos simplemente miedo a lo distinto cuando, en realidad, estamos plenamente convencidos: ¡el orden natural no es ninguna fobia! Con el tiempo, la propaganda homosexualista se ha animado a más y ahora no sólo respalda la homosexualidad sino también otras conductas desordenadas. ¿Hasta dónde hemos llegado en que se puede considerar enfermo a quien sostenga la perversión de las relaciones entre un hombre y un animal? ¿Qué confusión mental existe hoy día, donde la actitud sana es sospechosa mientras que quienes sostienen que 2+2 son 5 tienen las puertas abiertas para propagar las ideas más falaces y perjudiciales para la verdadera sexualidad?
En una de sus novelas, Chesterton nos cuenta de un policía infiltrado en una reunión mundial de siete importantísimos anarquistas, creyendo ingenuamente estar solo. Para sorpresa del personaje y encanto del lector, no había un infiltrado sino seis: un solo anarquista y seis policías pero cada uno creía estar en absoluta soledad… Pues bien, la historia se repite. Existe mucha gente, muchísima, que está convencida de que la sexualidad debe darse entre un hombre y una mujer. Sólo que muchos se sienten solos y, por los motivos que fuesen, no se animan a levantar la voz, a proclamar las verdades de las que están íntimamente convencidos. He aquí lo que tenemos que hacer: animarnos a decirlo. Manifestar nuestro convencimiento y transmitir ese fuego a los demás. Si el buen Dios lo quiere, nos daremos cuenta de que muchos pensaban igual pero sólo se animaron a decirlo cuando nosotros nos animamos primero.
Juan Carlos Monedero (h)
Rawson, Provincia de Buenos Aires
14 de enero de 2014
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Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
Sobre la prohibición del llamado Lenguaje Inclusivo en la Ciudad de Buenos Aires – Escaramuzas de la Guerra Semántica
Juan Carlos Monedero (h)
Lic. en Filosofía UNSTA
Con una medida que tiene más de oportunismo que de verdadera defensa del Castellano, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ha prohibido (los más prudentes dicen “regulado”) la utilización de esa jerga ideológica que algunos insisten en denominar “lenguaje inclusivo”. La medida abarca a las instituciones educativas de los tres niveles de aquello que se llamó enseñanza, y habrá sanciones para quienes incumplan la norma.
Por supuesto, la progresía bienpensante (desde la ultraizquierda trotskista hasta cierto periodismo antikirchnerista) salió a poner el grito en el cielo ante semejante “atropello a la libertad”: ¿cómo vamos a prohibir algo? La consigna parece ser Prohibido prohibir, como en el Mayo Francés del ‘68. Sin embargo, se trata simplemente de un palabrerío vacuo con el cual pretenden lanzar arena a los ojos.
En primer lugar, el progresismo no tiene ningún problema en exigir cierto modo de hablar: en la comunicación pública quieren imponer los términos interrupción del embarazo. En los profesorados, fuerzan el vocablo construcción del conocimiento. Al hablar de la reciente Historia Argentina, los investigadores no pueden no utilizar el vocablo dictadura. Tampoco están en contra de las sanciones en sí: penalizan a los médicos que se nieguen a ejecutar abortos, a los padres que protejan a sus hijos de la ESI, a los docentes que nieguen espacio a la anticoncepción o a la ideología de género en el aula, etc. Sus declaraciones de ayer, bien observadas, desmienten sus palabras de hoy.
Esto es lo primero que hay que decir. Asistimos a una polémica hipócrita, al menos de un lado, ya que quienes se alarman porque “se va a imponer un modo de hablar” no tienen problemas en obligar a los demás a hablar de otro modo. También resulta cínico que nos quieran hacer creer que “el lenguaje inclusivo” está logrando naturalmente un consenso, en especial entre los jóvenes, cuando es lo más forzado y artificial que pueda haber. Se pretende volver moda obligatoria. Lo fuerzan en los trabajos prácticos de algunos profesorados. Lo deslizan a través de sentencias judiciales, programas de televisión. Lo dicen los políticos, hasta el Presidente.
Es claro que estamos ante una escaramuza de la guerra cultural. Por eso no debe ser tomada en solfa. Al instalar el sonido “lenguaje inclusivo”, nos están forzando a discutir lo obvio.
En efecto, con el mismo desparpajo con que los agentes del despotismo de género dicen “La biología no nos va a determinar”, Axel Kicillof dijo “Desde España no nos van a decir cómo tenemos que hablar” (tratándose de él, se nota). Paradójicamente, mientras dice esto, acepta las imposiciones de escritoras feministas lesboaborteras.
El mexicano Miguel Ángel González[1] –magister en Filosofía– explica de forma brillante que el llamado lenguaje inclusivo ni es lenguaje ni es inclusivo. Es una provocación, es una declaración de guerra al buen hablar como parte de un discurso político e ideológico. Se trata de presentar el orden gramatical, la coordinación de tiempos y modos verbales, el correcto articulado y el uso racional de los sustantivos como “fascismo”. Se trata de una estrategia inspirada en Cortázar, quien pedía crear numerosos Vietnam en la ciudadela del pensamiento; es decir, una suerte de guerrilleros lingüísticos que –al escribir y pronunciar sonidos desagradables para “los burgueses”– realicen una revolución política desde el lenguaje:
“Seguimos hablando de hoy y mañana con la lengua de ayer. Hay que crear la lengua de la revolución, hay que batallar contra las formas lingüísticas y estéticas que impiden a las nuevas generaciones captar en toda su fuerza y belleza esta tentativa global para crear una América Latina enteramente nueva, desde las raíces hasta la última hoja. En alguna parte he dicho que todavía nos faltan los Che Guevara de la literatura. Sí; hay que crear cuatro, cinco, diez Vietnam en la ciudad de la inteligencia. Hay que ser desmesuradamente revolucionarios en la creación, y quizá pagar el precio de esa desmesura. Sé que vale la pena”[2].
Se trata no sólo de hablar y escribir para fomentar una revolución sino de hablar y escribir revolucionariamente. Cambiar el lenguaje para controlar a la gente.
En efecto, esta jerga “inclusiva” es algo vinculado al poder. Lo dicen ellos: “El lenguaje inclusivo es profundamente político”[3]. Es una pieza de ajedrez, y sabemos que todas las piezas tienen para el buen jugador una estrategia. Ciertamente no es una Torre o una Dama pero el lenguaje inclusivo no deja de ser un Peón: introduce rápidamente esquemas de pensamiento ideológicos, que desarman al oyente. Es artillería de bajo calibre para quienes procuran cambios culturales. Ellos conocen la sentencia de Wittgenstein: “Los límites del lenguaje son los límites de mi mente” pero la aplican al revés ya que quieren borrar las diferencias sexuales, pretenden suprimir los sexos, en un auténtico atentado contra el orden creado. Lo dijo claramente el Presidente Alberto Fernández, al defender el uso del lenguaje inclusivo:
“¿Al estado le importa el sexo de la gente? (…) Lo que al estado le interesa es registrarlo (sic) a Alberto Fernández. Saber si Alberto Fernández cumple sus compromisos impositivos. Eso es lo que le importa. ¿Por qué le importa el sexo? (…) Esto (el “lenguaje inclusivo”), que algunos ven críticamente, es un paso que estamos dando que espero que termine el día en que en el DNI a nadie le pregunten si es hombre, mujer o lo que sea. (aplausos) ¡Es eso! ¡Es eso! Es eso lo que tenemos que conseguir, es eso lo que tenemos que lograr. ¡Es eso! ¿Qué le importa al estado? No es lo que necesita saber de sus ciudadanos. Necesita saber que si son chicos, estudian (…), que tengan un CUIL, que tengan un CUIT, que paguen sus impuestos. (…) Vamos poquito a poquito, haciendo posible lo que parecía imposible. El ideal va a ser cuando todos y todas seamos todes, y a nadie le importe el sexo de la gente”[4].
Nos preguntamos: ¿de dónde sale esta idea?
Posiblemente de la feminista francesa Monique Wittig que planteaba que las sociedades deberían eliminar la categoría ‘hombre’ y ‘mujer’. En el retorcido y macabro planteo de Wittig, “nuestra supervivencia exige que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a destruir esa clase –las mujeres– con la cual los hombres se apropian de las mujeres. Y esto sólo puede lograrse por medio de la destrucción de la heterosexualidad como un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los hombres, un sistema que produce el cuerpo de doctrinas de la diferencia entre los sexos para justificar esa opresión”[5].
Para esta Wittig, las categorías hombre-mujer son políticas y económicas pero no naturales: “no sólo no existe el grupo natural ‘mujeres’ (nosotras las lesbianas somos la prueba de ello), sino que, como individuos, también cuestionamos ‘la-mujer’, algo que, para nosotras –como para Simone de Beauvoir– es sólo un mito” dado que “lo que creemos que es una percepción directa y física, no es más que una construcción sofisticada y mítica”.
Más aún, Wittig propone una conciencia lesbiana: “Tener una conciencia lesbiana supone no olvidar nunca hasta qué punto ser ‘la-mujer’ era para nosotras algo ‘contra natura’…”. Por eso, “Nos levantamos para luchar por una sociedad sin sexos; ahora nos encontramos presas en la trampa familiar de que ‘ser mujer es maravilloso’” (…) Utilizar eso de que ‘es maravilloso ser mujer’, supone asumir, para definir a las mujeres, los mejores rasgos (¿mejores respecto a quién?) que la opresión nos ha asignado, y supone no cuestionar radicalmente las categorías ‘hombre’ y ‘mujer’, que son categorías políticas (y no datos naturales)”. Wittig lo dice con toda claridad: “Nuestra lucha intenta hacer desaparecer a los hombres como clase, no con un genocidio, sino con una lucha política. Cuando la clase de los ‘hombres’ haya desaparecido, las mujeres como clase desaparecerán también…”.
