Las causas de la legalización del aborto en la Argentina – Poder Mundial, Iglesia, Frente interno

Los conceptos expresados en este video, pueden leerse aquí:

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Fortísimo comunicado de Mons. Aguer contra el Papa Francisco: “Seguros en la fe, mal que le pese a Roma”

Seguros en la fe,

mal que le pese a Roma

Mons. Héctor Aguer

Arzobispo Emérito de La Plata

 

Es causa de asombro, desconcierto y preocupación de muchísimos fieles la persistencia del máximo exponente del magisterio eclesial en criticar -burlonamente a veces- a quienes están seguros de la identidad de la fe,  y se afirman en ella con alegría; agradecidos a Dios por hallarse enraizados en la gran Tradición de la Iglesia. Estos cristianos son vituperados como rigurosos fariseos. La insólita postura de la Santa Sede contradice la enseñanza de San Juan Pablo II y de Benedicto XVI; que tanto amaron y glorificaron el esplendor de la verdad. El moralismo relativista que actualmente profesa Roma, hunde la realidad de la fe y sus consecuencias éticas y espirituales en el ámbito kantiano de la Razón práctica. Peor aún: los “nuevos paradigmas” propuestos por el pontificado se someten a los dictados de un Nuevo Orden Mundial, manejado por la masonería y financiado por el imperialismo internacional del dinero. Desde hace tiempo se sabe que el Vaticano es una cueva de masones, que se ayudan a trepar a los cargos más influyentes, según los pactos secretos que desde sus orígenes caracterizan a la secta; los cuales han sido repetidas veces denunciados por los pontífices, que alertaron sobre el peligro que la tradicional enemiga de la Santa Iglesia implica para el orden social basado en la ley natural, y para el sostén y desarrollo de la fe en la vida de los pueblos. Soy consciente de la verdad y exactitud de lo que acabo de escribir, por eso no temo que mi libertad sea coartada por medidas que nadie se atreverá a tomar.

Los errores, y las herejías, pueden procesarse y difundirse ampliamente, ante el silencio cómplice de quienes deberían condenarlos, según fue hecho desde los tiempos apostólicos. El testimonio del Nuevo Testamento es por demás elocuente: “Conviene que haya herejías, para que se manifieste quiénes son fieles” (1 Cor 11, 19: hina kai hoi dokimoi phaneroi genōntai). El sínodo alemán, ante el silencio de Roma, distingue en ese pueblo germánico a los verdaderos creyentes de los atrapados por los errores, que deben hacer sonreír a Martín Lutero (allí donde se encuentre). En la misma carta que citamos, el Apóstol Pablo recuerda a los fieles el Evangelio que les ha predicado, el que ellos recibieron, en el cual estamos firmes (estēkate: 1 Cor 15, 1) por el cual son salvados, si permanecen firmes (ei katechete: 1 Cor 15, 2) porque de lo contrario han creído en vano (ektos ei mē eikē episteusate). Lo fundamental, que Pablo les recuerda, es lo que él les ha entregado. Resulta escandaloso que Roma descalifique la tradición. San Pedro, en su Segunda Carta, hace notar a sus lectores -¡y a nosotros!- que su propósito es asegurarlos, hacerlos más firmes, estērigmenous (2 Pe 1, 12); les advierte contra los maestros mentirosos (pseudodidáskaloi) que se introducen en la Iglesia, como los falsos profetas en el pueblo de Israel; por ellos es blasfemado el camino de la verdad (2 Pe 2, 2). Las epístolas pastorales del Apóstol Pablo describen una situación que se ha verificado periódicamente en la historia de la Iglesia: se precipitan “tiempos peligrosos” (kairoi chalepoi, 2 Tim. 3, 1) por la introducción de errores que debilitan la fe y la seguridad de los fieles, respecto de la tradición en la que se apoyan. Por eso anima a sus discípulos y colaboradores a resistir. Muchas veces he citado el pasaje de 2 Tim. 4, 1 ss: los pastores de la Iglesia deben predicar incansablemente la verdad, deben argüir e increpar (epitimēson: 2 Tim. 4, 2). El problema era, y es, el de los falsos maestros que halagan los oídos que buscan actualidad, procuran reubicarse en un mundo más amplio, de aquellos que se entregan a los mitos abandonando la verdad (apo men tēs alētheias…epi de tous mythous, ib 4, 4). Como los textos asumidos en estas citas se encuentran numerosos pasajes, en los que se expresa todo lo contrario de la orientación del actual pontificado. El contraste aparece en la simple comparación.

He señalado una causa en el predominio del moralismo, que despoja a la doctrina de la fe del dinamismo que la orienta hacia su dimensión mística. La fe es contemplativa; su aplicación al obrar depende de aquel reposo  fruitivo y seguro en la verdad que es su objeto: es theoria antes que praxis; y la segunda acierta con lo que hay que hacer, en cada circunstancia, porque es iluminada por esta lumbre superior que permite discernir con sabiduría. El moralismo es necesariamente pragmático y relativista. La crítica que dirijo a esta corriente hoy día oficial incluye la observación de que ya no se predica íntegramente la doctrina de la fe. San Juan Pablo II nos ha dejado en el Catecismo de la Iglesia Católica una síntesis actualizada de lo que hoy debemos creer y difundir. En ese corpus que abarca dogma, moral y espiritualidad se halla la identidad del catolicismo, en la cual los cristianos en este “tiempo peligroso” podemos asegurarnos, dirigiendo la mirada de nuestro espíritu al Señor que está con nosotros “todos los días” (pasas tas hēmeras, Mt. 28, 20).

Parece mentira -pero es una penosa realidad- que, después de más de medio siglo, se cumplan aquellas palabras de Pablo VI: “Por alguna rendija entró el humo de Satanás en la Casa de Dios”. El sedicente “espíritu del Concilio”, contra el cual reaccionó tan sabiamente Jaques Maritain en “El campesino de Garona”, asoma nuevamente, esta vez desde la mismísima Colina vaticana. Los discursos pontificios eluden expresamente las verdades que habría que recordar con claridad, con magnanimidad y paciencia; y se detienen exclusivamente en aquellos “nuevos paradigmas”, que golpean en vano a los verdaderamente fieles, que intentan vivir con fidelidad lo que han recibido. El cristiano es alguien que ha recibido lo que cree y que, merced a los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, procura ordenar su vida de hombre nuevo según el ejemplo de Cristo.

No debe extrañarnos que en los programas pastorales que se alientan desde la usina de la sinodalidad, los sacramentos no tengan lugar. Sacramentum traduce el griego mysterion; el moralismo pragmático relativista es incapaz de percibir los misterios de la fe, y tiende espontáneamente a descartar la dimensión sobrenatural de una pastoral de los sacramentos, que asegura el don de la gracia ofrecido a todos: la liberación del pecado y expansión de la vida nueva de participación de la naturaleza divina. Somos participantes de la naturaleza divina, theias koinōnoi physeōs (2 Pe. 1, 4). Lo que constituye la vida de un cristiano es mantenerse en lo que ha recibido, en el “mandato viejo”, que dice San Juan en su Primera Carta, la entolēn palaiàn (1 Jn 2, 7) es decir la recepción de la luz que aleja la tiniebla: hē skotia paragetai (1 Jn 2, 8).

Un hecho histórico que permite apreciar hasta dónde se extiende el “peligro” de este tiempo oscuro, ha sido el silencio, o quizá el repudio, que ha merecido la presentación respetuosa de dudas sobre el alcance de la innovación semi-disimulada en la Exhortación Amoris Laetitia; obra de cuatro eminentes cardenales, Burke, Cafarra, Brandmüller y Meisner. La cuestión de la posibilidad de admitir a los sacramentos a las personas divorciadas que han pasado a una nueva unión, fue un globo de ensayo del moralismo relativista; para el cual ya no hay actos intrínsecamente malos. Es una estafa contra los mismos posibles beneficiarios de esa permisión el propósito de trazar un camino alternativo al que indica la Tradición; equívoco que no puede ser considerado un gesto de misericordia. La justicia -la justificación por la gracia- es la verdadera misericordia. No es algo menor la objetividad con que la praxis eucarística se inscribe en la vida cristiana contra el mero deseo subjetivo de comulgar; en este orden la Tradición católica, con el reconocimiento de la sana teología, es fiel a los orígenes, tal como inequívocamente aparece en el Nuevo Testamento. La seguridad que proporciona el abrazo a la verdad conocida y amada, no implica de ninguna manera desprecio de quienes vacilan o han sido ya ganados por el relativismo; al contrario, expresa la fraterna preocupación para hacerles participar de la alegría que brinda la integridad de la fe, recibida humildemente como un don inmerecido.

La inquietud que provoca la actual postura del magisterio se agrava al considerar el sistema de promociones al Episcopado, y a la dignidad cardenalicia, por su abundancia y su orientación. En efecto, ¿qué sentido tiene que una diócesis que carece de vocaciones y cuenta con un número insuficiente de sacerdotes para cubrir las necesidades pastorales, disponga de dos obispos auxiliares? Me refiero a lo que ocurre en la Argentina, aunque la misma actitud puede verificarse en otros países. No es un pecado de suspicacia pensar que existe el propósito expreso de reformar la Iglesia, y difundir el criterio moralista y relativista que, como ya he dicho, se ha convertido en una política oficial. Desearía liberarme de tal inquietud y estar equivocado en el juicio que hago de la orientación impuesta desde Roma. Como muchos otros que en el mundo entero comparten esta inquietud mía, sólo puedo reposar en la confianza y el amor de Cristo, Señor y Esposo de la Iglesia; y en la intercesión de la Virgen Santísima, a la que invoco de corazón. No deseo caer en la pretensión de tener la razón en la crítica que no puedo menos que hacer, aunque las declaraciones y los hechos reseñados crévent mes yeux  me producen un dolor amargo, que inducen a pensar y a juzgar. ¡Que el Señor tenga piedad de nosotros, y alivie la duración de este “tiempo peligroso” que vivimos! Insisto en lo que observo al comienzo de esta nota: asombro, desconcierto, preocupación: ¿qué otros sentimientos podría suscitar el extraño fenómeno de apalear a los verdaderos católicos, y acariciar a los herejes? Nuestra sencilla gente de campo diría: “cosa ´e mandinga”; el “humo de Satanás que por una rendija se ha metido en la Casa de Dios”, según confesaba un desengañado Pablo VI.