La feminista francesa reproduce una cita de T. G. Atkinson, según la cual “Si el feminismo quiere ser lógico, debe trabajar para obtener una sociedad sin sexos”. Y remata finalmente: “el surgimiento de sujetos individuales exige destruir primero las categorías de sexo, eliminando su uso, y rechazando todas las ciencias que aún las utilizan como sus fundamentos (prácticamente todas las ciencias humanas)”. Con el uso del llamado lenguaje inclusivo se niega lo real para dar lugar a lo que no existe: supuestas identidades de género.
Lo que se busca con el “lenguaje inclusivo” es justamente –en el parpadeo que tarda escuchar un sonido o leer una palabra– impulsar la ideología de género con toda su lista interminable de seudo identidades sexuales, binarias, etc. Sin embargo, puesto que no existen “personas no-binarias” no hay nada que visualizar. El “lenguaje inclusivo” no tiene objeto, no remite a nada real.
Labvrenti Beria –formador de comunistas desenmascarado por Kenneth Goff en los años 50’– decía claramente que los agentes del socialismo en Occidente tenían un Objetivo Número Uno: “Producir el caos máximo en la cultura enemiga es nuestro primer paso más importante”[6]. Al corromper las entrañas del idioma, se rompe la comunicación con los demás y se levanta una barrera que dificulta el acceso al patrimonio histórico y cultural. Si las sociedades ignoran su pasado, también desconocen quiénes son. Al atentar contra el lenguaje, por tanto, se quebranta la identidad de la población.
Estamos ante una herramienta más dentro de la Revolución Mundial Anticristiana: así como en la novela “1984” de Orwell, se desea imponer un nuevo vocabulario para dominar la mente.
No es una broma. Sus difusores lo presentan como algo necesario “para construir sociedades más justas”. Por supuesto que también es una frivolidad e incluso es una forma de trepar en una sociedad donde se puede escalar rápidamente si uno se muestra pro-gay, se rasga las vestiduras por los derechos humanos, emite proclamas a favor de los mapuches, entre otras maneras de ganarse el pan. En efecto, el progresismo juega con la cancha inclinada, los oportunistas lo saben y se aprovechan. Pero tiene raíces más profundas.
En esta época en que nos intentan convencer, generalmente a palos, de que la maternidad es “una construcción cultural”, de que ser esposo, amar a una mujer, andar bien vestido y no como un desarrapado, procurar formar una familia, amar la patria y adorar a Dios son “construcciones culturales”, dejemos estampado que lo que realmente es una construcción cultural es esta superchería de género.
En efecto, como dice González, citado más arriba, el llamado lenguaje inclusivo “no es otra cosa que la alteración gráfica y fonética de la terminación de algunas palabras de nuestro idioma español”. Y sentencia: “A lo mucho se trata de unas 20 pseudopalabras: no pueden hacer en conjunto un sistema capaz de servir para una comunicación humana adecuada y efectiva”.
A fin de volver al sentido común y salir del pantano de las ideologías, reiteremos algo elemental pero olvidado: sólo las personas pueden “incluir”. Los lenguajes no incluyen. Ser inclusivo corresponde a las personas que usan lenguajes y no a los lenguajes mismos. Por otro lado, también cabe preguntarse si todo acto de inclusión es per se bueno. Suena bien –porque es demagógico– cubrirse con el agua bendita de la inclusión, pero no deja de ser una palabra talismán que no tiene ningún significado hasta que se defina concretamente qué es lo que se quiere incluir.
Por eso, sostener que al pronunciar “hombre” se oculta, se invisibiliza o se descalifica la realidad “mujer” resulta totalmente absurdo. El desprecio a la mujer tiene mucho más que ver con prácticas habituales, y hasta rentables hoy día, como la mercantilización de su cuerpo, el alquiler de vientres, el genocidio del aborto, el desprecio a su femineidad, el hacerla trabajar para que no pasen tiempo con sus hijos, la sociedad de consumo que utiliza su imagen para vender un producto, etc. Si antes la mujer tenía un valor, hoy tiene un precio. Pero de esto no habla casi nadie.
Cabe decir, además, que los agentes del género se escandalizan por las supuestas invisibilizaciones de la mujer mientras hacen desaparecer (y no sólo en el discurso) a la persona por nacer. Por eso IPPF ha recomendado[7] no utilizar la palabra “bebé”, “niño”. Tampoco “padre, madre, hijo”. Se prefiere feto, embrión, pre embrión, producto de la concepción, bolsa de células.
Los agentes de la ideología también invisibilizan a los defensores de la vida por nacer, a los críticos de la “moral progre”, a las personas que se ofrecen a adoptar para evitar abortos, a los católicos que realizan obras de caridad con los pobres, a los jueces y abogados provida, a los sacerdotes decentes, a los obispos combativos, a los cardenales recios.
Por este tipo de paradojas, es que González rebate: ¿cómo se puede decir que el lenguaje “normal” invisibiliza a la mujer si justamente el lenguaje normal se usa para visibilizar la supuesta invisibilización de la mujer? El lenguaje inclusivo no nos ha dado la palabra “mujer” ni el neologismo “invisibilizar”.
En el colmo de la demencia, si decir “sean todos bienvenidos” invisibiliza a la mujer, entonces (disparate por disparate) cuando se dice “todos, todas y todes sean bienvenidos”, una persona podría decir que se siente invisibilizada porque no se ha pronunciado su nombre personal. Introducir una “x” donde debería ir una vocal es tan arbitrario como introducir un “?” –o cualquier otro signo– donde debería ir una consonante. Si es posible “nosotrxs”, también sería posible “no?o%)os”. Más aún, dice González: si una consonante puede sustituir una vocal, ¿por qué una vocal no podrá sustituir una consonante? Si puede escribirse “nosotrxs”, también sería válido “onosrtsx” o “pkrtyhsl”.
Por eso, concluye el mexicano, el llamado lenguaje inclusivo “no es realmente una propuesta digna de tenerse en cuenta: para que un discurso sea serio ha de tener que definir los propios términos como un prerrequisito metodológico mínimo, mientras que estos ideólogos no dan definiciones claras y precisas de sus propios términos”. Y no las tienen porque justamente estos sonidos (nos resistimos a darles la entidad de palabras) carecen de propósito semántico. Son provocaciones. No se busca decir algo. Se busca una reacción en el oyente. De hecho, “todes” o “todxs” no significan nada: en efecto, si significaran algo distinto de “todos” no servirían para remplazar la palabra “todos”. Si su significado no es el mismo que el de “todos”, no pueden sustituir a “todos”.
El lenguaje inclusivo no es otra cosa –como bien dice González– que “la violación deliberada y a propósito de una norma”. Sencillamente, es como querer comer tallarines con las manos “para no cumplir con la norma urbana de comerlo con cubiertos”. Luego viene la justificación para cometer la falta.
No pensemos que se trata de algo cómico. Es subversivo, como los hábitos del Che Guevara que permanecía sin bañarse durante semanas –fue apodado como el chancho– para no mantener la higiene propia de “los burgueses y capitalistas”.
Del mismo modo que destruir una pintura no es hacer arte, desfigurar una palabra no es crear un nuevo lenguaje. No existe el lenguaje inclusivo, existe un grupo de palabras distorsionadas y mal empleadas. Porque el inglés –para definir sus palabras– usa del inglés; el español –para definir sus palabras– usa del español. Pero el supuesto lenguaje inclusivo recurre al idioma español para expresar sus seudodefiniciones contra el idioma español. Al igual que los intelectuales que, para atacar la filosofía, tienen que filosofar.
Ahora bien, si todo esto es tan falso, absurdo, incongruente, ridículo y hasta patético, ¿de dónde viene su fuerza?
Creemos que su energía le viene del poder discursivo que posee cualquiera que se autodenomine “defensor de las minorías sexuales”. Atropella porque hay muchos que no tienen la valentía, el ánimo o el interés en discutirlo y poner un freno. Avanza también porque esta jerga actúa como contenidos de forma subliminal, enmascarados, de contrabando. Según González, “los ideólogos del género distorsionan el lenguaje normal y modifican los significados de sus términos para sostener discursivamente lo que repugna al buen sentido común”.
Son palabras que no existen que pretenden remitir a cosas que en realidad tampoco existen. Por eso, no es que la sociedad, como dicen algunos, “va hacia el lenguaje inclusivo”. A la sociedad la llevan con la presión de los medios de comunicación: se viene desatando una auténtica guerra psicológica. Han logrado imponer el tema en la agenda pública. No es siquiera debatible: no es que deberíamos estar en contra. Es algo de lo que no se debería siquiera hablar. Y evidentemente, al hacerlo se tapan muchos otros asuntos.
Está demostrado que esta jerga constituye un verdadero obstáculo para el aprendizaje, es una traba para la lectoescritura. Los últimos resultados de lectura comprensiva para alumnos de la Ciudad de Buenos Aires fueron desastrosos[8]. Por otro lado, en Francia está prohibido el uso del lenguaje inclusivo[9].
Entendamos que esta forma de hablar y escribir no garantiza ningún derecho, no es ninguna defensa de las minorías sino pura gimnasia ideológica revolucionaria.
Quizás lo más dramático de todo esto es el insulto a la inteligencia que supone problematizar lo obvio. A decir verdad, no necesitamos un largo análisis para darnos cuenta de que “el lenguaje inclusivo” no merece otro calificativo que el de escoria ideológica.
Finalmente, estas estrategias se pueden detener si se tiene conciencia de las mismas. La primera condición para librar una guerra es saber que se está produciendo. Por eso, en nosotros está poner un freno. ¿De qué modo? Ante todo, conociendo y estudiando en profundidad la riqueza de nuestro idioma castellano. Refinemos el lenguaje utilizando vocablos que correspondan a un registro más alto: textos litúrgicos, manuales escolares, discursos, etc. Evitar no sólo el lenguaje soez sino también la pauperización de las palabras. No consentir en nuestra presencia el “lenguaje inclusivo”. Difundir las denuncias porque la información que no se reproduce, no genera impacto.
Hay que fomentar los buenos libros, los buenos docentes, comunicadores, novelistas, artistas y los periodistas que hablen correctamente. Recomendar las obras inmortales del pensamiento, como Apología de Sócrates, Ética a Nicómaco, Confesiones, La Divina Comedia, Don Quijote, Pensamientos. Los poetas como Lugones, Marechal, Bernárdez, Pemán; escritores como Shakespeare, Donoso Cortés, Hello, Thibon, Chesterton, el Padre Castellani, Anzoátegui; cuentos policiales de Agatha Christie, personajes literarios como Don Camilo, el Padre Brown; músicos como Figueroa Reyes, Chabuca Granda, conjuntos folklóricos como Los Paz, Los puesteros, Los del Portezuelo.
Es fundamental prepararse para resistir la tiranía del lenguaje inclusivo, organizar esta resistencia, plantear un contraataque cultural, difundir jornadas, cursos y eventos culturales. Fomentar los buenos colegios, escuelas, universidades e instituciones pedagógicas. Ya hay miles de personas haciendo esto. Ahora hay que sumarse a estas iniciativas, por el bien del país y de nuestros hijos.
Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
Cuando estas líneas estén en poder del lector, sepa que primero han sido leídas por los autores del libro reseñado, esto es, los Sres. Agustín Laje y Nicolás Márquez, a quienes fueron remitidas en primer lugar. La intención es la de que este gesto, propio de quienes debemos mantener un trato de caballeros, precediese a todo análisis discursivo.
Se trata de un trabajo con notables virtudes, tanto en la parte escrita por Laje como en la de Márquez; virtudes y méritos que, en nuestra opinión, coexisten con lo que parecenser errores graves de juicio y colisión directa con el Magisterio de la Iglesia, delicado punto que se aprecia en la posición favorable al liberalismo, admitida expresamente por los autores del libro.
Empecemos con la enumeración de las virtudes. En la línea de los trabajos del Dr. Enrique Díaz Araujo, es evidente que El libro negro de la Nueva Izquierda no sólo contiene interesantes argumentos que rebaten algunos de los pilares de la ideología del género, el feminismo y el marxismo; también describe el derrotero vivido por los principales ideólogos de estas corrientes. El denominador común de sus vidas es la enfermedad, la adicción, la locura y la muerte. Así, por ejemplo, quedan debidamente señalados los padecimientos, vicios y conductas de los conocidos Reich, Marcuse y otros; también se menciona la prematura muerte de Foucault, fallecido a los 58 años a causa del VIH. A pesar de las iniciales apariencias, este recurso no puede considerarse un mero argumento ad hominem. No constituye un desvío el hecho de sacar a la luz los “trapitos” de la vida íntima de estos ideólogos, dado que estas revelaciones permiten apreciar una gran verdad: personas trastornadas generaron filosofías enfermizas, con la misma naturalidad con que el modo de ser de los efectos es indicativo del modo de ser de la causa.
La segunda virtud del libro es hacer patente el vínculo entre ideología homosexualista y pedofilia, por lo general desconocido. En efecto, así como la revolución sexual de los 60’ –retratada en propuestas tales como “amor libre” y claramente ligada a la mentalidad anticonceptiva– fue sólo la punta de lanza del homosexualismo, parece que hoy en día, a caballo de la naturalización de la homosexualidad, la pedofilia no tardará en ingresar en el espectro público como objeto de discusión mediática. Los ideólogos citados por Agustín Laje y Nicolás Márquez no permiten engañarse: puesto que no existe ni puede existir una norma objetiva sobre la sexualidad,es evidente que no sólo las prácticas homosexuales son una opción válida. También lo son las relaciones carnales entre niños y adultos, como acertadamente documenta el libro. No será extraño que, en pocos años, panelistas televisivos hablen de ella siquiera como “posibilidad”. En Europa este tema ya está en discusión. Como se ve, esta cólera anti-tradición y, por lo mismo, anti-vida, mancilla la misma inocencia de los infantes. Y más aún: en el horizonte de estos ideólogos yacen –todavía ocultas al gran público– pretensiones de legitimar la zoofilia, el incesto y la necrofilia, y El libro negro de la Nueva Izquierda las destapa.
En tercer lugar, a lo largo de estas páginas queda desplegada con toda claridad la presente estrategia de estos movimientos. En la actualidad, el punto de ignición lo constituye, sin dudas, la sexualidad. Si en el pasado la dialéctica marxista tomó como blancos privilegiados la historia, la economía y la política, hoy es la sexualidad humana la repetidamente atacada por este sofístico ariete. Se martilla una y otra vez sobre ella, promoviendo la coexistencia de formas antinaturales con la práctica normal de la sexualidad: “Nos da risa cuando vemos el cabreo que se han pillado los fachos porque les hemos reventado hasta hacerlos trizas su significante tan querido ‘matrimonio’. Yo los comprendo. Tienen toda la razón. Si dos lesbianas se pueden casar lo mismo que el hijo de la marquesa con la hija del empresario entonces es que el matrimonio ha dejado de tener significado, ya no tiene ningún sentido para los que lo inventaron” sostiene el desdichado Paco Vidarte, homosexual español. Otras citas –también extraídas de las publicaciones de ideólogos y activistas– son muy explícitas y eximen de todo comentario. Su nivel de frontalidad es de tal magnitud que seguramente muchos se verán conmovidos: son una auténtica escritura pornográfica, claro indicio de lo que –a la luz de la fe– podemos considerar como una influencia propiamente demoníaca. Se observa cómo la pretensión de posicionar la homosexualidad y otras desviaciones en la agenda pública es una clara maniobra subversiva, dado que el orden natural reclama la heterosexualidad. Los autores dejan muy claro que la práctica homosexual es concebida por estos propagandistas como una herramienta ideológico-política.
En cuarto lugar, leyendo el libro se evidencia –y aquí arriesgamos una opinión propia, quizás no suscripta por sus autores– que la presente batalla cultural no es desplegada por intelectuales sinceros, cuyos principios estuviesen sostenidos honorablemente. ¿Cómo se llega a esta conclusión? Es evidente que una persona honesta estaría dispuesta a conceder a su adversario aquellos derechos y atribuciones que, en tanto persona, pretende para sí. Quienes arguyen con recta conciencia no sólo declaman respeto para sí mismos sino que, principalmente, lo brindan al prójimo. Asimismo, tienen cierto pudor por la contradicción y no habitan conscientemente en ella. Una vez más, todo lo contrario sucede con estos personajes: son auténticos saboteadores del sentido común, terroristas del alma, duros adjetivos ganados a fuerza de demostrar que no los detienen sus innumerables contradicciones e inconsistencias. Todo eso no tiene importancia alguna para ellos, que sólo tienen objetivos que cumplir. Su mensaje no pretende ni aspira al deleite de la mente, bañada por la luz de la verdad. Es pura praxis, y no logos.
Salvadas las virtudes de El libro negro de la Nueva Izquierda, ¿qué observaciones críticas se pueden realizar?
En primer lugar, una de las tesis de la obra es que el actual feminismo –difundido a través del lenguaje de género, propulsado por el uso del término femicidio y expandido gracias a consignas tales como Ni Una Menos– sería malo porque es de izquierda. El feminismo “de la primera ola”, valorado positivamente en este trabajo, se habría desvinculado de su fuente –el liberalismo, como lo explica Laje–, hallándose hoy en día bajo el secuestro del marxismo. De esta manera, el feminismo liberal es bueno mientras que el feminismo marxista es malo. La segunda observación no tiene menor importancia: puesto que las corrientes ideológicas criticadas duramente en el libro cuestionan el capitalismo liberal al mismo tiempo que arrojan dardos a la familia y al orden natural, los autores de la obra también rompen lanzas en su defensa.Entre otros argumentos, quedan enumeradas una serie de bondades propias de la tecnología, exhibidas como bondades del liberalismo.
El Magisterio de la Iglesia ha condenado, sin embargo, la ideología liberal; condena que pesa y se extiende no sólo respecto del liberalismo filosófico sino también del político, el moral y el económico. Muy conocida entre nosotros es la obra del gran Félix Sardá y Salvany, titulada El liberalismo es pecado. Más cerca en el tiempo, el querido Padre Horacio Bojorge ha escrito El Liberalismo es la iniquidad, la rebelión contra Dios Padre. El recientemente fallecido Alberto Caturelli publicó en la Revista Gladius varios artículos en donde critica duramente al Liberalismo y, en particular, al Liberalismo Católico. Yson innumerables las leyes, tanto en la Argentina como en el resto del mundo, provenientes de la matriz ideológica liberal; leyes que propiciaron la desacralización, la mentalidad naturalista e incluso actitudes anticristianas. De ahí que, como adelantásemos al inicio de esta reseña, los juicios favorables de los autores del libro con respecto a esta ideología no pueden menos que entrar en contradicción con la doctrina católica. Por la misma razón, está ausente en el libro uno de los puntos capitales de la filosofía de la historia, ilustrado novelescamente por Dostoievski y enseñado repetidas veces por el R.P. Alfredo Sáenz: liberalismo y socialismo son dos caras de la misma moneda, hijos de la misma Revolución del 89’, ambas tenazas de la Masonería.