 

Buenos Aires, martes 3 de mayo de 2022.

Fiesta de los Santos Felipe y Santiago, apóstoles.-

 

Mons. Héctor Aguer es Arzobispo Emérito de la diócesis de La Plata. Fue nombrado Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, así como Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro, y finalmente Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

 

 

El progresismo eclesial hoy (respuesta a una amiga)

El progresismo eclesial hoy (respuesta a una amiga)

Por Juan Carlos Monedero (h)

La tarde de un sábado otoñal caía cuando una amiga preguntó qué significa ser progresista.

El sentido del término no es tan sencillo como puede parecer a primera vista. Lo primero que nos vino a la mente es que “progresismo” puede querer decir distintas cosas, según se utilice en el campo de la Iglesia Católica o en terreno de la cultura y el periodismo en general. Puesto que nuestra amiga buscaba conocer el significado en el primer caso, le dimos la siguiente respuesta que compartimos aquí con el lector.

Pablo VI fue uno de los primeros en usar el término progresismo[1], caracterizándolo como una amenaza presente en las entrañas mismas de la Iglesia. Por tanto, se refería a un mal que sin dudas estaba relacionado con la esfera eclesiástica. O como dicen hoy algunos, eclesial.

Dado que los progresistas son más bien huidizos en sus afirmaciones, mejor que una definición vale una caracterización: sus ideas no se dejan atrapar en conceptos claros y definidos. Son el resultado de prácticas que se incorporan mas bien por costumbre y por imitación.

El progresismo es la continuación de la herejía modernista, condenada por San Pío X a comienzos del siglo XX en su famoso documento llamado Pascendi. Y al igual que en aquellos días, existen en la actualidad victimarios y víctimas. En efecto, abundan personas formadas o deformadas por años de conductas de marcado talante antropocéntrico que les han impuesto desde arriba, como pasaremos a detallar enseguida.

Entre los victimarios, las reglas no escritas constituyen consignas claras e innegociables, transmitidas en las parroquias y en los seminarios de generación en generación: rendición incondicional para la Tradición Católica.

Los progresistas, a quienes también llamaremos “progres”, se caracterizan por combatir la sotana. No incentivan el rezo del Rosario, ni el estudio del Catecismo, ni las devociones. Rechazan el órgano de tubos en la liturgia –el instrumento propio del culto cristiano en Occidente[2]– mientras imponen despóticamente la guitarra, la pandereta, entre otros instrumentos profanos. Odian el latín y buscan expulsarlo de la liturgia, así como fomentan los aplausos en Misa (desconociendo la clarísima advertencia del entonces Cardenal Ratzinger al respecto).

Propician un falso ecumenismo, que no procura la conversión. No distinguen entre un espacio sacro y un espacio profano. Reniegan de todo contenido bélico en la doctrina católica: no hay enemigos, sólo personas de buena intención equivocadas. Intentan mitigar la resistencia frente a las leyes anticristianas.  Otorgan poca importancia a la misa individual y diaria, y tienen una preferencia por lo comunitario. Por lo general, desprecian agriamente y con marcada aversión las formas tradicionales.

CruxSancta: Sobre los aplausos en la liturgia

En los años 60’, los progres combatían el pensamiento aristotélico tomista, dando preferencia a la pseudo teología de Teilhard de Chardin[3]. Los progresistas odian a los fieles que se apegan a la ortodoxia católica. En aquellas décadas, el teólogo progre promedio oponía dialécticamente la Patrística con la Escolástica. En la actualidad son más astutos: repiten la letra de Santo Tomás de Aquino pero distorsionan su espíritu.

Los progres inflan las excepciones para hacer caer las reglas, pretenden disolver las afirmaciones absolutas invocando ejemplos extremos y retorcidos. Celebran la liturgia como si no hubiese instrumentos propiamente sagrados. Convierten la misa en un carnaval, sin seriedad. Los catequistas progres hablan de Cristo como “el flaco”, “uno más, como cualquiera”, “uno como nosotros”. Hablan sin expresar la reverencia debida y son reacios a enfatizar Su Divinidad. El mismo trato recibe la Virgen María. Las imágenes que un progresista prefiere para las estampitas son melifluas: hay que desdramatizar –dicen– la fe católica, por eso pretenden remover del alma del fiel cualquier vestigio de marcialidad. Se alimenta una psicología religiosa infantil en los adultos.

Cuando tiene autoridad, el progre presiona psicológicamente a los fieles para no rezar en latín, para no comulgar de rodillas, forzando la comunión en la mano; detesta las oraciones que habla del Triunfo de Cristo sobre el mundo. Este tipo de oraciones que consagran la Victoria Final de Nuestro Señor son tildadas con el mote de ‘triunfalismo’, y las desprecia profundamente.

El progre resta importancia a la contemplación, prefiere la acción. A veces, invoca la oración pero sólo para desmovilizar acciones contundentes de sus hermanos católicos, a los que no teme en calificar de “integristas” y con los cuales practica una intolerancia digna de mejor causa. Es abierto, paciente y componedor con cualquier idea anticristiana pero amargo, duro y hasta cruel con los católicos (a los que él llama) tradicionalistas. Distorsiona la pastoral hasta hacerle decir lo contrario a la doctrina: sin cuestionarla abiertamente, la socava con conductas. Invoca la caridad siempre, pero no actúa como si amara la verdad. Es mucho peor que un enemigo declarado.

El progre es obsecuente con la jerarquía, aunque evita seguir sus pasos cuando las autoridades eclesiásticas proponen, indican o mandan algo en línea con la ortodoxia católica. No le gusta actuar abiertamente, se esconde detrás de pretextos o dilaciones porque en el fondo tiene conciencia del mal que está haciendo: atenúa la doctrina “para que la gente no se vaya de la Iglesia”, suaviza los conceptos “para que no choque” y evita calificar el aborto como asesinato “para no ser negativo y que la gente deje de escucharnos”.

Los progresistas no hablan del Infierno y en los casos más extremos lo minimizan o incluso algunos de sus “teólogos” lo niegan, al igual que la existencia del demonio. Los milagros de Cristo no son milagros, el progre por lo general es racionalista y –en ambientes donde no teme ser cuestionado– reconoce que pretende desmitificar el Evangelio de supuestos añadidos legendarios.

Los progres forjan sin escrúpulos alianzas con izquierdistas y, en los últimos años, con abiertos promotores de la ideología de género (por ejemplo, el Padre James Martin SJ); los menos comprometidos les manifiestan una tímida simpatía pero nunca fallan en obstaculizar a los católicos que se oponen a las agendas anticristianas. Los más cómodos simplemente hacen de cuenta que estas ideologías no existen, favoreciendo su avance. En los años 70’, Carlos Alberto Sacheri denunció –a través del libro “La Iglesia Clandestina”– los elementos progresistas dentro del clero, con nombre y apellido. Muchos estudiosos creen que Sacheri fue asesinado por el terrorismo marxista a causa de este libro.

En una palabra, el resultado de la pastoral progresista está a la vista: bautizados de inteligencias extraviadas y sensibilidades sin quicio.

Sin embargo, la descripción del progresista no se agota aquí puesto que el progresismo no es una doctrina nítidamente definida y compacta. Hay progres que tienen algunas y no otras características, a veces en franca contradicción. Hay progres abiertamente provida pero engañados por décadas de manipulación de los sentimientos. Conocemos sacerdotes progres que, paradójicamente, son devotos de la Virgen María. Sin embargo, en general, suelen ser anti marianos. Y tampoco son simpatizantes de las imágenes: en los años 60’ las destruían sin titubear. Hoy promueven iconos dulzones, aptos para hombres y mujeres light.

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El Padre Castellani decía que se podía reconocer al progresista porque éste nunca hablaba del Fin del Mundo o del Juicio Final de Cristo: como si fueran asuntos respecto de los cuales nada tiene para decir. Finalmente, el Padre Meinvielle –en su libro “El progresismo cristiano”– amplía esta descripción de manera notable, y señala el error fundamental del Progresismo: rechazar el concepto de Ciudad Católica. Al hacerlo, se ven obligados a aceptar la ciudad laicista, liberal, socialista o comunista de la Modernidad, a la que intentan volver aceptable rociándola con agua bendita.

 

[1] “las riquezas de las tradiciones religiosas se hallan amenazadas de disminución y de ruina, amenazadas no sólo del exterior sino también del interior; en la conciencia del pueblo se modifica y se disuelve la sana mentalidad religiosa y la tradicional fidelidad a la Iglesia… La fe de San Ambrosio, la herencia de San Carlos, el esfuerzo apostólico de los últimos Arzobispos, aparecen comprometidos, no tanto por la usura natural del tiempo, cuanto por algún cambio radical e irresistible que sustituye a la concepción de la vida de nuestro pueblo, otra concepción que no se puede definir, sino con el término ambiguo de progresista; ella no es ya ni cristiana ni católica”. Mensaje a los católicos de Milán, 15 de agosto de 1963.

[2] Cfr. https://bit.ly/3u40TwF

[3] Para una crítica de Teilhard, recomendamos el comentario del Padre Olivera Ravasi al trabajo del Padre Julio Meinvielle. Cfr. https://bit.ly/3uUMNwK

El Papa Francisco y su visión de la guerra – Por Mario Caponnetto

El Papa Francisco y su visión de la guerra

Por Mario Caponnetto

 

Desde que se inició el conflicto entre Rusia y Ucrania el Papa Francisco viene desarrollando una intensa actividad en pro de la paz. En principio, tal esfuerzo no puede sino merecer el elogio de quienes aspiramos a que la paz vuelva a reinar en esa tierra hoy arrasada por la guerra, el dolor y la muerte. No obstante, no podemos dejar de señalar la perplejidad que nos producen ciertas declaraciones del Santo Padre que revelan, a nuestro juicio, una visión de la guerra (nos referimos a la guerra en general, no a esta guerra en particular) que se aleja visiblemente de la visión católica de este singular fenómeno que acompaña al hombre desde su caída.

En efecto, Francisco ha insistido en varias ocasiones en sostener que toda guerra es injusta y que se trata de un hecho siempre repudiable y condenable. A decir verdad, no es el primero en afirmar esta tesis; como se recordará, Juan Pablo II también, en su momento, habló de “el fenómeno siempre injusto de la guerra”. No obstante, el Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado por el propio Juan Pablo II, reconoce y reafirma la doctrina tradicional de la guerra justa en todo de acuerdo con lo que han enseñado siempre los grandes Doctores de la Iglesia (Catecismo de la Iglesia Católica, número 2309).

Pese a ello, Francisco insiste, una y otra vez, en condenar no una guerra sino toda guerra. De hecho, en su conversación con el Patriarca de Moscú, Kiril, afirmó taxativamente: “En el pasado se hablaba también en nuestras Iglesias de guerra santa o de guerra justa. Hoy no se puede hablar así. Se ha desarrollado la conciencia cristiana de la importancia de la paz” (cf. Vatican News, conversación por videollamada, el 16 de marzo de 2022, entre el Papa Francisco y el Patriarca Kiril).

Al igual que lo que hizo con el tema de la pena de muerte (a la que tildó de “anti evangélica”) el Papa parece querer ahora hacer lo mismo con la noción de guerra justa. Pero se trata de un problema moral; por tanto no depende ni de la época ni de una supuesta “conciencia cristiana” hodierna que, según se desprendería de lo dicho, sería más sensible a la paz que la de los cristianos de otro tiempo. Adviértase la gravedad de este razonamiento: si las cuestiones morales dependieran de la conciencia de cada época, entonces todo fundamento moral objetivo caería eo ipso; henos aquí conducidos al terreno del más craso relativismo moral.

Va de suyo que una cosa es sostener que en la actualidad ninguna de las guerras a las que nos enfrentamos cumple con los requisitos morales de una guerra justa (cosa que, de todos modos, habría que examinar cuidadosamente, caso por caso) y otra muy distinta es suprimir, de un plumazo, una noción moral que ha sido sostenida invariablemente a lo largo de los siglos por la Iglesia. Una vez más asoma el espíritu pretendidamente reformador, en el fondo rupturista, de Francisco para confusión de los fieles y debilitamiento doctrinal del catolicismo.

Pero las cosas han ido todavía más lejos. Al término de la oración del Angelus del pasado domingo 27 de marzo, el Papa volvió a cargar sobre el tema. Reproducimos textualmente sus palabras conforme a la versión oficial de la página web de la Santa Sede. Dijo Francisco: “La guerra no puede ser algo inevitable: ¡no debemos acostumbrarnos a la guerra! Más bien debemos convertir la indignación de hoy en el compromiso de mañana. Porque, si de esta situación salimos como antes, de alguna manera todos seremos culpables. Frente al peligro de autodestruirse, la humanidad comprenda que ha llegado el momento de abolir la guerra, de cancelarla de la historia del hombre antes de que sea ella quien cancele al hombre de la historia” (el destacado es nuestro).

Hemos de confesar que estas palabras nos han azorado. ¿Ha llegado el tiempo en que la guerra ha de ser abolida? ¿Cómo puede ser esto? Al leer estas curiosas declaraciones del Papa nos vino a la memoria el célebre texto de Isaías, capítulo 2, versículo 4, donde el Profeta advierte que llegará un tiempo en que los hombres no se adiestrarán más para la guerra y harán de su espadas arados y de sus lanzas podaderas, esto es, instrumentos de labranza y de agricultura imagen perfecta de la verdadera paz. Si nos atenemos a la Escritura podemos pensar que el Santo Padre está anunciando la inminente llegada de ese tiempo venturoso. Pero, por desgracia, no es así.

Veamos el pasaje de Isaías en el contexto de los versículos que lo preceden: He aquí lo que vio Isaías, hijo de Amos, acerca de Judá y Jerusalén: Acontecerá en los últimos tiempos que el monte de la Casa de Yahvé será establecido en la cumbre de los montes, y se elevará sobre los collados; y acudirán a él todas las naciones. Y llegarán muchos pueblos y dirán: “¡Venid, subamos al monte de Yahvé, a la Casa del Dios de Jacob! Él nos enseñará sus caminos, e iremos por sus sendas”; pues de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Yahvé. El será árbitro entre las naciones, y juzgará a muchos pueblos; y de sus espadas forjarán rejas de arado, y de sus lanzas hoces. No alzará ya espada pueblo contra pueblo, ni aprenderán más la guerra (Isaías, 2, 1-4; citamos según la versión española de Monseñor Straubinger).

Está claro que el Profeta anuncia un tiempo de paz duradera. Pero la pregunta que debemos hacernos es ¿cuál es ese tiempo? No presumimos ni de biblistas ni de exégetas. ¡Nos libre Dios de tamaña pretensión! Apenas si nos acompaña el sensus fidei de cualquier bautizado de a pie. Por eso acudimos, humildemente, a los que saben, a los doctos. En primer lugar, las notas que al pie de este texto trae la misma versión de Straubinger. Leemos allí: “En los últimos tiempos, o, en los días postrimeros (Bover-Cantera). Cf. Miqueas 4, 1-3; I Corintios 10, 11 y nota. En el lenguaje de los profetas se refiere este término a los tiempos mesiánicos y escatológicos en que el monte de la Casa del Señor, el Sión, resplandecerá con nueva luz. «La elevación aquí predicha, figura la gloria futura de Sión en los últimos tiempos, cuando el Dios allí adorado, fuere reconocido como Dios de toda la tierra» (Crampón). De Sión saldrá la Ley: Cf. la palabra de Jesucristo: la salvación procede de los judíos (Juan 4, 22)”.

Más abajo continúa: “No se han cumplido todavía estos vaticinios sobre la paz perfecta. «La realización completa no tendrá lugar, sino en la consumación de los tiempos, porque en esta tierra, donde el mal subsistirá siempre al lado del bien, no se puede buscar un cumplimiento perfecto» (Fillion). Cf. Mateo 13, 24-43. Entretanto tenemos que esperar hasta que se cumpla el deseo del salmista: «Dispersa, oh Dios, a los pueblos que se gozan en las guerras» (Salmo 67, 31). La actual búsqueda excesiva de la paz entre las naciones y los continuos pactos de seguridad son una señal de que no hay paz, pues la tan deseada paz mundial no podrá realizarse sin la sumisión y obediencia a la ley divina”.

Estas dos notas esclarecen el texto sagrado. Pero nos ha parecido oportuno consultar al Doctor Angélico. En su comentario del Libro de Isaías, dice el Aquinate que lo que el Profeta ha oído de Dios es que se trata  de los días novísimos, esto es, del tiempo de gracia que se llama el tiempo de los novísimos o tiempos postreros (cf. Super Isaiam, caput II, v 1-4). Más adelante distingue entre los efectos de la paz, el signo de la paz  y el fruto de la paz. Los efectos corresponden al juicio del Rey que juzgará a muchos pueblos a los que dará su ley corrigiendo los pecados. El signo de la paz viene representado en la conversión de los instrumentos de la guerra en los instrumentos del cultivo del agro. Finalmente, el fruto de la paz es la remoción o abolición de las guerras, allí donde dice: No alzará ya espada pueblo contra pueblo, ni aprenderán más la guerra (cf. ibídem). El Santo Doctor pone todavía una objeción, a saber, que después de este anuncio hubo muchas guerras; a lo que responde con estas palabras sencillas y cargadas de enorme significado: “se ha de decir que se refiere a la paz hecha por Cristo que se cumplirá en el tiempo futuro” (cf. ibídem).

No resulta difícil advertir que no es este tiempo nuestro el que anuncia el Profeta ni, menos aún el que parece estar en la mente del Papa. No hay en sus palabras ni el menor atisbo de un sentido mesiánico ni escatológico, ni un llamado a la conversión, ni una urgente convocatoria a reconocer a Cristo como el Rey de las naciones. Por el contrario, el Papa se vuelve a los responsables políticos a los que llama a detener las armas.

Pero, ¿pueden, acaso, estos responsables políticos en su inmensa mayoría apartados de Dios cuando no expresamente enemigos de Cristo, lograr la paz sin siquiera el menor asomo de una conversión? Es a esta conversión, a este retorno a Cristo, y no a una paz utópica, a lo que debiera dirigirse con toda su fuerza la palabra del Vicario de Cristo. Su voz tiene que ser la voz de Cristo, firme, clara, sí, sí, no, no. De lo contrario no será otra cosa que una voz más en el concierto de la vacua vocinglería del mundo.

Bergoglio contra la Misa Tridentina. Los católicos fieles responden

Bergoglio contra la Misa Tridentina.