En ese sentido, es entendible desde lo humano pero no doctrinariamente justificable una actitud acrítica respecto del libro, reconociendo las legítimas virtudes del mismo, salvando las buenas intenciones de sus autores –como, con justicia, hemos intentado hacer– pero sin señalar limitaciones de la obra o incluso ciertos errores. La actitud que nos mueve al hacer una cosa pero también la otra no proviene de ninguna “pose” de supremacía intelectual. Simplemente, en atención a la notable difusión –justificada, nos parece, en atención a su calidad– que ha tenido esta obra, se pretende puntualizar ambos aspectos, y hasta por la misma caridad con los autores, a quienes en primer lugar se ha dado conocimiento de esta reseña. En ese sentido, creemos que es posible bautizar los importantes datos y análisis vertidos en este libro, tanto por parte de Agustín Laje como de Nicolás Márquez, separando los valiosos elementos que nos aportan –a fin de continuar librando, con más fuerza aún, esta batalla cultural– respecto de ciertos juicios que se encuentran salpicados de una visión benévola respecto del liberalismo y del capitalismo.
Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
El progresismo eclesial hoy (respuesta a una amiga)
Por Juan Carlos Monedero (h)
La tarde de un sábado otoñal caía cuando una amiga preguntó qué significa ser progresista.
El sentido del término no es tan sencillo como puede parecer a primera vista. Lo primero que nos vino a la mente es que “progresismo” puede querer decir distintas cosas, según se utilice en el campo de la Iglesia Católica o en terreno de la cultura y el periodismo en general. Puesto que nuestra amiga buscaba conocer el significado en el primer caso, le dimos la siguiente respuesta que compartimos aquí con el lector.
Pablo VI fue uno de los primeros en usar el término progresismo[1], caracterizándolo como una amenaza presente en las entrañas mismas de la Iglesia. Por tanto, se refería a un mal que sin dudas estaba relacionado con la esfera eclesiástica. O como dicen hoy algunos, eclesial.
Dado que los progresistas son más bien huidizos en sus afirmaciones, mejor que una definición vale una caracterización: sus ideas no se dejan atrapar en conceptos claros y definidos. Son el resultado de prácticas que se incorporan mas bien por costumbre y por imitación.
El progresismo es la continuación de la herejía modernista, condenada por San Pío X a comienzos del siglo XX en su famoso documento llamado Pascendi. Y al igual que en aquellos días, existen en la actualidad victimarios y víctimas. En efecto, abundan personas formadas o deformadas por años de conductas de marcado talante antropocéntrico que les han impuesto desde arriba, como pasaremos a detallar enseguida.
Entre los victimarios, las reglas no escritas constituyen consignas claras e innegociables, transmitidas en las parroquias y en los seminarios de generación en generación: rendición incondicional para la Tradición Católica.
Los progresistas, a quienes también llamaremos “progres”, se caracterizan por combatir la sotana. No incentivan el rezo del Rosario, ni el estudio del Catecismo, ni las devociones. Rechazan el órgano de tubos en la liturgia –el instrumento propio del culto cristiano en Occidente[2]– mientras imponen despóticamente la guitarra, la pandereta, entre otros instrumentos profanos. Odian el latín y buscan expulsarlo de la liturgia, así como fomentan los aplausos en Misa (desconociendo la clarísima advertencia del entonces Cardenal Ratzinger al respecto).
Propician un falso ecumenismo, que no procura la conversión. No distinguen entre un espacio sacro y un espacio profano. Reniegan de todo contenido bélico en la doctrina católica: no hay enemigos, sólo personas de buena intención equivocadas. Intentan mitigar la resistencia frente a las leyes anticristianas. Otorgan poca importancia a la misa individual y diaria, y tienen una preferencia por lo comunitario. Por lo general, desprecian agriamente y con marcada aversión las formas tradicionales.
En los años 60’, los progres combatían el pensamiento aristotélico tomista, dando preferencia a la pseudo teología de Teilhard de Chardin[3]. Los progresistas odian a los fieles que se apegan a la ortodoxia católica. En aquellas décadas, el teólogo progre promedio oponía dialécticamente la Patrística con la Escolástica. En la actualidad son más astutos: repiten la letra de Santo Tomás de Aquino pero distorsionan su espíritu.
Los progres inflan las excepciones para hacer caer las reglas, pretenden disolver las afirmaciones absolutas invocando ejemplos extremos y retorcidos. Celebran la liturgia como si no hubiese instrumentos propiamente sagrados. Convierten la misa en un carnaval, sin seriedad. Los catequistas progres hablan de Cristo como “el flaco”, “uno más, como cualquiera”, “uno como nosotros”. Hablan sin expresar la reverencia debida y son reacios a enfatizar Su Divinidad. El mismo trato recibe la Virgen María. Las imágenes que un progresista prefiere para las estampitas son melifluas: hay que desdramatizar –dicen– la fe católica, por eso pretenden remover del alma del fiel cualquier vestigio de marcialidad. Se alimenta una psicología religiosa infantil en los adultos.
Cuando tiene autoridad, el progre presiona psicológicamente a los fieles para no rezar en latín, para no comulgar de rodillas, forzando la comunión en la mano; detesta las oraciones que habla del Triunfo de Cristo sobre el mundo. Este tipo de oraciones que consagran la Victoria Final de Nuestro Señor son tildadas con el mote de ‘triunfalismo’, y las desprecia profundamente.
El progre resta importancia a la contemplación, prefiere la acción. A veces, invoca la oración pero sólo para desmovilizar acciones contundentes de sus hermanos católicos, a los que no teme en calificar de “integristas” y con los cuales practica una intolerancia digna de mejor causa. Es abierto, paciente y componedor con cualquier idea anticristiana pero amargo, duro y hasta cruel con los católicos (a los que él llama) tradicionalistas. Distorsiona la pastoral hasta hacerle decir lo contrario a la doctrina: sin cuestionarla abiertamente, la socava con conductas. Invoca la caridad siempre, pero no actúa como si amara la verdad. Es mucho peor que un enemigo declarado.
El progre es obsecuente con la jerarquía, aunque evita seguir sus pasos cuando las autoridades eclesiásticas proponen, indican o mandan algo en línea con la ortodoxia católica. No le gusta actuar abiertamente, se esconde detrás de pretextos o dilaciones porque en el fondo tiene conciencia del mal que está haciendo: atenúa la doctrina “para que la gente no se vaya de la Iglesia”, suaviza los conceptos “para que no choque” y evita calificar el aborto como asesinato “para no ser negativo y que la gente deje de escucharnos”.
Los progresistas no hablan del Infierno y en los casos más extremos lo minimizan o incluso algunos de sus “teólogos” lo niegan, al igual que la existencia del demonio. Los milagros de Cristo no son milagros, el progre por lo general es racionalista y –en ambientes donde no teme ser cuestionado– reconoce que pretende desmitificar el Evangelio de supuestos añadidos legendarios.
Los progres forjan sin escrúpulos alianzas con izquierdistas y, en los últimos años, con abiertos promotores de la ideología de género (por ejemplo, el Padre James Martin SJ); los menos comprometidos les manifiestan una tímida simpatía pero nunca fallan en obstaculizar a los católicos que se oponen a las agendas anticristianas. Los más cómodos simplemente hacen de cuenta que estas ideologías no existen, favoreciendo su avance. En los años 70’, Carlos Alberto Sacheri denunció –a través del libro “La Iglesia Clandestina”– los elementos progresistas dentro del clero, con nombre y apellido. Muchos estudiosos creen que Sacheri fue asesinado por el terrorismo marxista a causa de este libro.
En una palabra, el resultado de la pastoral progresista está a la vista: bautizados de inteligencias extraviadas y sensibilidades sin quicio.
Sin embargo, la descripción del progresista no se agota aquí puesto que el progresismo no es una doctrina nítidamente definida y compacta. Hay progres que tienen algunas y no otras características, a veces en franca contradicción. Hay progres abiertamente provida pero engañados por décadas de manipulación de los sentimientos. Conocemos sacerdotes progres que, paradójicamente, son devotos de la Virgen María. Sin embargo, en general, suelen ser anti marianos. Y tampoco son simpatizantes de las imágenes: en los años 60’ las destruían sin titubear. Hoy promueven iconos dulzones, aptos para hombres y mujeres light.
El Padre Castellani decía que se podía reconocer al progresista porque éste nunca hablaba del Fin del Mundo o del Juicio Final de Cristo: como si fueran asuntos respecto de los cuales nada tiene para decir. Finalmente, el Padre Meinvielle –en su libro “El progresismo cristiano”– amplía esta descripción de manera notable, y señala el error fundamental del Progresismo: rechazar el concepto de Ciudad Católica. Al hacerlo, se ven obligados a aceptar la ciudad laicista, liberal, socialista o comunista de la Modernidad, a la que intentan volver aceptable rociándola con agua bendita.
[1]“las riquezas de las tradiciones religiosas se hallan amenazadas de disminución y de ruina, amenazadas no sólo del exterior sino también del interior; en la conciencia del pueblo se modifica y se disuelve la sana mentalidad religiosa y la tradicional fidelidad a la Iglesia… La fe de San Ambrosio, la herencia de San Carlos, el esfuerzo apostólico de los últimos Arzobispos, aparecen comprometidos, no tanto por la usura natural del tiempo, cuanto por algún cambio radical e irresistible que sustituye a la concepción de la vida de nuestro pueblo, otra concepción que no se puede definir, sino con el término ambiguo de progresista; ella no es ya ni cristiana ni católica”. Mensaje a los católicos de Milán, 15 de agosto de 1963.
[3] Para una crítica de Teilhard, recomendamos el comentario del Padre Olivera Ravasi al trabajo del Padre Julio Meinvielle. Cfr. https://bit.ly/3uUMNwK
PASO 2021: la pelea electoral eclipsa la realidad argentina
Lic. Juan Carlos Monedero
CON LA DEMOCRACIA SE COME…
Raúl Alfonsín decía que con la democracia se come, se educa y se cura. Sin embargo, la situación en la Argentina hoy es la siguiente: tenemos 52% de la población en condiciones de pobreza, inflación, políticos corruptos impunes, la justicia paralizada (las causas avanzan cuando los políticos denunciados pierden poder), jubilaciones insuficientes, hace un año o más que muchos alumnos no tienen clases de manera continua y completa, los programas educativos debieron mutilarse, miles de pymes quebradas, la decencia pública quedó por el suelo, los adolescentes son pervertidos en asignaturas tales como Educación Sexual Integral y, finalmente, son asesinadas miles de personas por la inseguridad, la droga, el narcotráfico y especialmente el aborto.
A lo largo de los años se ha convencido a millones de que la democracia es la única manera de participar políticamente para el ciudadano: votar cada 2 o cada 4 años. No obstante, los bancos, los comercios votan todos los días, Magnetto, Cristina, Massa, Macri, los mandatarios de la Administración Pública votan todos los días, es decir, toman decisiones diariamente. Y esas decisiones son las que producen un impacto.
El voto del ciudadano no cambia nada, es un grano de arena en el medio de la playa. El núcleo de este engaño es una población sugestionada con participar democráticamente pero reacia a formas eficaces de participación política. Así, en innumerables casos, votar no pasa de una mera forma para ser socialmente aceptado: la gente se saca una foto metiendo un sobre en la urna, demostrando ser un buen ciudadano, “queda bien” y listo.
Lo cierto es, sin embargo, que elegimos dentro de un menú que el dueño del restaurant ha pensado y filtrado previamente, y no podemos elegir nada que esté fuera del menú.
Más aún: supuestamente en la democracia se gobierna según la opinión pública, y esta opinión se expresa a través de partidos políticos. Pero los mass-media son los artífices de esta opinión. Entonces, ¿quién modela la opinión pública? La modelan los dueños de los medios de comunicación. Por tanto, tiene lugar la consecuencia ya prevista por Rafael Gambra: “las técnicas de publicidad y de influencia subliminal gobiernan los pueblos”.
La democracia es un sistema que no representa al pueblo. La fuerza del ciudadano no está en la urna sino en otro lugar. Permítanme decirlo en voz alta: la representación democrática es una mentira cochina.
PARTIDOCRACIA CORRUPTA
Analicemos esto yendo al caso de Tucumán: los punteros de los políticos les prometieron un dinero a los votantes para que pongan un sobre para Manzur. Pero ahora los cabecillas no quieren pagar y el puntero está siendo “apretado” por los votantes que cumplieron y a quienes se les prometió un dinero que todavía no fue entregado[1].
Por otro lado, integrantes de los partidos de Biondini, Gómez Centurión y Moreno han asegurado que en muchas mesas las boletas de ambos no habían llegado: les robaron votos. ¿Puede quedar más al descubierto la corrupción y la mentira de la partidocracia? Los mismos que idolatran la voluntad popular son los que hacen trampa en las elecciones.
EL SISTEMA: ¿UNA MENTIRA?
Los datos oficiales[2] arrojan la cifra de un 67-68% de votos del padrón para las PASO 2021, lo cual significa que nada menos que el 33% del electorado no fue a votar. Así como hay millones que votan para quedar bien, por cuestiones circunstanciales o por voto ideológico, millones de personas ni siquiera se presentaron: desde 1983, es la votación en la que votó menor cantidad de gente. Si sumamos esto al 5% de votos blancos e impugnados, casi el 40% del padrón no votó a ninguna persona.
Estos datos muestran el cansancio del país respecto del sistema. El sistema no da para más, la población sabe que estamos ante una suerte de “ciclo suicida” de la política argentina, como ha dicho recientemente Pablo Muñoz Iturrieta.
Incluso, mucha gente aplicó el “voto bronca”: el voto castigo a Cristina, Alberto y a Macri. Millones de personas ya no votan porque estén de acuerdo con las plataformas del kirchnerismo o el macrismo, el voto termina siendo un acto de venganza contra estos líderes políticos.
DEMOCRACIA SHOW: ¿QUÉ OCULTA EL CIRCO ELECTORAL?
Todo ocurre como si los políticos y los dueños de los medios de comunicación conspiraran para frivolizar la realidad: Cintia Fernández baila cuasi desnuda frente al Congreso, Victoria Tolosa Paz habla del coito en el peronismo, Gabriel Levinas en Intratables polemiza con Manuela Castañeira sobre si puede comprar un Iphone militando contra el capitalismo. Todos nos desvían de los temas verdaderamente claves.
El show de la democracia no puede ser más patético: Cintia Fernández obtuvo casi 92 mil votos a partir de un spot que duró menos de 5 minutos –no entremos a calificar el asunto de sus glúteos– a pocos días de las votaciones; superó en cantidad de votos a Guillermo Moreno, el cual (se piense lo que se piense) paseó por innumerables canales de televisión, dictó charlas, conferencias, debates, polémicas, argumentos, cifras, etc.: y Moreno obtuvo 80 mil. ¿Alguien piensa que esto no es absurdo? Sin embargo, es el sistema que tenemos, es el veredicto de las urnas. Y la gente sigue pidiendo Democracia, como si fuesen focas amaestradas.
La distracción y el circo evitan que nos enfoquemos en las cosas importantes: pongamos un ejemplo de incuestionable actualidad. Nadie quiere reflexionar sobre esto: para lograr estabilidad económica, una de las medidas debería ser reducir los gastos superfluos del estado. Esto se lograría eliminando los planes sociales de los punteros políticos, erradicando la corrupción en la obra pública y promoviendo un desarrollo de los trenes en detrimento de los camiones.
Ahora bien, si se reducen los planes sociales de estos punteros, los movimientos piqueteros ocupan la calle, toman de rehenes a la población, se prende fuego el país y así se pierde gobernabilidad. Si cuando el país está prendido fuego, la autoridad reprime y frena justamente el vandalismo, entonces los periodistas de los MMCC dirán a todas horas que “este gobierno es la dictadura”, y el periodismo mundial acusará al gobierno por violación de los derechos humanos.
Si los gobiernos erradican la corrupción en la obra pública, los políticos que se aprovechaban con ese dinero mal habido se lanzarán contra la autoridad que se los quitó, y armarán alguna operación política contra ellos (el famoso carpetazo).
Si el gobierno promueve un desarrollo de los trenes en detrimento de los camiones –aunque eso produzca una baja del precio final del producto (y por ende, una baja en la inflación)– se pone en contra del gremio de camioneros. En represalia, Hugo Moyano organiza un paro, los camioneros no trabajan y el país poco menos que se incendia. Si cuando prenden fuego el país, el estado cumple su deber y reprime, de nuevo: entonces los MMCC te dicen que sos la dictadura y los periodistas del mundo entero dirán que el gobierno viola los derechos humanos.
Estos son verdaderos dilemas: distraernos con temas tales como la actividad sexual de Tolosa Paz, el trasero de Cintia Fernández o el Iphone de Manuela Castañeira es perder el foco.
JUNTOS POR SOROS LE GANÓ AL FRENTE DE SOROS
Como en un péndulo, millones de personas oscilan entre los kirchneristas y Juntos por el Cambio. Aunque la tendencia va siendo cada vez menor, no baja de un 60% del padrón.
En efecto, el 48% de los votos válidos de la Capital Federal fueron a parar a Juntos por el Cambio (Vidal, López Murphy y el abortero Rubinstein). Casi un 25% votó por el kirchnerista Leandro Santoro. Es un hecho constatado que macristas y kirchneristas se han acusado de delitos e inmoralidades recíprocamente, pero a la hora de votar las leyes de género y de aborto, votan juntos y se abrazan en la contracultura. Kirchnerismo y macrismo: ambos antipatria, ambos anticristianos. Amarillo o celeste, son alternativas contrarias a la vida, a la familia, a la cultura, a la tradición y a la religión. Discuten detalles de política y economía, parados sobre sangrientos protocolos abortistas y convergiendo en el establecimiento de la cultura de la muerte.
EL IMPACTO DE LAS PASO 2021 EN EL KIRCHNERISMO
Es un hecho constatable que el kirchnerismo ha sido golpeado y castigado duramente: 4.800.000 de personas los votaron en 2019 y hoy no. Una parte significativa de los pobres no los votó (no hay otra explicación) a pesar de recibir subsidios del gobierno. Evidentemente, el kirchnerismo no va a ganar repartiendo documentos no binarios, hablando de la gestión menstrual, difundiendo penes de madera, o utilizando el mal llamado lenguaje inclusivo: todas estas medidas propias de la Agenda de Género no provocan que los vote más que en un sector ideologizado que afortunadamente no mueve la aguja. Pero como este gobierno está enfocado en la agenda globalista –y no en las necesidades de la nación–, han destinado como parte del presupuesto del año 2021 millones y millones de pesos a políticas públicas relacionadas con la llamada perspectiva de género.
Los kirchneristas sufrieron varios papelones: primero dijeron que ganaban, luego perdieron. Perdieron en 18 jurisdicciones. La cuarentena eterna, las restricciones absurdas y crueles, las PYMES quebradas, el Vacunatorio VIP, el Olivos Gate y tantas otras cosas mellaron el ánimo de su clientela política. El kirchnerismo tenía quórum y mayoría absoluta en el senado; de mantenerse esta tendencia en noviembre, perdería esto.
Para ver el panorama completo, agreguemos algunos puntos: existe un desgaste propio de la función de gobierno, el mismo que Juntos por el Cambio experimentó en la fuerte paliza electoral de las PASO 2019. Sería un error dar por muerto al perro tan rápido: Cristina gobernó 8 años con el poderoso multimedios Clarín en contra, Macri gobernó con ese mismo multimedios a favor y no pudo ser reelecto. A Cristina la dieron políticamente por muerta, pero resucitó.