Los católicos fieles responden

Hace varios días, el Papa Francisco publicó un nuevo documento en donde restringe resueltamente la celebración de la Misa Tridentina, una de las joyas de tradición católica de Occidente.
Esta reciente medida viene generando una cascada de reacciones en todo el mundo. A las pocas horas de conocerse, el Arzobispo de San Francisco (EE.UU.) sostuvo que continuará celebrando la Misa Tridentina[1]. Unos días antes, se había filtrado que el Papa tenía pensado limitar este rito, y Mons. Schneider se anticipó diciendo que eso sería “un abuso de poder”[2]. Entrevistado por Diana Montagna, luego de haberse conocido la medida, Schneider afirmó que Francisco parece “un pastor que, en lugar de tener olor a sus ovejas, las golpea furiosamente con un palo”[3].
El Padre Francisco José Delgado (sacerdote diocesano licenciado en Filosofía y Teología, párroco en Lominchar y Palomeque, Toledo, España) escribió: “El Papa no puede cambiar la Tradición por decreto ni decir que la liturgia posterior al (Concilio) Vaticano II sea la única expresión de la lex orandi en el Rito Romano”. Además, agregaba el sacerdote: “Como eso es falso, la legislación que brota de ese principio es inválida y, de acuerdo con  la moral católica no debe ser observada, lo cual no implica desobediencia”. El tuit fue retirado[4]. Sin embargo, su contenido puede leerse aquí[5].
Recientemente, cabe mencionar las declaraciones de Rob Mutsaerts, obispo auxiliar emérito de Hertogenbosch, Holanda:
“El Papa Francisco pretende ahora que su motu proprio corresponde a un desarrollo orgánico de la Iglesia, lo que contradice totalmente la realidad. Al hacer prácticamente imposible la Misa en latín, acaba rompiendo con la antigua tradición litúrgica de la Iglesia Católica Romana. La liturgia no es un juguete de los papas; es patrimonio de la Iglesia. La Misa Antigua no se trata de nostalgia o gusto. El Papa debe ser el guardián de la Tradición; el Papa es un jardinero, no un fabricante”[6].
Por qué el ataque a la Misa Tridentina
Muchos católicos consideran como asunto secundario la forma en que se celebra la Misa, y reducen el asunto a una cuestión de idioma o preferencias estéticas. Pero el tema es mucho más complejo. Como enseñan los teólogos, se reza lo que se cree: lex orandi, lex credendi. El rito que se profesa es una forma de lenguaje, al igual que los sonidos que emitimos con la garganta. Por otra parte, los textos de la Misa Tridentina contienen un formidable contenido teológico de enorme profundidad.
Se trata de una rúbrica confeccionada en el marco del Concilio de Trento, a los fines de unificar la pluralidad de ritos existentes y presentar un frente común a la herejía protestante, el principal desafío de la Iglesia Católica en esos momentos. Por ejemplo, en la ciudad de Toledo, España, se celebraba únicamente el rito mozárabe. San Pío V tomó entonces el rito que se celebraba en Roma –el dámaso gregoriano, que databa del siglo IV– y lo universalizó para toda la Iglesia. Sin embargo, mantuvo vigentes los ritos de más de 200 años de antigüedad, suprimiendo los de más reciente aparición.
Por este valor simbólico del rito tradicional (solemne declaración de principios, enérgica respuesta a la Reforma Protestante, pieza clave de la tradición católica durante siglos), a partir de los años 60’ y 70’ –época a la que se llama “el posconcilio” por venir luego del Vaticano II (1962-1965)– cardenales, obispos, párrocos y teólogos progresistas persiguieron y hostigaron no sólo a los sacerdotes que celebraban la misa tridentina sino también a los fieles que asistían a ella. Odiaban el rito tradicional porque impulsaban una pseudo teología católica que ya no se definía contra las herejías, y coquetearon tanto con el protestantismo como también con lo más nefasto de la filosofía contemporánea.
La presión de estos jerarcas tuvo lugar a través de la tortura psicológica y moral, forzando a los fieles a secundar órdenes infames bajo el ropaje de “virtud de la obediencia”. En este contexto, suprimir la Misa Tridentina era un objetivo fundamental del proyecto de los progresistas de cambiarle la cara a la Iglesia Católica: por estos motivos criminalizaron la misa surgida al calor de la Contrarreforma. Pocos sectores tradicionalistas conservaron este rito, y a la cabeza de ellos estuvieron los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Mons. Lefebvre el 1 de noviembre de 1970.
Todo esto ocurrió durante el pontificado de Pablo VI y la tendencia fue revertida lentamente con Juan Pablo II y, sobre todo, con Benedicto. Se llegó a tal nivel de persecución que la misa tridentina, al menos de facto, fue suprimida en la casi totalidad de las diócesis. Por estos motivos, en Summorum Pontificum, Benedicto XVI retoma lo que Juan Pablo II había dicho en su Quatuor abhinc annos –donde se permitía la misa tradicional–, además de relanzar las conclusiones de varios cardenales que en 1986 determinaron que el rito tridentino no había sido abolido nunca y que los obispos no pueden prohibir a los sacerdotes que lo celebren. Fue un importante avance que Juan Pablo II estableciera una comisión integrada por estos cardenales (Ratzinger entre ellos), dictaminando que el rito aprobado por San Pío V jamás había sido derogado y que tampoco podría serlo.
Más aún, en su Mensaje a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, 21 de septiembre de 2001, Juan Pablo II afirmó:
“En el Misal Romano, llamado ‘de S. Pío V’, como en varias liturgias orientales, hay hermosas plegarias con las cuales el sacerdote expresa el sentido más profundo de la humildad y la reverencia ante los misterios sagrados. Estas plegarias revelan la sustancia propia de cualquier liturgia”.
En el prefacio de un libro sobre liturgia, 2004, el entonces cardenal Ratzinger escribió:
El Papa no es un monarca absoluto cuya voluntad es la ley; más bien, es el guardián de la Tradición auténtica (…) Su gobierno no es el de un poder arbitrario, sino el de la obediencia en la fe. Por eso, con respecto a la liturgia, tiene la tarea de un jardinero, no la de un técnico que construye nuevas máquinas y tira las viejas a la basura. (…) el rito es un don que se da a la Iglesia, una forma viva de parádosis, la transmisión de la Tradición”[7].
Con esta medida de Francisco, estamos ante una bofetada no sólo a Benedicto XVI y a Juan Pablo II sino a todos los fieles que lucharon esforzadamente por la misa tradicional durante décadas, como así también a los que asistimos a misa tradicional.
Si es verdad que rezamos lo que creemos, precisamente porque los progresistas no creían lo mismo que se creyó siempre, no querían rezar eso. Porque, además, la lex orandi determinaba la lex credendi y generaba una cierta lex vivendi: una forma de vivir según los ritmos de la liturgia, y todo esto iba conformando una psicología propia del católico tradicional. Además, como en el imaginario público la misa tridentina está asociada al tradicionalismo –calificado despectivamente de integrismo, reacción, fanatismo, etc.– ningún sacerdote progresista deseaba celebrarla: no sea que se “contaminen”.
Un odio que viene de lejos
 
Lo cierto es que –con este documento, denominado Traditionis Custodes– Francisco reaviva el odio de los progresistas contra la tradición católica, estableciendo “de derecho” un modus operandi que, en la práctica, ya estaba llevando a cabo en la Iglesia: la obstaculización de la Misa Tridentina.
Como cardenal de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio puso numerosas trabas a la aplicación del Sumorum Pontificum: mientras el cardenal –en los papeles– cumplía con el Papa entonces reinante, socavaba sus decisiones en el terreno de los hechos. Dispuso solamente dos parroquias para celebrar el rito tridentino: Nuestra Señora del Carmen, calle Rodríguez Peña esquina Av. Córdoba; y la cripta de la parroquia San Miguel Arcángel, calle Bartolomé Mitre esquina Suipacha, ambas de la Ciudad de Buenos Aires.
En el resto de la diócesis, los párrocos no habilitaron la misa tridentina. Así, por ejemplo, este rito fue prohibido en la parroquia San Pablo Apóstol (barrio de Colegiales), donde se celebró unas semanas.
Por otra parte, el sacerdote Ricardo Dotro –encargado de celebrar en la parroquia San Miguel Arcángel– mortificaba a las personas que comulgaban de rodillas, instaba a los asistentes a realizar los movimientos más rápido, molestaba su concentración, incorporaba al rito tridentino elementos del rito moderno, entre otras acciones. En entrevistas que le hicieron, afirmaba que la autorización dada servía para empujar a los “retrasados” en “el avance de la Iglesia”, y que celebraba la misa por “pura compasión”. Era habitual que se le acercara gente a felicitarlo por celebrar la misa tridentina, pero él les negaba el saludo. A un grupo de asistentes le dijo que lo hizo “por obediencia al cardenal” pero que era “una carga insoportable”. Dotro además forzaba a que los laicos leyesen las lecturas, cuando en el rito tridentino corresponde al sacerdote. De todo esto hay testimonios.
Ahora Bergoglio, desde la silla petrina, despliega ya sin disimulo y con ropaje jurídico una conducta que –en realidad– hace años llevaba aplicando.
Esta medida empuja a los fieles tradicionales a asistir al rito Novus Ordo Missae, que en la mayoría de casos –en la Argentina y en el mundo– viene acompañada de infinitos abusos litúrgicos y hasta sacrilegios; al limitarse las misas tridentinas los fieles serán llevados a asistir a las celebraciones en las condiciones en que se vienen realizando.
Se trata, por tanto, de un hostigamiento con olor a oveja, realizado por “el papa de la misericordia”: no son los pajarracos feministas, no son los comunistas de hoz y martillo, no es la izquierda con sus bombos, no son los jacobinos franceses con la guillotina. Es algo mucho peor: es la persecución de vestido blanco, la consumación de un plan trazado contra la liturgia católica que nos remonta cincuenta años en el pasado, manifestando un odio verdaderamente demoníaco.
Por este motivo, aunque el pontificado de Bergoglio sin dudas es anticristiano, el problema litúrgico no empezó en el 2013. Hace más de cinco décadas que se ha vuelto común la arbitrariedad de los jerarcas. Con honrosas excepciones que conocemos y valoramos, los párrocos y los obispos han sido cómplices por acción u omisión. Es un hecho que, por la fuerza, sin derecho y contra el derecho, se quiere suprimir la misa de la tradición católica. Grandes inteligencias, como el padre Leonardo Castellani, fustigaron este despotismo que pinta la idiotez del subordinado como una virtud, y que retrata la resistencia a las medidas injustas como acto de soberbia.
Prohibir la misa tridentina es un clarísimo mensaje –por si faltaba– que no hace falta explicitar, pero que no obstante conviene hacerlo: Francisco está desautorizando la lucha contra la herejía, está atacando lo mejor de Trento, arremetiendo contra la Tradición bajo pretexto de que limita un rito, empujando a los fieles a que asistan al triste, irreverente y patético cambalache en que se ha convertido –en infinidad de casos– la Misa Nueva.
Pachamama sí, Misa Tridentina no
Los grupos de fieles afectos a la liturgia tradicional son de los más vivos de la Iglesia hoy. Por el contrario, los grupos de bautizados progresistas atraviesan largos años de infertilidad. Sin embargo –y en paralelo con el cierre del seminario de San Rafael, Mendoza (Argentina), el más fecundo del país–, el Papa Francisco intenta pisarle la cabeza a los tradicionalistas. Otra vez. Pretende aplastar justamente al grupo que está creciendo. Mientras tanto, con los grupos más estériles de la Iglesia (que rechazan la fe y la tradición católica) se tiene una “paciencia” infinita.
Enfoquemos aquí: miles de sacerdotes y obispos vienen declarando públicamente barbaridades sin que ese comportamiento tenga consecuencias. Un integrante de la Pontificia Academia para la Vida rechaza la Humanae Vitae y la doctrina moral sobre la vida[8], y pretende “reevaluar” la calificación de las relaciones homosexuales[9]; el P. James Martin rechaza el catecismo[10] y es felicitado públicamente por Francisco[11]; los sacerdotes alemanes bendicen lo que Dios reprueba sin consecuencias[12], la mitad de los obispos norteamericanos da la comunión a los políticos abortistas[13].
Los luteranos comulgan en misas católicas[14], los políticos aborteros como Alberto Fernández pueden comulgar[15], pero los tradicionalistas no pueden asistir a la Misa Tridentina. Como si fuese poco, Bergoglio escribe –a modo de justificación– que quienes desean participar en la liturgia antigua crean divisiones. Bergoglio no quiere tradicionalismo en la Iglesia: cualquier otra cosa, sí.
La autoridad, el mando y la justa orden
Esta medida alimentará la confusión ya existente en torno al legítimo ejercicio de la autoridad. Los malos teólogos enseñan que el subordinado sólo debe rehusarse a obedecer órdenes manifiestamente injustas: “le ordeno que mate a ese inocente”; “le ordeno que le robe a tal persona tal cosa”. Sin embargo, una orden teóricamente legítima puede ser ilícita si sus efectos previsibles son nefastos, aunque el objeto de la medida no sea desordenado per se.
Por ejemplo, aunque el obispo tenga formalmente el derecho, puede constituir una medida deshonesta poner su mejor teólogo al frente de una parroquia donde apenas dos personas asisten a misa, en vez de permitirle predicar a cientos de feligreses en otro lugar más concurrido. Cosa que Bergoglio hizo cuando era cardenal, por ejemplo, con el padre Martín Poladian, eximio teólogo que terminó como párroco de una iglesia a la que asistían dos feligreses, luego de haber dado sermones ante varios centenares en la Basílica de San José de Flores, una de las más grandes y bellas de Buenos Aires.
Por parte del subordinado, no existe obligación de obedecer órdenes que estén fuera de la competencia de la autoridad: el mando que el jefe recibe le viene dado para cumplir con los fines de su misión y quien manda sólo tiene competencia para ordenar en cuanto al cumplimiento de esos fines. No puede impartir órdenes inmorales así como tampoco dictar normas por enemistad manifiesta (ya sea hacia personas en particular o hacia la Iglesia en general).
En este sentido, aunque la nueva normativa está dentro de la competencia del Papa, es importante preguntarnos si acaso la enemistad manifiesta de Francisco para con la Tradición Católica la volvería nula. En efecto, existen sobrados indicios de rechazo hacia los fieles y sacerdotes más tradicionales durante este pontificado. Por otro lado, es palmaria la carencia de argumentos sólidos para restringir la misa tridentina: se señala a los cristianos que prefieren la liturgia tradicional como responsables de las restricciones que Francisco aplica a la misa tridentina. Ahora son ellos, no el Papa Francisco, los responsables de las limitaciones del rito tradicional: habrían malversado el privilegio dado por Benedicto.
¿Desde cuándo se puede suprimir el uso de un rito porque quienes lo practican supuestamente sean de una forma u otra? ¿Qué tipo de criterio es éste? ¿No es evidente que estamos ante una típica falacia ad hominem?
Con Traditiones Custodes se da a entender que la finalidad de Benedicto XVI era únicamente atender a los deseos de algunos nostálgicos, como un gesto de mera “magnanimidad” para con ellos, como si se tratara de un privilegio sujeto a la condición de buen comportamiento. Así, el argumento de Bergoglio para limitar la misa tradicional es que quienes la frecuentan son mala gente.
Siguiendo este razonamiento, entre los que asisten al Novus Ordo hay egoístas, envidiosos, mentirosos, adúlteros, estafadores, explotadores de empleados, cobardes, trepadores, obsecuentes. ¿Habría que restringir el Novus Ordo por estos motivos?
¿Nos damos cuenta de que es un planteo sin sentido? Los motivos que explican esta limitación son ideológicos, no una defensa de la fe ni de la doctrina.
El documento de Francisco por el cual contradice a Benedicto XVI, imponiendo más restricciones a la Misa Tridentina, lleva el tramposo título de Traditionis Custodes. El nombre es exactamente lo contrario de lo que el documento significa, porque lejos de custodiar la tradición lo que en realidad hace es mancillarla: otro recurso de la Guerra Semántica.
Así, Francisco –poniéndose por encima de Benedicto y de la tradición– determina que el rito tradicional no forma parte de la liturgia de la Iglesia Católica, puesto que, según él, la lex orandi de la Iglesia sólo se expresa en el Nuevo Misal.
Para fundamentar esta decisión de establecer el Rito Nuevo como única expresión de la lex orandi, Francisco dice que San Pío V abrogó en el siglo XVI los ritos que no tuvieran más de doscientos años de antigüedad. Sin embargo, la misa tridentina posee al menos cinco siglos de antigüedad, y numerosos elementos de ella se remontan incluso más atrás en el tiempo. Es patente que Bergoglio concluye lo contrario a su propio argumento.
Cabe enfatizar, además, que las leyes o normas irracionales no son propiamente leyes: si se pretende hacer del ad hominem una ley, entonces se sanciona un prejuicio. Obedecer o dar nuestro consentimiento a esta medida significa –en palabras brillantes de Juan Manuel de Prada[16]– pedirnos que al entrar en la iglesia nos quitemos no sólo el sombrero sino también la cabeza.
Ni nuestra fe ni la virtud de la obediencia ni la caridad nos pueden exigir que nos quitemos la cabeza. Sin embargo, dice de Prada, “esto, exactamente esto, es lo que me acaba de pedir Bergoglio”. Y explica: “Soy católico y no puedo ser irracional. No puedo aceptar una cosa y la contraria; no puedo dividir en dos mi cabeza. No puedo obedecer indicaciones contradictorias, como si fuese un cadáver o un robot que responde a impulsos eléctricos”. Y por lo tanto:
“La obediencia no puede asentir a algo absurdo, no puede someterse a mandatos contradictorios por ahorrarse disgustos o complicaciones. El Dios en el que creo es Logos; y por lo tanto no puede pedirme que me quite la cabeza. El ‘motu proprio’ de Bergoglio me lo pide y no pienso hacerlo”.
Prudencia, obediencia y resistencia a la autoridad
 
La prudencia es la regla maestra. De ahí que sea posible dejar de obrar ciertas cosas buenas y esto porque –según las circunstancias– un acto bueno puede generar un mal. Ejemplo: devolver lo robado es algo bueno, pero si se robó un arma y su dueño ha perdido la razón, no debe devolverse. Lo mismo pasa aquí en torno a la autoridad: aunque obedecer sea bueno en general, en este caso particular sería nefasto. Este documento del Papa Francisco es una muestra de profunda enemistad hacia los fieles tradicionales y, por lo tanto, no obliga en conciencia.
Esperemos que sean muchos los sacerdotes y obispos que tengan la santa audacia de resistir esta medida. El deber de la jerarquía es guardar celosamente la verdad, custodiar la tradición, preservar la Palabra de Dios, y todas estas obligaciones se cumplen con la transmisión y la celebración de la Misa Tridentina. La misa de siempre es un excelente medio para cumplir los fines propios del sacerdocio. Esta medida del Papa, como muchas otras de idéntico espíritu anti tradicional, constituye el nervio de algo que no sólo podemos sino que debemos combatir.
Los sacerdotes y los fieles deben desobedecer a Francisco. El pecado no sería celebrar la misa tridentina. El pecado sería dejar de rezarla porque eso le da más poder al hombre que tiraniza la Iglesia desde el 2013: Jorge Mario Bergoglio. Es la hora de la santa desobediencia, la cual, en realidad, es la obediencia a un principio superior. El Papa no puede cambiar la Tradición por decreto, tanto como no puede limitar el rezo del Padrenuestro, el Avemaría o el Gloria. No es el monarca absoluto, debe ser el custodio de la tradición. La medida es abusiva, y una medida contra el bien común de la Iglesia es nula.
Esto nos lleva al punto de si un pontífice puede ser resistido legítimamente. Nos limitaremos a reproducir las afirmaciones de grandes teólogos:
“Pedro no necesita nuestra adulación. Aquellos que defienden ciega e indiscriminadamente cada decisión del Sumo Pontífice son los que menoscaban la autoridad de la Santa Sede: destruyen, en lugar de fortalecer sus cimientos” (Melchor Cano);
“si el Papa con sus órdenes y sus actos destruye la Iglesia, se le puede resistir e impedir la ejecución de sus mandatos” (Francisco de Vitoria);
“Si el Papa dictara una orden contraria a las buenas costumbres, no se le ha de obedecer; si tentara hacer algo manifiestamente opuesto a la justicia y al bien común, será lícito resistirle; si atacara por la fuerza, por la fuerza podrá ser repelido” (Francisco Suárez);
“Usted debe resistir de frente a un papa que abiertamente desgarra la Iglesia, por ejemplo, al rehusar conferir beneficios eclesiásticos, excepto por dinero o intercambio de servicios… caso de simonía, que aun cometido por el papa, debe ser denunciado” (Tomás Cardenal Cayetano);
“habiendo peligro próximo para la fe, los prelados deben ser argüidos, inclusive públicamente, por los súbditos. Así, San Pablo, que era súbdito de San Pedro, le arguyó públicamente” (Santo Tomás de Aquino);
En respuesta a la pregunta: “¿Qué debe hacerse en casos en que el Papa destruya la Iglesia con sus malas acciones?: Ciertamente pecaría; tampoco se le debería permitir actuar de tal forma, ni debería ser obedecido, en lo que fuera malo, pero debiera ser resistido con cortés reprensión (.)… Él no tiene el poder para destruir; por lo tanto, si hay evidencia de que lo está haciendo, es lícito resistirlo. El resultado de todo esto es que si el Papa destruye la Iglesia con sus órdenes y sus actos, puede ser resistido y la ejecución de sus mandatos, prevenida. El derecho a la resistencia del abuso de autoridad de los prelados viene de la Ley Natural” (Sylvester Prieras, teólogo dominicano, respondió a las 95 tesis de Lutero);
“Así como es legal resistir al papa si asaltara la persona de un hombre, es lícito resistirlo si asalta las almas o perturba al estado o se esfuerza por destruir la Iglesia” (San Roberto Belarmino).
El conjunto de todas las medidas que el Papa Francisco viene aplicando desde el inicio de este pontificado habilita a los católicos a resistir sistemáticamente no sólo a “Traditionis Custodes” sino también a la persona del Papa, quien ha demostrado sobradamente ser un adversario de la catolicidad de la Iglesia. Por obediencia a Dios, preparémonos para desobedecer a Bergoglio.
[1] Cfr. https://bit.ly/3xi2Vbb
[2] Cfr. https://bit.ly/3i2R78a
[3] Infocatólica reproduce la entrevista aquí: https://bit.ly/3x1IYFi
[4] Cfr. https://twitter.com/padrefjd/status/1415996306292621314?s=21
[5] Cfr. https://bit.ly/2US8AaA
[6] Cfr. https://bit.ly/371aSH1
[7] Prefacio a “El desarrollo orgánico de la liturgia. Los principios de la reforma litúrgica y su relación con el movimiento litúrgico del siglo XX antes del Concilio Vaticano II” por Dom Alcuin Reid, San Francisco 2004. Cfr. en Amazon, https://amzn.to/3i8Wumq
[8] Cfr. https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=31347. Ver también: https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=31497. Y también: https://bit.ly/3iR40RS
[9] Cfr. https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=35809.
[10] Cfr. https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=31323
[11] Cfr. https://bit.ly/3rC4JKI
[12] Cfr. https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=40521
[13] Cfr. https://lat.ms/3x8wbRw
[14] Cfr. https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=40573
[15] Cfr. https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=36917
[16] Cfr. https://bit.ly/2VgIMod

Clero rosa en Brasil: el primado utiliza la Santa Misa para cooperar con el lobby LGBT brasileño

Clero rosa en Brasil: el primado utiliza la Santa Misa para cooperar con el lobby LGBT brasileño

 

El 21 de mayo del 2021, el cardenal Sérgio da Rocha –arzobispo de San Salvador de Bahía y primado de Brasil– celebró una misa “por las víctimas de la LGBTFobia”, así, con esas palabras. Estaban presentes activistas del llamado lobby gay, entre ellos un travesti. La celebración fue transmitida por redes sociales, y se inició con el saludo de este hombre disfrazado de mujer. Después de la comunión, el travesti cantó el Ave María.