Por otro lado, el votante del kirchnerismo es en la inmensa mayoría de los casos un militante del kirchnerismo y lo defiende en el colegio, en la universidad, en el club, en la Administración Pública, en el sindicato, en un asado con amigos, en los medios de comunicación, en su familia. El votante promedio de Juntos por el Cambio es muy inferior en capacidad argumentativa, entrega y militancia. Muchos de ellos dejan un voto cada 2 años, y nada más. El modelo de la militancia kirchnerista obedece al modelo soviético-alemán, como bien lo ha descripto el Dr. Ramón Carrillo en “La Guerra Psicológica”[3], y este tipo de militante es cien veces superior al votante promedio macrista.
En ese sentido, hagamos otro cumplido al kirchnerismo. En el fondo, ni ellos mismos se creen la inmaculada concepción de la mayoría. Lo demostró Fito Páez allá por el 2011, al decir que le daba “asco” la mitad de Buenos Aires que había elegido al macrismo. Lo demostró recientemente Úrsula Vargués: “Un asco de Capital, aguantadero de Cambiemos. Por suerte vivo en Provincia”[4]. Y lo demuestran los K en Tucumán pagando y/o robando votos.
Finalmente, la crisis interna al Frente de Todos (Alberto vs. Cristina) no hace otra que ilustrar una profunda verdad evangélica: “un reino dividido no podrá subsistir”. En ese sentido, 7 ministros pusieron su renuncia a disposición del Presidente. La crisis en el seno del gobierno es muy grave, y esto porque se aliaron para ganar las elecciones, porque les interesaba el poder, pero la tarea de gobernar no se puede llevar adelante con el enemigo en casa. Convendrá recordar, sin embargo, que estas luchas intestinas son peleas por aquella porción pequeña de poder que los organismos globalistas –que están por encima no sólo de los K sino también de Juntos por el Cambio– le permiten tener a ambos. Porque a la hora de votar la Agenda 2030, van a estar de acuerdo. Ahí no hay grieta.
EL FENÓMENO MILEI
Sus formas payasescas atrapan a muchos, quizás más que el contenido. Cabe reconocer que Milei está diciendo cosas coherentes a nivel ideológico. Ha logrado correr el eje de algunos debates. Prioriza hablar de los temas económicos porque son los que mejor maneja: concentra la artillería donde es más bueno.
Aún con sus graves errores (el liberalismo es pecado), está diciendo cosas que la partidocracia no se puede tragar: por ejemplo, plantea abiertamente que los políticos deben bajarse el sueldo a sí mismos. Muchos piensan si, a pesar de esto, Javier Milei constituye un elemento dentro de la llamada “Disidencia controlada”, siendo funcional a la partidocracia perversa. ¿Por qué? Porque Milei sería una voz canalizadora que descomprime la presión y eso al sistema le ayuda: gatopardismo, cambiar algo para que no cambie nada. El tiempo lo dirá.
Lo que no cabe dudas es que Milei es parte de un think tank con peso específico propio, cuyas afirmaciones no pueden ser ignoradas. Lo pueden criticar, objetar, rechazar, pero no pueden hacer de cuenta que no existe. Cabe subrayar también que, en su fama y en el alcance logrado, pesan sus conexiones y para quien trabaja: Milei está bien relacionado con célebres liberales, masones y sionistas. El poder de estos hace posible, en gran parte, su presencia mediática.
En cuanto a los votantes, y esto a partir de una conversación con nuestra amiga Lucía Ezcurra, entre los motivos que explican el éxito de Milei podemos mencionar:
– Un sector conservador cansado del progresismo de JxC, que –sin analizar ni conocer demasiado– lo votó a Milei porque se presenta como provida y porque se presentó junto a Victoria Villarruel, quien es conocida por hablar en los medios de comunicación de lo que nadie quiere hablar en la Argentina: las víctimas del terrorismo subversivo en los años 70’.
– Un sector que económicamente ve que el país se hunde igual con JxC o con los K, y apuesta al liberalismo, pero ve hipocresías en Espert.
– Jóvenes sin formación que ven en el liberalismo de Milei una alternativa al progresismo. En su mayoría desconocen que Milei está a favor de la eutanasia, del consumo de droga (“Si vos te querés suicidar, yo no tengo ningún problema. Drogarte es suicidarte en cuotas”), del laicismo, que integra el Foro Económico Mundial y que fue Asesor del G-20 en el diseño de políticas económicas.
En cuanto a Milei y su entorno, aunque es fácil indicar estos elementos con los resultados en la mano, su éxito se explica por la combinación de estos factores:
– Coherencia con el personaje que interpreta. Directo en las formas de decir las cosas.
– Grupos de poder poniendo mucho dinero para difundir su candidatura y lograr sus apariciones en TV.
– Red de trolls pagos en redes sociales.
EL VOTO CATÓLICO Y EL VOTO PROVIDA: DIVISIONES
Analicemos ahora el voto de los sectores católicos y provida. Gómez Centurión obtuvo casi 80 mil votos. Puesto que su entrada en la política partidaria como candidato estuvo determinada por Cynthia Hotton, esta vez –sin la ayuda de Hotton y sin el apoyo del mundo evangélico– Centurión no pudo sacar más del 1,50% en las PASO, quedando fuera de la posibilidad de presentarse en noviembre para Provincia de Buenos Aires. Sin embargo, en el interior del país, Centurión consolidó una estructura y en varias provincias puede presentarse electoralmente en noviembre 2021.
A pesar de tener propuestas económicas, Centurión hizo hincapié en temas propios de la batalla cultural, en la lucha contra el globalismo y contra la vacunación COVID obligatoria –fue uno de los pocos, si no el único, de los políticos argentinos que habló contra ella–, en el aborto y en la ideología de género. Su pacto con liberales no cayó bien en sectores católicos nacionalistas. Por otro lado, no aplicó estrategias estridentes de comunicación, como sí lo hizo Milei; probablemente no tenga ni el estilo ni las ganas de hacer esas morisquetas.
En cuanto al campo provida, en muchas personas cundía una suerte de resignación: “el aborto ya salió”. Por tanto, votar al NOS no era útil. En efecto, en 2019, Centurión capitalizó un voto reaccionario a las propuestas de legalización del aborto que recrudecieron en el 2018. Es posible que al diluirse el tema, por la nefasta legalización del crimen, se fuera diluyendo también el voto por el NOS.
Los liberales progresistas ganaron mayor popularidad mientras los potenciales votantes de Gómez Centurión se encontraron con un panorama fragmentado: aparecieron otros partidos provida y los votos se dividieron. Así se dio una marcada división del votante católico como también del votante provida, aquellos a los que Centurión podía apelar. Veamos los números en Provincia de Bs. As.:
Hotton 1,45%
Guillermo Moreno 0,96%
Juan José G. Centurión: 0,95%
Alejandro Biondini: 0,60%
Partido Celeste 0,53%
Santiago Cúneo 0,41%
Todos los partidos con principios teóricos perdieron. Todos se eliminaron mutuamente. Lo que nos lleva al siguiente punto.
¿MOVIMIENTO O PARTIDO?
Hagamos un análisis de los partidos que sacaron menos de 1,5% y quedaron fuera de las PASO. Esta vez, el análisis será por cantidad de votantes, a partir de los datos oficiales[5]:
Cynthia Hotton: 120.690 personas
Guillermo Moreno: 80.006 personas
Juan José G. Centurión: 79.423 personas
Alejandro Biondini: 50.395 personas
Raúl Magnasco (Partido Celeste): 43.993 personas
Santiago Cúneo: 34.422 personas
¿Por qué nos enfocamos ahora en la cantidad de personas y no en los porcentajes? Porque quizás aquí está la resolución a nuestro problema. El problema no es sacar pocos votos, el problema es que le demos importancia a los votos y no a la militancia. El problema está en enfocarse en ganar elecciones cuando sería –a nuestro humilde modo de entender– mucho más provechoso enfocarse en la formación de militantes: ¿se imaginan lo que podrían lograr 30 mil personas organizadas? ¿ ¿50 mil personas actuando coordinadamente en las redes sociales, en la calle? ¿60 mil personas colaborando económicamente para la difusión de un periódico? ¿75 mil personas presionando en un hospital, denunciando un aborto? ¿100 mil personas llamando por teléfono al jefe de una empresa que obliga a sus empleados a vacunarse? ¿120 mil personas organizadas militando contra las clases de Educación Sexual? ¡Esto es participación! Miles de personas organizadas podrían impedir un aborto, bloquear los ataques feministas a las catedrales, presionar en los colegios para echar a los profesores que ideologizan, volver inútil el uso del barbijo; miles de familias organizadas podría generar un sistema educativo donde sus hijos fueran bien educados, o una cooperativa de alimentos… La fuerza no está en el voto, la fuerza está la acción inteligentemente coordinada.
Indudablemente, nuestros principios impactan mucho más fuera del sistema que dentro de él.
Por eso, es impostergable la conformación de una militancia que esté dirigida a formar un movimiento, dispuesta a realizar un trabajo público en la calle y redes sociales, bajo la consigna dogmática de “decir la verdad”, sin complejos de inferioridad, en el marco de un trabajo organizado y no anárquico. Debemos forjar un militante que acepte cumplir y formar parte de un sistema de trabajo, sin temor a ser llamado extremista, sin liberalismo apátrida y antinacional, que esté interesado en aprender, argumentar y contraatacar, que no se resigne a una mera resistencia pasiva, que no invoque el Apocalipsis como excusa para no hacer nada. El Padre Castellani decía que no debemos “poner los ojos en el Poder a corto plazo” sino ponerlos “en la Verdad a largo alcance”.
Así como parece prácticamente imposible hacer política partidaria sin dinero y sin un sector productor de dinero -con intereses- que apoye, que abra puertas, que financie y dote de equipos necesarios, es totalmente factible organizar un movimiento no partidocrático que –trabajando coordinadamente– vaya cumpliendo objetivos.