ACIDIGITAL revela[1] que esta misa, en estos términos, se realizó a pedido “del Centro de Promoción y Defensa de los Derechos LGBT de Bahía”, así como también de una entidad estatal denominada “Agencia del Departamento de Justicia, Derechos Humanos y Desarrollo Social de Bahía”.

En notas posteriores a la celebración, el fundador de uno de estos grupos llamados pro gay, presente en la misa, sostuvo: “es la primera vez en la historia de Brasil que un cardenal, máxima autoridad de la Iglesia Católica, primado de Brasil, celebra una Misa en memoria del LGBT asesinado”. Si fuese una noble iniciativa, el cardenal hubiese simplemente recordado a las personas injustamente asesinadas, sin enfocar en este engañoso código lingüístico, y ya. Pero no: el cardenal colocó la sigla LGBT como Caballo de Troya. El objetivo que se busca es claro: naturalizar las conductas homosexuales y mover al público a la compasión, en detrimento del juicio crítico.

La presencia en la misa de activistas de género termina de acreditar (por si hubiera dudas) que tuvo lugar un verdadero sacrilegio, por la sencilla razón de que estos saboteadores del sentido común no respaldarían con su presencia un acto verdaderamente religioso.

El cardenal podría ser llamado un “colaboracionista de la agenda de género”, ya que ha puesto como pantalla a la Santa Misa, con lo que compromete nada menos que su autoridad como sucesor de los apóstoles. Es claro el mensaje tácito para el resto de su feligresía y sus subordinados: si el primado lo puede hacer, los párrocos también.

Esta burla al culto y al Sacramento es una puñalada para millones de católicos que, tanto en Brasil como en todas las naciones del mundo, luchan hace años contra la ideología de género. ¿Qué mensaje se le está dando a todos aquellos católicos que procuran establecer la verdad sobre el sexo, rebatir los errores sobre el tema y rescatar a las víctimas de esta ideología, cuya identidad sexual está en peligro?

Ofrecer bajo estos términos la misa constituye –por parte del cardenal Sérgio da Rocha– un escupitajo en la cara, un verdadero ultraje al Rostro de Nuestro Señor Jesucristo y, en segundo lugar, a los católicos. A los efectos de favorecer la ideología de género, el prelado no retrocede ni siquiera ante la majestad del Santo Sacrificio de la Misa: antes bien, la instrumentaliza para legitimar al código lingüístico del enemigo y, con él, propicia la aceptación de la ideología de género, ya que “¿cómo que son gente mala, cómo van a decir mentiras y falsedades, si el mismo cardenal los invita?”. Así razona una persona normal, y esto es lo que ya está pasando en Brasil.

Amparándose en las Escrituras, Santo Tomás de Aquino define el escándalo como dar ocasión de ruina a los demás con palabras o con acciones: inducir a los demás, arrastrando a los otros al pecado, incluso dando mal ejemplo (Suma Teológica II-II, q. 43, art. 1, corpus). Es exactamente lo que ocurre aquí: el cardenal induce a los católicos brasileños a ser complacientes con los enemigos del orden natural y sobrenatural. No es tanto que el cardenal esté promoviendo la conducta homosexual. Sobre todo, está arrastrando a los fieles de la Iglesia –con su mal ejemplo– a que pongan el culto como dócil herramienta de los agentes de la subversión cultural, como si no hubiese una batalla abierta en los colegios, escuelas, universidades, medios de comunicación, leyes. Como si estos agentes no recibiesen millones de dólares para promover la cultura de la muerte, según el buen decir de Juan Pablo II. El culto católico queda, así, al servicio de los activistas de género, quienes también son promotores de la pedofilia, la pornografía, la Educación Sexual Integral.

A pesar de todo lo que venimos relatando, en declaraciones posteriores, el cardenal Sérgio da Rocha no se avergonzó al afirmar que el equipo encargado de organizar la misa “no favoreció la difusión ni el uso ideológico de la celebración”. Pero las acciones no se pueden tapar con meras palabras. Aquel que niega con la boca lo que afirma con los hechos pierde toda credibilidad.

Como no podía ser de otra manera, el cardenal espera críticas: previendo denuncias por parte de católicos fieles, el eclesiástico dice, por un lado, que acepta “las críticas respetuosas, buscando superar los fracasos”. Por otro, “Respondo a las ofensas personales con silencio y oración”. Con esta clara diferencia, adelanta que se dará el lujo de no responder. Adelanta que, si no responde, es porque me ofendieron. El modus operandi detrás de esta aparente dignidad es fácil de decodificar: el cardenal mantendrá silencio respecto de aquellas críticas que no le convenga mencionar, y responderá sólo si le conviene; esto es, ante argumentos enclenques y/o reacciones tibias de quienes teman enfrentarse al primado de Brasil.

Lo más grave de todo es cómo se ha bastardeado las palabras amor y caridad, que se están convirtiendo en instrumentos para volver simpático el pecado y la ideología de género. Finalmente, ha pasado casi un mes y no, el cardenal no fue desautorizado públicamente. Algunos lectores se preguntarán si acaso la inacción del Papa vale como argumento. Al respecto, cabe recordar un principio de la Lógica –y consecuentemente del Derecho– que dice así: “Lo normal se presume, lo anormal se prueba”. Por otra parte, el propio Papa Francisco ha dicho en una ocasión: “Los que hicieron el derecho romano dicen que el silencio es una manera de hablar”. El refranero popular enseña que el que calla otorga. La falta de respuesta es una respuesta.

En Brasil está el efecto, en Roma está la causa. Es allí donde debe mirar la militancia católica: hacia el Papa.

 

Publicado en italiano, sitio de Aldo María Valli.

Ver aquí: https://www.aldomariavalli.it/2021/06/24/brasile-arcivescovo-utilizza-la-santa-messa-per-collaborare-con-la-lobby-lgbt/

 

[1] Cfr. https://www.acidigital.com/noticias/cardeal-sergio-da-rocha-celebra-missa-pelas-vitimas-da-lgbtfobia-83819

¿Hacia un clero “gay”? El Padre Cristian Echeverry Sánchez (Colombia) promueve el sacerdocio para homosexuales – Por Carlos Andrés Gómez Rodas

¿Hacia un clero “gay”?

El Padre Cristian Echeverry Sánchez (Colombia) promueve el sacerdocio para homosexuales

 

Por Carlos Andrés Gómez Rodas

Doctor en Filosofía

Licenciado en Filosofía y Letras

por la Universidad Pontificia Bolivariana

 

“La Iglesia, respetando profundamente a las personas

en cuestión, no puede admitir a seminario y órdenes sagradas

a aquellos que practican la homosexualidad,

tienen tendencias homosexuales profundamente arraigadas

o apoyan la llamada cultura gay””

Instrucción de la Congregación para la Educación Católica

sobre los criterios de discernimiento vocacional

con respecto a las personas con tendencias homosexuales

con vistas a su admisión en seminario y órdenes sagradas

 

Para nadie es un secreto que, desde tiempos inmemoriales, han existido personas que se sienten atraídas física y emocionalmente por individuos del mismo sexo. Esta inclinación patológica se conoce como atracción por el mismo sexo (AMS) o, en inglés, same sex attraction (SSA). Usar el término varón homosexual para alguien que experimenta esta atracción o que practica relaciones sexuales con personas de su mismo sexo ya es una derrota ideológica porque da pie a considerar las relaciones homosexuales como igualmente válidas que la conducta heterosexual; es decir, tiende a equiparar la atracción natural entre el varón y la mujer, una patología no culpable y una conducta patológica e inmoral.

Así, muchos, hoy en día, dicen ser homo o hetero como quien habla de su equipo de fútbol favorito o de su partido político. Ahora bien, el término “gay” ya implica un nivel más alto de carga ideológica y manipulación del lenguaje, pues sugiere que todos los homosexuales son felices y que el estilo de vida homosexual es algo feliz. La ideología “gay” transmite –como una especie de axioma irrefutable– que ninguna persona con atracción por el mismo sexo es infeliz o está insatisfecha con su condición. Según el profesor Livio Melina de la Universidad Lateranense, la palabra “gay” “está altamente politizada y no significa simplemente una persona de orientación homosexual, sino alguien que adopta públicamente un estilo de vida homosexual y trata que éste sea aceptado por la sociedad como completamente legítimo”[1].

Estas reflexiones son necesarias para introducir los hechos que siguen. El pasado martes 20 de abril, el Pbro. Cristian Echeverry Sánchez, reconocido sacerdote de la Arquidiócesis de Manizales (Colombia) que se desempeña como asesor de la renovación carismática católica, comunidad María Mediadora y Emaús –además de ser profesor de la Universidad Católica de Manizales y formador del Seminario Mayor de dicha ciudad– presentó ante la comunidad académica de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia) su proyecto de tesis doctoral en Teología, titulado “Razones teológicas que admiten o impiden la ordenación sacerdotal a varones homosexuales. Hacia la construcción de una nueva masculinidad en el clero”, y esto bajo la dirección del Pbro. Dr. Carlos Arboleda Mora. Sus palabras pueden oírse aquí[2].

En la descripción del problema de investigación, el P. Cristian señaló que en 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) decidió eliminar la homosexualidad del Manual de Diagnóstico de los Trastornos Mentales (DSM II). Este punto de partida omite decir que dicha eliminación tuvo lugar sin ningún fundamento científico ―básicamente, por presión del llamado lobby gay que, ya en la época, era bastante fuerte[3]― así como tampoco menciona que, hasta hoy, existen posturas adversas a esa decisión.

Al mencionado sacerdote doctorando en Teología no le bastó afirmar que la “teología queer” o “teología de género” es un lugar pastoral o locus theologicus. La expresión más polémica del P. Cristian durante su Lectio Coram –momento en que el estudiante presenta su proyecto de tesis– fue:

 

“Debe haber propuestas que ayuden al Magisterio al acceso y la reflexión sobre el acceso de los candidatos y al acompañamiento de aquellos ministros ya ordenados que se reconocen como homosexuales y, aquí, hay que dar pasos hacia la construcción de un nuevo masculino en el clero. Miren, no podemos obviar que, si estamos en un camino de reconstrucción sinodal en la Iglesia, el paradigma del clero masculino –o sea, cómo nos presentamos los clérigos ante el mundo, cómo somos vistos– sí exige una revisión. Si queremos hacer una reconciliación con el mundo laical y, sobre todo, también, con el mundo femenino. Lo que nos proponemos, en definitiva, es dar pistas en la construcción de un camino para el correcto ejercicio del ministerio que lleve a los sacerdotes a vivir plenamente su ministerio, aceptando, si es el caso, su condición homosexual. No es justo, no es cristiano, no es pastoral que un sacerdote se sienta, de alguna manera, avergonzado, si tiene su condición homosexual y si vive su sacerdocio en castidad, si vive su sacerdocio íntegramente”.

 

Palabras como estas hacen caso omiso de las enseñanzas de la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, cuyo punto de partida es que la atracción por personas del mismo sexo es intrínsecamente desordenada. Por otra parte, los actos sexuales entre personas del mismo sexo están condenados por el Catecismo de la Iglesia Católica:

 

“Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados (CDF, decl. “Persona humana” 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso” (No. 2357).

 

Si bien en su exposición el P. Cristian mencionó la Instrucción de la Congregación para la Educación Católica sobre los criterios de discernimiento vocacional con respecto a las personas con tendencia homosexuales con vistas a su admisión en seminario y órdenes sagradas de la Congregación para la Educación Católica[4] y la Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales[5] de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no profundizó en su contenido ni en las prohibiciones explícitas que en estas aparecen.

Por el contrario, una inspiración y base teórica del Pbro. Echeverry Sánchez para este proyecto investigativo resulta ser –como él mismo lo dijo– el teólogo y confeso homosexual holandés Henri H. Nouwen. Además, el P. Cristian en la Lectio Coram dice que en su investigación él “debate” con autores como James B. Nelson, Xabier Picaza, Marciano Vidal, John J. McNeil, Juan Pablo Mantilla, Juan José Tamayo, Kevin Flaherty Duffy, Donald B. Cozzens, Geoffrey Robinson, André Manaranche, William César Castilho Pereira, Juan María Uriarte, Roberto Noriega, Stefano Guarinelli, Giovanni Cucci, Eugen Drewerman, James Martin, Krzystof Charamsa, Luis Correa Lima, James Alison, Adriano Oliva e Isidor Baumgartner, entre otros. La línea de estos autores es, esencialmente, favorable a la promoción de la llamada vida gay y, por lo tanto, a la ordenación sacerdotal de homosexuales.

Sólo aludió a tres autores de la línea contraria: Mons. Fernando Chomali, Amedeo Cencini y Alexandre Awi. Tampoco se refirió a grandes expertos en el tema de la atracción por el mismo sexo (AMS) como Joseph Nicolosi, Linda Ames Nicolosi, Aquilino Polaino, Tony Anatrella, Jokin de Irala y Richard Cohen. Esta es tan solo una evidencia más de la inclinación teórica del P. Cristian, lo cual –además de ser inadmisible académicamente porque revela un sesgo inicial en la investigación– deja mucho que desear en un sacerdote católico con tan graves responsabilidades como las que le han sido encomendadas.

La Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales, ya referida, emite una directriz para este tipo de casos que la Conferencia Episcopal de Colombia, la Arquidiócesis de Manizales y, especialmente, el próximo arzobispo, deberían tener muy en cuenta, sobre todo, porque el P. Cristian adelantó que iba a solicitar al nuevo obispo el tiempo necesario para una pasantía académica que le permita terminar su tesis doctoral. En esta Carta a los obispos, leemos:

 

“Se deberá retirar todo apoyo a cualquier organización que busque subvertir la enseñanza de la Iglesia, que sea ambigua respecto a ella o que la descuide completamente. Un apoyo en este sentido, o aún su apariencia, puede dar origen a graves malentendidos” (No. 17).

 

No se trata sólo de la Lectio Coram del 20/04/2021. La trayectoria en general del P. Cristian sirve para entender el sentido último de sus palabras. En una homilía pronunciada el 11 de noviembre de 2019[6], el Padre tergiversó el Magisterio de la Iglesia respecto a las personas con atracción por el mismo sexo a fin de promover la tolerancia al lobby LGTBI, confundiendo dos realidades muy distintas, a saber: la de quien, teniendo dicha atracción, desea vivir según las directrices morales de la Iglesia Católica y la de un grupo ideológico que, continuamente, agrede a la Iglesia y reivindica de muchas maneras un modo de vivir intrínsecamente malo y desordenado, lo cual es signo de impenitencia y obcecación en el pecado. El P. Cristian, pues, incurrió en una típica falacia ad misericordiam, ya que –utilizando el sufrimiento de las personas que experimentan atracción por el mismo sexo– sugiere abrir las puertas de la Iglesia a un lobby que se declara su enemigo y que la agrede siempre que puede. Apelando a la emoción de los fieles y a una comprensión bastante amañada de la misericordia, intenta rebatir los principios morales de siempre y sembrar la confusión.

En la Arquidiócesis de Manizales ya hay antecedentes importantes sobre este tema. En 2007, el arzobispo de Manizales, Mons. Fabio Betancur Tirado, estuvo a punto de ir a la cárcel por negarse a ordenar un seminarista abiertamente homosexual que, a su vez, lo demandó. El obispo estuvo a punto de ir preso pero no declinó y, heroicamente, defendió la moral católica como era su deber. Hoy, a poco más de una década, un sacerdote de la misma arquidiócesis intenta llevar a cabo lo que bien se puede llamar un manifiesto que aboga por la ordenación de hombres homosexuales en la Iglesia Católica. Decepcionante, ¿no?

Si tú, que estás leyendo este artículo, amas de verdad a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, difunde este artículo todo lo que puedas, hazlo llegar a los católicos fieles que conozcas y, especialmente, a las personas que siguen a este sacerdote y lo consideran idóneo para los cargos que tiene asignados. Esto va, especialmente, para los fieles de la Arquidiócesis de Manizales, reconocida históricamente como un ejemplo de fidelidad a la recta doctrina, celo pastoral y amor a la verdad. Esta es la ocasión para sentar un precedente de resistencia activa a los intentos modernistas y revolucionarios que pretenden adulterar la fe de siempre y asestarle el golpe definitivo al ministerio sacerdotal.

 

Más sobre el tema aquí:

 

  • Documental recomendado: «El deseo de los collados eternos», película-testimonio de Dan y Paul, dos hombres, y Rilene, una mujer, que dejaron la vida homosexual. Link: https://bit.ly/3tFHVtN
  • Libro recomendado: Comité TFP de Asuntos Americanos. (2004). En defensa de una Ley Superior. ¿Por qué debemos oponernos al pseudo “matrimonio” y al Movimiento homosexual? Santiago de Chile: Acción Familia. Link: https://bit.ly/3gy8gpK
  • Artículo recomendado: Revista de cultura católica Tesoros de la Fe / ¿Puede la psicoterapia procurar siempre el bien del alma?  Link: https://bit.ly/32EaSu6

[1] Melina, Livio. (12 de marzo de 1997). Christian Anthropology and Homsexuality: Moral Criteria for evaluating Homosexuality. L’Osservatore Romano (weekly English edition), p. 5.

[2] Cfr. https://bit.ly/3xiLGHJ

[3] “Ronald Bayer, investigador del Centro Hastings de Ética, en Nueva York, resume todo este proceso: ‘La Asociación de Psiquiatría ha caído víctima del desorden de la era tumultuosa, cuando tantos elementos disruptivos amenazaban con politizar todos y cada uno de los aspectos de la vida social americana. Un furioso igualitarismo… obligó a los psiquiatras e intelectuales a negociar el estatus patológico de la homosexualidad con los propios homosexuales’”. Nicolosi, Joseph y Nicolosi, Linda Ames. (2009). Cómo prevenir la homosexualidad. Los hijos y la confusión de género. Madrid: Palabra, p. 21.

Robert Leonard Spitzer, presidente de la APA por aquel entonces, mantuvo posiciones contradictorias sobre esta decisión a lo largo de su vida y lamentablemente desmintió sus propios estudios en los que defendía la efectividad de la terapia reparativa de la identidad sexual, actitud que delata la existencia de presiones sobre su persona por parte de organizaciones pro gay.

Otros libros que pueden revisarse sobre el tema de la homosexualidad son:

Anatrella, Tony. (2008). La diferencia prohibida. Madrid: Encuentro.

Cohen, Richard. (2004). Comprender y sanar la homosexualidad. Madrid: LibrosLibres.

Cohen, Richard. (2013). Abriendo las puertas del armario. Lo que no sabías sobre la homosexualidad. Madrid: LibrosLibres.

Mattson, Daniel. (2017). Why I don´t call myself gay. San Francisco: Ignatius Press.

Nicolosi, Joseph. (2009). Quiero dejar de ser homosexual. Casos reales de terapia reparativa. Madrid: Encuentro.

Polaino, Aquilino. (1998). Sexo y cultura. Análisis del comportamiento sexual. Madrid: RIALP.

Reilly, Robert R. (2015). Making Gay Okay. How Rationalizing Homosexual Behavior Is Changing Everything. San Francisco: Ignatius Press.