FRENTE DE TROSKOS
La izquierda siempre se mantiene fija, con sus votantes fijos. En las redes sociales, predomina cierta burla al respecto, propia de liberalotes que nunca en su vida militaron (y que probablemente no militarán): se ríen de los troskos porque Bodart, Del Caño, Castañeira y Bregman sacaron 5% o menos.
Mofarse de los resultados electorales de la izquierda revela un frágil análisis político. Nosotros, católicos y nacionalistas, combatimos la ideología marxista, que es anticristiana y antipatria. Pero no pensemos que esa militancia (aborto legal, separación iglesia estado, feminismo, ideología de género, legalización de las drogas, eutanasia, etc.) no tiene impacto en la realidad: claro que lo tiene. Lo que pasa es que el liberalote ve sólo números, y para él la realidad política se cristaliza en guarismos. La izquierda (tanto la K como la no K e incluso la anti K) ve más lejos, y sabe que ese 5%, 4%, 3%, 2% o 1 % son decenas de miles de militantes, organizados, estructurados, dispuestos a defender sus posiciones ideológicas en la calle, en el colegio, en el centro de estudiantes, en el sindicato, en el trabajo, en el poder judicial. Del Caño fue votado por 432.923 personas (5,22%), de las cuales la enorme mayoría son militantes organizados y estructurados. Comparemos esto con el 4,87% de Espert: prácticamente la misma cantidad de votos, pero el votante promedio del candidato liberal no saldría a marchar, a pintar, no participaría en actos, no bancaría una discusión política en las redes o en la calle.
Son la militancia del mal, la militancia del marxismo leninismo que asesinó a millones de personas, de acuerdo… pero militan. Si me perdonan el argentinismo, laburan. Y como dice Jean Ousset en su libro “La Acción”: Dios no niega al impío el fruto de su trabajo. Así que en vez de reírnos porque Castañeira no alcanzó el 1,5%, en vez de tomarle el pelo a Del Caño por llegar al 5%, nos vendría bien aprender de estos adversarios que –aún al servicio de sombrías causas– llevan adelante una militancia sostenida en el tiempo, sin bajar los brazos e inaccesibles al desaliento.
LO QUE NO SE DICE
“Los diarios comen con lo que dicen y engordan con lo que no dicen”, decía mi abuelo. De las elecciones podemos decir algo parecido: es más importante lo que ocultan que lo muestran. ¿Qué es lo que ocultan? ¿Qué temas son los que quedan fuera de foco? El análisis electoral lo ocupa todo. Por eso, nos preguntamos, ¿cuáles son los hechos verdaderamente determinantes que al gran público se le ocultan?
Un bebé de 6 meses de gestación acaba de ser asesinado en Tartagal, Salta, por una médica abortera.
Los kirchneristas realizaron un homenaje a la banda terrorista Montoneros dentro de la Casa de Tucumán.
La población viene siendo sistemáticamente engañada en base a falsas cifras de contagiados y muertos atribuidos al COVID;
No se cuestionan las medidas absurdas sanitarias, que todavía siguen vigentes, tales como el uso de barbijos. En pleno domingo electoral, se organizaban filas afuera de los colegios “por el covid”. Sin embargo, al mismo tiempo los bares llenos, los gimnasios y cines abiertos, los vuelos de cabotaje llenos.
No se cuestiona la aplicación de las vacunas contra el COVID: Un empresario fuerza a sus empleados a vacunarse. Uno de ellos muere a causa de la vacuna. ¿Cuál sería la responsabilidad legal y jurídica de este empresario?
Nadie critica los procedimientos y fines de la democracia: nadie critica la idea de que confiemos el interés público a quienes jamás confiaríamos nuestros intereses privados;
Nadie cuestiona que se utilice a la mayoría como criterio de elección;
Nadie cuestiona el sistema bancario y la producción de dinero de la nada;
Nadie cuestiona que la economía financiera esté prevaleciendo por sobre la economía real;
No se cuestiona el sometimiento del a Argentina al Nuevo Orden Mundial.
Como conclusión, es imperativo formar un movimiento que tenga como consigna decir la verdad. Si sólo unas pocas personas perdieran el temor a decir la verdad, el programa de intimidación cultural se volvería inútil en ese mismo instante. Digamos la Verdad, porque sólo Ella nos hará libres, y todo lo demás se dará por añadidura.
Clero rosa en Brasil: el primado utiliza la Santa Misa para cooperar con el lobby LGBT brasileño
El 21 de mayo del 2021, el cardenal Sérgio da Rocha –arzobispo de San Salvador de Bahía y primado de Brasil– celebró una misa “por las víctimas de la LGBTFobia”, así, con esas palabras. Estaban presentes activistas del llamado lobby gay, entre ellos un travesti. La celebración fue transmitida por redes sociales, y se inició con el saludo de este hombre disfrazado de mujer. Después de la comunión, el travesti cantó el Ave María.
ACIDIGITAL revela[1] que esta misa, en estos términos, se realizó a pedido “del Centro de Promoción y Defensa de los Derechos LGBT de Bahía”, así como también de una entidad estatal denominada “Agencia del Departamento de Justicia, Derechos Humanos y Desarrollo Social de Bahía”.
En notas posteriores a la celebración, el fundador de uno de estos grupos llamados progay, presente en la misa, sostuvo: “es la primera vez en la historia de Brasil que un cardenal, máxima autoridad de la Iglesia Católica, primado de Brasil, celebra una Misa en memoria del LGBT asesinado”. Si fuese una noble iniciativa, el cardenal hubiese simplemente recordado a las personas injustamente asesinadas, sin enfocar en este engañoso código lingüístico, y ya. Pero no: el cardenal colocó la sigla LGBT como Caballo de Troya. El objetivo que se busca es claro: naturalizar las conductas homosexuales y mover al público a la compasión, en detrimento del juicio crítico.
La presencia en la misa de activistas de género termina de acreditar (por si hubiera dudas) que tuvo lugar un verdadero sacrilegio, por la sencilla razón de que estos saboteadores del sentido común no respaldarían con su presencia un acto verdaderamente religioso.
El cardenal podría ser llamado un “colaboracionista de la agenda de género”, ya que ha puesto como pantalla a la Santa Misa, con lo que compromete nada menos que su autoridad como sucesor de los apóstoles. Es claro el mensaje tácito para el resto de su feligresía y sus subordinados: si el primado lo puede hacer, los párrocos también.
Esta burla al culto y al Sacramento es una puñalada para millones de católicos que, tanto en Brasil como en todas las naciones del mundo, luchan hace años contra la ideología de género. ¿Qué mensaje se le está dando a todos aquellos católicos que procuran establecer la verdad sobre el sexo, rebatir los errores sobre el tema y rescatar a las víctimas de esta ideología, cuya identidad sexual está en peligro?
Ofrecer bajo estos términos la misa constituye –por parte del cardenal Sérgio da Rocha– un escupitajo en la cara, un verdadero ultraje al Rostro de Nuestro Señor Jesucristo y, en segundo lugar, a los católicos. A los efectos de favorecer la ideología de género, el prelado no retrocede ni siquiera ante la majestad del Santo Sacrificio de la Misa: antes bien, la instrumentaliza para legitimar al código lingüístico del enemigo y, con él, propicia la aceptación de la ideología de género, ya que “¿cómo que son gente mala, cómo van a decir mentiras y falsedades, si el mismo cardenal los invita?”. Así razona una persona normal, y esto es lo que ya está pasando en Brasil.
Amparándose en las Escrituras, Santo Tomás de Aquino define el escándalo como dar ocasión de ruina a los demás con palabras o con acciones: inducir a los demás, arrastrando a los otros al pecado, incluso dando mal ejemplo (Suma Teológica II-II, q. 43, art. 1, corpus). Es exactamente lo que ocurre aquí: el cardenal induce a los católicos brasileños a ser complacientes con los enemigos del orden natural y sobrenatural. No es tanto que el cardenal esté promoviendo la conducta homosexual. Sobre todo, está arrastrando a los fieles de la Iglesia –con su mal ejemplo– a que pongan el culto como dócil herramienta de los agentes de la subversión cultural, como si no hubiese una batalla abierta en los colegios, escuelas, universidades, medios de comunicación, leyes. Como si estos agentes no recibiesen millones de dólares para promover la cultura de la muerte, según el buen decir de Juan Pablo II. El culto católico queda, así, al servicio de los activistas de género, quienes también son promotores de la pedofilia, la pornografía, la Educación Sexual Integral.
A pesar de todo lo que venimos relatando, en declaraciones posteriores, el cardenal Sérgio da Rocha no se avergonzó al afirmar que el equipo encargado de organizar la misa “no favoreció la difusión ni el uso ideológico de la celebración”. Pero las acciones no se pueden tapar con meras palabras. Aquel que niega con la boca lo que afirma con los hechos pierde toda credibilidad.
Como no podía ser de otra manera, el cardenal espera críticas: previendo denuncias por parte de católicos fieles, el eclesiástico dice, por un lado, que acepta “las críticas respetuosas, buscando superar los fracasos”. Por otro, “Respondo a las ofensas personales con silencio y oración”. Con esta clara diferencia, adelanta que se dará el lujo de no responder. Adelanta que, si no responde, es porque me ofendieron. El modus operandi detrás de esta aparente dignidad es fácil de decodificar: el cardenal mantendrá silencio respecto de aquellas críticas que no le convenga mencionar, y responderá sólo si le conviene; esto es, ante argumentos enclenques y/o reacciones tibias de quienes teman enfrentarse al primado de Brasil.