Schlatter, Francisco Javier; de Irala, Jokin y Escamilla Canales, Maria Inmaculada. (2005). Psicopatología asociada a la homosexualidad. Revista de Medicina de la Universidad de Navarra 49(3): 69-79. med y person.p65 (unav.edu)

[4] Cfr. https://bit.ly/32FnHnS

[5] Cfr. https://bit.ly/3xffFjT

[6] Cfr. https://bit.ly/3gw3PvM

Sobre la profanación de la Catedral en Salta: no fue un hecho puntual

Sobre la profanación de la Catedral en Salta:

no fue un hecho puntual

Por Juan Carlos Monedero (h)

 

No fue un hecho puntual ocurrido en nuestra querida provincia de Salta. También pasó en México en el día de ayer. Y viene pasando hace muchos años, siendo denunciado y resistido particularmente por los fieles de a pié. En efecto, este 8 de marzo un grupo de militantes feministas atacó la catedral de Salta. Justamente, en el llamado “Día de la Mujer”.

 

Con consignas abortistas, docena de mujeres –en un espectáculo vergonzoso y abominable– coparon la plaza 9 de Julio y atacaron el mayor templo de la ciudad. No es algo nuevo, el año pasado para la misma fecha habían marchado y se habían manifestado públicamente en las calles de la ciudad con sus consignas ideológicas.

 

Sin embargo, para entender lo que pasó ayer hay que verlo de una forma diferente a la que el común de la gente –incluso, el común de los comunicadores sociales– lo ve. En efecto, la mayoría de ellos lo ve como una “excepción”. Atacar el templo de Salta fue “un desborde”, una acción realizada “por una minoría” que por supuesto estaría lejos de empañar el espíritu del día en general. En realidad, es todo lo contrario.

 

Esto no fue un accidente: hace años que –desde talleres, textos universitarios, radios, medios de comunicación, etc.– a estas chicas se le machacan todo el día, todos los días, que la Iglesia Católica es “La Gran Culpable”. Lo dijo en su momento la infame Malena Pichot: la catedral es “el símbolo del mal”. Hace décadas que viene creciendo (con apoyo estatal, con apoyo internacional pero también con un trabajo propio) el sector feminista-lesbo-izquierdista-abortero.

 

El ataque a la Catedral de Salta no es más que la punta del iceberg de toda una campaña ideológica para desnaturalizar a la mujer y a la maternidad. Y, si lo analizamos, en esencia no es menos horroroso que la legalización del aborto que tuvo lugar a fin del año pasado. ¿Por qué no vandalizarían los templos quienes están dispuestos a descuartizar a los bebés? ¿Por qué no gritarían frente a una catedral quienes no tienen problema en sofocar los gritos de los niños en el vientre materno?

 

Las grabaciones de los hechos circularon en redes sociales: qué ridículo. Qué ridículo ver gente con barbijo “para cuidarse del COVID” mientras observan impávidos la destrucción del orden público en manos del feminismo-lesbo-abortero. Qué ridículo ver policías con barbijo, que deben cumplir mandamientos sanitarios ilógicos –inclusive, estúpidos– mientras las delincuentes feministas pueden incumplir todas las leyes, desde las humanas hasta las divinas. Es una doble vara: muy alta para unos, muy baja para otros. Pero ese mundo hemos venido aceptando hace años. La pregunta es: ¿hasta cuándo lo vamos a aceptar?

Un Papa que no habla como Papa

 

Un Papa que no habla

como Papa

Por el Lic. Juan Carlos Monedero (h)

 

La reciente entrevista realizada al Papa Francisco por el periodista y médico argentino Nelson Castro, publicada en el día de hoy por el diario La Nación[1], ilustra una situación anómala a la que Jorge Mario Bergoglio nos tiene acostumbrados. En efecto, a pesar de que el entrevistado ocupa nada menos que la silla de Pedro, toda la entrevista –sin excepción– gira en torno a la persona de Bergoglio. “Bergoglio hombre” desplaza a “Francisco Vicario de Jesucristo”. La dimensión humana de Bergoglio no funciona como un soporte para la misión sobrenatural que los papas tienen sino que –se podría decir– está casi como eclipsando esa misión.

 

No es que en la entrevista el Papa haya negado la gracia, algún dogma, los misterios o los mandamientos. Pero no habla de ellos, no hace foco en ellos. Bergoglio no se pronuncia sobre aquello para lo cual fue consagrado Pontífice, no habla de lo que tiene que hablar como Papa. El mundo se muere por falta de Dios, y él tiene la posibilidad de calmar esa sed con sus palabras, aprovechando que es entrevistado por uno de los medios de mayor alcance de la Argentina y del habla hispana. Pero no lo hace.

 

La faz religiosa está como telón de fondo, deslucida, secundaria, anecdótica. Que Bergoglio ocupe un cargo religioso (¡el más alto!) es apenas un detalle en la entrevista. Puesto que el entrevistador enfatiza en la salud del Papa, en su psicología, en si tuvo ansiedad, neurosis… y el Papa consiente con este enfoque periodístico. No hay lugar para Dios porque el papel protagónico de la entrevista es de Jorge Mario Bergoglio.

Es comprensible que Nelson Castro (periodista pro aborto, liberal progresista) no intente elevar la conversación hacia instancias propiamente religiosas. Es comprensible que el entrevistador no formule preguntas que remitan a lo sobrenatural. Es lógico que Castro quede preso de lo puramente humano, horizontal, inmanente. Pero, ¿acaso Francisco no puede elevar –como es su deber– la conversación para que desemboque en aquello para lo cual recibió el poder que tiene: “confirma en la fe a tus hermanos”  (Lc. 22, 31-32)? ¿No puede o no quiere? La respuesta es evidente.

 

A la pasada y hacia el final de su entrevista, el Papa desliza dos bombas: 1) Podría morir como papa emérito. 2) No volverá a la Argentina. Esto significa sólo dos cosas: que la renuncia del Papa Francisco no es un imposible. Y, por otro lado, que Pope Francis nada gana volviendo al país donde todos saben quién es.

 

[1] Cfr. https://www.lanacion.com.ar/opinion/entrevista-con-el-papa-a-las-neurosis-hay-que-cebarles-mate-nid26022021/

¿Por qué fuimos al Congreso el sábado?

¿Por qué fuimos

al Congreso el sábado?

 

Fuimos ayer porque ha entrado un proyecto de legalización del aborto durante los 9 meses del embarazo, bajo cualquier excusa.

Fuimos ayer porque el aborto es un crimen espantoso.

Fuimos ayer porque ya se está matando a miles de personas en base al protocolo ILE, produciéndose un verdadero genocidio.

Fuimos ayer porque el Estado lleva a cabo una política anticristiana.

Fuimos ayer porque el Estado lleva a cabo una política criminal.

Fuimos ayer porque el Estado pretende aterrorizar a los que resisten estas medidas pro aborto, como también las medidas pro ideología de género.

Fuimos ayer porque estamos hartos de las mentiras aborteras, como por ejemplo que el aborto “es una urgencia” cuando el año pasado no se molestaron en discutirlo a fondo porque no les convenía electoralmente.

Fuimos ayer porque la legalización aumenta la cantidad de abortos.

Fuimos ayer porque el Estado no sólo no puede legalizar esta ley sino ni siquiera tiene derecho a debatirla.

Fuimos ayer porque no hemos sido convencidos por las falacias aborteras: clandestinidad, mujer violada, mujer pobre, etc.

Fuimos ayer porque ha quedado demostrado que todos y cada uno de los planteos pro aborto suponen enormes falsedades o sucias mentiras. Ninguno resiste una crítica racional.

Fuimos ayer porque la legalización también es peligrosa para la propia mujer que aborta.

Fuimos ayer porque venimos militando hace años, y no sólo contra esta ley en particular, sino contra todo un conjunto de ideologías nefastas, anti Familia, anti Patria y anti Dios.

Fuimos ayer porque el niño por nacer no es un puro embrión o un simple feto sino una persona inocente, indefensa y sin bautismo, cuya vida debe ser respetada.

Fuimos ayer porque no pudieron engañarnos ni Cristina ni Macri, ni Alberto ni Massa, ni George Soros ni Bill Gates, ni Darío Sztajnszrajber ni Alberto Kornblihtt, ni los abogados Andrés Gil Domínguez ni Marisa Herrera, ni Jorge Lanata ni ningún otro periodista o integrante de la farándula abortera.

Fuimos ayer porque sabemos que estos militantes verdes quedan desacomodados ante las imágenes de bebés abortados, porque su conciencia les grita la verdad aunque ellos la quieran callar.

Fuimos ayer porque no nos importa que el enemigo imponga una mayoría en los medios de comunicación masivos, nosotros sabemos que la Verdad Prevalece aún en inferioridad de condiciones numéricas.

Fuimos ayer porque no nos importa si Dolores Fonzi, Nancy Duplaá, Pablo Echarri, Lali Espósito, Diego Torres, Ángela Torres, Carla Peterson, Jimena Barón y Pampita son famosos, no nos importa si reciben muchos likes en las redes sociales. Porque un crimen es un crimen aunque la mayoría de famosos diga que es un derecho.

Fuimos ayer porque la vida humana comienza en la concepción, como lo reconoce todo nuestro ordenamiento jurídico, apoyado en una indiscutible y abrumadora evidencia científica.

Fuimos ayer porque no queremos que IPPF también gane dinero con la sangre de nuestros argentinos.

Fuimos ayer porque apoyamos a todos los médicos que defienden la vida humana desde la concepción hasta su muerte natural.

Fuimos ayer porque el aborto es una imposición extranjera, de organismos globalistas como la CIDH, el FMI, el Banco Mundial y finalmente la ONU-OMS.

Fuimos ayer y nos congregamos rodeados de cientos de miles de personas porque no creemos en esta “pandemia” y mucho menos nos dejaremos vacunar.

Fuimos ayer porque creemos que esto es una batalla política, económica, social, ideológica pero también religiosa, porque es Dios quien bendice la vida y es el Demonio el Autor de la muerte y el asesinato.

Finalmente fuimos ayer porque amamos la familia, amamos la Patria y amamos la Justicia, y no nos quedaremos cruzados de brazos mientras unos infames –que dicen representarnos– entregan la vida de los inocentes en el altar de los “derechos reproductivos”. Fuimos ayer porque estamos dispuestos a pelear toda la vida por el triunfo de lo que es verdadero, bueno y bello.