Lo más grave de todo es cómo se ha bastardeado las palabras amor y caridad, que se están convirtiendo en instrumentos para volver simpático el pecado y la ideología de género. Finalmente, ha pasado casi un mes y no, el cardenal no fue desautorizado públicamente. Algunos lectores se preguntarán si acaso la inacción del Papa vale como argumento. Al respecto, cabe recordar un principio de la Lógica –y consecuentemente del Derecho– que dice así: “Lo normal se presume, lo anormal se prueba”. Por otra parte, el propio Papa Francisco ha dicho en una ocasión: “Los que hicieron el derecho romano dicen que el silencio es una manera de hablar”. El refranero popular enseña que el que calla otorga. La falta de respuesta es una respuesta.
En Brasil está el efecto, en Roma está la causa. Es allí donde debe mirar la militancia católica: hacia el Papa.
El debate ideológico y político, un tablero de Ajedrez.
Verdad y Poder
Por Juan Carlos Monedero (h)
Los debates y controversias ideológicas nunca son ideológicas. Quienes nos aproximamos a la filosofía sabemos -de la mano de Santo Tomás de Aquino- que la razón nunca actúa sola; sabemos que los sentidos, las pasiones, los impulsos e inclusos los instintos no son autónomos, y que todo en el hombre es “humano”. Esto quiere decir que el mismo aprendizaje -que tiene su centro en la inteligencia, que es inmaterial- es un suceso emocional. Aprendemos más fácilmente cuando tenemos la disposición emocional de aprender: todos recordamos a esas señoritas encantadoras de la Primaria que nos hacían sentir como coches de Fórmula Uno. Los debates participan de este carácter propiamente humano: no son dos fríos intelectos los que discuten ni son dos puras animalidades las que entran en pugna. Son dos hombres, con su inteligencia, su razón pero también sus emociones, sus pasiones y hasta sus miedos.
Como en el Ajedrez.
En el juego-ciencia, la práctica, la habilidad, la inteligencia aplicada, el manejo de las estrategias es determinante. Pero no es lo único. Porque en el Ajedrez se refleja quién es uno; primero por las características propias del Ajedrez en cuanto tal pero también porque en todos los juegos de alguna manera nos revelamos. En los juegos nos mostramos como somos.
Asimismo, quizás el Ajedrez nos permita una aproximación a la compleja realidad social y política en nuestro país.
La Argentina está atravesada por varios discursos, por complejas ideologías y por robustas doctrinas. Todas ellas tienen un elemento teórico, sincero o no, realista o no. Sin embargo, al ser éstas encarnadas por personas de carne y hueso, cada uno de ellas le imprime a estas ideas la marca especial de su propia individualidad. Al igual que cuando movemos los peones tosca o elegantemente. De la misma manera que cuando adelantamos un alfil blanco para amenazar el campo de las negras, las doctrinas tienen un planteo que consideran verdadero y repugnan lo que entienden falso. Ý en el día a día de la guerra ideológica, ¡cuántas veces, envalentonados por una buena jugada, nos confiamos, nos desbocamos en el ataque y terminamos perdiendo una buena posición o fichas clave!
También pasa lo mismo en la política y en las controversias ideológicas. No son robots los que discuten, los que tejen alianzas partidarias, los que se asocian para lograr sus propios fines. Son personas, somos personas que al tomar una decisión involucramos elementos tanto conscientes como ocultos. Jürgen Klaric, uno de los especialistas mundiales en ventas, dice que la acción de vender -para ser eficaz- debe apuntar a cubrir “la necesidad antropológica inconsciente” de una persona. ¿Y no es verdad que nosotros “compramos” una idea, una ideología, un discurso, una doctrina? ¿No hay acaso algún tipo de alineación entre aquello que está en lo recóndito de nuestro corazón y la teoría que sostenemos?
Hasta aquí, cualquier lector podría estar de acuerdo. Ahora bien, trascendamos el plano psicológico dado que la salud de la persona no se define por la alineación de sus actos con sus ideas, lo cual es condición necesaria pero no suficiente. Esas ideas deben estar alineadas con la verdad de las cosas, con la veritas rerum, como dice la tradición filosófica realista. Es el momento de decirlo con todas las letras, aunque pueda sonar antipático para los oídos de cierta gente intoxicada por el indiferentismo. Antonio Machado podrá ser muy eufónico con su “Caminante, no hay camino”, podemos sentirnos gigantes escuchando a Serrat interpretando estos versos, pero estos versos no nos inspiran a ser mejores. Si se sabe ver, estos versos nos transmiten desesperación, indiferencia doctrinal; nos transmiten un espíritu resabiado de relativismo, con dosis calculadas de escepticismo. Porque si no hay un camino mejor que otro, un camino preferible a otro, un camino objetivamente bueno, entonces no hay verdad. Y estaríamos en el Reino de la Opinión donde las ideas y posiciones no valen en función de su correspondencia con la realidad sino en virtud del poder que me den.
Lewis Carrol en Alicia en el País de las Maravillas lo retrata nítidamente:
–Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty con un tono burlón– significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos.
–El asunto es –dijo Alicia– si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
–El asunto es –dijo Humpty Dumpty– quién es el amo. Eso es todo.
Pero esto, ¿no establece el despotismo más abyecto? Amparados en el puro ejercicio poder, sin norte ni brújulas éticas objetivas, ¿qué lugar queda para la Justicia?
¿Dónde está más protegido el débil? ¿En la Ciudadela de la Verdad y la Justicia absolutas (así, con mayúscula) o en el Reino de la Utilidad, el Interés, donde predomina la cantidad como criterio de orden y la conveniencia como indicador del obrar?
Es esta, efectivamente, una posición cómoda para los libros pero impracticable en la realidad: ¿aceptaríamos acaso que nuestro jefe no nos pague nuestro sueldo? Si nuestro empleador se negase a hacerlo, seguramente le diríamos que debe abonar los honorarios “porque es lo que corresponde”. Ahora bien, lo que corresponde es lo justo. ¿Y si nuestro jefe nos escupe en la cara la perversa filosofía de Machado, según la cual no hay justicia verdadera sino puntos de vista? ¿Qué le impide decirnos “Lo que corresponde está sujeto a cambios y pautas culturales, válidas para ciertas épocas y ciertos lugares de la humanidad, y casualmente mi empresa no es uno de ellos”? ¿Por qué debería pagarnos si la verdad no existe, si la justicia es una convención, si no hay “un camino” éticamente bueno?
El debate sobre el aborto, impulsado por el oficialismo macrista en el 2018 y por el oficialismo kirchnerista en el 2020, es el escenario más descarnado de esta mentalidad. El débil es el niño por nacer, el máximamente desprotegido, ni gritar puede. Se decide -se decidió- su vida en base a criterios de interés, de utilidad: serán las cifras las que deciden si es legal o no descuartizarlo.
Este relativismo está en los tuétanos de nuestro sistema político: y ahí tenemos a diputados y senadores falibles por separado que, por arte de magia, se vuelven “infalibles” en las Cámaras del Congreso de la Democracia Argentina, argumento agudamente señalado por esa gran cabeza que fue Juan Donoso Cortés. Estos políticos sólo sirven para contar cuántos porotos les reditúa presentarse celeste o verdes. Así, Cristina Fernández de Kirchner “descubriendo” que estaba a favor del aborto en el 2018; Juan Manuel Urtubey apuesta al progresismo luego de varios años de administración conservadora; Sergio Massa tejiendo alianzas políticas donde las ideas, los conceptos, los principios se subordinan a la acumulación de capital político. Mauricio Macri habilitó en el 2018 -al mejor estilo Poncio Pilatos- debatir sobre si el bebé en el vientre materno puede ser asesinado (o no), luego de haber sostenido -durante el Congreso Eucarístico Nacional, en Tucumán, junio 2016- las siguientes palabras: “Defiendo la vida desde la concepción hasta la muerte”. El 10 de diciembre del 2019, Alberto Fernández pronunció estas palabras en solemne Juramento Presidencial:
“Yo, Alberto Ángel Fernández, juro por Dios, la Patria y sobre estos Santos Evangelios, desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de Presidente de la Nación. Y observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación argentina. Si así no lo hiciere, Dios y la Patria me lo demanden”.
La Verdad, la Justicia y el Poder parecen ir por caminos distintos. La pregunta es qué camino va a tomar usted, lector. ¿Se va a convertir en parte de la solución o en cómplice del problema?
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Adquirí el primer libro del Lic. Juan Carlos Monedero: “LENGUAJE, IDEOLOGÍA Y PODER”, tomo I, con prólogos del R. P. Alfredo Sáenz y el Dr. Antonio Caponnetto. Ilustraciones: José Antonio Van Tooren.
Patriotas en Córdoba queman la bandera de la ideología de género
En la madrugada de este viernes 20 de noviembre, aniversario de la Batalla de la Vuelta de Obligado, unos patriotas que no se rinden atacaron –otra vez– la bandera de la ideología de género, izada en las inmediaciones del Parque Sarmiento.
El aniversario de esta batalla nos remonta a 1845, cuando los argentinos –comandados por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas, a la cabeza de la Confederación– resistieron el doble ataque de navíos ingleses y franceses. El combate fue heroico y sistemático, y la agresión anglofrancesa –aunque prevaleció militarmente– terminó por desistir de sus intentos, rindiéndose, a causa del enorme costo. En reconocimiento a sus enemigos, tanto los británicos como los franchutes se alejaron disparando balas de cañón, tal como lo habían pactado. Por esta acción, el Libertador de América legó a Juan Manuel nada menos que su propio Sable.
Por otro lado, la bandera multicolor que fue quemada esta madrugada es la insignia de la ideología de género, la cual está detrás de la corrupción de menores a través de la ESI, además lavar el cerebro de tantas personas en temas de sexualidad humana y realidad biológica.
Aplaudimos la labor de estos patriotas y estimulamos a que muchos otros se alcen en distintos puntos del país a repetir este tipo de acciones. La memoria de San Martín y Rosas así lo exige.